“La casa es ese lugar que cobija al hombre que sueña”: así nos habla Bachelard en su libro La poética del espacio. ¿Qué pasa entonces cuando una casa queda desmantelada, deshabitada? O, peor aún, ¿qué ocurre con las personas que se quedan sin una casa? Quedan descobijadas y sin un lugar para soñar. Esto es lo que les ha ocurrido a quienes integran el espacio cultural independiente Carretera 45: se quedaron sin casa, forzados por la precariedad económica y la falta de apoyo institucional.
Carretera 45 cierra sus puertas, y el grupo de personas que lo conforman —una dedicada comunidad del oficio escénico— se quedan sin el espacio que cobijó la materialización de sus sueños por casi tres décadas.
Un espacio es el sitio que activa la memoria, ese territorio donde la realidad convertida en recuerdo y la imaginación de lo que fue juegan a encontrarse. Cuando un espacio se clausura o se cierra, se cancela la activación de la memoria: se vuelve archivo muerto. Ubicado en la popular colonia Obrera, Carretera 45 fue detonante de dinámicas artísticas y culturales que involucraron activamente a la comunidad local, de tal forma que no son solamente las personas que participan regularmente del arte escénico —artistas y espectadores— quienes pierden un espacio, sino también la gente del barrio.

Carretera 45 ha sido un espacio de vocación cultural barrial que se nutre del intercambio entre la comunidad. Ha aportado un teatro que se piensa, se escribe y se gesta con las historias que emergen de quien camina por las calles de la zona, de quien platica con las vecinas y conoce a la señora de la tiendita de la esquina. Esto no será más.
El tan citado derecho a la cultura es una encomienda de quienes administran recursos públicos, que merece construirse y aplicarse desde la complejidad de múltiples aristas. En nuestro país no se puede pretender que los espacios culturales independientes no comerciales se mantengan a sí mismos exclusivamente con taquilla, patrocinio privado o cafeterías y restaurantes contiguos a los mismos sitios. Esto lo ha dejado en claro, con datos duros, el reciente y muy valioso estudio que publicó el Observatorio Teatral de Teatro UNAM.
Antonio Zúñiga, miembro fundador de Carretera 45 y director del Centro Cultural Helénico, se separó del grupo precisamente para asumir el cargo que la función pública le ha delegado. Quienes hacemos por el arte y la cultura desde diferentes lugares, debemos ver siempre con buenos ojos a cualquier creador o creadora que llegue a sentarse en una silla de mando, pues hay que haber estado en ambos lados del escritorio para conocer lo que el arte requiere y lo que se espera de un funcionario. Lo cierto es que los puestos duran unos instantes y la profesión artística que hemos elegido es para toda la vida. Al asumir su cargo, el actual director del Helénico dejó necesariamente el timón de Carretera 45 y delegó esta tarea a Christian Cortés, quien aceptó la encomienda con entusiasmo y compromiso pero no con ingenuidad, a sabiendas de que no sería fácil sostener los gastos del espacio y la manutención de la fuerza laboral y creativa de las personas que hacen todo en el teatro y por el teatro.
Hablar del derecho a la cultura no es únicamente hablar del derecho que tienen las personas de poder acceder a las prácticas y manifestaciones artísticas. No se trata únicamente de canalizar recursos para producir y difundir el arte con enfoque de producto de consumo: quienes se dedican al arte también tienen el derecho de crear, de performar, de construir desde la práctica, de investigar el oficio, de involucrarse y participar activamente en procesos creativos. Le compete, pues, a la institución favorecer para que este derecho se cumpla. En otras palabras: un rol de la institución cultural en el engranaje político-administrativo es generar las condiciones para que las personas que son profesionales del arte puedan vivir dignamente de sus saberes.
Dedicarse al teatro con seriedad, con empeño y profesionalismo no tendría por qué ser sinónimo de pauperización. Sin embargo, el hecho es que los espacios culturales independientes sin fines de lucro no tienen manera de competir con la producción cultural que viene desde el aparato administrativo ni tampoco con el teatro comercial. Estamos enfrentando desde hace tiempo un sofocamiento cultural, pues cada vez son menos los apoyos mientras que la comunidad artística no deja de crecer. Padecemos una asfixia provocada por la ineficaz e insuficiente distribución de los recursos. Tanto artistas como quienes trabajan en la institución nos hallamos maniatados ante presupuestos raquíticos, de tal forma que pareciera que la triste labor del funcionario o funcionaria termina siendo la de saber cómo decir “No” ante cualquier solicitud de apoyo.
La proliferación de propuestas artísticas y de grupos con enfoque cultural no lucrativo no cesará. Ahora es preciso cuestionarse: ¿cuáles son las vías de subsistencia para hacer prevalecer nuestro oficio?, ¿cuáles son las políticas públicas que sí nos favorecen?, ¿en dónde sí tenemos capacidad para incidir? O, acaso, ¿debemos acostumbrarnos a habitar la zozobra y la incertidumbre porque es lo que toca en nuestro tiempo?
El espacio escénico Carretera 45 cierra y se despide de la colonia Obrera. Este futuro puede ser el de muchos recintos culturales que, por ser independientes, se sostienen con hilos muy finos, bajo la amenaza constante de desaparecer. No hay que olvidar que estos espacios dan cobijo a quienes nos atrevemos a soñar desde el teatro.
Concluimos este lamento con el epitafio que escribe Antonio Zúñiga: “Aquí duerme este teatro, una casa sentida de emoción, entregada y solidaria, la que siempre lleva y trae, la que conduce al norte, la que nos trae al centro y nos lleva al sur, la carretera 45”.
María Sánchez Portillo y Alberto Lomnitz tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.;