Sobre la gramática del shitposting

¿Es apropiado concebir una mera fotografía como un meme? ¿Necesita ser recontextualizada para serlo? ¿Llegará el momento en el cual se construya un museo dedicado a los memes? Decir que el meme tiene una estética propia es limitarse a lo superficial; hay, dentro de la memética, universos alternativos, algunos de índole culterana, otros de barriada. En este diálogo electrónico de septiembre del 2021, Ilan Stavans —el célebre teórico de la traducción, semiólogo, ensayista y editor nacido en México, que tiene la cátedra Lewis-Sebring de culturas latina y latinoamericana en Amherst College, Massachusetts— y Javier Adrada de la Torre —doctorando en la Universidad de Salamanca— reflexionan sobre las mutaciones del meme en la edad pandémica y sus conexiones con otros lenguajes, el folclore y el rascuachismo, las selfies y el shitposting, y las posibles interpretaciones del meme de Heidegger, Benjamin, Calvino, Sontag y Bourdieu.

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Javier Adrada de la Torre: En una conversación1 muy reciente entre África Vidal y tú, quedó claro que los memes no son un mero entretenimiento cibernético, sino un medio de expresión con una estructura semiótica identificable y un nivel de complejidad aún por explorar. No cabe duda de que la popularización de los memes vino de la mano de la hiperrealidad virtual, y que su desarrollo ha sido análogo al de las redes sociales por las que, más que por cualquier otra plataforma, circulan.

Seguramente, los períodos de confinamiento derivados de la pandemia del Covid-19 propiciaron el auge de este fenómeno, porque fue en esta época cuando la realidad tras la pantalla se convirtió en un espacio seguro ―simulacro digital de refugio―, más deseable que el escenario demencial en que se había convertido nuestro mundo. Los memes, antes y sobre todo ahora, representan la realidad y, por tanto, también la constituyen, la remodelan; además, lo hacen con ese matiz de ironía que caracteriza al ser humano, capaz de revestir de humor su propia desgracia. Al igual que un poema, una película o una canción, el meme es un recurso más del lenguaje con el que escribimos, de manera colectiva, la tragicomedia de nuestro existir: una herramienta para encontrar un significado en el evento más trivial y, durante un instante, dar sentido a nuestro paso por el mundo.

Creo que lo mejor es que empecemos analizando el ciclo vital del meme: su nacimiento, su fugaz esplendor y su caducidad. Su propia dinámica de usar y tirar nos dice mucho de la sociedad en que se generan, de nuestro paradigma de consumismo vertiginoso e inmediata obsolescencia. Cuando un meme se introduce en el sistema ―entiéndase, por ejemplo, en redes sociales―, su consolidación en el mismo dependerá de su calidad como plantilla, es decir, de la diversidad de contenidos que pueda transmitir mediante su formato. El hecho de que un mismo formato se utilice en innumerables contextos, y que para ello cada usuario recurra a unos materiales distintos, invita a concebir el meme como un palimpsesto,2 como un molde semiótico multimodal sobre el que se superpone un sinfín de significados.

Y precisamente será esta desbocada acumulación de estratos la que llevará a la saturación del meme: cuando experimentar con el contenido ya no interesa, los creadores pasan a retorcer la forma y a jugar con sus posibilidades. El meme se convierte entonces en un metalenguaje: ya no es una traducción de la realidad, sino de sí mismo. Esta deformación será la última etapa antes de que pase de moda y la comunidad lo abandone. Al igual que otras manifestaciones del lenguaje humano, entendido desde la mirada posestructuralista, el meme sigue el siguiente proceso: en primera instancia, nace como mímesis de la realidad, subordinado a ella; sin embargo, al representarla, también la transforma, de modo que se pone a su nivel; luego se independiza de ella para apuntar hacia sí mismo como realidad autónoma; finalmente, pierde su funcionalidad y se desvanece. Ilan, ¿no crees que la naturaleza del meme es una excelente metáfora de lo frágil, artificial y fragmentario que es nuestro mundo?

Ilan Stavans: Las cinco propuestas para este milenio que Italo Calvino planeaba ofrecer en 1985, a fines del siglo XX, en las conferencias de Harvard que llevan como nombre Charles Eliot Norton, eran la ligereza; lo que en inglés, el idioma de Calvino en ese momento particular, se llama lightness; la velocidad, quickness; exactitud, exactitude; visibilidad, visibility; y multiplicidad, multiplicity. Como todo el mundo sabe, Calvino murió antes de llegar a Cambridge, Massachusetts; ni siquiera terminó la última propuesta. Yo releía hace poco el libro, publicado en 1988. Los memes, creo, son el ejemplo perfecto para entender este nuevo lenguaje.

Para existir, necesitan ser vistos, o sea, expuestos. Su naturaleza es la brevedad y la ligereza, así como la existencia efímera, pasajera y fragmentaria. Pero al mismo tiempo necesitan expresar con exactitud lo que se proponen. Y provienen de lugares múltiples, así como llegan a un público heterogéneo. Nadie hoy tiene ni tiempo ni paciencia; el meme, pues, es el morfema perfecto. Es alérgico a la totalidad, a diferencia, digamos, de la novela. En un universo relativista, descentralizado, en constante fractura, el meme reproduce ese rompimiento. No tiene aspiraciones redentoras. Es como las luciérnagas: nace y muere en un destello.

Calvino se hubiese sentido fascinado con los memes, aunque, a su edad (nació en 1923, el año en que se instaló el rótulo “Hollywood” en Los Ángeles) es factible que también los hubiese odiado. Por cierto, de haber terminado la última propuesta, acaso hubiera optado por la novedad. El meme depende de ella: su vialidad depende de la novedad de su capital semántico. No me refiero, por supuesto, a imágenes nuevas sino al uso de imágenes viejas en nuevos contextos.

JAdT: En relación con lo anterior, podríamos afirmar que el meme, al igual que la palabra o cualquier otro lenguaje humano, es una manera de proyectar la realidad material en el plano simbólico. Al fin y al cabo, somos animales simbólicos, según Cassirer,3 y nuestra manera de concebir el mundo va más allá de la percepción sensible individual: necesitamos construirlo mediante sistemas de signos compartidos por una colectividad determinada.

Este último es uno de los aspectos clave: la (¿casi?) inagotable capacidad de designación del meme es probablemente la responsable de su universalización. Que cualquier fenómeno o acontecimiento pueda ser interpretado y expresado mediante un meme, sea cual sea su alcance social, es tal vez una de las razones de su éxito como sistema comunicativo. ¿Podría decirse que entender el meme en estos términos, así como tantos otros códigos híbridos que han despertado interés académico en los últimos tiempos, contribuye a derrocar la hegemonía de la palabra ―del discurso verbal― como lenguaje humano por antonomasia?

Ilustración: Víctor Solís

IS: Tu pregunta invita a pensar en los memes como un código semiótico—un lenguaje—más o menos estandarizado, con una gramática y sintaxis propias. ¿Podemos, a través del meme, entender la mente tanto de quien lo creó como de quien lo descifra? Sin duda, debido a que el meme, como todo lenguaje, se restringe a un contexto específico. Una de sus cualidades es la novedad. Quien lo gesta y quien lo consume deben compartir un bagaje cultural, aún de forma implícita. (Lo mismo pasa, por cierto, con la parodia. Piensa en Don Quijote. No deja de asombrarme que siga siendo uno de los libros más leídos cuando la mayor parte de sus lectores saben poco o nada de la literatura caballeresca. Para nosotros el Amadís de Gaula es solamente una referencia. Sin embargo, entendemos la crítica que hace Cervantes de él porque la novela ofrece un contexto implícito que nos ayuda a descifrar esas referencias).

Quisiera aprovechar este momento para rechazar un término que tú y muchos otros enfatizan: la hibridez de los memes. Por supuesto que lo son. Pero el abuso que hacemos de la palabra es absoluto. No sé de algo que no sea híbrido. Todo código semántico lo es: el lenguaje en sí, una sinfonía, un mural, una serie de Netflix.

Ahora bien, ¿puede el meme derrocar la hegemonía semántica de la palabra? Lo dudo. El meme depende de la yuxtaposición de tres dimensiones: la oralidad (palabras, música), la escritura y sobre todo la imagen. Hay memes sin palabras o sin música, pero no hay memes sin imágenes y, más que nada, sin ideas o sentimientos. En última instancia, el meme es la expresión somera y fugaz de una idea o emoción rudimentarias que dependen de varios códigos semióticos.

JAdT: En esta línea que estamos explorando, el meme sería un recurso hermenéutico perfectamente legítimo, aunque Heidegger difícilmente lo habría imaginado al desarrollar su ontología: el meme, en cuanto lenguaje, es por supuesto un medio para interpretar los fenómenos de nuestro entorno, reaccionar ante ellos y darles sentido. En una conferencia en Belo Horizonte, cuando alguien del público le preguntó a Foucault desde qué posición hablaba, éste respondió con contundencia: “Who Am I? A Reader”.4 Somos lectores porque el mundo es una trama de signos y vivir consiste en descifrarlos para darles respuesta.

IS: En la tradición judía, el universo es una narración en busca de lectores. Cada año, en Yom Kippur, los judíos pedimos a Dios que nos inscriba, una vez más, en el libro de la vida, es decir, que sigamos siendo personajes de ese libro. El Talmud es el libro dentro del libro, el manual, con las herramientas necesarias, para descifrar los enigmas del universo. Sobra decir que nunca logramos del todo ese cometido.

JAdlT: Me parece un maravilloso ejemplo de cómo la religión representa la comunicación entre el ser humano y el cosmos. Aunque en clave profana, los memes proporcionan también una manera de codificar simbólicamente nuestra respuesta a los fenómenos del mundo, de la que hablaba antes. En este sentido, me parece interesante que varias personas creadoras de memes hayan confesado que, cuando presencian alguna escena o situación mínimamente significativa ―o sea, dotada de un significadopotencialmente relevante―, piensan inmediatamente en qué meme sería el más apropiado para traducir dicho significado. Cito un post de @danelicioustm en Instagram (17 de agosto de 2021): “Estoy tan sobreexpuesto al humor online de baja calidad que mi cerebro solo puede procesar situaciones como material para rellenar una plantilla de meme”. Como dijo Wilde, la vida imita al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida; al igual que ocurrió con la literatura o el cine, ¿estamos empezando a entender la realidad y articular nuestro pensamiento en memes?

IS: Pensemos en el mimetismo: el meme imita la realidad, la reinventa y, al hacerlo, superpone una representación de ella que se inserta en la realidad; es decir, se convierte en parte inevitable de ella. Aristóteles pensaba que no hay arte sin imitación; y lo mismo en dirección opuesta, no hay imitación sin arte. Walter Benjamín, por su parte, aseguraba —y en esto era como los místicos— que a la realidad le gustan las semejanzas: la tierra es un espejo de las estrellas, el lenguaje es un reflejo de la realidad, el ámbito humano es un doble del animal, etcétera. Así como las selfies ya han transformado el espacio fotográfico (y, en especial, el del autorretrato, de Narciso a Andy Warhol), los memes nos ensenan a ver, de forma nueva, la televisión y las películas, a leer poemas, cuentos y novelas, y así. Cada nuevo código semántico recalibra los anteriores.

Llegará el momento en que habrá retrospectivas de memes, museos dedicados al meme, cursos donde se creen nuevas disyuntivas memísticas, etcétera. No creo que el humor del meme sea de peor calidad que el de la literatura adolescente, por ejemplo, o el de las novelas góticas. Verlo como inferior es una actitud esnob, clasista, que denota pretensión. Los memes son el termómetro de nuestra época. Puede que prefiramos otras épocas, pero debemos recordar que esas épocas también creían en su ilegitimidad.

Si la forma más básica de ciertos idiomas son las letras (digamos el inglés, el hebreo, el ruso, etcétera) y de otros son las grafías (el mandarín, el geórgico), los memes son una combinación de ambas. La diferencia, por supuesto, es que mientras el alfabeto es un código limitado (23 letras, por ejemplo), los memes ofrecen una cantidad aparentemente infinita de signos a disposición del usuario. Digo usuario porque quien lo consume “usa” ese meme para recibir información y también es usado por el meme para lograr que la información navegue un espacio semántico. Piensa en la parábola del árbol en el bosque: si al caerse en una tormenta hace un ruido estrepitoso, pero nadie lo oye, ¿existió ese ruido? El meme que no llega a un destinatario no es meme. De igual manera, para que exista alguien tiene que anhelar reducir una idea o un sentimiento de forma fugar, ligera, veloz, novedosa, fragmentaria y múltiple.

JAdT: Creo que es digno de discusión lo que has señalado acerca de la calidad del humor del meme. El instragrammer al que he citado se refiere al “humor online de baja calidad”, es cierto, pero quiero pensar que lo hace en un contexto específico: la distinción entre el meme de autor y el shitposting. El fenómeno del shitposting es muy interesante: lo protagonizan cuentas que publican memes de escasa complejidad técnica, semánticamente sencillos y de menor exigencia intelectual; además, suelen compartirlos en masa, entre diez y treinta memes al día. Y lo importante es que a este planteamiento subyace una especie de “apología de lo cutre”, por así llamarlo: una ambición antiestética y antielitista, una propuesta contestataria en contra de lo demasiado elaborado, un intento de preservar la ―supuesta― simpleza del meme.

El shitposting quizá sea, en el fondo, una respuesta a lo que antes he llamado meme de autor.La evolución de la complejidad del meme no es algo en lo que solo hayamos reparado los académicos: las personas que los crean son perfectamente conscientes también. En tu conversación con África Vidal, señalabas que un rasgo distintivo de los memes es su proximidad a la cultura folclórica: su reproducción mecánica y anónima, su espíritu popular, etcétera. Pero quizá esa época ya haya quedado atrás: al igual que la literatura pasó de la tradición oral a la escrita, en los últimos tiempos estamos asistiendo al nacimiento del meme de autor.

En Instagram, por ejemplo, cada vez encontramos más cuentas que crean sus propios memes digitalmente, con esmero artesanal, y estampan en ellos su rúbrica. Por lo general, no firman en los márgenes de la imagen, para que otros usuarios no puedan recortarlas y robarlas; si alguien quiere compartirlas, una ley no escrita dicta que se debe mencionar (con @) al artífice. Estamos ante el nacimiento de los derechos de autor en el mundo de los memes. Lo cual, si nos paramos a pensarlo, se trata del devenir lógico de todo fenómeno cultural: cuando un modo de expresión se especializa, la autoría empieza a emerger como institución, como autoridad paternal que reivindica el mérito intelectual y técnico de la obra. En la actualidad, al menos en España, los usuarios que crean memes interactúan entre sí, comparten los contenidos de otros e inconscientemente forman grupos o núcleos que bien podrían equivaler a las generaciones literarias.

Lo mejor es que, como digo, el shitposting probablemente nazca para recuperar lo folclórico del meme, su antigua circulación popular. El formato de meme “reject modernity / embrace tradition”, que tanto tiene que ver con el anarcoprimitivismo de “reject humanity / return to monke”, responde a esta misma romantización del regreso a la sencillez inaugural. El shitposting intenta mantener la idiosincrasia del meme como cultura popular y alternativa, frente a la voluntad de varios autores de acercarlo a la alta cultura. Pongámoslo de esta manera: si el arte pop es la antítesis del arte clásico y el meme ya es pop por sí mismo, el shitposting sería algo así como el arte pop dentro del arte pop.

De todo lo expuesto se desprende, asimismo, que todas estas personas conocen a la perfección el funcionamiento del sistema en el que operan: reflexionan sobre las normas y las dinámicas de las redes sociales, las cuestionan colectivamente si es preciso, luchan por el capital simbólico del campo memístico ―versionando a Bourdieu― y con frecuencia defienden el meme como recurso subversivo en clave contracultural. ¿No es increíble la velocidad a la que están sucediéndose las distintas fases de este fenómeno artístico?

IS: Increíble —una palabra que alude a lo raro, lo inverosímil, lo prodigioso. La llegada del autor del ámbito de la comunicación mémica cambia las reglas del juego. Por eso creo que habrá exhibiciones, catálogos, museos, retrospectivas y demás. Es decir, la creatividad frenética del meme hoy es un momento importante en su historia y al cual veremos desde el futuro con especial interés. De ser una propiedad colectivista, está pasando a ser capital individual. Dicho de otra manera, el meme, un artefacto que surge desde el capitalismo, ahora está pasando por un período de individualización, de propensión a la propiedad privada, de control por sectores artísticos que en algún momento serán valuados con un precio que represente su valor histórico.

El shitposting me hace pensar en dos conceptos estéticos fundamentales, uno general y el otro exclusivo del ámbito chicano. El primero es el kitsch. Clement Greenberg, entre otros, escribió lúcidamente al respecto; Susan Sontag derivó las ideas de Greenberg en lo que ella llamaba el “camp”. El kitsch es el arte sentimental, pedestre, de baja calidad, cuyo destino son las masas. Está basado en la mímesis; es decir, copia la estética sofisticada, la democratiza y, al hacerlo, reduce su valor. El segundo concepto es el rascuachismo. Un objeto rascuache es de calidad inferior, pero —he aquí su valor— esa inferioridad es un acto de rebeldía, una actitud política.

Un automóvil en cuyos lados el dueño pinta calaveras, unas pantuflas con una imagen de la Virgen de Guadalupe, una lonchera despostillada con la fotografía de César Chávez. Un objeto rascuache tiene como destinatario un grupo minoritario que, al consumirlo, desafía a la cultura dominante. El kitsch, a su vez, es de consumo popular generalizado, digamos los paisajes pictóricos de Bob Ross. Lo camp no está lejos: su estética acentúa la superficialidad, la exagera absurdamente, a veces inyectándole humor.

Si el meme de por sí es mundanal, huidizo, provisional, el shitposting anuncia, como dices, una especie de acertijo: lo barato que deviene de lo que es ya escasamente valorado. O, como tú lo dices, lo pop dentro de lo pop. Me da la impresión, en ese sentido, que estamos ante un concepto que, aunque aparentemente simple, es, en su esencia, barroco. Porque el shitposting depende de la multiplicación de memes: llegan uno tras otro a alta velocidad. Su efecto, pues, es acumulativo, al igual que el estilo barroco, cuyo efecto es el abultamiento, la complejidad basada en la multiplicación de detalles. Borges —que, por cierto, era barroco— decía que el arte barroco termina por ser una parodia de sí mismo. Igual ocurre en el shitposting. Quien recibe estos memes, quien los descifra entra en un juego de imitación burlesca.

JAdT: En el fondo, esta conversación sobre memes y shitposting tiene mucho de kitsch: dicción académica, tono solemne, alusiones a Heidegger, Benjamin o Sontag, y todo sobre un término tan popular ―si no vulgar― que lleva la mierda en su propio nombre.

Pero cambiemos ligeramente de perspectiva. Si estamos de acuerdo en que el meme es un código semiótico ―de suficiente consistencia―, y que la realidad es un entramado de signos interpretables y discursos diversos, se deduce que convertir un segmento de realidad en meme es traducirlo, en la medida en que este proceso supone intercambiar significados y transformarlos. Cada meme, además, sería una traducción de otros memes que se sirven de la misma plantilla, porque los tiene en cuenta a la hora de llevar a cabo la transposición semiótica. Las últimas tendencias en traductología, tales como la postraducción,5 el outward turn,6 o la multimodalidad,7 reconocen la creación de memes como una traducción con todas las de la ley ―tanto como cualquier trasvase interlingüístico tradicional―, sólo que conformada por materiales heterogéneos y a caballo entre varios tipos de discurso. Como especialista en traducción, Ilan, ¿cuál es tu visión de esta ampliación conceptual?

IS: Esa es la cualidad del meme que más me interesa: su traductibilidad. Traducir, en su esencia más íntima, es interpretar. Incluso una traducción robótica lleva consigo una dosis de subjetividad. Ya lo dije: el meme, como todo arte, es una traducción de una idea o un sentimiento. La pregunta clave es en qué consiste esa traducción. Puede que el meme adapte visualmente un concepto filosófico. O que ofrezca una combinación de sonidos e imágenes para esclarecer una posición política. ¿Cuáles son las herramientas que tiene su creador para ofrecer ese mensaje? A primera vista, esas herramientas son infinitas. Pero en realidad son bastante limitadas. Una vez que el memista entiende lo que quiere decir, necesita buscar, en el universo semántico del meme, equivalentes semánticos.

Me gustaría hacer un experimento en el que invitaría a traductores o teóricos de la traducción a “traducir” un meme. Nos les diría nada más para ver cómo interpretan la asignatura. Algunos harían una traducción de un idioma a otro, otros de un contexto espacial a otro,y otros más de unas coordenadas temporales a otras. Todas ellas son traducciones, claro, aunque su significado e impacto varían.

JAdT: Hay otro fenómeno que me llama la atención: lo que podríamos denominar sinonimia entre memes, a saber, el hecho de que surjan varios memes distintos para expresar una misma relación de ideas (y con idénticas implicaturas, a nivel pragmático). Por ejemplo, para transmitir que “x me gusta más que y (implicatura: y debería gustarme más que x)”, existen al menos dos memes: el del joven que camina junto a su novia (y)mientras mira con deseo a otra chica (x), y el de Drake, el rapero, rechazando un elemento x en la fotografía superior y prefiriendo un elemento y en la inferior.

Los ejemplos son muy numerosos y lo curioso de casi todos ellos es que, aunque luego se universalicen, cada meme emerge en un contexto cultural distinto; por ejemplo, el del joven con su novia se popularizó primero en España porque es una fotografía tomada en Girona, mientras que el otro lo protagoniza un cantante canadiense. ¿Acaso esto no nos lleva a pensar que los memes responden a una necesidad humana de expresión de relaciones complejas entre ideas, y que, al igual que las lenguas y las palabras, cobran distintas formas en función del contexto cultural?

IS: No creo que exista la sinonimia en el código memético. Lo digo porque, aunque aparentemente dos memes pueden ser idénticos, en realidad no son iguales. Digamos que esta es una cualidad menardista: todo meme es distinto por el simple hecho de que quien lo descifra inyecta una interpretación única.

Pero hablemos de un tema que no has tocado, Javier: la universalidad de los memes. Una de las características de este código es su fácil viabilidad a nivel global. Un meme viaja de manera instantánea de un lugar a otro del planeta. ¿Hay pues memes “locales”? Yo diría que, de hecho, todo meme es también local: surge de un contexto específico. Así pues, la universalidad del meme es también su localidad y viceversa. He allí su esencia global: es de alguien en particular, pero no tiene dueño, viene de un tiempo y un lugar pero trasciende esas coordenadas.

JAdT: Ahora que lo mencionas, acaba de venirme a la cabeza una reflexión que leí en Twitter hace casi un año y que, por no recordar quién lo dijo, cito de memoria: “un buen meme es como un buen poema, en la medida en que expresa lo más íntimamente individual por medio de un lenguaje universal”. Toda forma de comunicación está a caballo entre lo local y lo global, en el fondo: siempre que hablo de mí mismo en particular, proyecto mi yo en el otro, me integro en la universalidad del mundo. El meme no es una excepción; además, como con frecuencia se sirve de imágenes que expresan emociones elementales ―personajes sonrientes, miradas pícaras, rostros furiosos―, su alcance designativo es enorme y su significado fácil de descifrar. Y es por eso por lo que, siguiendo el ejemplo que aporté antes, el meme de Girona puede viralizarse tanto como el de Drake, sin que el lugar de origen restrinja el proceso; tampoco lo restringe el tiempo, porque hemos visto ilustraciones medievales o retratos renacentistas convertirse en memes célebres de nuestra época.

A lo largo de la historia, ha habido innumerables intentos de encontrar un sustrato universal que subyazca a todas las formas de lenguaje humano. Me vienen a la cabeza, por ejemplo, la Poética de lo imaginario y la Mitocrítica de Durand, herederas del inconsciente colectivo de Jung. Quizá sea un tanto descabellado, pero en ocasiones concibo los memes en estos términos: formas que afloran como materialización artística de impulsos expresivos comunes a la mayoría de los seres humanos. Como si memes que tienen un significado análogo derivaran de un mismo arquetipo, de una misma idea o relación entre ideas ―oposición, identidad, adición, complementariedad. Dejemos a un lado el carácter esencialista y determinista de las propuestas de Jung y Durand; no asumamos que el lenguaje es manifestación de la memoria antigua del mundo y de las energías psíquicas fundamentales de una comunidad.

Tal vez estas coincidencias, más que tener una estructura profunda de índole romántica, no sean sino el fruto de la globalización.Pero sí que existe, creo, una tendencia del ser humano a la síntesis simbólica de todo aquello que siente y percibe, a aglutinar relaciones entre ideas y significados en signos complejos y colectivamente compartidos, de lo cual el meme es un claro ejemplo. Por ello es tan fácil que cualquier habitante del mundo se reconozca en un meme creado en las antípodas: la globalización ha propiciado el desarrollo de un imaginario colectivo común a diversas culturas.

La figurática de Arduini resume bastante bien esto que estoy expresando: según él, las figuras retóricas (la metáfora, la metonimia, la antítesis) “implican procesos universales de la expresividad […] que comprenden habilidades analíticas, simbólicas, abstracciones temporales, racionales, lógicas, lineales […], espaciales, intuitivas y globales”.8 Aquí la polémica: ¿podemos entender también los memes como figuras retóricas, como el resultado de los procesos bio-psicológicos que rigen el pensamiento humano y su manera de estructurar el mundo de manera común a varias culturas? ¿Podría ser ésta una de las claves de su universalidad?

IS: Tenemos la opinión equivocada en la civilización occidental de que la creatividad es una cualidad humana definida por la originalidad. En realidad, la originalidad no existe. Todo lo que decimos, lo que hacemos, lo que soñamos ya ha sido parte de otros, de aquellos que nos precedieron; y lo será también de aquellos que vendrán después de nosotros, de nuestros sucesores. Pero si la originalidad es una ficción, no así la individualidad. Cuando nosotros reconfiguramos un meme en Twitter, inevitablemente le damos un carácter único, propio de nuestras coordenadas existenciales. Acaso esa individualidad sea poco evidente a los usuarios, pero está allí, cifrada en el ADN del meme.

Pensemos en el lenguaje jeroglífico. Su característica básica es la representación. El sol tiene como símbolo un círculo del cual se desprenden pequeñas líneas. Es un lenguaje basado en la imitación. No creo que la metáfora, la sinécdoque, la hipálage y otras figuras retóricas dependan de una sofisticación superior; están insertas en el jeroglífico del sol, que es un sustituto del propio sol, así como la palabra sol es un símbolo que refiere al objeto que describe. Aunque la teoría de C. G. Jung sirvió de inspiración al fascismo nazi, la sugerencia de que no nacemos vacíos, una tábula rasa, sino que contenemos, en nuestra esencia, un banco de datos ancestral y universal, es decir, que nos une a nuestros antepasados y asimismo a nuestros contemporáneos, es, a mi gusto, sensata.

Vuelvo al Talmud, que es una de mis fuentes de inspiración. Ese manual dentro del vasto libro que es el universo repite, una y otra vez, que somos avatares de un momento y un espacio específicos. Ese espacio y ese tiempo no nos pertenecen, al menos no del todo. Fueron de otros antes que nosotros y también serán de otros después. Esos avatares están unidos por una esencia que se prolonga. Dicho de otra manera, somos personajes únicos en ese gran libro e igualmente somos meras marionetas de una narración que nos rebasa y cuyo sentido jamás entenderemos del todo. Los memes son falsas instantáneas de la individualidad. Dependen de lo local porque el autor les da un carácter propio; pero, al ser entendidas como símbolos universales, contribuyen y simultáneamente se pierden en la vorágine de una narración infinita, sin principio ni final.


1 Vidal Claramonte, Á. y Stavans, I. “On Memes as Semiotic Hand-Grenades: A Conversation”, en Lee, T. K. y Dingkun, W. (eds.), Translation and Social Media Communication in the Age of the Pandemic, Londres/Nueva York, Routledge, 2021 (en prensa).

2 Maitland, S. “What Can Memes Teach Us About Cultural Translation?”, conferencia impartida en la Universidad de Edinburgo, 16 de octubre de 2019.

3 Cassirer, E. Antropología filosófica: introducción a una filosofía de la cultura, Trad. Eugenio Ímaz, Ciudad de México, FCE, [1944] 2005.

4 De Certeau, M. Heterologies. Discourse on the Other, Minneapolis, University of Minnesota Press, [1986] 2000, pp. 193-194.

5 Arduini, S. y Nergaard, S. “Translation: A New Paradigm”, Translation, 0, 2011, pp. 8-17. Gentzler, E., Translation and Rewriting in the Age of Post-Translation Studies, Nueva York/Londres, Routledge, 2017.

6 Bassnett, S. y Johnston, D. “The Outward Turn in Translation Studies”, The Translator, 25(3), 2019, pp. 181-188.

7 Boria, M. et al. (eds.). Translation and multimodality. Beyond words,Londres/Nueva York, Routledge, 2020.

8 Arduini, S. Prolegómenos a una teoría general de las figuras, Murcia, Universidad de Murcia, 2000 p. 145.

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Publicado en: Ensayo literario