La violencia de la foto más atroz de los últimos meses en México promueve una serie de reflexiones y confesiones en torno al feminicidio, la memoria, lo visible, los puntos de fuga y desaparición, la muerte que acecha en nuestro país de manera cotidiana. Un acto de presencia y recordatorio genuino remodelan aquí la perspectiva sobre el caso de Debanhi Escobar, otro más que no deberíamos olvidar.
Punto de fuga
Me cuesta trabajo quitar la vista de la foto (una mujer sola a la mitad de la carretera, de la noche) y, cuando lo logro, no dejo de pensar en ella (el viento traducido al movimiento de su falda, de su pelo). Unas horas después, la mujer de la imagen (congelada en su sitio para siempre) moriría en un motel de paso y trece días más tarde su padre encontraría su cadáver en una cisterna subterránea.
Pero ahora ahí está ella, detenida, mirando algo que queda fuera de la imagen. Pienso que esa línea recta que sugiere su mirada y se proyecta hacia el infinito, hacia más allá de las orillas de la foto, instaura un punto de fuga alternativo, siniestro. Punto de fuga, punto de desaparición. Walter Benjamin dijo que la fotografía es violenta, no necesariamente por su contenido, sino porque “cada vez llena a la fuerza la vista y porque nada en ella puede ser rechazado ni transformado”. No hay forma de consolar esta imagen. Aunque la llamemos por su nombre, Debanhi no volteará a vernos. Seguirá aquí, en esta imagen reproducida una y otra vez en las redes sociales, será para siempre sus dieciocho años, la noche de su asesinato. Y no podemos acompañarla en su mirada, saber lo que vio. Es una foto que me vuelve ciega. Es una foto sobre la incapacidad de mirar. Por el momento, no tenemos más información.

Para Marina Azahua, en Retrato involuntario, la fotografía participa de lo sobrenatural pues nos permite “poseer algo que ya no está y nunca será recuperado”. Alguna vez pensé que todo retrato es el retrato de un muerto porque la persona que fuimos cuando quedamos congelados en la pose ya no existe. Esta abstracción teórica, alejada de la realidad, se vuelve literal de la peor manera en la imagen de Debanhi. Aunque aparece viva, es la foto de una muerta.
Punctum
Me duele todo lo que no está en la foto.
Recortes
Cuando era pequeña, durante la época en la que se mediatizaron los asesinatos de mujeres en la frontera al norte de México, empecé a recortar las noticias de los feminicidios y a guardarlas en una caja de zapatos Flexi. Tendría alrededor de trece años, la misma edad de algunas de las víctimas. Quería hacer algo, quería pedir ayuda. No sabía exactamente a quién. A veces mencionaba una carta al presidente, a veces a la ONU. Mis papás me miraban sin mucho entusiasmo, pero hicieron lo que les pedí: guardaban ellos también cualquier noticia sobre feminicidios y yo, al volver de clases, la archivaba.
Pasó el tiempo y, aunque el número de recortes en mi caja crecía, nunca concreté el plan. No le escribí ni al presidente, ni a la ONU, ni al Papa. Quizá guardaba esas noticias no tanto para pedir ayuda sino porque su contenido me resultaba inmanejable, no sabía cómo procesarlo. Confrontada con esas noticias, no podía concebir pasar la página de la hora, olvidar, darle la vuelta al día, seguir con mi fin de semana. El horror me congelaba en mi sitio.
Cosas que las niñas suelen guardar en cajas: cuentas para hacer collares, anillos de pacotilla, cartas de sus amigas, plumas con punta del gel. Yo guardaba fotos de otras niñas muertas. No supe qué hacer con todo eso. Todavía no sé qué hacer. Me quedé con la caja de cartón, un féretro portátil. Un recordatorio de que incluso caminar es peligroso. Yo, por azar, por privilegio, sobreviví. Ellas se quedaron en su sitio. Sus cuerpos, sepultura.
Boletín
He leído varias veces su descripción en el boletín de búsqueda:
tiene el cabello liso, debajo del hombro, en color castaño claro,
tiene cara afilada,
tiene ojos grandes en color café claro, no usa lentes,
tiene nariz larguita y respingada, es de ceja gruesa, boca mediana con labios delgados,
tiene dientes medianos y sí usa braquets,
tiene orejas pequeñas con el lóbulo mediano.
Hay un dejo de ternura en la descripción que me resulta especialmente doloroso: el diminutivo utilizado al describir la nariz, las orejas pequeñas, los brackets. Pero, sobre todo, me detengo en la iteración del verbo. Al conjugarla una y otra vez en presente, el texto insiste en devolverla al tiempo de los vivos. Pienso en la necesidad de asociarla con la ductilidad de las formas verbales, quererla aliada al movimiento. Quererla verbo y no puro sustantivo imóvil, un nombre y unas señas particulares. Hay inercia en los sustantivos. Sólo quienes viven pueden tener: rasgos, cajas de zapatos, tiempo presente. Sólo los vivos.
Señas particulares
Aquí está ella, detenida siempre en sus dieciocho años. Aquí está ella, en la última orilla de se busca. Mira de frente hacia su muerte. Nosotros la vemos, pero sólo ella puede mirar. Edad: al borde de los hechos. Nacionalidad: mujer. Señas particulares: la noche es un arma de dos filos. Señas particulares: una cicatriz antigua en su cicatriz antigua debajo de la barbilla esperando. ¿Cómo puede caber tanto horror en una foto sin romperla? Lugar de los hechos: su cuerpo. Aquí está ella, atrapada, a unas cuadras unas horas de su muerte. Querer llamarla por su nombre. Llevarla de vuelta a casa. Cosas que no se pueden. Una mujer detenida, color castaño claro, desierta a la mitad de la noche. Hay viento. La rabia siempre es nueva. No tenemos más información.1
Elisa Díaz Castelo
Poeta y traductora
1 El último fragmento de este texto se escribió con la intervención de The Lazarus Corporation.