Kyra Galván: con la voz de Malintzin

Con su más reciente novela, La visión de Malintzin (Ediciones B, 2021), la escritora Kyra Galván Haro (1956) se propone redefinir la perspectiva con que se mira a un personaje que fue un vaso comunicante entre conquistadores y conquistados. ¿Cómo escribir de cara a ese mito injusto? ¿Cómo narrarlo?

En entrevista, Kyra Galván nos revela un largo proceso de investigación no sólo sobre Malintzin, sino sobre la historia de la Conquista y todo lo que acompaña a su protagonista a quien brinda una voz auténtica, una mirada genuina sobre los hechos, por encima del tiempo.

Alberto González: La primera impresión que tuve de tu obra, Kyra, es que tratas de desmitificar, mejor dicho, de quitarle ese mal ganado mote de “traidora” a Malintzin, ¿coincides con esta interpretación?

Kyra Galván: Entre otras cosas, sí. Para mí era importante reconfigurar la imagen de Malintzin, darle otra significación a su intervención en la guerra de Conquista. Hay que entender que ella no fue traidora de nadie, porque no era mexica, ni tlaxcalteca, ni tabasqueña y de hecho no pertenecía a ninguna comunidad cuando llega con el grupo de españoles. Ella era esclava. Desde niña había sido destinada por los comerciantes de Xicalanco a ser esclava doméstica y también sexual. No le debía lealtad a nadie, y mucho menos moviéndose en un territorio que no estaba unificado como país, era un conjunto de etnias separadas y enemistadas desde hacía al menos un siglo que le pagaban tributo al vencedor: los mexicas. Ella obedecía al amo porque estaba de por medio su pellejo, y esa situación no fue diferente mientras estuvo con los españoles. 

AG: Tu libro está a medio camino entre la novela y el diario. ¿Cómo podemos definirla, como novela histórica, como diario imaginado…?

KG: Bueno, yo la definiría como novela histórica con un sesgo filosófico. La novela en gran parte cabalga entre los “hechos históricos” —que siempre serán subjetivos dependiendo de quien los cuenta— y la ficción. Tiene una gran investigación histórica detrás, sólo que decidí escribirla en parte, porque no toda, en primera persona. Además, tomé los hechos a partir de la caída de Tenochtitlan, después de agosto de 1521, periodo del cual existe mucho menos información que del periodo de la llamada guerra de Conquista. Había más lagunas, pero me dejaba más espacio para ficcionar.

AG: Me llama mucho la atención la voz. Le otorgas una voz, un flujo narrativo a Malintzin, con su entonación, sus pausas, sus propios juegos de palabras. ¿Cómo fue el proceso de crear esta voz narrativa?

KG: Esa fue la parte más difícil del proceso. Me llevó mucho tiempo encontrar su voz. Primero escribí una primera versión de la novela en donde empezaba por el principio. Y por principio me refiero a los ocho presagios anteriores a la Conquista —de los cuales encontré otros tres, poco conocidos—, las dos expediciones anteriores a Cortés que enviaron desde Cuba y narraba todos los detalles de la guerra de Conquista. Cuando llegué a la página 420 me di cuenta de que Malintzin se perdía en esta maraña de hechos y personajes, que Cortés, figura dominante, la volvía a opacar, le quitaba el habla, que no era ella la que hablaba. Entonces tomé la difícil decisión de desechar todo ese material y paré la escritura de la novela durante varios meses. Estuve dando tumbos, incluso pidiendo consejo, hasta que en algún momento sentí que Malintzin por fin me hablaba. Entendí que lo que tenía que hacer era tratar de ver la Conquista, a los españoles y lo que siguió con los ojos de Malintzin, una mujer indígena, maltratada, pisoteada por el hombre, que había logrado sobrevivir como una guerrera a circunstancias muy adversas, una mujer inteligente, ambiciosa, dura, pero al mismo tiempo, sensible, capaz de admirar, de amar, de entregarse, una mujer capaz de sobrevivir a través de su inteligencia y que jugó un papel clave en la Conquista. De ella debía ser la visión y no de Cortés. Ver a través de sus ojos y no a través de los ojos de los hombres.

AG: Siguiendo con la voz narrativa: me queda la impresión de que Malintzin habla por ti, eres su interlocutora. El primer gran sobresalto que tuve fue cuando menciona al INAH, pues la noté como un personaje etéreo, una mujer que conoce a investigadores, dependencias y me pregunté a quién le está hablando esta voz. ¿A quién le habla tu personaje, Kyra, qué busca del lector?

KG: Me encanta tu pregunta. No eres el primer lector que menciona lo del INAH. También me lo mencionó Adriana Malvido en la presentación de la novela. Por su parte, Geney Beltrán comentó en dicha presentación que le parecía un acierto del narrador que Malintzin nos hablara desde la muerte, desde una dimensión en la que ella puede verlo todo, ir para atrás o para adelante en el tiempo y saber el papel que juega el INAH, sin tener que justificarse de otra manera. Así que por una parte es un recurso técnico que utilicé porque me daba libertad para narrar, pero también es una especie de homenaje al trabajo maravilloso que hace el INAH y sus programas arqueológicos como el Programa de Arqueología Urbana (PAU) y el trabajo de investigación del Dr. Eduardo Matos Moctezuma, de los Dres. López Austin y López Luján y otros muchos arqueólogos. ¿No sería maravilloso que fueran los arqueólogos del INAH los que descubrieran la tumba de Malintzin, que hacen tanto, con tan poco?

Y a la pregunta de ¿a quién le habla Malintzin?, te respondo que le habla a las mujeres y a los hombres de México, que a veces, no quieren escuchar. 

AG: Orquestas una serie de atmósferas muy interesantes, con mucho colorido, descriptivas. ¿Qué tan complicado fue hacerte de la información para ir tejiendo el telón de fondo de la obra?

KG: Más que complicado fue laborioso, porque tuve que investigar en diversas fuentes, y de ahí tejer ambientes muy precisos y delicados, como tratar de describir, por ejemplo, el recinto sagrado de Tenochtitlán, en el que sabemos —porque así lo narró fray Bernardino de Sahagún— que existían 78 edificios, pero no sabemos exactamente cómo estaban distribuidos. Entonces fue un ejercicio de ir a los restos arqueológicos del sitio, ver maquetas e imaginar cómo se distribuía un espacio enorme de adoración, en un ejercicio imaginativo, y tratar de sentir el ambiente, los olores, la gente. Y como este ejercicio hubo varios parecidos, tratar de hilar atmósferas con poca información y mucha imaginación.

AG: Dar cuenta de Malintzin es dar con nuestras raíces, nuestros dos mundos encontrados: ¿qué enseñanza te deja el indagar sobre la vida de una mujer que fue explotada, esclavizada, y por otro lado, fundamental para la comunicación entre estas dos visiones?

KG: Sabemos tan poco de nuestra propia Historia, la cual se ha simplificado y se ha utilizado de forma maniquea para crear una identidad nacional a conveniencia gubernamental. Cuando te adentras en la Historia entiendes cómo se conformó nuestra idiosincrasia como país a través de la fundación de la Nueva España, con sus vicios y sus virtudes, pero Malintzin se alza efectivamente como una figura fundacional: es nuestra madre simbólica y la hemos tratado muy mal. En siglos pasados se le miró bajo la lupa de una visión patriarcal y machista: se la llamó traidora, de su nombre mal utilizado se acuñó el término malinchismo, como la preferencia por lo extranjero. Se le consideró una seductora de extranjeros, con una mirada xenofóbica y despectiva.

Malintzin es el reflejo materializado de una sociedad que no valoraba en nada a la mujer, su lugar era el hogar y los hijos y existían prostitutas y esclavas sexuales. Las mujeres no figuraban en la vida pública ni en la política. El hecho de que ella se hubiera convertido en tlatoani —en náhuatl el que habla o vocero— por derecho propio es inaudito. Los indígenas la respetaban tanto que la pintaban en sus libros más grande en tamaño que a Cortés, a quien llamaban Malinche, por que era el capitán de Malinalli. Los españoles la respetaban porque dependían de sus dotes de traductora; sólo Cortés la minimizaba en sus cartas al rey. Creo que ya es hora de rescatar su figura para rescatar el respeto por nosotros mismos como pueblo. Valorarla es valorar a todas las mexicanas.

AG: ¿Consideras que es necesario comenzar a tener una nueva visión de la Conquista, por ejemplo en las escuelas, que se enseñe más sobre ambas posturas de esta barbarie?

KG: Absolutamente. La Conquista tiene que entenderse como lo que fue, dentro de su contexto histórico, económico, humano. No se puede entender sin conocer lo que estaba sucediendo en España en aquel momento, sin la pugna con Velásquez en Cuba, sin entender que Cortés no fue un rebelde sino un hombre arrojado y valiente, que, como muchos otros, sólo venían en busca de mejores oportunidades de vida y que siempre trató de ser institucional. No eran malvados per se. Se vivía una época mucho más violenta y salvaje que la nuestra (estaría por verse). Que las tribus indígenas estaban viviendo en una sociedad agrícola que no conocía el hierro y que se han idealizado como un paraíso perdido y eso no es cierto. Las dos sociedades tenían claroscuros, eran humanos que se enfrentaron cada uno con lo mejor y lo peor que tenían y que, como dice Lord Hugh Thomas, el avance en la tecnología militar marcó la diferencia.

AG: Háblame, por favor, tanto del tiempo que te tomó escribir esta obra, así como todo el corpus que utilizaste para la investigación.

KG: En total me tomó cuatro años escribir la novela. Consulté a casi todos los cronistas: las Cartas de relación de Cortés; la Verdadera Historia de la Conquista de Bernal Díaz del Castillo; La Historia General de las cosas de la Nueva España de Fray Bernardino de Sahagún; la Visión de los vencidos, compilada por Miguel León Portilla; las crónicas de la Conquista; La conquista de México de Hugh Thomas; La conquista de América de Tzvetan Todorov; La vida cotidiana de los aztecas de Jaques Soustelle; Bartolomé de las Casas, entre muchos otros autores.  

AG: ¿Qué rasgos o características son las que más destacas de la personalidad de Malintzin?

KG: Bueno, creo que la principal sería la inteligencia y la capacidad para aprender lenguas. Malintzin hasta donde sabemos era trilingüe, pues hablaba maya, náhuatl y castellano y probablemente sabía algo de totonaca. Ella fue no sólo intérprete de Cortés, sino también su amante y consejera, así como negociadora y embajadora. Supo no sólo “traducir” las lenguas sino las maneras tan diferentes de ver el mundo entre las dos culturas. Creo que también era ambiciosa y luchó por conseguir su libertad. Dejó de ser esclava para convertirse en un miembro respetado y reconocido por ambas comunidades. Los padres de la Iglesia también la consideraron la primera evangelizadora de estas tierras.

 

Alberto González
Periodista, narrador y poeta. Editor del sello Ediciones del Lirio, es autor del libro de poesía Nebde

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Publicado en: Entrevista