El 18 de marzo de 2020, cuando apenas habían comenzado las medidas para evitar el contagio del virus SARS-CoV-2, una periodista le preguntó al presidente de la República si el gabinete se reuniría para establecer un plan de acción frente a la pandemia. Andrés Manuel López Obrador respondió que el siguiente martes habría una reunión de gabinete en la que se tomarían medidas “para el caso del agravamiento”. Unos segundos después, añadió:
Pero les digo: el escudo protector… es como… el detente. ¿Saben lo que es el detente, verdad? El escudo protector es la honestidad; eso es lo que protege: el no permitir la corrupción. Miren: éste es el detente. “Detente…”. Esto me lo da la gente… Ya ustedes averígüenlo… Ah, otro; miren: es que me dan, entonces… Son mi guardaespaldas. Igual: esto es muy común, la gente… y tengo otras cosas porque no sólo es catolicismo, también religión evangélica y libres pensadores que me entregan de todo, y todo lo guardo, porque… pues no está de más. Miren: aquí hay otro detente. “Detente, enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo”. Pues no hay ni siquiera enemigos, son adversarios; yo no tengo enemigos ni quiero tenerlos…1
Mientras hablaba así, haciendo grandes pausas, se buscó en los bolsillos y mostró un par de escapularios del Sagrado Corazón de Jesús; un objeto devocional que a veces usaban los cristeros para protegerse de las balas federales. Al día siguiente, el reconocido especialista Bernardo Barranco expresó, en el programa de Carmen Aristegui, una hipótesis que a estas alturas sería muy difícil desmentir: al presidente de la República “le gusta confrontar”. Pero Barranco antecedió su opinión con un juicio acerca del culto al Sagrado Corazón:
Él apela a ese pensamiento mágico, a esa actitud milagrera, providencialista, que está presente sobre todo en la fe popular. Es decir: es un presidente que se identifica con la religiosidad popular, muy presente en el pueblo mexicano […]2
Es difícil discrepar de un especialista cuya autoridad en la materia se asienta en sólidas investigaciones y publicaciones muy bien documentadas; pero no estoy de acuerdo con lo que dijo en aquella ocasión. En su crítica, el Jefe del Ejecutivo habría querido mandar un mensaje de simpatía a las masas, a la mayoría de la población. De acuerdo con esto, “las masas” serían devotas, de manera fanática, del Sagrado Corazón; su pensamiento mágico preferiría los escapularios a los consejos de los médicos, los antivirales y las pruebas de laboratorio. Entonces, el presidente habría dado un paso más en su apasionada historia de empatía con esa mayoría de poco espíritu científico.

Sin embargo, creo que el culto al Sagrado Corazón de Jesús no sólo es objeto de devoción “popular” y, de hecho, es dudoso que sea principalmente una devoción de esa naturaleza; por lo menos no en México y no en la época moderna.3 Durante el siglo XX, fue un culto de intelectuales y políticos para intelectuales y políticos. Aunque sus antecedentes son remotos, en la época moderna se deriva de las visiones de santa Margarita María Alacoque, una monja francesa del siglo XVII. Un siglo después, los opositores a la Revolución francesa lo adoptaron como símbolo. Y todavía después, en 1899, el papa León XIII, Gioacchino Pecci, lo convirtió en el emblema político de lo que hoy se conoce como “la doctrina social de la Iglesia”: esa mezcla de nociones tomistas, pero también modernas y reaccionarias, con las que la Iglesia católica buscó recuperar un poco de lo mucho que había perdido durante las revoluciones burguesas.4 Para León XIII, el culto al Sagrado Corazón permitía construir un individualismo católico. Esa noción estaba llena de contradicciones y le venía bien una identidad que las diluyera un poco; una identidad alrededor de un culto. El culto al Sagrado Corazón se convirtió en algo parecido al romanticismo católico, si se me permite la expresión: un Sturm und Drang bajo el control y con el patrocinio de la curia.
A fines del siglo XIX, los obispos mexicanos que se educaron en el Seminario Pio Latino de Roma —y que volvieron a México para intentar la reconstrucción de la devastada Iglesia mexicana, derrotada en las Guerras de Reforma— convirtieron el culto del Sagrado Corazón en el símbolo de su resistencia contra la Constitución. Lo mismo hicieron los obispos que instigaron y perdieron la guerra cristera y que, además, promovieron la dedicación de México al reinado del Sagrado Corazón. Para el obispo de León, Emeterio Valverde Téllez, promotor del monumento al Sagrado Corazón en el Cerro del Cubilete, se trataba explícitamente de revertir la división de poderes, y muy especialmente la división entre la Iglesia y el Estado. Por eso el Monumento al Sagrado Corazón se convirtió en el Monumento a Cristo Rey: es un culto político y se trata de instaurar una forma de soberanía.
Con independencia de la popularidad que pudiera haber tenido este culto antes, durante y después del proceso descrito, no se trata de una manifestación incontrolada, irracional y fanática de la piedad popular. Se trata de un símbolo promovido por una élite política e intelectual, que lo utilizó para construir su identidad (sobre todo la Acción Católica) y para dirimir, diluir o posponer sus conflictos y contradicciones. Esto lo entendieron bien los pintores de los años ochenta, que usaron la santa víscera para referir a la lucha contra el VIH. Pero aquella operación fue distinta: fue una provocación, fue la apropiación de un símbolo contrario para aumentar la eficacia de una propaganda urgente y de vida o muerte, para reconfigurar el universo imaginario del conservadurismo doméstico y darle un lugar a identidades brutalmente negadas.5 Ese experimento de subversión quedó atrás, y con la llegada al poder del PAN renacieron las fantasías legitimistas que reivindican el reinado terrenal del corazón sangrante.
Así que con total independencia de lo que pudiera haber pensado el primer magistrado cuando presumió sus escapularios, amuletos y estampas, no ha nacido un político tan poderoso que pueda controlar la polisemia del lenguaje. No es “lo que quiso decir”, sino lo que dijo: un símbolo así no se puede usar con independencia de su historia, de su sentido y de sus múltiples significados; en este caso, la mayoría de ellos ligados a las opciones de ultraderecha, ultramontanas y reaccionarias, que quisieran revertir la separación de poderes, abolir la educación laica y de una vez olvidarse del Concilio Vaticano II. Lo que se invocó no fue una improbable “naturaleza del pueblo”, sino la ideología de una élite piadosa, pero no tanto que evitara el uso de la violencia; pues la cristiada, no lo olvidemos, fue una guerra.
Éste y otros gestos del mandatario recuerdan los esfuerzos del PRI para construir y consolidar una hegemonía ideológica en la que obligadamente tuvieran que situarse sus opositores más aguerridos. No creo que, con su extrema pericia para los gestos retóricos un tanto ampulosos, se le haya pasado desapercibido que una sucesión de gobernadores del PAN en Guanajuato lleva años promoviendo el renacimiento del Cerro del Cubilete como sitio de peregrinación. Lo que busca el presidente con ese tipo de desplantes es lo que buscaría cualquier político experimentado: apropiarse de los símbolos y banderas del contrario. Es algo parecido a lo que buscaba Manuel Ávila Camacho cuando se declaró creyente, y también recuerda las maromas de los presidentes del PRI ante las asiduas visitas del inefable Juan Pablo II. También es difícil pensar que operaciones simbólicas de ese tipo puedan volver a generar el amplio, aunque muy engañoso, consenso cultural que caracterizó a México al final del siglo XX. Y es aquí donde podría situarse la crítica más importante al gesto presidencial: al reivindicar símbolos y prácticas muy contradictorios, intenta recorrer un camino que ya no es transitable, navegar un río que ya se secó.
Renato González Mello
Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM. Es integrante de la Academia de Artes.
1 Gobierno de México, #ConferenciaPresidente | Miércoles 18 de marzo de 2020, https://www.youtube.com/watch?v=M_i9P0G0T8E.
2 “Critica Barranco ‘actitud milagrera’ de AMLO ante covid-19 | Entérate”, Aristegui Noticias, consultado el 31 de marzo de 2022, https://aristeguinoticias.com/1903/kiosko/critica-barranco-actitud-milagrera-de-amlo-ante-covid-19-enterate/.
3 Sobre este punto puede verse la excelente tesis de maestría de Gabriela Díaz Patiño, “La soberanía social de Jesucristo : el Sagrado Corazón de Jesús en el discurso de reconquista espiritual en el Arzobispado de Morelia, 1875-1923”, El Colegio de Michoacán, México, 2001, http://colmich.repositorioinstitucional.mx/jspui/handle/1016/371.
4 Pecci, G. (León XIII), “Annum Sacrum (May 25, 1899)”, The Holy See, 25 de mayo de 1899, https://www.vatican.va/content/leo-xiii/en/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_25051899_annum-sacrum.html. González Mello, R., y Salazar Torres, C. “El monumento a la Revolución, el monumento a Cristo Rey”, en Historia, nación y región: [XXV Coloquio de Antropología e Historia Regionales, Verónica Oikión Solano (ed.), El Colegio de Michoacán, Zamora, Michoacán, 2007, pp. 351-66.
5 Debroise O., y otros. El corazón sangrante = The bleeding heart, The Institute of Contemporary Art, Boston, Mass., 1991.