En Crónicas transatlánticas, Luis de Llano Macedo abre las maletas de su memoria para extraer batallas, amores, testimonios de vida y muerte, de viajes, victorias y derrotas, y plasmarlos en una serie de relatos sobre quienes llegaron a México exiliados entre 1936 y 1942 por la Guerra civil. Uno de ellos, figura central de esta crónica que reproducimos gracias a Ediciones del Lirio, es su propio padre, Luis de Llano Palmer. Hilo eterno entre las dos orillas del Atlántico, los protagonistas de este libro encarnan el tesoro, siempre por recobrar, de aquella España peregrina que cambió nuestro país.
Don Luis de Llano Palmer, mi padre, acostumbraba a desayunar conmigo todos los días y le encantaba que le llevara croissants; durante estos desayunos siempre me narraba alguna anécdota o historia de su vida, y yo aprovechaba para grabarla. Eran historias muy amenas de lo que vivió al llegar a México, y cómo se fue forjando una carrera espectacular dentro de la publicidad, la radio, la televisión y el teatro. Estas narrativas eran muy especiales, porque aun cuando a veces las repetía, nunca cambió la línea de la historia, nunca perdía su sentido del humor y yo sentía que me estaba dando una lección en forma muy elocuente y al mismo tiempo muy humana.
En una ocasión le pregunté:
—Papá, ¿cuál es tu verdadero nombre?
Me dijo: Mira Luis, cuando yo llegué a América y me naturalicé mexicano, cambié un poco mi apellido: quité la “l” de del, y “de la Encomienda” también lo quité, porque era muy complicado tener un apellido tan largo, y aquí en México me hacían muchas bromas, por lo que ahora soy Luis de Llano Palmer.
Fumaba muchos puros y tomaba mucho café, fue un gran lector, leía todo tipo de periódicos, también revistas. Era un gran conversador, lo mismo hablaba de política que de fútbol, o de todo lo que era noticia en la actualidad. Siempre marcando sus palabras con un bellísimo acento español. Le encantaba ver partidos de fútbol de Europa, siendo un fanático del Real Madrid y de Barcelona, aplaudía las hazañas de Hugo Sánchez hasta Leonel Messi, sin pasar por alto a los monstruos brasileños que estaban de moda. Le gustaba ver partidos de beisbol y era admirador del Toro Valenzuela; no se perdía las corridas de toros por televisión, sobre todo las hazañas del Juli, de Ponce y de otros toreros que se forjaron en México.

Odiaba que lo entrevistaran, sus opiniones y comentarios siempre fueron puntuales y acertados, pero muchas veces cáusticos y muy directos. Recuerdo cómo me narraba la historia de su vida, y de todo este segmento de varios capítulos me permito transcribir sus memorias de vida, amores y profesión:
Nací en Betxí o Bechí, como también se le llama, en la provincia de Castellón, una comunidad Valenciana de España con un clima mediterráneo que siempre añoré, un 14 de octubre de 1915. Mi padre fue Don Francisco del Llano de la Encomienda y mi madre Doña Isabel Palmer.
Allí, al pie de la Sierra de Espadán, pasé mi infancia y mi adolescencia, y conocí de las hazañas de mi padre, Capitán General de Cataluña, un hombre de lealtades a toda prueba, republicano a carta cabal y todo un caballero español de grandes ideales.
A los 18 años dejé Betxí para estudiar Derecho en la Universidad de Valencia, y a punto de terminar mi carrera y obtener mi orla de abogacía, estalló la Guerra Civil.
Fui reclutado y destinado al frente, pero yo continué mis estudios en cortos periodos. Terminé mi carrera, pero la Guerra terminó con mis aspiraciones de ejercer el título que aún conservo en casa, junto con la fotografía de toda mi generación.
Después de 33 batallas fui herido por la esquirla de una granada franquista. Tenía veinte años y ya era comandante de antiaéreos. Cuando llegó la División Navarra de los franquistas comencé a tirarles. Precisamente por allí, por donde llegaban los alemanes con sus aviones “Messerschmit” y “Heinkel HE 11”.
Aquello era el infierno, y la cuestión era que había dos soluciones para mí y para todos los que, luchando, perdíamos aquella Guerra: El campo de concentración o irte de marcha con el maquis. El “maquis” era el nombre que se le daba a la guerrilla, y yo decidí irme de guerrillero.
Recuerdo que tras la Batalla del Ebro y la retirada de las Brigadas Internacionales se unieron a nuestras tropas jóvenes catalanes, casi niños, algunos de tan sólo 14 años, a los que llamábamos “La Quinta del Biberón” que venían de Lérida, Gandesa y Balague.
La guerra estaba casi ya perdida y para enero del 39, las tropas de Franco nos tenían prácticamente contra la pared, trepados en el último reducto de los guerrilleros republicanos al pie de la sierra de la Albera en la frontera española con territorio francés. Aquello era un infierno, el invierno era muy crudo y mi batallón estaba formado por jovencitos sin experiencia, pero con muchos cojones. Pero eso no era suficiente pues todos los días, durante más de una semana nos llovían obuses por el sur y los aviones enemigos nos rociaban de plomo y metralla.
Nosotros, como podíamos repelíamos la agresión, pero entre el frío, la escasez de pertrechos, el hambre y el rostro de los soldados jovencitos que reflejaban ya el terror de verse muertos o en el campo de concentración, me di cuenta de que aquello ya no tenía vuelta de hoja. Todo se reducía a matar o morir.
Un día de tantos, me avisaron que había llegado un comité de civiles con bandera blanca y que querían hablar conmigo, el comandante de la tropa. Los recibí a pie de trinchera, y el alcalde de Cantallops, pueblo que se encontraba entre nuestra posición y la de nuestros enemigos, me dijo: “Por vida de Dios, señor comandante, pare ya esta tragedia, entre los franquistas y ustedes nos están acabando el pueblo. No hay día en que no maten a un vecino o tiren una casa. He ido a suplicarle a los ‘azules’ que ya paren esta matanza, pero se han negado y por eso apelo a su buen corazón y a su cordura. He sabido que desde Campmany ya vienen avanzando los refuerzos de los franquistas y mire que no son pocos. Comandante, esto no pinta bien para ustedes, y antes de armarse la de “Dios es Cristo” les aconsejo que mejor os vayáis ahuecando el ala o de plano cavéis sus tumbas, para que no terminen yaciendo a cielo raso.”
En un principio me dio coraje lo que aquel civil, por muy alcalde que fuera, me decía. Pero después de que se me enfrió la cabeza, sus palabras confirmaron mis peores temores. Al ver mi cambio de actitud, el de Cantallops continuó con su dicho: “Qué os parece, comandante, si aprovechando que esta noche es de luna nueva y todo está oscuro, los ayudamos a escapar por un paso de cabras que bien conocemos por acá en la región y os aseguro que saldréis ilesos si os decidís cruzar la frontera. Mi comandante, al enemigo que huye, puente de plata y debéis de entender que mi simpatía es con la República, pero mi obligación es con mi pueblo”.
Entonces caí en cuenta que nuestro destino sería el ser masacrados, allí al pie de la sierra y, peor aún, dejaríamos como recuerdo decenas de civiles inocentes que para su mala fortuna estarían a mitad del fuego entre los fascistas y nosotros. Y fue así como me reuní con mi tropa y decidimos escapar aquella misma noche de aquel último reducto, no sin antes destruir nuestro propio armamento. El 14 de febrero de 1939 la guerra terminó por el momento para nosotros, pero juré y juramos ser republicanos y portar el digno uniforme en el corazón, esperando el regreso a nuestra amada España.
Agazapados y aprovechando la oscuridad, recorrimos casi a ciegas el paso de cabras por el que unos pastores de Cantallops nos guiaron, y a los pocos días llegamos a Portbou y de allí me subí a un tren, pues me había enterado en la última carta que me había enviado mi padre, que él, mi madre y mi hermano se refugiaron en el Hotel De Provence, en Cannes bajo el apoyo del Gobierno francés.
Llegué a Cannes y me de inmediato corrí a reunirme con mis padres y mi hermano Paco, los encontré muy tristes pero sanos, salvos y al verme se les corrieron por las mejillas lágrimas de alegría. Estuve unas pocas horas con ellos y almorzamos juntos, recuerdo que fueron los croissants más exquisitos que haya probado, quizás nunca comeré otros iguales, pues me sabían a esperanza, y es por eso por lo que se convirtió en un hábito mío desayunar croissants todos los días de mi vida, acompañados de un buen café con leche.
Mi padre me dijo: Luis, acá las cosas no pintan bien para ti, pues a mí me tienen muy vigilados los franceses, pues, aunque me dieron asilo, tú sabes que soy un general republicano y mi cabeza tiene precio. Los espías del cabrón de Franco me tienen en la mira y aunque le vais a partir el corazón a tu madre, yo te aconsejo que te hagas ojo de hormiga y huyas a París, y si puedes desde allí te vayas a hacer las Américas mientras se calman por acá las cosas y esperamos a que resurja la República. Mira que allá en Méjico vive Juan, el hermano de tu madre y de seguro él te recibirá con los brazos abiertos.
Yo quise rebatirle a mi padre, pero como buen militar, aquello era imposible, pues sus palabras eran órdenes. A media tarde con un poco de ropa en la maleta, unos cuantos francos y con la bendición de mi madre, partí hacia París, no sin antes jurarles a mis padres y a mi hermano que muy pronto nos veríamos de nuevo.
Llegué a la estación de trenes Gare de París Nord tratando de pasar desapercibido entre los ríos de gente y pude ver a muchos españoles que llegaban a la ciudad. Me puse en contacto con algunos amigos que eran masones y como mi padre también era masón; ellos me ayudaron, me buscaron un sitio para dormir, esconderme y poder subsistir.
Me hice amigo de un escritor masón muy bueno que se llamaba Marcel Ashur y del director del periódico L’Humanité, que simpatizaban con la República Española.
Estuve así, a la deriva, como 4 o 5 meses, hasta que un día me avisaron que me estaban buscando para llevarme a un campo de concentración administrado por la Alemania Nazi… ¡me iban a joder! Y aún tengo entre sueños las imágenes de una escena como de película en las que me veo corriendo por el metro de París mientras dos agentes me persiguen. Y yo entre la gente, a punto de ser capturado, me escabullo mientras milagrosamente, las puertas se abren y los dejo atrás. Me echan la mano encima; me escapo y mis amigos franceses consiguen subirme a un barco mercante de treinta mil toneladas que se llamaba el City of Alma. Me fui de París a Londres disfrazado de enfermero, en ese entonces ya comenzaba la Segunda Guerra Mundial y las batallas en el océano Atlántico.
Salí para América por el Canal de la Mancha. Tardamos un mes y diez días en llegar. Durante la travesía, por la radio se escuchaban las noticias en inglés y francés de las radiodifusoras que escasamente se lograban captar, y entre la estática, lo entrecortado de las transmisiones y el rostro de quienes viajábamos juntos, me di cuenta que los submarinos nazis patrullaban la zona del océano por donde nosotros navegábamos, y yo me puse a pensar que después de haber sido herido en batalla, luchar como guerrillero en los riscos entre la nieve y el hambre y casi haber sido capturado por los agentes nazis en París y casi ser enviado en un campo de concentración, ahora estaba en peligro de que el navío donde viajaba fuera hundido por los submarinos alemanes y terminar como comida de los tiburones en el fondo del Atlántico, aquello si era para andar cabreado pues para quien tiene miedo, todo son ruidos y en aquel barco se respiraba terror.
Así anduvimos varios días, atentos de la radio, callados y con miedo, y mirando hacia el horizonte pendientes de cualquier nave extraña o señal de peligro. Poco a poco nos fuimos relajando o más bien acostumbrando a vivir en la angustia controlada, hasta que un día, en la radio voy escuchando la transmisión algo inteligible de un locutor con acento cubano, seguida de una canción que decía: “Voy por la vereda tropical…” y yo me dije: ¡ya estoy en América…! Aquel día y por primera vez, una canción a ritmo de bolero me hizo derramar lágrimas de alegría.
• Luis de Llano Macedo. Crónicas transatlánticas. De batallas, amores y otros exilio. México, Ediciones del Lirio, 2021.
Luis de Llano Macedo
Escritor, productor y empresario. Es también autor de El umbral. Bitácora de mi autoexilio (Ediciones del Lirio, 2021).