La editorial mexicana Alias acaba de poner en circulación una edición conjunta de dos figuras señeras de la vanguardia brasileña: Mário y Oswald de Andrade, junto con ilustraciones de la inolvidable Tarsila do Amaral. Con un diseño facsímil, Resaca tropical reúne dos obras poéticas esenciales para el arte y la literatura continentales del siglo XX: Paulicea desvariada (1922) de Mário y Pau-Brasil (1925) de Oswald, así como su incendiario Manifiesto antropófago (1928) que condensó con suma genialidad el pulso vanguardista y la nueva identidad artística y cultural de un país-continente, emergido de la colonización y la barbarie invasora, marcado por las tensiones entre lo primitivo y lo colonial, en la agudeza irónica siguiente: “Tupi or not tupi” —en referencia a un conjunto de etnias amerindias, alguna de ellas practicante del canibalismo. Paulicea desvariada es un punto de partida similar al de Andamios interiores de Maples Arce —arranque del estridentismo en México—: una renovación radical del lenguaje poético, impregnado de nuevo dinamismo y aceleración, la ciudad moderna insomne a todo vapor, entreverado con el habla cotidiana de São Paolo. Por supuesto, no hay vanguardia sin provocación, ironía, desparpajo y riesgo. A cien años de la Semana de Arte de São Paolo que dio inicio, junto con estas obras, al modernismo brasileño, la vanguardia todavía parece tener mucho que decirnos. Parece una necesidad el contagio de su agitación crítica y celebratoria: la unión del arte y de la vida, para intentar mejorar sus condiciones de existencia. A continuación presentamos un extracto del prólogo de Rafael Toriz, así como de sus traducciones de tres poemas de Paulicea desvariada.

Curtidos bajo el mismo sol y equidistantes fuegos, los casos de la vanguardia en América Latina cuentan historias complejas, contrastantes y diversas, donde el caso extraordinario de Brasil ha sido siempre una rosa de los vientos imantada por el hechizo de sus propios horizontes: unidos y sobre todo separados por la más embriagadora de las lenguas —la última flor del Lacio, según la expresión exacta del poeta Olavo Bilac— la historia de lo que somos y de lo que fuimos no está completa sin el reflejo que nos devuelven sus propias transfiguraciones: sin el Brasil como esperanza es imposible imaginar el lugar donde, con suerte y solo acaso, es posible aspirar a un futuro en que seremos.1 Las razones, desde luego, abundan, pero escasas sensibilidades en nuestra lengua lo han visto con la claridad de César Aira:
En pocos países latinoamericanos o, mejor dicho, en ninguno, las letras tuvieron como en el Brasil un papel tan capital en la hechura de la nación. A la autonomía de la rigidez hispánica de nuestros países, Brasil opone una retórica, de raíces literarias, basada en transformaciones, maleable, mestiza, con sutile zas imperiales, africanas, orientales, cortesanas, indígenas y europeas.2
Un oriente fascinante al alcance de la mano, cuyos frutos, a cien años de la Semana de Arte Moderno de São Paulo, podemos aquilatar en toda su potencia: resaca tropical o la lucidez inaudita de una lengua alucinada.
Fulgores de un instante prodigioso
Con los cañones aún humeantes y las heridas profundas a causa de la Gran Guerra (1914-1918), junto a la Revolución mexicana (1910) y la Revolución de Octubre (1917), la segunda década del siglo pasado fue un momento de incertidumbre global que impactó de maneras singulares la consciencia planetaria, como es posible cotejar en una fecha única para la literatura del siglo XX: 1922 fue un momento memorable por las cotas alcanzadas, un parteaguas cuyos estragos aún hoy nos estremecen.
Aquella fecha cobra una especial preponderancia debido a un puñado de títulos editados, obras esenciales que impactaron la literatura y el arte de manera frontal con ecos y ramificaciones que llegan hasta el presente. Tan solo nombrarlos produce vértigo: The Waste Land de T. S. Eliot y el Ulysses de James Joyce en lengua inglesa; Trilce de César Vallejo, Veinte poemas para ser leídos en el tranvía de Oliverio Girondo, Desolación de Gabriela Mistral, Andamios interiores de Manuel Maples Arce y La señorita Etcétera de Arqueles Vela en nuestra lengua; Fernando Pessoa y su magistral relato O Banqueiro Anarquista así como la Paulicéia Desvairada de Mário de Andrade en lengua portuguesa.
—Rafael Toriz
* * *
Poemas de Mario de Andrade, de Paulicéia Desvairada
La cacería
La bruma nieva… Clamor victorias y de duelos…
¡Monte São Bernardo sin perro para los albisimos!
Cataclismos de heroísmos… El viento hiela…
¡Los cinismos plantan el estandarte;
envían todo al universo
nuevas cartas de Vaz de Caminha!…
Los Abeles casi todos muy malos
escalando, en el légamo, la gloria…
¡Escupe los fardos!
Pero sobre la turba aletean los carteles de Papel
y tinta
como grandes mariposas de sueño quemándose
en la luz…
Y el contoneo del crimen sambado
en la eternización de los tres días… ¡Huaracheos
alegres!…
Robar… Vencer… Vivirlos respetuosamente, en
el crepúsculo…
La vejez y la riqueza tienen las mismas canas.
El engranaje trepida… La bruma nieva…
Una síncopa: la sirena de la policía
que va a apresar a un borracho en el Piques….
No hay más lugares en el mirador triangular.
Hormiguero donde todos muerden y devoran…
El viento hiela… Fermentación de egoísmos
odiosos
para la Cachaza de Ó de los progresos…
Viva virgen vaga desamparada…
¡Desdichada! ¡En breve no será más virgen
ni desamparada!
¡Tendrá el amparo de todos los desamparos!
Tosen: ¡El diario! La platea…
Lívidos doce años por un tostón.
También quiero leer el aniversario de los reyes…
¡Honor al mérito! Los virtuosos siempre han de
ser alabados
y retratados…
¡Otro crimen en la Mooca!
Los periódicos estampan las apariencias
de los grandes que cumplen años, de los
criminales que hacen daños…
¡Sofocos de las riquezas! El viento hiela…
¡Abandonos! ¡Pálidos ideales!
¡Perdidos los poetas, los jóvenes, los locos!
¡Nada de alas! ¡Nada de poesía! ¡Nada de alegría!
La bruma nieva… ¡Arlequinal!
¡Pero viva el Ideal! ¡God save the poetry!
¡Abad Liszt de mi hija monja,
en el Cadillac glauco y manso de la ilusión
pasa Oswald de Andrade
mariscando genios entre la multitud!…*

Oda al burgués
¡Yo insulto al burgués! ¡Al burgués-níquel,
al burgués-burgués!
¡La digestión bien hecha de São Paulo!
¡Al hombre-curva! ¡Al hombre-nalgas!
¡Al hombre que siendo francés, brasileño,
italiano,
es siempre un cauteloso poco-a-poco!
¡Yo insulto a las aristocracias cautelosas!
¡A los barones-faroles! ¡los condes-Juanes! ¡los
duques-rebuznos!
¡Los que viven tras los muros sin sobresaltos
y claman sangres de algunos débiles mil-reis
para decir que las hijas de la señora hablan francés
y tocan Printemps con las uñas!
¡Yo insulto al burgués-funesto!
¡Al indigesto frijol con tocino, dueño de las
tradiciones!
¡Fuera los que digitan los mañanas!
¡Mira la vida de nuestros septiembres!
¿Saldrá el sol? ¿Lloverá? ¡Arlequinal!
¡Pero a la lluvia de los rosales
el éxtasis traerá siempre el sol!
¡Muerte a la grasa!
¡Muerte a las adiposidades cerebrales!
¡Muerte al burgués-mensual!
¡Al burgués-cine! ¡Al burgués-tílburi!
¡Panadería Suiza! ¡Muerte viva al Adriano!
“—Ay, hija, ¿qué te daré por tus años?
—Un collar… — ¡¡¡Un millón quinientos!!!
¡Pero nos morimos de hambre!”
¡Come! ¡Cómete a ti mismo! ¡Oh, gelatina
centinela!
¡Oh, purée de papas morales!
¡Oh, pelos en la nariz! ¡Oh, pelones!
¡Odio a los temperamentos simplones!
¡Odio a los relojes musculares! ¡Muerte e infamia!
¡Odio a la suma! ¡Odio a los secos y a los mojados!
¡Odio a los sin desfallecimientos ni
arrepentimientos,
eternamente a las monotonías convencionales!
¡Manos en la espalda! ¡Yo marco el compás! ¡Eia!
¡Dos en dos! ¡Primera posición! ¡Marcha!
¡Todos para la Central de mi rencor embriagante!
¡Odio el insulto! ¡Odio la rabia! ¡Odio y más odio!
¡Muerte al burgués de rodilla,
que huele a religión y no cree en Dios!
¡Odio rojo! ¡Odio fecundo! ¡Odio cíclico!
¡Odio fundamental, sin perdón!
¡Fuera! ¡Fú! ¡Fuera el buen burgués!
La escalada
(Masónicamente.)
—¡Acantilaciones!… ¡Laderas sin cuento!…
¡Estas cruces, estas crucifixiones del honor!…
—No hay punto final en el morro de las ambiciones.
Las borracheras de vino de los aplaudidores…
Champañaciones… ¡Escupe los fardos!
(São Paulo es trono). —¡Y la Inmensidad de
escalinatas!…
—¿Quieres sentarte en el pináculo más alto?
¿Catedral?…
—¡Estas cadenas de la virtud!…
—¡Embriágate! (los empujones de los brazos
en secreto).
¡Principiarás como esclavo, después serás
Chico-Rei!
(Hay película de serie en el Colombo.
El empujón en la oscuridad. Filme nacional).
—¡Adiós lirios de Cubatão para los que son solos!
(Sono tré tustune per i ragazzini).
—¡Esos mil kilos de creencia!…
—¡Embriágate! ¡Alcanzarás el trono y el sol sonante!
¡Escupe los fardos! ¡Escupe los fardos!
¡Qué facilidad con esas alas!
(Toca la banda de Fieramosca: ¡Pa, pa, pa, pum!
Toca la banda de la policía: ¡Ta, ra, ta, tchin!)
¡Eres rey! ¡Mira al rey desnudo!
¡¿Qué es de tus fardos, Hermes Panza?!
—Los dejé al borde de las escalinatas,
donde en las violetas corría el río de los ojos de
mi madre…
—Calma. ¡Eres rico, eres grandísimo, eres
monarca!
Alguien ahora te los traerá.
(Y helo aquí en el curul del Ojo-bizco-en-
la-Tiniebla).

Rafael Toriz
Ensayista y traductor
1 Aunque en el presente falten los motivos para tener esperanza, como lo ha señalado con pertinencia desde hace tiempo Eduardo Viveiros de Castro: “Estamos destruyendo Brasil, exportando agua, exportando solo para fuera de Brasil, ¿somos más ricos por eso? ¿La desigualdad disminuyó después de años de destrucción del Cerrado, de la Amazonia? El ciclo del oro, el ciclo del café, el ciclo del caucho, el ciclo de la soja, todos esos ciclos con la misma estructura… Brasil como exportador de materia prima para las metrópolis capitalistas. Estamos en la misma posición en la que estábamos en 1500. Es una colonia de exportación de commodities. Brasil continúa siendo una colonia, ha logrado el prodigio de ser una autocolonia, colonia de los otros y colonia de sí mismo”, Viveiros de Castro, E.: “Estamos ante una ofensiva final contra los pueblos indígenas en Brasil”, El Diario (España), 10/11/2019.
2 Aira, C. La ola que lee. Buenos Aires, Literatura Random House, 2021.
* Nota: — La última imagen está en una crónica rutilante de Helios. No hubo plagio. Helios repitió legítimamente la frase ya oída, entonces lugar común entre nosotros, para caracterizar la deliciosa manía de Oswald.