Una vez, en mi temprana juventud, tuve una fijación con un hombre zurdo que escribía a mano. Sería fácil decir que me enamoré, pero no fue tan simple. El hombre escribía con tinta roja y la orilla externa de su mano siempre estaba manchada porque la deslizaba sobre cada palabra manuscrita. En las notas y cartas que me daba en secreto, las palabras se corrían, trazando una estela hacia la derecha, perdiendo la nitidez de lo instantáneo y adquiriendo la forma alargada e insistente de estrellas fotografiadas durante mucho tiempo. Yo las guardaba celosamente, recorriendo por las noches sus palabras bajo mis dedos, como una ciega. Imaginaba el dorso de su mano tocando la hoja. Esa caricia torpe que casi rompía el significado de la palabra, que la acercaba al silencio.

Siempre me llamó la atención el término “desplazamiento al rojo”. Nos lo explicó en último de prepa un maestro de física famoso por haber pertenecido a una banda de pop infantil años atrás. El desplazamiento al rojo sucede cuando la fuente de una luz se aleja y su color, el color que percibimos, cambia, acercándose al rojo. Esto explica, en ciertos casos, el color de las estrellas en el cielo. Algunas no son rojas originalmente, sino que se perciben así desde la tierra porque se están alejando de nosotros. El movimiento de un objeto altera cómo lo percibimos o, incluso, lo determina. Algo similar sucede con las ambulancias: su sonido, cuando se acerca, está hecho de púas y es urgente; al retirarse, en cambio, su canto deviene un lamento luctuoso, un quejido lento.
Así, también, las palabras que el hombre trazaba en sus cartas. A pesar de estar recién escritas, cada una nacía cansada, horadada por su propia mano. Nacían y ya eran ruinas. No lo sabía entonces, pero ahora lo entiendo: todo lo que se aleja es rojo. Desde que ese hombre me escribió sus cartas de cuestionable amor, desde que le dio forma a sus letras, ya se estaba alejando. No habían terminado de formarse entre sus dedos y ya se estaban yendo, ya me quedaban lejos y eran, de algún modo, inalcanzables.
Todavía guardo esas palabras suyas, desde siempre en retirada. Sobreviven, pero no intactas. Su significado se dislocó, se desplazó, sigue moviéndose. Sus promesas ya no pesan lo que entonces, ahora son nudos amarrados a una cuerda para contar los años que pasan sin cumplirse. Pensar que recorría sus cartas a ojos cerrados, acariciando el papel bajo mis dedos, sin saber que su propio puño borraba su letra, como una serpiente que se devora a sí misma, como algo que se muere sin siquiera terminar de nacer.
Elisa Díaz Castelo
Poeta y traductora