Me dedico sobre todo a los gnomos,
enanos, sílfides y ninfas,
que son los que habitan mi vida.
Clarice Lispector
El reciente estreno de Network en Ciudad de México —en la que actúa uno de los autores de esta columna— nos lleva a reflexionar acerca de la intrincada relación entre el teatro y el cine o, mejor dicho, entre el arte escénico sobre el escenario y el arte escénico en pantalla (ya sea de cine, de televisión o de un dispositivo electrónico portátil). En su inicio, la práctica cinematográfica, con toda su carga innovadora, se construyó de manera independiente del teatro, a partir de una ingeniería de recursos visuales, mediante la fijación de la imagen en movimiento. Pero pronto el cine tomó prestados del teatro su significación dramática y la estructura de trama aristotélica para fortalecer su legitimación en el accionar artístico, poder establecerse como una disciplina y consolidar su potencial comercial. Así pues, en el cine comienza a proliferar la producción de películas con guiones generados a partir de adaptaciones de libretos teatrales.
Ante la espectacularidad del nuevo medio, se vaticinó (como ha sucedido una y otra vez en la historia de nuestro arte) la muerte del teatro. Lo mismo sucedió con la aparición de la televisión —¿quién querría desplazarse a una sala de teatro y tener que pagar para ver una historia, cuando puede ver la misma historia gratis desde la comodidad de su casa?— y pasa ahora con los medios digitales. Sin embargo, el público sigue asistiendo al teatro, tan vital como siempre. De hecho, en las últimas décadas de expansión digital hemos visto un paisaje cambiante y dinámico del fenómeno escénico: se nos han expandido los lenguajes y se ha complejizado cada vez más el entramado disciplinar.

¿A qué podemos atribuir la resiliencia del teatro ante una “competencia” tan feroz? Si bien es cierto que esto se debe a la adaptabilidad del teatro en todas sus formas, dispositivos e intenciones —ya sean éstas interpretativas o posdramáticas—, también resulta evidente que su supervivencia se debe a una cualidad particular, inamovible y constante: la presencialidad.
Desde sus inicios, el cine se ha valido de textos de teatro que han nutrido sus pantallas. Sin embargo, en tiempos recientes, el flujo creativo parece que se invirtió y ahora en la escena abundan textos adaptados a partir de guiones cinematográficos. Ejemplos hay de todos los tipos, desde los coloridos musicales de Disney hasta la Naranja Mecánica. La versión teatral de Network respeta casi al pie de la letra el brillante texto del guion cinematográfico original de Paddy Chayefsky. ¿Cómo explicar esta inversión? Probablemente no sea más que la ya mencionada adaptabilidad en busca de supervivencia. El cine, como dijimos, toma obras teatrales exitosas para atraer al público; ahora que el cine eclipsa al teatro en popularidad, el flujo se invierte. Sin embargo, la pregunta que surge es: ¿por qué ir al teatro a presenciar una historia que ya conozco del cine? ¿De qué valor nos provee la presencialidad que, aunque hayamos vivido la experiencia fílmica y conozcamos la historia, no nos privamos de asistir al encuentro escénico?
La historiadora del arte Anna María Guasch dice, en su libro Arte y Archivo (2010), que “la anamnesis es el recuerdo vivo, espontáneo, fruto de la experiencia que vuelve a cada ser, prácticamente, un memorándum”. El archivo que cada quien somos opera según la acumulación de experiencias. Este conjunto de vivencias encuentra resguardo en la mente y en el cuerpo. La experiencia es sentimental, es un espasmo orgánico que guarda imágenes y sensaciones; de tal manera que en el teatro el cuerpo de las espectadoras y de los espectadores se vuelve continente, es decir: el cuerpo es el depósito donde se resguarda el acto de la representación.
En el cine, el documento es una película, entonces sabemos que podemos asistir una y otra vez a visitar, a verificar, aquel documento, porque está bajo el resguardo de un registro fílmico. En el teatro, en cambio, asistimos a un momento único, un instante irrepetible en el que el registro somos nosotros mismos: los cuerpos que atestiguamos la experiencia de aquella función. La lógica representacional del teatro —efímera, inasible— nos enfrenta al acontecimiento que intentamos guardar en nuestro cuerpo: su valor es el de la experiencia. En el teatro se activa el aparato de memoria de la psique individual, que necesariamente traspasa toda índole de subjetivaciones; por eso es que el teatro, a diferencia del cine, aporta recuerdos y nos convierte en documento vivo.
Ahora existen prácticas digitales —tan amenazantes para quienes se resisten al cambio— que nos remiten a aquélla misma visión catastrófica de la muerte del teatro. Pero podemos estar tranquilos de que esta emergencia puede aprender a convivir con la escena como lo han hecho el cine y la televisión, porque en el teatro acuden la experiencia y la memoria como forma única de una poética para el archivo vivo que cada quien somos.
El teatro, al igual que otras prácticas artísticas, permea necesariamente en los afectos y deja huella en el recuerdo por su relación intrínseca con la imaginación. En su artículo Arte, memoria y archivo (2015), la académica argentina Leonor Archuf se pregunta de qué manera el arte interviene en el espacio biográfico y responde: “Hay sin duda un sinnúmero de respuestas posibles, pero en líneas generales podemos decir que la diferencia sustancial (…) es que el arte tiene un tributo de adecuación referencial donde emerge la subjetividad a flor de piel”. De ahí que el goce de vernos atravesados por la experiencia única se inaugura en cada función: sin importar el número de representaciones, sabemos que asistimos a un acto único y desde allí lo registramos en el cuerpo, de manera que incide en nuestra propia existencia.
Somos archivo por la obsesión de contener lo inasible de la vida, por la lucha constante contra el olvido mediante la acumulación de memoria. Somos un documento vivo y efímero que interpela la impronta capitalista de propiedad privada, y el teatro se vuelve parte de nuestras vivencias.
Alberto Lomnitz y María Sánchez tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.