Racismo, arte y cultura: una conversación urgente

Es sobre nuestros cuerpos donde se han construido
todas las opresiones que nos entrecruzan y que internalizamos.
Entonces, hablar como mujer indígena y desde mi mundo indígena
es un acto de despatriarcalización y descolonización.
—Lorena Cabnal

En nuestra columna del mes de enero escribimos acerca del colectivo Poder Prieto y de la necesidad de colocar el tema del racismo (la discriminación por color de piel, ascendencia u origen cultural) en el arte y la cultura en el centro de la mesa de debate, uniéndonos al llamado a una reflexión profunda, que evite tajantes fáciles y reduccionistas.

Un paso inicial importante en este sentido nos lo han brindado el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, el Colegio Nacional y otras instituciones con el ciclo de siete mesas redondas Racismo, Arte y Cultura: una conversación urgente, que se llevó a cabo en marzo y abril pasados, y al que pudimos asistir presencialmente en Ciudad de México o vía transmisión en directo. El ciclo fue convocado por la Compañía Nacional de Teatro (CNT), después de haber sido blanco (injustamente, a decir de los propios miembros de la compañía) de exhortos y críticas por racismo. Ciertamente, la CNT no se antoja más racista que la mayoría de compañías de teatro, danza o música de este país y, al contrario, es evidente su empeño en los últimos años para incrementar la diversidad de su elenco en todo sentido, incluyendo el color de piel.

Esta columna no pretende ser una reseña de lo que se abordó en ese encuentro (hay registro en video de esas interesantes mesas), sino expresar nuestra particular respuesta ante lo que el ciclo nos provocó, centrada en el tema que nos atañe: el arte escénico.

Quienes actuamos hacemos desde el arte escénico una exposición no sólo corporal física, sino de narrativas históricas que ponen al descubierto problemas particulares del entorno político. Son nuestros cuerpos los que representan, y bien podemos otorgarle el sentido político a la palabra representación. El oficio teatral existe porque, de cierta manera, las espectadoras y los espectadores quieren verse representadas y representados en aquellas narrativas, pero también en aquellos cuerpos que “nos representan”. De allí la importancia de contar con elencos representativos de la diversidad poblacional.

Sin embargo, hablar de racismo en México nos pone frente a un territorio de complejizaciones diversas. Estas problemáticas abarcan una serie de actitudes discriminatorias que van desde el clasismo, el colorismo y todo tipo de herramientas colonizadoras de explotación arraigadas en el imaginario social, las cuales reviven una y otra vez la herida histórica y así se trasminan a los escenarios teatrales: un extenso abanico de injusticias indignantes.

Walter Mignolo, en su libro La idea de América Latina (2007), comenta: “Es la indignación la que genera proyectos políticos que propician nuevas clases de saberes y movimientos sociales”. En el campo del teatro en México, las provocaciones y el reclamo se cargan hacia un conjunto vasto de asuntos pendientes, aunque actualmente encuentran particular foco en el problema de la racialidad o racialización de los cuerpos de actrices y actores: fueron ellas y ellos quienes colocaron en el centro de la atención pública preguntas valiosas que revelan lo mucho que falta por andar para promover cuestionamientos a estereotipias de índole racial.

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

Existe una realidad sistémica que subraya las desigualdades arraigadas en la dinámica social. De hecho, hablar de raza es ya establecer un código sectorial, una etiqueta que dificulta las posibilidades de encuentro. Hablar de raza es determinar que existen bases biológicas para el orden jerárquico establecido. ¿Y cómo no vamos a tener incubado un pensamiento cargado hacia el resentimiento social, si el mundo capitalista nos ha enseñado que lo único real es la distribución inequitativa de la riqueza y de las oportunidades?

bell hooks, en su libro Afán. Raza, género y política cultural (2015), dice que es preciso comprender la herida histórica para entender la raíz de nuestro descontento: “Hay que mirar el pasado para intentar reconstruir una historia psicosocial y su impacto”, es a partir de allí que se inicia un proceso de “recuperación colectiva”.

Esa recuperación colectiva de la que nos habla hooks no es un proceso superficial, ni de alivio terapéutico, y mucho menos debe ser aspiracional hacia un individualismo burgués. La escritora y activista feminista estadunidense nos invita a enfrentar la crisis con una mirada crítica sobre los mecanismos que utilizamos para la lucha: darnos cuenta si estamos buscando acceder a los privilegios del opresor o si nos mueve una ética al servicio de necesidades colectivas; algo que ella misma nombra como “una ética comunitaria”.

Por otra parte, no se puede pensar en la ética comunitaria sin pensar en los mecanismos de dominación patriarcal y estereotipos sexistas que recaen sobre los cuerpos. Los feminismos, así como la lucha de género entendida en toda su complejidad, van históricamente ligados con los movimientos por los derechos civiles de índole racial. Entender esto nos regala una perspectiva de la complejidad a la cual nos enfrentamos al intentar jalar a debate los ardores sociales que cargan los cuerpos. Las artes escénicas no pueden escapar de estas cuestiones en un país donde los cuerpos se hacen reconocer como identidades racializadas.

Así pues, es necesario desmarcarse de la nostalgia por el nacionalismo folclorista —o de cualquier otro tipo— para apelar ante una postura crítica cultural profunda; es preciso comprender las dimensiones de un cuerpo político en tanto que se inserta en el complejo entramado de lo social. Como hacedoras y hacedores de la escena, hemos vivido un tipo de claustro, o diremos más bien de “cercamientos” (Silvia Federici, Reencantar el mundo. El feminismo y la política de los comunes, 2019), que nos encierran en “tipos” de personajes a representar.

México, a diferencia de Estados Unidos y otras latitudes de América Latina que tuvieron gran estruendo en la década de los sesenta y los setenta, llega tarde a la lucha por los derechos civiles de cuerpos racializados. Esto se debe, en gran medida, a que el tinte cultural publicitario de nuestro país fue el estandarte pluricultural —“la raza cósmica”; “país de puertas abiertas y brazos extendidos”—, lo cual propició un arraigo de orgullo identitario nacionalista que sirvió al Estado durante décadas y que invisibilizó al mismo tiempo una serie de injusticias y contrastes sociales depositadas en los cuerpos de las clases menos privilegiadas. Es por ello que, en México, al abrir la discusión sobre tópicos de cuerpos racializados y discriminados desde los dispositivos de representación como el teatro, el cine, la televisión y las redes digitales, estamos dando un paso hacia una ética de la práctica escénica que tome en cuenta la diversidad de voces. Cuántas veces vimos en la televisión la misma historia de la mujer pobre de las periferias de la ciudad que conseguía robar el corazón de un hombre rico y así ascendía de estatus, o tantas historias de familias adineradas y toda serie de protagonismos blancos y clasistas.

bell hooks subraya la manera en que la representación constante de una supremacía blanca, desde la publicidad, la televisión y el cine, penetró en la psique de las mujeres negras y los hombres negros una y otra vez, y cómo la imagen del criminal estuvo íntimamente ligada al tono de piel oscuro en el cine y la televisión. Los modelos de representación definitivamente influyen a la hora de hacer prevalecer tipos de estigmatización racial. Hoy sabemos que no basta decir: “Voy a hablar por ti”; es mejor decir: “Voy a hablar contigo”; y mejor todavía: “Me toca escucharte”. Esta dinámica de escucha no debe obviarse a la hora de construir dramaturgias y montar narrativas escénicas.

¿Cómo pueden dislocarse las estereotipias? Los feminismos indígenas y comunitarios nos señalan que un primer paso es el liberarnos de la disciplina; es decir: desobedecer los mandatos que hacen prevalecer las opresiones y así combatir los relatos que han grabado en nuestra memoria corporal y política; promover una serie de desplazamientos y desestabilizar los códigos que nos han sido impuestos para caminar hacia una ética de lo común.

Quienes trabajamos en la escena merecemos una vida en dignidad, con una práctica libre de violencias y sin discriminación. Ello implica guerrear contra el agravio, pero también danzar la emancipación; ensayar narrativas frescas desde nuestros cuerpos, pues como resalta bell hooks: “Resistir la opresión quiere decir mucho más que limitarse a reaccionar contra el opresor, quiere decir imaginar nuevas formas de ser, convocar diferentes maneras de vivir en el mundo”.

Lo cierto es que esta conversación sigue abierta y es absolutamente urgente; es preciso liberar las ideas colonizantes que abarcan cualquier ámbito del hacer. Comencemos, pues, con el nuestro: los cuerpos tienen una carga histórica política que no podemos obviar. En el teatro, cuando los cuerpos se plantan, representan.

 

María Sánchez y Alberto Lomnitz tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: e-scenarios

Un comentario en “Racismo, arte y cultura: una conversación urgente

  1. Encuentro curioso que queramos descolonizarnos usando ideas y criterios de análisis provenientes de las universidades del primer mundo.

    Es desafortunada la idea de que “llegamos tarde” a los debates sobre racismo. Eso implica una concepción lineal de la historia tendiente al progreso continuo, donde hay países adelantados y atrasados.

    En México se abolió la esclavitud 50 años antes que en EEUU, y los esclavos liberados no enfrentaron tantas trabas como en el país de norte. Incluso hay historias de esclavos que escaparon y después se hicieron pasar por mexicanos para escapar de la categorización racial.

    En méxico se abolieron las castas y los fueros, con fuerte componente racial, para explorar la idea de la integración y de los mismos derechos de todos como ciudadanos, El debate de las ideas se ganó hace mucho, pero debemos superar nuestra tendencia a la simulación, y nuestras concepciones de un único modo de desarrollo al cuál deben adherirse todos, incluyendo comunidades indígenas.

    La concepción del blanco en EEUU y en méxico son diferentes, En méxico basta con tener la tez clara. En EEUU no es lo mismo un WASP que un irlandés o un español. Anya Taylor Joy no es considerada blanca. En méxico tenemos familias donde conviven personas de tez blanca con personas de tez morena, y que la emigrar a EEUU provocan confusión en las autoridades migratorias al no saber cómo clasificarnos.

Comentarios cerrados