Esta semana se cumplen cien años del nacimiento de Jack Kerouac, el más célebre novelista de la “beat generation” estadunidense. En este ensayo, el autor recuerda sus lecturas adolescentes de On the Road y negocia su ambivalencia ante la actitud más bien colonial con la que Kerouac y sus amigos contemplaban a México.

Un amigo mío tiene un término en apariencia burlón pero en realidad muy profundo para referirse a los estadunidenses que vienen a México a buscar la otra cara de la vida, esa que se parece mucho a la muerte: gringomuertos. ¿Howard Hughes, el magnate y aviador que pasó sus últimos meses emborrachándose en una suite de lujo en Acapulco, sólo para morir en el vuelo de regreso? Un gringomuerto. ¿Hart Crane, el poeta modernista que se mudó a la Ciudad de México buscando escapar de sus neurosis, sólo para tirarse al mar en el barco de regreso? Otro gringomuerto. ¿Malcolm Lowry? Gringomuerto. ¿Charles Olson? Gringomuerto. ¿Neal Cassidy? Gringomuerto también. Para estos gringos, a decir de mi amigo, México es algo así como el otro lado: un lugar donde Eros y Tánatos se confunden, donde es posible acallar al Super-Yo y darle rienda suelta al Ello. Poco importa si los gringos en cuestión mueren literalmente en México, aunque muchos lo hacen: lo que los atrae es la posibilidad de explorar el límite, de rozar el placer de morir, de entregarse a las pequeñas muertes del sexo, las drogas, el alcohol y la transgresión. 

Implícita en el gringomuertismo, por supuesto, hay una visión colonial y distorsionada de México. Nuestro país no es el mictlán de mezcal y mezcalina que imaginaban Olson y compañía, y que aún hoy imaginan las legiones de springbreakers que descienden sobre nuestras playas o las hordas de cool kids que se han apoderado de ciertas colonias de Ciudad de México. A contracorriente de lo que estos gringos parecen pensar, México no tiene nada de mágico. Al contrario, se trata de un lugar profundamente real, donde aquellos de nosotros que no disfrutamos de las protecciones que ofrece un pasaporte azul —o de las ventajas de la tasa de cambio que transmuta a quien es un clasemediero en dólares en un ricachón en pesos— tenemos que enfrentarnos a las infinitas indignidades de vivir en un país donde nada funciona como debería, donde la vida vale poco y el futuro promete menos.

Ilustración: Kathia Recio
Ilustración: Kathia Recio

Traigo a los gringomuertos a cuento porque esta semana se cumplen cien años del nacimiento de uno de los más destacados exponentes del género: Jack Kerouac, el novelista, místico budista, amante de la benzedrina y de los autobuses de largo aliento que es —con la posible excepción del viejo delirante William Burroughs— el prosista más importante de la tal-llamada “Beat Generation”: el grupo de escritores marginales que surgió en Estados Unidos a finales de los cincuentas y se convirtió en el modelo a seguir para toda una generación de la contracultura de ese país, incluyendo, notablemente, al Nobel de literatura Bob Dylan. Como muchos de sus secuaces, Kerouac viajó con frecuencia a México y registró sus experiencias en varios libros, desde el célebre On the Road hasta el menos conocido —pero quizá más importante— Tristessa, por no decir nada de su libro de poemas, Mexico City Blues.

Hoy en día, al releer las obras más importantes de Kerouac, confieso que sus descripciones de México me resultan indigeribles. En On the Road, por ejemplo, Kerouac y Dean Moriarty —el alter-ego de Neal Cassidy, quien a diferencia de Kerouac murió en México tras salir caminando de San Miguel de Allende sobre las vías del tren bajo la influencia de varias drogas— viajan a Ciudad de México en autobús desde el southwest estadunidense con el propósito explícito de acostarse con niñas menores de edad. Puede que aquí traicione mis inclinaciones puritanas —inclinaciones muy gringas, por cierto— pero confieso que no tengo el estómago para tragarme semejante gringomuertismo. Para Kerouac, al parecer, México era menos un lugar digno de estudio y contemplación que un parque temático psicosexual, donde los famosos beatniks podían cumplir sus deseos más oscuros y violentos sin tener que atenerse a las consecuencias.

Lo que complica el asunto es que esta no fue siempre mi opinión. En mi adolescencia, Kerouac —junto con Ginsberg, Burroughs y Corso— era nada más y nada menos que un ídolo. Podría incluso decir que Kerouac fue el primer escritor al que amé con sinceridad, al grado de que antes de graduarme de la preparatoria me las había arreglado para leer casi todos sus libros, desde The Dharma Bums, su novela sobre el intento de varios de sus amigos a acercarse al Nirvana a través del autostop, hasta Some of the Dharma, sus desordenados —y, ahora veo, orientalistas y superficiales— apuntes sobre la práctica budista. En ese entonces Kerouac era para mi el vaso comunicante entre el rock y el folk que escuchaba y la intelectualidad libresca a la que aspiraba. Mi copia de On the Road, un paperback gastado que le presté a todos mis amigos, los mismos con quienes tenía una banda de covers de música estadunidense, lleva las huellas de esa lectura ingenua. Al márgen de este famoso pasaje, por ejemplo, garabateé no menos de cinco signos de exclamación:

The only people for me are the mad ones, the ones who are mad to live, mad to talk, mad to be saved, desirous of everything at the same time, the ones who never yawn or say a commonplace thing, but burn, burn, burn like fabulous yellow roman candles exploding like spiders across the stars and in the middle you see the blue centerlight pop and everybody goes “Awww!”.

A los dieciséis años, esto me parecía poesía del más alto nivel. Aburrido y constreñido por la vacuidad cultural del lejano poniente de Ciudad de México, donde vivía rodeado de fresas católicos a quienes nada interesaba menos que los libros, la promesa de que en alguna parte del mundo existían espíritus libres y rebeldes que brillaban como luces de bengala —y que leían a Nietzsche con seriedad sin volverse por ello aburridos, y que habían construido sus vidas de tal manera que nada les impedía treparse a un autobús Greyhound para cruzar el continente a la menor provocación— se me antojaba evidencia de que valía la pena seguir viviendo, porque en el momento en que cumpliera los dieciocho yo, también, podría lanzarme a la búsqueda de la aventura y del fin de la reencarnación.

Pero ahora, al releer On the Road, me confieso decepcionado. La prosa no es mala, pero tampoco es una gran cosa. El juicio demoledor de Truman Capote me parece hoy en día dolorosamente aceptado: “That’s not writing; that’s typing”. El lirismo de Kerouac depende, más que de otra cosa, de la ausencia de comas, una estructura sintáctica que en inglés se llama run-on sentence, y que al parecer es el resultado de escribir bajo los efectos de las anfetaminas. Hay una cierta naïveté en sus descripciones de personas y paisajes que a veces resulta encantadora, pero que en la mayoría de las ocasiones me deja insatisfecho. Si lo que uno quiere es leer sobre drogas, alcohol y marginalidad en el contexto estadunidense, quedará mucho mejor servido por Denis Johnson que por Kerouac o sus amigos.

En el fondo, sin embargo, creo que mi decepción con Kerouac tiene menos que ver con las limitaciones de sus procedimientos estilísticos que con su tratamiento superficial y un tanto trillado de México como El Otro Lugar. La falta de interés de Kerouac por entender algo del país al que veía como el último escape resulta chocante en buena medida porque otros gringomuertos se las arreglaron para escribir libros donde nuestro país es, al menos, objeto de fascinación mezclada con terror. Pienso, por ejemplo, en Bajo el volcán, de Lowry: una novela que se ocupa de México de manera infinitamente más sofisticada que aquellas de los beats. Con esto no quiero decir que deberíamos dejar de leer a Kerouac. Al contrario: creo sinceramente que sus libros pueden servir como un gateway drug a la literatura. Si tuviera un ahijado preparatoriano, me aseguraría de conseguirle todos sus libros. Lo cierto, sin embargo, es que los beats no han envejecido especialmente bien en los cien años que han transcurrido desde el nacimiento de su principal prosista. Tal parece ser el destino de la mayoría de los escritores que apelan a la juventud más que a la madurez: como sucede con los rockeros de la tercera edad, el paso de los años no les sienta para nada bien.

 

Nicolás Medina Mora
Ensayista y editor