Joel Coen ingenia un universo onírico oscuro y angustiante con su extraordinaria adaptación minimalista del clásico de Shakespeare: La tragedia de Macbeth, estelarizada por Denzel Washington y Frances McDormand.
Si bien el tiempo nos ha enseñado a esperar adaptaciones “realistas” o “auténticas” de las obras de Shakespeare —lo que sea que eso signifique—, Joel Coen responde con una deslumbrante adaptación de Macbeth que prescinde de la parafernalia medieval, secuencias de batalla, extras que pululan en el fondo, y hasta de los colores saturados de algunas versiones anteriores. Filmada en blanco y negro, el universo de su adaptación es caprichoso, afín a los sueños, donde una atmósfera quimérica envuelve a Escocia con la manta de la abstracción.
A pesar de confesarse un amateur en materias del bardo, Coen entra por la puerta principal y con pasos firmes al terreno de Shakespeare en el cine, un lugar al que llegó insospechadamente tras una carrera de dieciocho títulos dirigidos en conjunto con su hermano Ethan, antes de que éste se retirara. Incluso para la versatilidad que caracteriza su repertorio, Macbeth parece ser un cambio radical de visión que hasta hace poco ni siquiera él vislumbraba en su filmografía. Pero, como él mismo dijo: “Shakespeare es ineludible”.

Coen adapta “tal cual” la obra escocesa, —quiero decir— utilizando el libreto original y no a partir de una reescritura ni “actualización” del lenguaje. Salvo por algunos cambios, omisiones y añadiduras de distinta índole —nada raro en puestas en escena, ni en adaptaciones cinematográficas—, vemos la trama ya ampliamente conocida: tras luchar contra fuerzas enemigas, un valiente guerrero escocés encuentra en su camino a tres brujas que le vaticinan la corona de Escocia en su porvenir. A su amigo Banquo, en cambio, le revelan que sus hijos serán reyes aunque él mismo nunca lo será. Macbeth se obsesiona con el posible poder profético de las brujas. Comienza su disyuntiva entre dejar todo al azar o, como Lady Macbeth le insta a hacer, aprovechar la noche en la que hospedan al rey Duncan para asesinarlo mientras duerme. No obstante, queda la promesa del linaje de Banquo, que de sólo imaginarlo les representa un obstáculo para conservar la corona. Juntos, Macbeth y su esposa desatan un terror sanguinario por toda Escocia, al tiempo que descienden en una espiral de locura, culpa y paranoia.
En su tratamiento de esta clásica historia, Coen elige prestarle especial atención al diseño del espacio. Casi todas las escenas ocurren dentro de fortalezas rígidas, carentes de ornamentos y de mayor decoración. Si bien el castillo en Dunsinane luce neogótico, el de Macbeth es decididamente modernista —minimalista incluso—, con interiores austeros y fachadas de extrema simpleza. Hasta podríamos llamarlo “barraganesco”. El juego de iluminación, que sugiere que Coen ha estudiado bien el expresionismo de la versión de Orson Welles, crea elegantes diagonales de luz, mientras las formas de los arcos resaltan sobre el piso, separando tajantemente lo claro de lo oscuro. A su vez, los actores se acomodan para crear hermosas composiciones geométricas que se replican en la simetría artificial de los exteriores.
Digo minimalista por no decir vacío. El patio del castillo se siente helado. No hay en las habitaciones rastro del ruido cotidiano. Al campo y a los solitarios caminos rodeados de niebla les hace falta el horizonte. En efecto, es un ambiente desolado, claustrofóbico hasta en los espacios abiertos. Los pasillos y las escaleras parecen no ir a parar a ningún lugar y por las ventanas se aprecian cubos de luz y celosías, mientras los personajes intercambian miradas acechantes. La repetición de los arcos recuerda al “Coliseo cuadrado”, el edificio de Mussolini que se consagró como símbolo de un estricto orden social jerárquico. Así como en la Italia fascista, el espacio ordenado de esta versión contrasta con los salvajes asesinatos que ahí suceden, un reflejo de las mentes fragmentadas de Lord y Lady Macbeth.
Con la participación estelar de Denzel Washington y Frances McDormand el filme brinda una dimensión de madurez a sus confabulaciones ya que esta pareja es de mayor edad a la que comúnmente asociamos a los protagonistas. Las canas en la barba de Washington dibujan a un veterano de guerra, cansado y en busca de su justa y tardía recompensa. La Lady Macbeth que McDormand trae a la vida con su gran actuación es una reina medieval, pero su interpretación dice American Gothic. Como anfitriona expresa calidez humana. Como ama de casa hace equipo con sus sirvientes. Pero detrás de la dulzura de su sonrisa esconde la certeza de que existe una mejor vida más allá de lo doméstico, de que prevalece la sed de poder.
No tienen hijos ni los van a tener. Su legado dependerá de ellos mismos. Expresan la urgencia del “ahora o nunca”, pero con la templanza que naturalmente viene con los años. La energía sexual de otras versiones la reemplaza un cariño mutuo más sutil —y quizá con mejores cimientos—, pero que inevitablemente sufrirá una ruptura. Llevan a cabo crímenes no como un arrebato de ambición, sino de resignación conforme las opciones se les agotan.
Mucho más calculador resulta ser Ross, uno de los personajes secundarios de la obra que, siguiendo la pauta de Polanski, Coen utiliza como un maquiavélico mensajero. Éste se alinea con Macbeth sólo en tanto que los intereses de ambos coinciden, aviva la intriga entre los vasallos de Escocia, interviene en las alianzas, esconde aces bajo la manga para traicionar a todo el que se confíe y deja la conclusión de la película en un final abierto.
Con lo anterior, Coen parece insistir en que uno de los motivos recurrentes de la obra es la confusión, desde las crípticas profecías de las brujas hasta los personajes que esconden sus verdaderas intenciones. Aquí se expresa de varias maneras. He mencionado la arquitectura laberíntica pero, además, abundan las “extrañas imágenes de la muerte”. Los acercamientos hacia el cielo gris se convierten en una toma de la arena, la daga que Macbeth ve a lo lejos es en realidad la manija de la puerta que lo conduce a la alcoba donde el rey Duncan duerme, la primera conversación que escuchamos en off resulta venir de una misma anciana que adopta varias personalidades. Macbeth y Banquo ven estupefactos cómo una figura refleja tres sombras sobre el charco, las cuales luego se materializan frente a sus ojos y, envueltas en la neblina recurrente, se transforman en tres cuervos que rondarán los cielos a lo largo de la película.
“¿Estos seres de los que hablamos de verdad existían o es que comimos de la raíz demencial que toma prisionera a la razón?”, pregunta Banquo que podría estar hablando de las figuras del charco, del bosque que se mueve, de las almenas que se elevan sobre las nubes. Es esta una versión donde cada encuadre es una fotografía donde “nada es sino lo que no es”, donde el espacio onírico convierte en realidad las pesadillas, un reino de blancos y negros en el que, constreñido por la belleza de los muros que lo atrapan, Macbeth asesina al sueño.
Santiago González Sosa y Ávila
Editor, traductor y periodista cultural