“El teatro también se lee”. Así reza el eslogan de la Feria del Libro Teatral, cuya 12.a edición se llevó a cabo del 3 al 5 del presente mes, en la plaza Ángel Salas del Centro Cultural del Bosque. Este atinado eslogan nos recuerda que el teatro no sólo es una actividad escénica, sino también literaria y académica. Esta última actividad analítica —que incluye a la teatrología y a la crítica— es frecuentemente olvidada cuando nos referimos a la actividad teatral, como si las personas que la ejercen no estuvieran incluidas entre las filas de la profesión teatral. La reflexión y el análisis en torno al quehacer escénico es mucho más que el recuento, la crónica o la opinión sobre lo acontecido: es de hecho un motor de pensamiento creativo que impulsa de manera decisiva el desarrollo de lo que se verá próximamente en escena.

Imagen de la presentación del libro Dramaturgias fronterizas. De izquierda a derecha: María Sánchez Portillo, Rocío Galicia, Arturo Díaz Sandoval y Pablo Tepechin
Así pues, a manera de homenaje a la academia que estudia y reflexiona el teatro, publicamos a continuación el texto íntegro que María Sánchez Portillo escribió para la presentación del nuevo libro de la investigadora del Centro Nacional de Investigación Documentación e Información Teatral Rodolfo Usigli (CITRU), Rocío Galicia, Dramaturgias fronterizas, mismo que aporta una mirada profunda a las dramaturgias que emergen en la “norfrontera” mexicana.
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Frontera: territorio límite; sitio de paso, de cruce; lugar que no es para quedarse. Rocío Galicia va a la frontera y se queda. Sitúa el pensamiento y la mirada en una dramaturgia —o mejor dicho en las dramaturgias— que se desarrollan en territorios limítrofes, en los bordes geográficos y de lenguajes disidentes de un sólo tipo de aseveración dramática. Galicia navega en el paisaje de formas escénicas que emergen en la “norfrontera” mexicana y que sacuden la comodidad de un teatro inmóvil.
Quienes lean Dramaturgias fronterizas podrán caminar a salvo y de la mano de Rocío Galicia por un campo minado, tierra sembrada de cuerpos, un camposanto que no puede más que empujar a sus hacedoras y hacedores a contar la historia y dejar que la ficción y el archivo se den un abrazo para así observar, desde la escena, diferentes perspectivas de un mismo territorio.
Galicia hace una crítica atenta a dramaturgias de abanico abierto; un espectro amplio que juega en los límites y no teme a los desbordes. Reconoce el espacio de creación que se abre paso y que provoca una falla geológica en el terreno aparentemente estable de la dramaturgia compuesta en latitudes menos excéntricas.
En Dramaturgias fronterizas, se acepta lo inestable como un valor, pues es en este territorio de desplazamientos donde se abrió la brecha que permitió una reestructuración de las posibilidades dramáticas y de dispositivos para la creación escénica en México. Galicia observó desde muy temprano esta potencia y la articula en una serie de ensayos en que aborda distintas obras y con los cuales apunta, subraya, observa y nos comparte bifurcaciones conceptuales, así como imágenes precisas que nos implantan el ardor de acercarnos a mirar.
Rasconbandiana como ella es, Galicia hurga en el valor del documento, del archivo, y apunta al carácter ficcional donde aquello que es memoria deja siempre un lugar a la imaginación. Así, Dramaturgias fronterizas me hizo pensar en lo que dice la filósofa y ensayista argentina Tamara Kamenszain en su ensayo La boca del testimonio: “Estas obras no son un registro realista de lo que aconteció, pero son prueba de un presente, no de algo que ya pasó”.
Para Galicia, en el norte se gesta una dramaturgia que investiga sus posibilidades dentro de una comunidad activa y que arroja interesantes formas de conexión documental y social. Una dramaturgia que favorece la diversidad. Cito a Galicia: “Ése es el ámbito del teatro: la construcción a partir de una pluralidad de voces que si son disonantes resultan en un drama más complejo y verosímil”. Más interesante que el neurótico censor conservador de dramaturgias cerradas.
Parafraseo a López Velarde: ¿para qué queremos una dramaturgia fiel a sí misma? ¿Para qué, si las fronteras proponen cruces y dinámicos desplazamientos; una construcción colectiva de los límites, de las fronteras de una dramaturgia?
Gracias al recorrido que propone Rocío Galicia podemos asomarnos desde su mirilla y acercarnos a los cuerpos/identidades políticas del norte de México que desde acá, el centro, se antojan lejanos. Como dije al inicio, la frontera es territorio de cruce, y me arriesgo a pensar que son estos desplazamientos los que promovieron un tipo de dramaturgia en la “norfrontera” mexicana que Rocío sabe detectar y articular muy bien. Como nos recuerda Simone Weil en su ensayo Por un trabajo no servil:
“(…) en la naturaleza humana no existe otra fuente de energía para el esfuerzo más que el deseo. (…) El deseo es una orientación, el comienzo del movimiento hacia algo. El movimiento es hacia un punto donde no estamos. Si el movimiento, apenas iniciado, vuelve sobre su punto de partida, daremos vueltas como una ardilla en una jaula, como un condenado en una celda. Y dar vueltas y vueltas produce rápidamente el hastío.
Por eso para Galicia la dramaturgia de la frontera es un reflejo del dinamismo vital de la región: desplazamiento, cruce, movilidad que se opone a un estatismo dramático. Las piezas escénicas que analiza con mirada crítica en su libro, tampoco escapan a una reflexión en torno al actual devenir donde la crisis de lo humano, junto con una convulsión apocalíptica que acompaña todo milenio se deja sentir aún más con la aparición de un virus y sus mutaciones. Las dramaturgias fronterizas saben, pues, habitar el riesgo, porque habitar la incertidumbre, caminar en el filo ha sido el trabajo de los cuerpos y las cuerpas del norte de México. En un favorable amasiato de narrativas en la dramaturgia del norte convergen temblores sociales tales como el narcotráfico, el feminicidio, las maquiladoras, el exterminio apache, la matanza de Tomóchic, los fenómenos migratorios. Una dramaturgia en que el carácter ficcional historiográfico nos ofrece una orografía escénica particular. Es preciso llegar hasta aquí y alejar el juicio.
El antropólogo y sociólogo David Le Breton, en su libro Cuerpo sensible, establece: “El cuerpo es una materia inagotable de prácticas sociales”. Es en el cuerpo de las dramaturgas y de los dramaturgos de frontera donde se deposita toda la experiencia que llamamos vida. Igualmente, en el norte de México, también llevamos la experiencia de lo que llamamos muerte. De esa tensión, tal vez, es que se desgajan todos los discursos sobre actitudes sociales y normativas que recogen las dramaturgias fronterizas, y que Rocío Galicia nos ayuda a mirar como un tipo de extensión física y territorial que se adhiere a la voluntad de vida. En “Dramaturgias de la desmesura” —uno de los apartados que la autora propone—, Galicia señala que las huellas de la violencia sobre los cuerpos femeninos masacrados y su despliegue público pueden concebirse como nectroteatro, término acuñado por la investigadora Ileana Diéguez. ¿Qué tipo de escena puede convivir con una espectacularización de la violencia que supone el hallazgo de cuerpos insepultos y muchos otros que desaparecen como parte de un paisaje de horror? Sólo una escena valiente, osada, muy viva, despojada de rigorismos y sin miedo a visibilizar aquello que la tragedia griega ocultaba de las miradas.
Este ejercicio dramatúrgico de imaginación fronteriza requiere un tipo de fabulación que facilita una promiscuidad de pensamiento, un soltarse en el fluir creativo que no censura posibilidades que antes parecían ajenas al teatro convencional. Así pues, como afirmamos en la obra Mejor desnudos, es mejor estar desnudas y desnudos que muertas y muertos; es mejor vestirnos con la ropa y los zapatos de los otros y las otras para seguir jugando. Todo sea en aras de permitirse seguir jugando, pero sin olvidar.
Quienes hacemos desde la escena sabemos que la imaginación es una práctica, que la construcción dramática es una práctica y que apelar a dinamismos sociales a partir del dispositivo escénico también es una práctica. La imaginación es en el origen la gran potencia del desarrollo humano, y en un mundo en que la inteligencia se vuelca hacia una sofisticación de más y mejores mecanismos de control, afortunadamente tenemos a las dramaturgias fronterizas donde “el teatro resalta la huella y se interna en las entrañas para revelar oscuridades e injusticias y así hacer patentes las tensiones que se pretenden sepultar”. Todo para promover una imaginación social encaminada a hacer prevalecer la vida.
María Sánchez Portillo y Alberto Lomnitz tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.