Crímenes del futuro (2022), que puede verse en salas desde hoy y a partir del 29 de julio en Mubi, devuelve a David Cronenberg al reino de lo visceral y también a la comedia. Bosqueja un mundo en trance, apenas organizado, en el que el dolor fue abolido y donde los cuerpos están cambiando.

Crímenes del futuro inicia con la imagen de una playa, casi a ras del agua; al fondo, una especie de buque semihundido. La cámara retrocede y descubre a un niño que juega con la arena. Extraño inicio para una película de David Cronenberg. La luz de este paisaje, sin embargo, dura poco. Pronto el espacio natural cede a una atmósfera extraña. Para descubrir quién es ese niño, el director canadiense lleva al espectador a otro lugar que se encuentra en el lado opuesto de la playa, un espacio sombrío donde se mantiene el buque como la ruina de un mundo antiguo. Más que horizontes, los lugares de Cronenberg suelen ser estados, situaciones en las que se encuentran las cosas. En su cine abundan los impulsos sexuales, lo cual se ensaya en el complejo habitacional de Shivers (1975), donde un virus sobreexcita a sus habitantes, en el fantasma del incesto humano y corporativo que ronda a Hollywood en Mapa a las estrellas (2014), y ahora, en Crímenes del futuro (2022), en un mundo en el que, todavía sin saber cómo, los cuerpos están cambiando.
Un mundo sin dolor
En la carne de sus personajes —por ejemplo el hombre que muta en La mosca (1986), las prótesis que le confieren al cuerpo una nueva identidad en Crash (1996) o las hambrientas máquinas de escribir de El almuerzo desnudo (1991)— las posibilidades de superar las limitaciones de la condición humana por medios naturales o artificiales, las fantasías del transhumanismo, son un ardid para interrogar de qué estamos hechos: artefactos filosóficos, fílmicos, acaso. Crímenes del futuro, título engañoso que le sugiere al espectador una historia violenta —como el filme de 2005 de Cronenberg—, propone un desajuste: nuevos órganos se están desarrollando en el cuerpo humano; la única explicación es que se trata de un estado de evolución acelerada en el que el dolor físico fue abolido y que, quizá, permita a los organismos digerir cosas sintéticas, por ejemplo el plástico.
Saul Tencer (Viggo Mortensen) y Caprice (Léa Seydoux) son dos artistas que manifiestan la alteración interna de los organismos a través del performance; en el cuerpo de él crecen órganos desconocidos que son motivo de interés para una dupla de investigadores insulsos, noveles —igual que los miembros en desarrollo— y apenas organizados. Las exhibiciones artísticas de Caprice, una ex cirujana, presentan una nueva forma de placer. Con una máquina de cirugía que ella controla, las incisiones que descubren las originales vísceras de Saul, cuya carne se abre sin dolor, se convierten en una obra efímera que fascina a quienes ven “el nuevo sexo” que, por otro lado, se practica con menos elegancia en las calles de este lugar, una suerte de espacio clandestino. Hay que agradecerle a Cronenberg que le dé al arte la estatura visionaria de una época en trance, quizá por ello quienes han seguido su obra desde sus inicios, más relacionada con la ciencia ficción, encontrarán en esta película la reformulación cabal de sus motivos e intereses.
Como decíamos, Crímenes del futuro despista, y en varios momentos, que son los mejores del filme, se vuelve una comedia. Timlin (Kristen Stewart), la nerviosa burócrata que quiere investigar los nuevos órganos, cae rendida a los encantos de Saul. La dinámica entre ambos es sutil y deliciosamente cómica, es el reverso de la clásica y humorística interacción física de la screwball comedy: diálogos con terminología médica se eslabonan mientras Saul retrocede por toda la habitación para evadir los avances de ella. Al fin y al cabo, él está incapacitado para el sexo a la antigüita, así que los besos del personaje de Stewart, que ridículamente son de lengüita, intrigada por lo que crece en la garganta del hombre, son ineficientes. La comicidad revela que los cuerpos y sus reacciones están cambiando.
El concurso de belleza interior (miss understood!) que le propone el compinche de Timlin a Saul tiene cariz de chiste capitalista en un mundo —el nuestro— obsesionado por vender el cuerpo como símbolo de virtud y belleza. Quizá gane como Mejor Nuevo Órgano, le prometen, premio que en su día debió ganar la tripa de Shivers.
El genio de la especie
Como se esperaba, Crímenes del futuro es la película que devuelve a su autor a lo visceral en términos estrictos desde eXistenZ (1999). Aunque a los creyentes del body horror de Cronenberg no les gusten del todo, no hay que olvidar las contorsiones de Keira Knightley en Un método peligroso (2011) ni tampoco la menstruación de Mia Wasikowska ni los pedos de Julianne Moore en Mapa a las estrellas, todas estas expresiones, curiosamente femeninas, de franca humanidad.
De ahí que tripas, huesos y sangre son un leitmotiv en esta filmografía. La obra de Wolfgang Paalen Le génie de l’espèce (1938) muestra un revólver hecho a partir de un conjunto óseo. La pieza, bastante similar a la pistola de eXistenZ y las extremidades de la silla que permite la digestión de Saul, evoca el carácter efímero de la vida, las transformaciones de la materia, las modificaciones humanas, un guiño a la medicina, pero también al desarrollo tecnológico. Hay una línea que une el surrealismo de Paalen, que alude a la metamorfosis, con el horror cómico de Cronenberg, donde cuerpos y objetos cambian, aunque como él mismo ha dicho, las comedias no están hechas para herir.
El cordón umbilical es otra de las imágenes recurrentes de Cronenberg que plantea el problema de la existencia humana. Las conexiones como el revolucionario cordón sintético desarrollado por un programador para conectar a una comunidad en eXistenZ y los cables-vísceras de la cama de Saul sugieren que realmente nunca estamos separados de aquello que nos conforma. En La mosca la conectividad es evolución; en Videodrome, un purgatorio; en Cosmópolis, la muerte; y en Crímenes del futuro es un hipervínculo a misteriosas formas de sentir.
Bosquejos de un mundo incierto
La más reciente película de Cronenberg intriga sin dar respuestas claras o inmediatas. Más que demorarse, el cineasta canadiense se explaya en bosquejar, en dar las primeras pinceladas de un mundo que al encontrarse en una importante transformación no es concluyente con su futuro; es, más bien, la alegoría de un incipiente cuerpo social y político.
Hacia el final de la película, se retoma la presencia de Brecken, el niño del inicio, considerado el primogénito de una nueva generación. A Saul y Caprice les proponen hacer una exhibición artística con él, cuyo cuerpo inédito, desconocido, resume la sincronización de la evolución humana con la tecnológica. Brecken puede ser la causa para luchar por lo “antinaturalmente natural”, como dice Saul. Hay dudas, sin embargo, en lo que motivó la alteración del cuerpo del niño. Menos explícita y trepidante que Titane (2021), de Julia Ducournau, Crímenes del futuro plantea la fragilidad que implica el dolor y, ahora con más insistencia quizá, el problema ético de la transformación biopolítica del posthumanismo.
Carlos Rodríguez
Traductor y periodista cultural