La exposición Lovers del artista suizo Urs Fischer se podrá visitar hasta el 18 de septiembre de 2022 en el Museo Jumex. Aquí más de una razón para asistir.
Siempre que entro al Museo Jumex y tomo esa enorme caja de ilusionista que te sube y te baja, apreciables lectores, me siento dentro de un horno industrial inmenso, como si fuera un liliputiense que percibe asombrado el tamaño y la amplitud. Imposible no recordar Ensayo de un crimen (1955), donde, en un gesto de placer y crueldad, Buñuel chamusca un maniquí de cera de Miroslava. Extendamos la comparación a todo el lugar. Sí, imaginen, lectores, que el museo es un horno, sí, un hornito de juguete donde se cuece el bizcocho de un pastel. Y recuerden, ¿por qué no?, lo que la Rosalía recién dijo: “yo no soy ni vo’a ser tu bizcochito / que me pongan en el sol que me derrito”.
Esa disolvencia por medio del calor es la que invoca la plaza del Jumex, justo al inicio de la primavera chilanga, calurosamente seca, de inclemente plomiza polución, donde The Lovers #2 (2018), monumental escultura que representa a dos minerales soportándose, un Atlas del amor, está por convertirse en el escenario predilecto para la selfi de museo. Y con razón: la escultura del suizo Urs Fischer, que por primera vez expone en solitario en México y Latinoamérica, es un bocado lujurioso para iniciar la degustación de su obra, reunida en la muestra Lovers, que, según el curador Francesco Bonami, puede compararse con un pastel de cumpleaños con diferentes capas y sabores. En tiempos de austeridad como los nuestros, camaradas, háganle caso a María Antonieta: Qu’ils mangent de la brioche!

Fotografía: Stefan Altenburger Photography Zurich © Urs Fischer. Cortesía de: Museo Jumex.
Al pan, pan, y al vino, vino
Es cierto, la consistencia pastosa que hace las delicias de niños, artistas y pasteleros es una sensación pertinente para hablar de las esculturas e instalaciones de Fischer, que comenzó a trabajar en los años noventa. Algunos de sus motivos colindan con los de, por decir algo, Jeff Koons, también heredero de Warhol. Más que estar obsesionado con el consumo, propio del arte pop, a Fischer le interesan la noción de desgaste y el juego de su representación, desarticular los procesos creativos, congelar el tiempo de cocción que transforma la materia. Es más común ver obras de arte que dan la impresión de estar acabadas, que ocultan la hechura. Casi siempre Fischer va en dirección contraria, capturando en sus piezas los momentos del batidillo creativo, que salpica y chorrea. En este tipo de muestras nunca falta la frase lapidaria: ¡eso también lo hace mi hijo! ¡Ah, caray! Quien quita y sí.
¿Han pensado en sus lágrimas, queridos lectores? ¿Qué eran antes de saborear la sal que se escurre por las comisuras de los labios? Teardrop (2019), instalación en la que una gota hace círculos en un espejo de agua rodeado de plantas, convive con piezas que aluden al ready made de Duchamp, por ejemplo sillas y ropa encontrada (elementos “vintage” que le podrían gustar a cualquier tío chavorruco); la creación de Fischer se puede leer a través del canon artístico.

Fotografía: Stefan Altenburger Photography Zurich © Urs Fischer. Cortesía de: Museo Jumex.
Al pan, pan, y al vino, vino (y en tu boca mi _____)
Más que una pulsión voyeurista, los agujeros (aberturas que son emblema de procesos de desgaste) que abundan en la obra del suizo son una atenta invitación a quitarle el privilegio a la vista, a recuperar otras sensaciones. En otras muestras, Fischer ha abierto paredes enteras para vivenciar el espacio de otra forma, asomarse con los otros sentidos. Con humor, Noisette (2009) recibe al visitante: de un hoyito en la pared se asoma de repente una lengua, es un gloryhole invertido; se trata, porque así lo dicta el lenguaje paremiológico, de una bufonada (¡qué mamada!), un guiño divertido sin ojo, que alude al anonimato y lo efímero, a lo que se oculta tras las capas que se enciman. Eso se constata en Things (2017), la escultura de un rinoceronte, deliberadamente fea, que tiene pegado a su cuerpo de color plata, que alude al progreso tecnológico, bloques de construcción, sillas, una computadora, un inodoro, una máquina saca copias, etcétera.
Esto les va a gustar a todos los cazadores de autofotos: la cereza del pastel de Lovers es Melody (2019), instalación que suspende una lluvia de gotas de colores pastel en la que es posible adentrarse. Atravesar la lluvia, diría Mariah Carey, o bailar bajo la misma como en los musicales de Hollywood, para después encontrar el arcoiris o el camino amarillo. ¿Quién no ha querido hacerlo? Aquí lo que encontramos es una puertita, que divide el espacio en dos, que nos hace sentir gigantes. Mientras tanto dos caracoles esparcen su baba desplazándose por el piso, recordando otros procesos orgánicos como la digestión y el deambular creativo.

Fotografía: Stefan Altenburger Photography Zurich © Urs Fischer. Cortesía de: Museo Jumex.
¡Queremos pastel, pastel, pastel!
Ahora que estamos tan obsesionados con lo efímero y las historias en Instagram condenadas a desaparecer, Eugenio & Esthella (2021-2022) es una pieza pertinente que recoge las búsquedas de Urs Fischer: la tensión entre la ausencia y la presencia, lo acabado y lo inacabado, y una reflexión sobre cómo se transforma la materia. La escultura de cera representa en tamaño real a Eugenio López Alonso, presidente de la Fundación Jumex, tendido sobre el regazo de la consultora de arte Esthella Provas; es una recreación de la Piedad (1489-99), de Miguel Ángel. Se trata de una vela con su respectiva mecha que se irá consumiendo conforme avancen los días, desfigurando el conjunto, que se convertirá en una masa informe. Una vela gigante que se agota al compás de un vals convertido en la alabanza por un pedazo de pastel.

Fotografía: Stefan Altenburger Photography Zurich © Urs Fischer. Cortesía de: Museo Jumex.
Corrado Zeller Navarro
Crítico de arte. Diletante y melómano, paseante habitual de la capitalina colonia Roma. Su color favorito es el rojo desierto.