Yo soy los otros. Yo soy todos aquellos
que ha rescatado tu obstinado rigor.
Soy los que no conoces y los que salvas.
—Jorge Luis Borges
El aniversario. El Ulises de James Joyce se publicó el día de su cumpleaños cuarenta, el 2 de febrero de 1922. Hace precisamente un siglo. Nuestra época se jacta de ser más longeva, y a los sesenta años, o más, seguimos produciendo y pensando como jóvenes. El virus que nos ha invadido estos dos últimos años y que se ha llevado a tantos, nos ha hecho recordar que somos tan mortales como nuestros ancestros.
Sin embargo, de manera extraña y a cien años de distancia, sentimos que Joyce era todavía joven cuando terminó su obra maestra. En cambio, el escritor irlandés se sentía viejo y exhausto. Al mismo tiempo, muy feliz. Sylvia Beach, dueña de Shakespeare and Company, librería de ex-patriots localizada en 12 rue de l’Odéon de París, fue la única editora que se animó a publicar el libro prohibido en los países de habla inglesa, acusado de obsceno, vulgar y sacrílego. Joyce bautizó la librería como Stratford on-Odéon y la convirtió en lugar de reuniones y su oficina de trabajo. Al reseñar la novela, Ezra Pound, quien admiró y defendió a Joyce desde un principio, parafraseó al viejo Marx y sentenció: “All men should ’Unite and give praise to Ulysses’”.

Ilustración: Izak Peón
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Tres etapas. Harry Levin sugiere que la vida de Joyce se puede dividir en tres periodos, correspondientes a sus tres novelas: El retrato del artista adolescente (1916), que cubre sus primeros veinte años; el Ulises (1922), la segunda veintena; y Finnegans Wake (1939), la tercera, que quedó trunca. Joyce fue admitido en un hospital de Zúrich, en enero de 1941, para tratarlo de una úlcera perforada en el duodeno. Cayó en coma después de la intervención y murió el 13 de enero. Tenía 59 años. No sobrevivió a la cirugía ni cumplió el ramillete de cinco docenas que lo esperaba. Tampoco los 70 que recomienda la Biblia. Se cuenta que sus últimas palabras fueron: “Did nobody understand?”, preocupado, tal vez, porque nadie había comprendido su obra.
Y no es de extrañar. Sabemos de su astrofobia y su extremado temor a truenos y relámpagos. En Finnegans Wake inventó un “terrible y majestuoso” retruécano (Borges dixit), un omnipotente neologismo de 100 letras para manifestar su terror a Thor, la antigua divinidad nórdica:
Bababadalgharaghtakamminarronnkonnbronntonnerronntuonnthunntrovarrhounawnskawntoohoohoordenenthurnuk.
El estruendo verbal creado por Joyce utiliza la palabra thunder en diferentes lenguas: en francés (tonnerre), italiano (tuono), griego (bronte), y japonés (kaminari), entre otras que se han dilucidado.
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El maestro de inglés. Joyce no tuvo éxito en los negocios. Prefirió las armas del destierro, la astucia y el silencio. Se definía como un “literary drudge”, un esclavo del trabajo literario. Sin embargo, alguna vez intentó abrir un cine en Dublín y fracasó. Luego se le ofreció un trabajo como profesor en Berlitz. Lo engañaron varias veces. Llegaba a las puertas de la escuela y no había registro de su persona. Finalmente, en Trieste, lo recibieron. Irónicamente, uno de los más ilustres escritores del siglo XX, se dedicaba a explicar el verbo to be a sus estudiantes. El caso no es único. Octavio Paz tradujo un poema sobre un pedagogo anónimo de la India que se quejaba de la misma suerte, muchos siglos antes:
No llevo cadenas
doradas como la luna de otoño;
no conozco el sabor de los labios
de una muchacha tierna y tímida;
no gané, con la espada o la pluma,
fama en las galerías del tiempo:
gasté mi vida en ruinosos colegios
enseñando a muchachos díscolos y traviesos.
A diferencia de ese profesor fracasado, Joyce sí ha ganado la fama en las galerías del tiempo. Asimismo, fue más osado y sí se atrevió (o imaginó que se atrevía) con una de sus alumnas, como dejó constatado en Giacomo Joyce (publicado póstumamente, en 1968): cincuenta fragmentos transcritos en ocho páginas insertas en un libro escolar azul. Si alguien duda de sus osadas cadencias musicales o de su don verbal, visite este pequeño libro.
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Los ojos del escritor. Me obsesiona una foto de Joyce que tengo en mi escritorio, enmarcada en un pequeño rectángulo de plata. Si mal no recuerdo, la vi por primera vez en Cartas a Nora Barnacle,aparecidas el siglo pasado en México, bajo la colección “La nave de los locos” de Editorial Premiá. Se ve a Joyce en el campo, sentado en la hierba, con las dos manos en la cabeza, agachado hacia el suelo, con un parche negro en el ojo izquierdo, mientras detrás de él iluminan brillantes los rayos del sol. Me conmueve su desolación. Otros tres personajes, más afortunados, caminan por una vereda, gozando de la vida. La fotografía fue tomada al sur de Francia, en 1922, el annus mirabilis en que apareció el Ulises. ¿En qué estaría pensando el escritor irlandés? ¿Qué negras nubes y tormentas interiores asolaban su alma? ¿En qué reinos o guerras se encontraba? No lo sé. La foto, sin embargo, me recuerda a Lezama Lima, quien se refiere al “pesimismo crepuscular” de Joyce. La imagen del irlandés es, al mismo tiempo, dulce, triste y heroica. Pesimista y crepuscular. Como su vida, como su obra.

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El don musical. Desde su juventud, Joyce padeció uveítis o iritis, afección dolorosa que inflama y enrojece los ojos. La oftalmología no estaba tan avanzada como hoy. Más tarde, sufrió de glaucoma y cataratas. Esas dolencias lo llevaron a cerca de doce cirugías durante sus años adultos. Fue una de las múltiples guerras que mantuvo, contra su propia debilidad ocular. Tal vez esa enfermedad le agudizó el sentido auditivo, su destreza musical. Siempre dudó de su escasa visión física. Nunca de su oído ni de su inteligencia. Repítase en voz alta, por ejemplo, esta intraducible secuencia ecuestre que recogió Borges de las páginas de Ulises: “A dark horse riderless, bolts like a phantom past the winningpost, his mane moonfoaming, his eyballs stars”. Simplemente brilliant.
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El aguerrido Joyce y sus amigos. Hemingway cuenta que, en las parrandas que celebraban juntos en París, Joyce siempre terminaba peleándose con algún extraño y lo llamaba para que lo defendiera. Hem relata que Joyce “ni siquiera podía ver a sus adversarios”. Lo calmaba, lo sacaba de apuros, lo arrastraba fuera de los bares, y lo encaminaba hacia su domicilio.
Ezra Pound relata que un día llegó a su encuentro, en un café de París, con una caja donde venían un par de zapatos ingleses. Syvia Beach y Adrienne Monnier lo admiraban y escuchaban mientras tomaban té con él, en las librerías de la rue de l´Odéon. Joyce cultivó amistades que lo querían, que lo cuidaban. Sabían de su soledad y de su gran talento.
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Otra foto. Comparte la fama otra fotografía tomada en 1955 por Eve Arnold para la agencia Magnum Photos London. En ella aparece Marilyn Monroe, en traje de baño negro con tenues rayas azules, rojas, blancas, verdes y amarillas, leyendo el Ulises. Las dos amigas, Marilyn y Norma, se dirigían a visitar al poeta Norman Rosten y se detuvieron en una playa de Long Island. Norma Jeane sacó el libro de Joyce y se puso a leer. Mientras la fotógrafa disparaba su cámara, Marilyn leía pasajes de su ejemplar en voz alta. Confesó que le gustaba “zambullirse en él, más que leerlo capítulo por capítulo[to dip into it, rather than read it chapter by chapter]”, método que recomiendan michos eruditos joyceanos.
En 1999, Christie subastó 390 libros de la biblioteca de Marilyn Monroe. Se demostró que la “dumb blonde” no era tan dumb. Entre los autores que leía, se distinguían Flaubert, Proust, Hemingway, Scott Fitzgerald, Emily Dickinson, Faulkner. También poseía copias de Dubliners y del Ulysses. Cuando Eve y Marilyn llegaron a la casa de Norman Rosten, la actriz recitó poemas de W. B. Yeats. Le gustaba leer, actuar y posar para las cámaras. No debemos dudar de su afición literaria.
Me gusta imaginar a Marilyn Monroe leyendo el monólogo de Molly Bloom, compartiendo el letargo mañanero y el ensueño de palabras. Imaginar que Marilyn Monroe se identificó con Molly, y lamentó a su padre ausente, a su madre esquizofrénica, los años en el orfanato, el primer marido abusivo, los hijos arrancados de su seno, la fama, los amantes, el cumpleaños del presidente 35 de los Estados Unidos, la última sobredosis de barbitúricos que la mandó a la línea horizontal de los jamases, donde ni siquiera Dios escuchó su llamada (Ernesto Cardenal dixit).
Me gusta imaginar que, en algún instante de los ocho párrafos y casi 20 000 palabras sin puntuación, Molly Bloom y Marilyn Monroe se fundieron en el intraducible monólogo del eterno femenino —“das Ewig-Weibliche”— y fueron una, desde la paleolítica Venus de Wildendorf hasta las mujeres contemporáneas del Me Too. Imaginar, finalmente, que Joyce (al igual que todos los hombres) trató y apenas las pudo comprender, trató y apenas las pudo vislumbrar. Yes.
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El fatídico capítulo 13. En 1923 T. S. Eliot llamó la atención sobre “el método mítico” de Joyce, avalado por la teoría psicoanlítica, la etnografía y las interpretaciones cíclicas de George Frazer, autor de La rama dorada, así como las premoniciones poéticas de W. B. Yeats. Eliot apreciaba la valoración de lo clásico como base primordial y sustento de lo moderno:
Al usar el mito, al manipular un paralelo continuo entre lo contemporáneo y lo antiguo, el señor Joyce sigue un método que otros podrán seguir después de él […] Es simplemente una manera de controlar, de ordenar y de dar forma y significación al inmenso panorama de futilidad y anarquía que es la historia contemporánea.
A lo largo del Ulises, hay múltiples manipulaciones de este tipo: las sirenas griegas se transforman en delicadas meseras de un bar en Dublín; el cíclope Polifemo se yergue como un ultranacionalista irlandés, antisemita, que arroja objetos a Bloom. El caso más nombrado y que ocasionó la prohibición de la obra por obscena, fue el episodio de Nausícaa, en el capítulo 13.
Joyce realizó una deliberada y escandalosa parodia de la literatura romántica y de las revistas femeninas de la época, escrita a la manera de las imitatrices de Jane Austen y Charlotte Brontë. Mediante hipérboles femeninas retrata a una “princesa victoriana”, a la vez que despliega un sistema de paralelismos con el mundo clásico, degradado en su caricatura moderna.
El sustrato de la parodia se halla en el capítulo VI de la epopeya griega. Náufrago y exhausto, Odiseo arriba a las playas de Esqueria, donde cae dormido de fatiga. La princesa Nausícaa, hija de los reyes Alcínoo y Arete, se acerca a las riberas del río para lavar su ropa y jugar a la pelota con sus damas de compañía. Allí encuentra a un Odiseo que empieza a envejecer, mas queda impresionada —enamorada— de su fino lenguaje y sus maneras delicadas. Lo conduce al palacio de su padre, donde lo ayudarán a regresar a Ítaca.
Joyce, quien según Borges “trabajó el Ulises en los terribles años que van de 1914 a 1921”, recrea la escena homérica de manera paralela y diferente: en la playa de Sandymount, Cissy Caffrey pasa la tarde con Edy Boardman y su bebé de once meses y nueve días, y con otra amiga, Gertrude Gerty MacDowell, hermosa muchacha dada a los ensueños, quien entre visiones etéreas, piensa en su fracaso amoroso con Reggy Wylie. Mientras hablan de “cosas de mujeres” [discuss matters feminine] las jóvenes cuidan a los gemelos, Tommy y Jacky Caffrey, de cuatro años, que juegan a las espadas, construyen castillos de arena y patean una pelota de colores. La escena ocurre en un atardecer estival y fragante [a balmy summer eve] del 16 de junio de 1904, especificamente a las 8 de la noche.

Primera edición de Ulysses de 1922. Fotografía de Geoffrey Barker, con licencia Creative Commons BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons.
Desde la primera línea, Joyce mimetiza el lenguage de la novela rosa, género al que Gerty es adicta: “La tarde de verano empezó a abrigar al mundo con su misterioso abrazo. Lejos, en el oeste, el sol descendía y el último resplandor de ese día fugaz reposaba dulcemente en el mar y la playa”. Joyce prepara la parodia caricaturesca. Leopold Bloom, Odiseo moderno y degradado, deambula sin rumbo, vestido de negro en contraste con la blancura de la playa, después de visitar a la viuda de Patrick Dignam. Paddy, enterrado en el cementerio de Glasnevien, el Hades dublinesco, murió debido a sus excesos alcohólicos, como Elpénor, el ebrio marinero desnucado en el canto X de Homero.
Entonces Bloom se encuentra con el grupo de las muchachas. Gerty MacDowell advierte, al patear la pelota de los niños hacia los rocas, que Bloom la observa y se toca furtivamente. Al notar sus acciones, Gerty decide “ayudarlo”, y extiende sus delicadas piernas para que el envejecido Leopold admire “sus medias transparentes” en una escena de voyeurismo tardío. Atraído por ese guiño sexual, Bloom acentúa su prestidigitación onanista. La joven se estira y se estira más, para acariciar la mirada del desconocido con sus más íntimas prendas femeninas, de color azul —She was wearing the blue for luck. Aprovecha que sus amigas la han invitado a ver el espectáculo de unos cohetes de pólvora disparados, a sus espaldas, contra el horizonte dublinés, desde el antiguo Bazar Mirus. Gerty, palpitando en su silla playera, se expone al inédito “náufrago” con una extraña simpatía, entre maternal y sensual, pensando que era el hombre más triste y solitario del mundo. Stuart Gilbert señala que, en otro nivel de parodia, el religioso Joyce sincroniza el acto masturbatorio de Bloom con procesiones eclesiásticas que pasan por la mente de Gerty, y el clímax eyaculatorio con la explosión dorada y festiva, oh, de los fuegos de artificio.
Para darle la puntilla al mito clásico, Joyce nos informa que la nívea heroína romántica, la Nausícaa victoriana, armada de exquisitas prendas de lingerie, acaba por ser una muchacha discapacitada, que se levanta cojeando ante el llamado de sus amigas, que la apremian a partir cuando empieza a refrescar la tarde. “¿Botas ajustadas? No. ¡Está coja! ¡Oh! [Tight boots? No. She´s lame. O!]”. Joyce destruye, magistral pero brutalmente, con depurada prosa romántica, el mismo estilo que imita, así como cualquier equívoco sentimental. Versión chusca de la épica homerica —mock-epic style, lo llama Anthnoy Burgess—, el mundo moderno sólo puede ser una réplica desvaída de la época clásica en que se inspira.
Una escena así, donde se presenta a dos personajes seduciéndose a distancia, a una heroína romántica lisiada, y procesiones religiosas sincronizadas con una eyaculación, fueron demasiado para los lectores y la crítica. Este musculoso capítulo de Gerty MacDowell y Leopold Bloom llevó la novela a las Cortes y fue expurgado de ediciones posteriores. La moral de la época no lo soportó.
Es probable que para el Zeitgeist contemporáneo, para el espíritu liberal de nuestra época, el devaneo entre Gerty y Bloom, “admirablemente mezquino” diría Borges, no escandalice a nadie. En Instagram y Tik Tok se hallan princesas neoliberales más provocativas y sirenas digitales más sensuales. Todo al alance del movimiento de un dedo, mágico. Sobreviven la parodia y la música verbal de Joyce.
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El homenaje. La vida de James Joyce ha dado para dilatados estudios, colecciones de cartas, y espléndidas biografías como la de Richard Ellmann; el Ulises, para mil y un ensayos hermenéuticos e innumerables escolios académicos que no eclipsan su grandeza. Cada capítulo es una sonora caja de Pandora, con incontables ecos intertextuales, resonancias clásicas, juegos de palabras, frases musicales y delicadas formas verbales. “Sorpresa, deleite y terror” como escribió T. S. Eliot. Nos hemos referido sólo al episodio de Gerty y Bloom, ejemplo claro de la complejidad del Ulises y su método mítico.No hay mejor manera de celebrarlo que leerlo. O releerlo. De principio a fin, por partes, o como se quiera. Siempre habrá algún detalle memorable. O miles de ellos. A mí me acompaña una línea que aparece en sus primeras páginas: A sail: a veil awave upon the waves. La repito cada vez que me acerco al epi oinopa pontón, al vinoso ponto, y veo algún velero flotando entre las olas del mar.
Libros consultados:
• Borges, Jorge Luis. “Joyce y los neologismos”, “Fragmento de Joyce”, “Invocación a Joyce”. En Ficcionario. Una antología de sus textos. Edición, introducción, prólogos y notas por Emir Rodríguez Monegal. México: Fondo de Cultura Económica. Colección Tierra Firme, 1985, pp. 136-138, 175-177, 370-371.
—. Textos cautivos. Madrid: Alianza Editorial, 1998.
• Burgess, Anthony. Here Comes Everybody. An Introduction to James Joyce for the Ordinary Reader. London: Faber and Faber, 1965.
• Eliot, T. S. Poems and Prose. New York – Toronto: Alfred A. Knopf. Everyman´s Library. Pocket Poets, 1998.
—. “Ulysses, Order, and Myth”. The Dial Magazine. 75-5. Nov. 1923, pp. 480-483.
• Ellmann, Richard. James Joyce. New York: Oxford University Press, 1965.
• Gilbert, Stuart. James Joyce’s Ulysses. New York: Vintage Books, 1952
• Gifford Don and Robert J. Seidman. Ulysses Annotated. Revised and Expanded Edition. Berkeley-Los Angeles-London: University of California Press, 1988.
• Joyce, James. Ulysses. Complete and Unexpurgated. With a Forward by Morris L. Frost and the Decision of the Unites States District Court Rendered by Judge John M. Woolsey. New York: The Modern Library, 1946.
• Levin, Harry. James Joyce. Traducción y notas de Antonio Castro Leal. México: Fondo de Cultura Económica. 4.ª reimpr., 2014.
• Lezama Lima, José. Confluencias. Selección de ensayos. Selección y prólogo de Abel E. Prieto. La Habana, Cuba: Edición Letras Cubanas, 1988.
—. El reino de la imagen. Selección, prólogo y cronología de Julio Ortega. Caracas, Venezuela: Biblioteca Ayacucho, 1981.
• Pindar, Ian. Joyce. London: Haus Publishing, 2004.
• Pound, Ezra. “Dubliners and Mr. James Joyce”, “Ulysses”, “Joyce”. En Literary Essays of Ezra Pound. Edited with an Introduction by T.S. Eliot. London – Boston: Faber and Faber, 1985, pp. 399-402, 403-409, 410-417.
• Salgado, César Augusto. From Modernism to Neobaroque. Joyce and Lezama Lima. Lewisburg, Pennsylvania: Bucknell University Press – London: Associated University Presses, 2001.
Arturo Dávila
Escritor, doctor en Lenguas y Literaturas Romances por la Universidad de Berkeley. Tantos troncos truncos (Casa Vacía, 2020) es su último libro de poemas.
Un Finnegans Wake mexicano, enteramente LEGIBLE y anotado, publicado en Perú. En vista de que se acercan fechas simbólicas importantes al respecto del autor irlandés, como el Bloomsday, pongo a su consideración tener un encuentro para ofrecerles y comentar acerca de la traducción en marcha del FW que estoy realizando, en versión anotada, con estudios introductorios y sinopsis, de la que en la pasada FIL se presentó una edición peruana que obtuvo el auspicio y aval de Literature Ireland. Más informes en mi página Edición Príncipe de “Finnegans Wake” en Español. Saludos.