Este pasaje da una idea del tipo de aventuras y encuentros con floras y faunas del mundo que aguardan al lector en el libro más reciente de Andrés Cota Hiriart. El extenso fragmento siguiente es una crónica de fuerte sensibilidad literaria, conmovedora y con una particular atención científica, de su expedición a uno de los últimos reductos salvajes del planeta, la Isla Guadalupe en México.

Isla Guadalupe, México
En ocasiones denominada como las Galápagos del hemisferio norte, Guadalupe es singular en todos sus aspectos. Isla volcánica de relieves impactantes y profundidades abisales, amasijo titánico de rocas oceánicas que se yerguen por encima de las nubes y que marcan la frontera más occidental y septentrional del territorio mexicano. Hogar de criaturas y vegetaciones que no existen en ningún otro sitio del planeta. Aislada, enigmática, cautivadora, receptáculo de lo peor y lo mejor que tiene la estirpe humana. Escenario histórico de extinciones cruentas, explotación desmedida y auténticas pesadillas biológicas producto de especies introducidas; pero, a la vez, fuente de esperanza, de la inspiración tan necesaria en nuestros días que da fe de que, cuando se quiere y no hay reparo en los esfuerzos de conservación, aún hay tiempo para salvar lo poco que nos queda.

Sala de proyecciones 5: Donde no llegan los turistas
Por trabajo, ocio o necesidad de desplazamiento he viajado en numerosos transportes acuáticos a lo largo de mi vida, embarcaciones que van desde canoas, pangas y lanchas de diversa índole (incluyendo una vez un tronco que me salvó de un pequeño naufragio) hasta transbordadores, barcos camaroneros y cargueros trasatlánticos; incluso he vivido temporadas breves a bordo (en una ocasión pasé una semana como periodista en el Esperanza, el mayor navío de la flotilla que sirve a Greenpeace, cuando arribó al alto golfo de California en una misión desesperada por salvar a la vaquita marina); sin embargo, en una embarcación militar nunca había estado, y el hecho de que, además, vayamos a pasar la noche acampando sobre la cubierta de proa en tiendas de campaña torna la experiencia en un evento todavía más inusual.
El buque Matamoros de la armada de México es una reliquia estadounidense de la segunda guerra mundial, lleva el número PO-117 rotulado a los costados, cañones apuntando hacia el firmamento, una tripulación de ochenta efectivos y sesenta y siete metros de eslora. Tras extensas maniobras de pertrecho, zarpamos del puerto de Ensenada hace un par de horas y en este momento ya hemos alcanzado ese punto del trayecto en el que solo se ve océano interminable hacia los cuatro puntos cardinales.
Nunca me he sentido del todo cómodo entre los militares —con esa soberbia que les brindan las armas y la impunidad del fuero—, menos aún cuando viajo al lado de alguien como Jerónimo, que es sumamente impredecible y que en cualquier momento nos podría meter en líos; no obstante, la imagen de nuestras tiendas de campaña aferradas a la cubierta del navío ayuda a atenuar la solemnidad castrense. Escena un tanto surrealista que se acentúa por el hecho de que se hallan rodeadas por paquetes gigantes de frituras y cereales, neumáticos apilados, televisores, una que otra lavadora de ropa, colchones y un refrigerador. Más que un buque de guerra parece un campo de refugiados.
El Matamoros es el único medio de enlace regular entre el continente e isla Guadalupe, travesía que se realiza una vez al mes (también haciendo parada en isla Cedros) con la finalidad de abastecer a los destacamentos militares y que los habitantes de las pequeñas comunidades pesqueras locales, al igual que biólogos e investigadores, aprovechan para realizar sus fletes. A pesar de que el sol apabullante nos aplasta contra el metal olivo del barco y de ser tratados como cadetes, me siento estimulado: en unas veinte horas alcanzaremos uno de esos escasos remanentes naturales del país —quizá del mundo— que están vetados a los turistas. O bueno, no exactamente, la verdad es que en torno a la isla se ha creado una industria de submarinismo bullente: junto con Gansbaai, en Sudáfrica, y Port Lincoln, en Australia, está considerada como uno de los mejores sitios en el planeta para realizar inmersiones con los monarcas de los mares: los tiburones blancos. Sin embargo, para tener derecho a poner un pie sobre la superficie de Guadalupe se requiere contar con una justificación científica y autorización previa por parte del ejército y de la CONANP (Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas).
En nuestro caso, lo que nos trajo hasta aquí este octubre de 2014, y por lo que gozaremos del privilegio de poder pasar una semana explorando uno de los territorios de acceso más restringido de la nación, es un documental acerca de las diversas labores de restauración ecológica llevadas a cabo por el GECI (Grupo de Ecología y Conservación de Islas) en las distintas islas de Baja California.
Básicamente lo que vinimos a hacer en esta visita es el scouting del proyecto, levantar imagen, realizar entrevistas, hallar personajes, ese tipo de cosas. Aunque siendo francos, por tener la oportunidad de recorrer Guadalupe habría aceptado hasta ser el encargado de cargar con los cables.
La aurora del día siguiente nos recibe sin haber conseguido dormir demasiado: el mar estaba bravo y sacudía el navío con fuerza. Vamos, que el insomnio y la náusea no son los mejores compañeros de viaje, y menos cuando desde el crepúsculo se nos dio la orden de nunca andar solos por el barco, ni siquiera para ir al baño, pues de llegar a caer al agua (cosa que no es improbable en una embarcación que no fue diseñada para llevar pasajeros, que no cuenta con barandales en ninguna de sus zonas abiertas y cuya iluminación es rudimentaria en el mejor de los casos) nadie se percataría. La cuestión es que ni Jerónimo ni yo nos destacamos por tener una vejiga muy grande que digamos, por lo que cada par de horas alguno de los dos se veía forzado a levantar al otro para realizar el peligroso recorrido hasta los aseos. Pero no importa: desvelo, mareo, abstinencia de cafeína, todo desaparece en cuanto se adivina un pequeño montículo sobre el horizonte.
Conforme observo la silueta pétrea de la isla ganar tamaño, me vienen a la cabeza recuerdos de otras islas inalcanzables: Ítaca, Calibán, Pala. Aunque los ambientes no se parecen en nada —siendo las ficticias de Homero, Shakespeare y Aldous Huxley tropicales y exuberantes, y la que tengo frente a mí, en cambio, rocosa y agreste—, hay algo en su esencia que de algún modo las vincula. Como si Guadalupe fuese también un puente hacia otras dimensiones, un vértice entre la realidad y la fantasía. Como si aquí, de forma similar a como sucede en aquellas islas literarias, las normas de la física obedecieran a una lógica distinta y también merodearan cíclopes y animales parlantes.
La estampa que presenta Guadalupe a quienes arriban por vía marítima es impactante: yerma y descomunal. Su monolítica presencia no tarda en abarcar todo el campo de visión; laderas escarpadas que se proyectan desde la costa pedregosa hasta rozar los varios centenares de metros de altura casi sin transición. Paredes expuestas de mineral en una pátina naranja, ocre, marrón y rojiza; vetas negruzcas y grisáceas escurriéndose en derrumbes erosionados. Tapetes de verdes pálidos y tonalidades heno se aferran a la roca madre como si fuesen líquenes agigantados. Puede que la isla solo cuente con una extensión de treinta y cinco kilómetros de longitud por doce de ancho (en su parte menos estrecha), pero la tórrida orografía de su contorno se dispara desde el nivel del mar hasta alcanzar una altitud de mil trescientos metros en su punto más alto, lo que dota al conjunto de un aspecto similar al de las cumbres de una serranía rodeadas por mar abierto. Riscos oceánicos, esa podría ser la imagen adecuada; corporaciones volcánicas que emergen desde el abismo líquido y siguen elevándose hasta perderse entre las nubes.
Jerónimo me cuenta que toda la isla es una especie de roca titánica, una montaña descomunal (dos volcanes en escudo fusionados entre sí, de hecho), y que lo que vemos sobre la superficie es apenas la punta del iceberg. Dice que si la viésemos desde su punto de origen en el lecho marino —a cuatro mil quinientos metros de profundidad—, su inmenso contorno sería mayor que el que ostenta el Pico de Orizaba (o Citlaltépetl, con 5.636 metros de altura, el volcán más alto que hay en México). No sé si tendrá mucho sentido, pero se me ocurre que aquí uno podría experimentar agorafobia y claustrofobia al mismo tiempo. Perderse irremediablemente dentro de la amplitud del paisaje, pero, a la vez, no tener más a dónde ir. Imagino que algo parecido debe de experimentarse estando en las cimas del Himalaya: puedes caminar durante días y aun así no terminas de bajar de la montaña.
El perfil de la gran Guadalupe embelesa y a la vez te hace sentir diminuto, frágil, insignificante. Parece manifestar una escala de tiempo a la que no estamos acostumbrados, un horizonte cuyas unidades se miden en eras geológicas. “Qué van a saber ustedes de perdurabilidad —parece querer susurrar con su tectónica desmedida—. Ustedes, los que no llevan más que un parpadeo fugaz en este planeta y ya se quieren ir. Pobres monos errantes, si tan solo supieran de qué se trata realmente la trascendencia: lo que son las verdaderas raíces. Quizá si no estuviesen tan ensimismados con su propio reflejo yo se lo podría revelar”, sugiere estoico el rostro de la isla.
De manera análoga a ese impulso que me invadió en Komodo de querer gritarle a la furia omnipresente que se manifestara, en este paraje remoto del Pacífico mexicano se me antoja instar a los gigantes de piedra a que se levanten.
Lleva buena parte de lo que le resta a la mañana descargar el barco, en gran medida porque hay que asegurarse de que no vaya a llegar alguna rata polizonte escondida dentro de la carga; hasta el momento la isla se ha logrado mantener a salvo de tales intrusos, pero la posibilidad de que en cualquier momento puedan colarse es motivo de angustia para los grupos de conservación. Sería, digamos, la gota que derramaría el vaso para la frágil ecología nativa, ya de por sí muy deteriorada.
La gente de la cooperativa pesquera se aproxima en lanchas para recibir a los pasajeros y la mercancía y después realizan la entrega en tierra al más puro estilo Baja: embisten la rampa de cemento construida sobre las rocas —en estas latitudes las playas de arena son escasas— y aterrizan sobre el remolque de una camioneta 4×4 que las arrastra fuera del agua. La secuencia impresiona las primeras veces que uno la contempla, pero para la cuarta ronda resulta ya un tanto reiterativa, así que me dedico a vagar por la comunidad en busca de personajes para el futuro documental.
El poblado es árido y austero: casitas con techo de chapa, algunas construcciones de cemento —como la capilla y la escuela— y lanchas, redes, boyas y demás enseres para la pesca desperdigados por doquier. Se aproxima un grupo de niños a saludar. Uno de ellos carga en brazos a un gato de pelaje gris atigrado y sin cola, que más tarde aprenderé es el aspecto característico de los gatos locales (tras años y años de endogamia) y que representan la última afrenta en la serie de especies introducidas. Si las cabras traídas hasta aquí en tiempos pasados por balleneros y peleteros arrasaron con el ecosistema (finiquitando plantas endémicas y prácticamente acabando con el bosque), los felinos domésticos (sobre todo aquellos tornados en ejemplares ferales) se perfilan, junto con los perros también introducidos, como la posible sentencia de muerte para diversos tipos de aves amenazadas (diecinueve especies de las cuales anidan aquí, tres de ellas endémicas). No olvidemos que esta colosal roca marina es ante todo una isla de pájaros y que los felinos y cánidos siempre han resultado eficaces cazadores de plumíferos.
Guadalupe alguna vez contó con nueve especies endémicas de aves; sin embargo, hoy en día seis de estas se consideran desaparecidas. En el libro Isla Guadalupe. Restauración y conservación el equipo del GECI reporta:
Desde 1900, 26 especies de plantas vasculares se han extinguido, cinco de las cuales eran endémicas, y muchas más están severamente amenazadas. Asimismo, muchas aves endémicas se consideran extintas y algunas otras se encuentran en peligro de extinción; el caracara de Guadalupe fue víctima de la cacería por parte de los pescadores; el petrel de Guadalupe, primer petrel endémico de una sola isla descubierto en el mundo, fue víctima de la depredación de los gatos y no se lo ha vuelto a observar desde 1912; el chivirín cola oscura de Guadalupe, el toquí pinto de Guadalupe y el pájaro carpintero se consideran extintos.
No obstante, la gente de la comunidad se aferra a sus mascotas y no da señas de ceder en un futuro próximo. Argumentan, además, que esos gatos odiados por los conservacionistas cazan a los ratones (también introducidos) y serían la única esperanza en el caso de que las temidas ratas consiguieran penetrar en la isla. Tampoco es que suene del todo justo arrebatarles sus mascotas a los residentes de este remoto paraje insular, una de las pocas distracciones cotidianas en un entorno arduo para la subsistencia humana.
Lo que es seguro es que la cooperativa pesquera y su comunidad de familias no se irán a ningún lado, pues Guadalupe es uno de los contados sitios en el continente americano en los que la pesca de abulón aún sigue siendo abundante —de acuerdo con datos de la FAO, el abulón que se captura en México (uno de los últimos países en pescar legalmente abulón verde de talla grande, Haliotis fulgens) es considerado como un producto de calidad superior mundial, que alcanza el precio por lata más alto de cualquier molusco a nivel global— y, por si no fuera suficiente, donde la pesca sostenible de langosta roja —otra de las capturas más preciadas y que cuenta con el ecocertificado del msc (Marine Stewardship Council)— también es abundante.
—Fíjese, loco, que en una buena temporada, nada más los buzos se hacen con más de un millón de bolas cada uno —me aseguran los tripulantes de la camioneta encargada de remolcar las lanchas fuera del agua y a quienes me acerqué para platicar.
Así es como me entero de que un buzo en Guadalupe puede ganar unos cincuenta mil euros durante la temporada de abulón (que dura unos pocos meses), cifra exorbitante en este país y a la que se suman las ganancias derivadas de la pesca de langosta. No sé bien por qué, quizá por tratarse de un santuario natural protegido y encontrarse tan lejos de la costa continental, además de contar con una fuerte presencia militar y estar organizados bajo el esquema de cooperativa, había asumido que quizá los pobladores de la isla estarían blindados a las injusticias que prevalecen en el resto del país. Que en cierto sentido, Guadalupe también remitiría a esa otra isla literaria, a la Utopía de Tomás Moro (con su sociedad igualitaria y pacífica e inclinada hacia la propiedad común de los bienes). Sin embargo, pronto me doy cuenta de que en esto, al igual que sucede en lo relativo al mundo natural, tampoco parece quedar lugar que no haya sido perturbado, pues las discrepancias producto del poder adquisitivo no tardan en ser patentes.
Una madre de familia, un tanto molesta, me comenta que no son pocos los pescadores que llevan casi una doble vida, trabajando arduamente durante las temporadas y después yéndose a Ensenada a quemarse toda la paga en drogas, alcohol, mujeres, deportivos y demás mieles de la civilización. De hecho, hay los que incluso tienen dos familias, una en la isla y otra en el continente.
Me pregunto qué tanto se magnificará el sentimiento de abandono cuando una parte de la pareja se queda varada en un paraje tan remoto, pero no tengo tiempo para seguir indagando en la cooperativa, pues la descarga del Matamoros ya ha concluido y en unos minutos partiremos hacia la estación científica junto con el resto del equipo del GECI que arribó con nosotros.
Viajamos recostados sobre las maletas en la caja trasera de una de las camionetas todoterreno que nos vinieron a buscar. El recorrido hasta la estación, localizada en la parte alta de la isla, requerirá de unas tres horas de marcha accidentada por un camino pedregoso y de pendiente pronunciada. No tardamos en ganar altura, a nuestro paso los precipicios que mordisquean el costado del camino se van tornando cada vez más profundos. Media hora más adelante el paisaje cambia, la pendiente disminuye reclinándose sobre la pequeña meseta insular y comienza a aparecer más vegetación, incluso uno que otro manchón de árboles retorcidos levantándose entre los arbustos del acantilado que dotan al panorama de una reminiscencia tolkiana.
Por qué esa insistencia en buscar lo exótico en el lado opuesto del mundo cuando en México existen lugares como este, me pregunto, meditando acerca de mis experiencias en Indonesia y por mi interés en Oceanía, con la gran Papúa Nueva Guinea y sus pitones verdes arborícolas entre mis fantasías de expediciones. Es que no hay mejor manera de decirlo: Guadalupe no se parece a ningún otro sitio. Es absolutamente única, exótica en toda la extensión del término. Tan lejana y distinta de mis marcos de referencia habituales como las mismas antípodas del país y, aunque haya sido estrangulada por un tropel de especies introducidas, la isla es también rotundamente salvaje. Sobre todo en sus cimas, probablemente el lugar en el que menos personas hayan estado de todos los sitios que he tenido oportunidad de pisar, y posiblemente de aquellos que me aguarden en el futuro.
Jerónimo me dice que se trata de una isla muy vieja y aislada, su edad ronda entre los siete y ocho millones de años, con distintas erupciones volcánicas de por medio, y representa el último reducto de la flora rica en líquenes antes común en California y la península de la Baja. En todos sus aspectos este paraje es un relicto biológico, insiste Jerónimo, y después agrega que en su opinión es como una especie de Parque Jurásico solo que sin dinosaurios. A mí se me figura más como un hábitat propicio para la megafauna y los humanos ancestrales, un diorama perfecto para haber filmado alguna escena de La guerra del fuego; no me extrañaría si a la vuelta de la siguiente cresta nos cruzáramos con un clan de neandertales persiguiendo un mamut.
—Todo esto debió de haber sido un paraíso inalterado hasta que llegaron los balleneros europeos —se lamenta mi amigo gesticulando con las manos hacia el horizonte—. Una enorme isla de bosques extensos y frondosos en los que merodeaban criaturas y plantas irrepetibles. ¿Sabías que incluso había un caracara endémico?
Jerónimo se refiere al quebrantahuesos de Guadalupe (Caracara lutosa), un ave rapaz de la familia de los halcones cuya historia se suma a las infames sagas de especies que han sido erradicadas de manera intencional por la mano del hombre. Su extinción se debió a la caza directa y al envenenamiento por parte de los pescadores y pastores de cabras del siglo XIX, para evitar que las rapaces se alimentaran de sus cabritos y demás animales domésticos y también porque, según los cánones de la época, los pobladores las consideraban aves dañinas, dadas sus costumbres carroñeras.
Adicionalmente, la recolección de ejemplares para museos y colecciones científicas pudo haber contribuido a su declive hacia el final de sus días, nos cuenta la bióloga con la que compartimos la caja de la camioneta; al parecer, sus plumas generaron gran interés en los grupos de ornitólogos, y entre que la demanda aumentaba y que la legislación de ese entonces se quedaba muy corta a la hora de regular las cuotas de captura, pues quizá se extirparon miembros valiosos de una población ya diezmada. El caso es que a partir de 1900 nunca volvió a vérselo, ni en libertad ni en cautiverio, y con ello perdimos un ave majestuosa.
Un poco más tarde nos queda claro por primera vez por qué se dice que Guadalupe es la isla que está entre las nubes. El clima cambia abruptamente, un viento gélido comienza a correr desde el oeste arrastrando consigo jirones de niebla, el cielo se cierra por completo y la temperatura desciende varios grados. Parece como si una tempestad nos hubiese engullido, una tormenta gris y súbita. Sin embargo, instantes después emergemos por encima de la borrasca y el sol vuelve a brillar en el firmamento. Detrás de nosotros queda la parte baja de la isla, oculta bajo la gruesa capa de nubes.
Cuando alcanzamos la estación y nos muestran imágenes por satélite de la isla, comprobamos que esto se debe a que las afiladas crestas literalmente parten el cielo y, por su orientación, funcionan como una barrera que se interpone al paso de las camas de nubes provenientes del Pacífico Norte, rasgando su superficie y creando turbulencias, favoreciendo así que se formen enormes vórtices concéntricos: remolinos de bruma intempestivos que se baten frente a la cara oriental de Guadalupe.
Pienso que esas imágenes remiten a la piedra de un río que diverge el cauce y propicia que se formen rápidos. O también se me ocurre que podría parecer como un lúgubre barco abriéndose paso entre la niebla.
Existe un término japonés, yu ̄ gen, que se emplea para referirse a “un sentido profundo y misterioso de la belleza del universo… Es esa conciencia del universo que desencadena reacciones emocionales que son demasiado misteriosas y profundas como para poder ser expresadas con palabras”. Justamente eso es lo que se experimenta al observar el firmamento en Guadalupe durante una noche despejada. O mejor dicho, durante los breves instantes en los que las nubes se disipan (el clima cambia constantemente también después del crepúsculo) y la bóveda celeste traspasa las lentes oculares e impacta de lleno contra las neuronas. Es sencillamente espectacular. Imposible de comprender. Trastornante. Dan ganas de quedarse congelado en un instante así por el resto de la vida. Catatónico y feliz.
Aquí no existe tal cosa como la contaminación lumínica artificial, la oscuridad circundante es absoluta, por lo que el cosmos se revela en toda su gloria primigenia. Son tantas las estrellas, galaxias, cometas y nebulosas que salpican los cielos de la isla que se tiene la impresión de que incluso en una noche sin luna podrías encontrar tu paso sin ayuda de linterna, eso hasta que el cielo se cierra nuevamente y cuesta trabajo distinguir hasta las propias manos. Ah, pero cuando unos minutos más tarde se abre nuevamente, es esplendoroso. Esta sí es la región más transparente, piensa uno; parece que aquí la atmosfera es más fina, más etérea. Viéndolo así, se comprende que los griegos, mayas, fenicios, dinastías orientales y demás civilizaciones de la Antigüedad rigieran sus vidas por los designios que leían en las estrellas. ¿Cómo es que nuestros antepasados no se quedaron locos observando todas las noches un cielo como este?, me pregunto. Luego reparo en que probablemente sí lo hicieron y que ese es el problema.
No solo en lo que respecta a la contaminación visual se percibe aquí el espacio sin interferencias, sino, más significativamente para los cosmólogos, en lo referente a la contaminación electromagnética. Ese incesante ruido de frecuencias —ondas de radio, televisión, telefonía, internet, radiación de maquinaria eléctrica y un largo etcétera— que actualmente plaga el ambiente en la mayoría de los lugares de la Tierra y que altera, cuando no directamente imposibilita, las mediciones de los radiotelescopios. “Isla Guadalupe y el archipiélago de Revillagigedo son potencialmente las mejores zonas radiosilentes de Norteamérica”, ha declarado el ilustre astrofísico Omar López Cruz, refiriéndose a su condición privilegiada para escudriñar el cielo en busca de pistas sobre la formación del universo.
Fue el mismo Omar, quien hoy en día es un buen amigo, el que me habló de las islas como laboratorios multidimensionales para asomarse al pasado y estudiar la evolución, tanto la más cercana (la evolución biológica) como la más distante (la de los astros y los confines siderales del tiempo).
Aunque llevemos ya varios días aquí, nunca dejará de sorprenderme lo rápido que se desplazan las nubes en este lugar; en el monte Augusta, el punto más alto de la isla, presenciamos una cascada de nubes escurriéndose sobre la ladera: un flujo continuo y dinámico de vapor de agua que da la impresión de ser el torrente poderoso de una catarata precipitándose desde los cielos. Pienso en esa imagen conforme avanzamos nuevamente a bordo de la camioneta, pero esta vez en descenso.
Tras haber filmado los nidos de los albatros (el que habita en Guadalupe es el albatros de Laysan, Phoebastria immutabilis, en realidad autóctono de Hawái pero que amasa una población superior a los tres mil ejemplares en la isla; también se habla de establecer en el futuro una colonia de los gravemente amenazados albatros de patas negras, Phoebastria nigripes), así como haber retratado ya varios colibríes, saltaparedes roqueros y distintas especies de aves marinas, nos dirigimos hacia la costa para visitar a las otras fieras emblemáticas de esta isla: los pinnípedos.
Las colonias nutridas de elefantes marinos del norte (Mirounga angustirostris), lobos finos de Guadalupe (Arctocephalus townsendi) y lobos de California (Zalophus californianus) que en otro tiempo fueron arrastrados hasta los linderos de la extinción por la actividad peletera —tan solo de lobos finos se estima que entre 1806 y 1890 se sacrificaron alrededor de cincuenta y dos mil ejemplares en todas las islas de Baja California, de hecho, por un tiempo se los consideró extintos y no fue sino hasta 1928 cuando fueron “redescubriertos” gracias a un par de avistamientos en Guadalupe—, pero que, tras décadas de esfuerzos de conservación, comienzan a recuperarse. Esto lamentablemente no sucedió con las nutrias marinas, esas sí ya han desaparecido en el área.
Si bien los lobos finos son los mamíferos marinos más icónicos de la zona, ya que cuentan con un rango de distribución que se limita a isla Guadalupe (el único sitio en el que se reproducen), isla Cedros y las Channel Islands en California —la población total actual se calcula en torno a los siete mil ejemplares—, los que nos interesa filmar hoy son los elefantes marinos del norte. Esas focas gigantes —los fócidos o focas verdaderas se diferencian de los otarios (leones y lobos marinos) en que no presentan orejas visibles y en que sus extremidades posteriores no son funcionales para el desplazamiento terrestre— pueden llegar a medir cinco metros de largo y pesar dos toneladas en el caso de los machos, y entre dos y tres metros y ochocientos kilos en el de las hembras, y su conspicua probóscide, que cuelga sobre el rostro como una trompa hinchada, labra uno de los rostros más extravagantes e inolvidables de los habitantes del mar.
Es justo valiéndose de esa bizarra estructura nasofrontal y su amplia cavidad torácica como los machos de elefante marino son capaces de emitir uno de los llamados más poderosos del reino animal (para ponerlo en perspectiva y comprender de qué intensidad de sonido estamos hablando, el rugido de un león alcanza unos 114 decibelios, más o menos lo mismo que una banda de rock, mientras que el de los elefantes marinos puede amplificarse hasta rozar los 130, lo que equivale al estruendo generado por un trueno; no obstante, los verdaderos monarcas del estrépito zoológico son los cachalotes, que pueden emitir sonidos que rondan los 230 decibelios, más fuerte incluso que un cohete espacial al despegar, suficiente para funcionar como un arma sónica y dejar aturdidos a los calamares gigantes).
Los elefantes marinos emplean sus exclamaciones guturales para vociferar su nombre —así es, cada individuo posee un llamado particular, un nombre propio si se prefiere— a los cuatro vientos y advertir a rivales potenciales de su presencia. Y es que, como el resto de los pinnípedos que se reproducen en manada, estos animales son territoriales y recelosos con su harén: se enzarzan en batallas encarnizadas (como de sumo pero con mordidas y mucha sangre) al principio de la época de apareamiento y, para ahorrarse confrontaciones posteriores, se aseguran de dejar grabado su aullido personal en la memoria de sus contendientes.
También son uno de los mamíferos marinos que descienden más hondo durante sus inmersiones en busca de alimento: alcanzan una profundidad documentada de dos mil metros (solo superada por cachalotes y zifios de Cuvier) y pueden permanecer dos horas sin salir a respirar. Lo curioso es que no llenan sus pulmones de aire antes de sumergirse, al contrario, los vacían por completo y en su lugar guardan el oxígeno necesario diseminado en músculos y reservas de grasa.
Viéndolos ahí, apoltronados por cientos sobre las rocas en las que quiebra la marea, resulta difícil creer que hace no mucho tiempo estuvimos a punto de acabar con su feroz abolengo. Los cazamos por centenas de miles durante el siglo xix para obtener su lucrativa grasa (entre otras cosas empleada como lubricante de motores), hasta que la especie completa quedó reducida a tan solo una pequeña colonia de menos de cien ejemplares (algunos estudios sugieren que podrían haber sido tan pocos como veinte) que resistieron ocultos en una bahía apartada de isla Guadalupe. Afortunadamente, ese pequeño grupo reproductor resultó suficiente para que, una vez que se los protegió, paulatinamente la población se recuperara hasta rondar los ciento treinta mil ejemplares que existen en la actualidad y que gradualmente fueron restableciendo su territorio, que comprende desde Punta Reyes, cerca de San Francisco, hasta isla Cedros, encontrándoselos durante la temporada de apareamiento en diversas islas de México y California, entre estas Farallones, San Miguel, Santa Cruz, San Nicolás, San Clemente, Coronado, San Benito y, por supuesto, Guadalupe.
En este momento del año la colonia no es tan grande como en la época reproductiva, solo hay hembras con las crías producto de la temporada pasada (que aun recién nacidas son tan grandes como otras focas adultas y que a base de la sustanciosa leche materna crecen cuatro kilos por día). Los machos y el resto de las hembras llegarán más adelante, durante el invierno; ahora probablemente se encuentren en uno de sus largos y solitarios peregrinajes oceánicos, que pueden extenderse miles de kilómetros mar adentro, tan al norte como Alaska y tan al oeste como Japón, y a lo largo de los cuales pasan hasta el noventa por ciento del tiempo buceando, incluso durmiendo de manera intermitente bajo la superficie.
Aunque no se vean machos en la proximidad, me muestro un tanto reticente a aproximarme a la colonia. Aquel encuentro cercano con un león marino en las Galápagos me bastó para extremar precauciones en presencia de estos organismos. Además de que esas hembras que estamos observando allí abajo, asoleándose entre nubes de moscas, son bastante más grandes que una vaca y aunque cuando se encuentran fuera del agua no sean capaces de desplazarse sobre sus aletas, sino que lo hacen contoneando todo el cuerpo como si fuesen enormes gusanos, pueden alcanzar velocidades sorprendentes. Nada me gustaría menos que interponerme entre una de ellas y su cría, por lo que le propongo a Jerónimo que sea él quien se encargue de hacer los planos cerrados de las bestias mientras yo realizo tomas abiertas desde nuestra posición actual, a unos veinte metros de la colonia.
Jerónimo encoge los hombros, se cuelga la cámara al cuello y comienza a caminar hacia la playa rocosa no sin antes restregarme que soy un cobarde. Conforme lo veo alejarse no puedo evitar recordar las historias que me contaba Gaby Aramoni, una amiga bióloga de mi madre, cuando era niño. Gaby visitó esta precisa colonia de elefantes marinos en 1984, cuando estaba realizando su maestría, un estudio genético de la especie y el efecto de cuello de botella por el que pasaron cuando estuvieron a punto de extinguirse, para lo que requería extraer muestras de sangre a las crías y, como podrá imaginarse, las persecuciones frenéticas por parte de los adultos eran una constante. Recuerdo que contaba que tan solo para inmovilizar a una cría se necesitaba de la intervención de dos personas mientras que una tercera extraía el plasma de las aletas posteriores.
Desde luego que no pasa mucho tiempo antes de que vea a mi amigo correr despavorido con una hembra furiosa mordiéndole los talones. He visto a Jerónimo en muchas situaciones zoológicas embarazosas, pero esta será siempre de mis preferidas. Las cabras (Capra hircus) fueron introducidas de manera deliberada en Guadalupe a mediados del siglo XVIII como recurso alimenticio para los navegantes que frecuentaban la isla, y en tan solo unas cuantas décadas su población aumentó de manera desenfrenada, contándose para finales de dicho siglo en las decenas de miles, la mayoría de estas ya ferales.
Cualquiera que haya tenido oportunidad de convivir con un rumiante de este tipo podrá constatar su notable voracidad y la poca selectividad que demuestran a la hora de forrajear la vegetación. Ahora imagínese lo que sucedería en un bosque prístino que nunca antes se haya enfrentado a una tropa de herbívoros insaciables, y mucho menos en tales cantidades, y que encima no cuenta con grandes depredadores que puedan poner freno al asedio ungulado. Las cabras comenzaron a devorar todas las plántulas y árboles juveniles, impidiendo así la renovación del sistema, y en no mucho tiempo la superficie se colapsó hasta que para principios del siglo XXI, de las casi cuatro mil hectáreas que había de bosque de ciprés y pino, quedaron apenas ochenta y cinco. De igual manera, el bosque de juníperos endémicos, en la porción central de la isla, se redujo en unas dos mil hectáreas, hasta quedar solo unos cuantos individuos vivos de la especie. Y no hace falta recalcar que con la debacle del bosque una cantidad considerable de aves y plantas de diversos tipos perdieron su hábitat y con ello la posibilidad de subsistencia.
Lo que ha sucedido en Guadalupe, como en tantas otras sagas insulares, desde la llegada de los primeros balleneros rusos es clara evidencia de los estragos ecológicos que llegamos a causar los humanos y las especies que nos acompañan cuando irrumpimos en un nuevo territorio y comenzamos a alterar las reglas del juego: en tan solo un par de siglos catalizamos múltiples extinciones. En cierto sentido la isla podría ser concebida como un muy hermoso cementerio, un vestigio paleontológico de numerosas fieras y plantas singulares, únicas en su tipo, que ya no existen. Pero Guadalupe es también una lección valiosa del alcance que pueden llegar a tener los esfuerzos de conservación si el ímpetu de los involucrados y la voluntad política son suficientes, una narrativa biológica en constante desarrollo y que, a mi parecer, demuestra que aún es posible mover el timón de la catástrofe ambiental que hemos desatado. O en todo caso mitigar sus efectos lo más que se pueda. Si no por las criaturas que ya han desparecido (que hemos erradicado), al menos por las que, a pesar de todas las vejaciones en su contra y los castigos sobre el entorno en el que habitan, aún perduran.
Lo que quiero decir es que, si se le brinda la oportunidad —y mejor aún: si se le ayuda un tanto, quitándonos de en medio por ejemplo—, la naturaleza tiene la facultad de reverdecer. Se levanta de entre las cenizas; brota entre los escombros. Incluso en lugares francamente posapocalípticos como Chernóbil comienzan a observarse destellos inspiradores: una vez más los lobos, osos, bisontes, linces, caballos de Przewalski y unas doscientas especies de aves recorren la ciudad de Prípiat en ruinas. Reclaman lo que alguna vez fue suyo, así sea ahora radiactivo. También sucede bajo la superficie, en el atolón Bikini del Pacífico Sur, escenario de veintitrés detonaciones nucleares entre 1946 y 1958 a cargo de Estados Unidos (con una potencia explosiva combinada de cuarenta y dos megatones). El solo estallido de Castle Bravo (bomba de hidrógeno termonuclear de combustible seco que por error de cálculo resultó ser mucho más destructiva de lo que se esperaba) fue unas mil veces más potente que cada una de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki durante la Segunda Guerra Mundial y borró del mapa toda una isla. Sin embargo, setenta años más tarde, el arrecife de coral prospera dentro del cráter dejado atrás por la detonación.
No hace falta más que prestar atención a lo que acontece tras una erupción volcánica para constatar el tremendo poder de resiliencia del que dispone el medio silvestre: cómo las esporas de líquenes y briofitas empiezan a colonizar los campos de lava solidificada y dan paso a que la sucesión ecológica se haga patente y que, al pasar de los años, se establezca un nuevo ambiente, quizás un tanto distinto al que lo antecedió, improvisado si se quiere, no obstante fértil para que la evolución siga haciendo eso que la define: reinventarse. La cuestión es que en este caso nosotros somos el volcán y la explosión está sucediendo en todos lados de manera simultánea, robándole en consecuencia a la vida el único factor condicionante para ser capaz de adaptarse y perseverar: el tiempo.
Por supuesto que con lo que tenemos entre manos en este momento aquel viejo lema, “Ante situaciones desesperadas, medidas desesperadas”, se torna cada vez más vigente. Sin ir más lejos, lo que queda de Guadalupe se salvó en gran parte gracias al trabajo del GECI, en coordinación con el Gobierno, que de 2002 a 2007 se abocaron a erradicar millares de cabras. Es decir, a cazarlas como método de conservación. Quizá pueda parecer una estrategia paradójica, tal vez indignante para ciertos círculos animalistas (que, por cierto, para todo lo que levantan la voz, hacen muy poco por la conservación), pero no hay que perder de vista lo que estaba en la balanza: la supervivencia de uno de los entornos silvestres más excepcionales que perduran en nuestros días.
Con el apoyo de cazadores profesionales y francotiradores y empleando el método de las cabras “judas” (que por medio de radiocollares guiaron a los escuadrones de erradicación hacia las manadas refugiadas en las partes más inaccesibles del terreno), poco a poco fue controlándose la población de cabras y hoy en día vuelven a florecer algunas plantas que se consideraban ya extintas. Quién sabe si algún día incluso el bosque podría llegar a restablecerse, a lo mejor ya no nos tocará verlo, nuestra finitud es breve a fin de cuentas, pero no se podrá decir que no se hizo todo lo posible por resarcir los daños legados por generaciones pasadas. Y eso me lleva a comparar la isla por última vez con otra popular en la literatura: la isla del tesoro de Robert Stevenson. Solo que el tesoro que resguarda Guadalupe es uno de esperanza para estos tiempos en los que la humanidad completa se comporta como piratas.
Una vez más nos hemos levantado antes de que despuntara el día con la pretensión ingenua de filmar el amanecer (digo ingenua porque el cielo casi siempre amanece nublado y lo único que conseguimos es congelarnos). Entre el frío que cala los huesos, la humedad que se crispa como rocío y los vientos que nos cortan el paso, esto se parece más a la tundra siberiana que al Pacífico bajacaliforniano. Por lo menos hoy no tenemos planeado llegar hasta el acantilado, como hemos hecho ya en algunas jornadas previas, donde la sensación térmica es aún más gélida, sino tan solo alcanzar el lindero opuesto del bosque que se encuentra a una media hora de caminata.
Llegamos hasta el sitio que teníamos identificado sobre la línea de árboles justo con el alba. Posicionamos el trípode, montamos la cámara y nos preparamos. Siento que se me van a caer los dedos congelados en cualquier momento. Unos instantes más tarde presenciamos una aurora propia del invierno alemán. Depresiva. Nunca había tenido más ganas de reptar nuevamente dentro de la cama, pero aquí estamos, es el último día que pasaremos en Guadalupe y más nos vale aprovecharlo. Sin embargo, unos minutos más tarde un banco de niebla comienza a descender sobre el campo y no tarda en tragarse el bosque. Guardamos la cámara a la par que la bruma nos engulle. Pronto ya no nos vemos ni siquiera entre nosotros. Es como estar dentro de un humidificador.
Me siento como en una de esas cámaras de aislamiento sensorial, solo que sobre un fondo blanco opaco en lugar de uno negro. Procedemos a hacer lo que nos han indicado en la estación que debe hacerse en estos casos: nos sentamos en el piso a esperar a que la niebla se disipe. De lo contrario, nos arriesgamos a perdernos, o peor, a despeñarnos.
—¡Güey, no me veo ni el cuerpo! —escucho gritar a Jerónimo como si nos separara una gran distancia, cuando en realidad creo que si estirara la pierna podría patearlo.
Transcurren los minutos, y después siguen transcurriendo sin que el banco de nubes dé señales de aminorar su espesura. Cuánto tiempo llevaremos aquí, me pregunto, sin tener la más vaga noción de cómo responderme. Es llamativo lo que acontece en el cerebro cuando las puertas de la percepción se ven clausuradas. Comienzas a alucinar, a inventar sonidos donde impera el silencio, a ver cosas que no existen. Pienso que esta nata densa que nos envuelve es una especie de advertencia de cómo podría verse el futuro si la humanidad no consigue serenarse, si no empezamos a reducir nuestros impactos y reprimimos esa atracción fatal que parece incitarnos a querer quemar el barco en el que vamos navegando. La niebla, me parece, sugiere lo que sucederá cuando finalmente consigamos quedarnos solos. Cuando la codicia y el antagonismo hacia nosotros mismos y hacia todo lo que nos rodea termine por imponerse. Cuando el Antropoceno, Capitaloceno, o como quiera llamarse a nuestra era, alcance su nefasto esplendor.
Pienso que la niebla es como esa nada de la La historia sin fin, inmisericordemente devorando el mundo por la muerte de la imaginación. Y reparo en que nuestra niebla, nuestra nada —esa aniquilación que diseminamos a diestra y siniestra—, se parece un tanto a aquella maquinada por Michael Ende, la potencia de igual manera una carencia imaginativa, la de ser incapaces de concebirnos como algo distinto a lo que nos hemos venido diciendo que somos desde hace milenios: los hijos de dioses que no existen, las criaturas pródigas de la evolución; cuando la verdad es que no somos más que una rama raquítica perdida dentro del gran árbol de la vida, musarañas semiconscientes apenas, tubérculos tecnológicos e hiperactivos, un pedazo de cosmos que se mira sí a mismo con orgullo sin que al resto del universo le importe un comino, y que, sin embargo, vamos propagando nuestra nada por doquier, esa nada que lleva la sentencia de la extinción.
A la mañana siguiente nos llevan al pequeño aeródromo militar (en realidad solo es una pista carcomida por la vegetación), donde aguarda la avioneta en la que partiremos de la isla. Aunque hemos pasado solo una semana aquí, siento que podría haber sido un año; me pregunto cómo será pasar un mes completo, estancia promedio para biólogos y demás científicos que dependen del itinerario del buque de la Armada.
Desde hace unos días Jerónimo no para de atormentarme con su ansia por volver a la ciudad para asistir al nacimiento de su sobrino, que, de hecho, dado que llevamos todo este tiempo ambiguo sin señal de celular, podría haber sucedido ya. No recuerdo haberlo visto tan angustiado ni cuando lo mordió aquella serpiente de cascabel hace unos años. Me parece que exagera con su obsesión por llegar al parto. Como si fuese importante asistir al alumbramiento de un nuevo miembro de la especie cuando somos tantos. Cuando cada minuto sumamos trecientos habitantes más al planeta.
No obstante, no pasará mucho tiempo antes de que yo mismo me encuentre en tal situación. En menos de un año tendré una hija, una criatura salvaje mucho más compleja de cuidar que doscientos camaleones, mucho más exótica y hermosa que una rana voladora, mucho más única y formidable que un ajolote, una fierecilla enigmática y avasalladora que vendrá a trastocar por completo mi estilo de vida, que me obligará a volverme nuevamente un naturalista de interiores, que me acostumbrará a no dormir, a tener que planear mis salidas y a sopesar las consecuencias de todo, pero que a pesar de ello, y a pesar del desastre ambiental, de las extinciones sin freno y de toda la violencia que nos rodea, me hará ser tremendamente feliz y pensar que, aunque el alud de evidencias no cesen de sugerir lo contrario, todavía hay esperanza.
Pero eso no lo sé aún, y en todo caso corresponde a otro libro, uno que se escribe día a día y cuyo final queda abierto.
• Andrés Cota Hiriart, Fieras familiares, Libros del Asteroide, Barcelona, 2022. Libro finalista del I Premio de No Ficción Libros del Asteroide 2021.
Andrés Cota Hiriart
Biólogo y escritor. Es autor de Cabeza ajena, Faunologías y El Ajolote.