Las coincidencias
(o: lo que pasa cuando pasan cosas que no pasan)

El universo se rige por leyes intransigentes que determinan la probabilidad de que ciertas cosas sucedan y otras no. Pero existen ocasiones en las que estas leyes parecen suspenderse y acaecen eventos tan improbables que más bien parecían imposibles. En este ensayo personal, el autor recuenta algunas de estas coincidencias cósmicas que nos hacen dudar de las matemáticas.

Las coincidencias son esas ocasiones maravillosas que tercamente nos dicen que existe el sentido, el destino, los dioses que con su mano invisible se compadecen o se burlan de nosotros; que nos hacen sabernos cima y amos de la creación.

Una vez, hace muchos años, tratando de decidir un asunto trivial pero en el cual va la vida y la honra cuando eres un niño, tomamos una moneda y la arrojamos al aire. Al caer al suelo, la vimos rebotar varias veces antes de quedar sobre su canto: de pie, majestuosa y desafiante. Seguramente algún matemático desocupado habrá calculado ya las probabilidades en contra de que eso suceda, y seguramente involucra un 10 con un exponente.

De forma más interesante, muchos años después, viendo el capítulo “A Penny for Your Thoughts” de la serie The Twilight Zone, escuché al misterioso narrador que abría la historia decir: “Cuando lanzas una moneda y cae de lado, puedes pedir todo lo que quieras mientras siga de pie”. Oh, maldición: ¡de haberlo sabido! Ahora mismo el periódico diría “El Hombre Araña cumple treinta años de estar en acción”.

En fin, el que no sabe es como el que no ve.

La ciencia insiste en que, cuando pasa un número muy grande de cosas, también pasarán cosas poco probables, y en que, dado el tiempo suficiente, pasarán todas las cosas, por más improbables que sean. Pero al diablo con eso: no es de lo que quiero hablar aquí. Hay cosas que pasan que no pueden pasar, y es entonces cuando nuestro pensamiento poético se exalta… Y algunas veces, la poesía debe ganar.

Tomemos, por ejemplo, a Richie Ashburn, el famoso beisbolista de los años cincuenta. Bateó más de 2500 hits en su carrera, pero es recordado por un fatídico 17 de agosto de 1957. Jugando con los Phillies de Philadelphia, Ashburn fue a batear, golpeó la bola de foul y ésta se elevó por los aires para luego caer directamente en la cara de una mujer del público. El golpe le rompió la nariz y el juego tuvo que detenerse para que llegaran los paramédicos y la atendieran. Ya controlada la hemorragia, la pusieron en una camilla y la llevaron a otro lugar en un pasillo más alto mientras llamaban a la ambulancia. El juego se reanudó. Ashburn volvió a batear. Otro foul. Que volvió a golpear a la misma mujer. En la cara.

Años después, Ashburn empezó a escribir artículos de deportes para el Philadelphia Bulletin, cuyo editor era un tal Earl Roth, cuya esposa era Alice Roth… la mujer doblemente golpeada. Por favor, que nadie me diga que Loki no estaba de paseo en Philadelphia en 1957.

Ilustración: Belén García Monroy

Me voy dando cuenta de que hablaba yo de sentimiento poético y me salí por peteneras para hablar de narices improbablemente rotas. En mi descargo, al principio dije que los dioses se burlan tanto como se compadecen. Veamos entonces una historia del segundo tipo. Elgin Staples era un joven marinero en el USS Astoria durante la Segunda Guerra Mundial. En el verano de 1942 su barco fue atacado y hundido durante la Batalla de Guadalcanal, pero Staples tuvo tiempo de ponerse un salvavidas que lo mantuvo a flote hasta que llegó otro barco y lo recogió. Desafortunadamente, el segundo barco al que subió fue también atacado y hundido a los pocos días, y Staples usó el mismo salvavidas para no morir ahogado. Realmente agradecido con el objeto, notó que había sido manufacturado en Akron, Ohio, que era su propio pueblo natal, así que lo conservó como recuerdo. Espere mi lector, que esa no es la coincidencia.

Cuando Staples volvió a casa, por supuesto contó la historia a su familia, y su madre le dijo que durante el esfuerzo bélico, ella había trabajado en la fábrica de Firestone —donde se hacían los salvavidas para los soldados— como inspectora. Pero la revelación pasó de las risas al silencio incrédulo cuando la mujer vio con detalle la pieza que había salvado de la muerte a su hijo dos veces… para encontrar grabado en él su propio sello de inspección, con sus iniciales. Ella personalmente había tenido el salvavidas en sus manos, lo había inspeccionado y aprobado.

Después de mi propio episodio de la moneda indecisa, muchas coincidencias más me han ocurrido, como a todos: algunas más espectaculares que otras, y algunas incluso aproximándose a esos niveles de revelación que acabo de mencionar. Quizá la más improbable de todas sea ésta: En 1997, “el año en que nos pusimos en línea”, todo eso de la comunicación a distancia por medio de módems era nuevo; había la fascinación y la inocencia del descubrimiento y, entre muchas otras cosas, había chatrooms de todo tipo. En uno de esos sitios de chat conocí un día a una chica bosnia, justo durante el periodo más terrible de la Guerra de Kosovo. Era de familia acomodada y por eso tenía conexión a internet, y pasamos semanas conversando. Ella me contaba los pormenores de la vida diaria durante el conflicto: cómo un día su casa amanecía con las bicicletas robadas y al siguiente la panadería había sido saqueada. Nos mantuvimos en comunicación así por tres años, cuando yo me fui a vivir a China.

Ya en ese país, vivía yo en un pueblo muy pequeño donde era el único extranjero y por lo tanto una celebridad. Tanto así que un día llegó la cadena estatal de televisión en su versión internacional, CCTV-5, para hacer un programa especial acerca de mi vida en China. Justo ese año habían empezado a mandar su señal en inglés a más de 20 países. Así que me filmaron en la bici, en el salón de clases, comiendo e intentando (sin éxito) aprender todo tipo de cosas.

Un año después de ese día de filmación, recibí un correo de mi amiga la bosnia, con un mensaje tan estrafalario que lo traduzco directamente, sin embellecimiento alguno:

Alfonso: no vas a creer lo que acaba de pasar hace unas horas. Estaba con mi madre viendo la televisión en la sala y de repente cambiando los canales vimos que había un canal de China en inglés y lo dejamos ahí. Pero seguíamos platicando y no poníamos mucha atención. Luego mi mamá se acordó y me preguntó, “¿Cómo se llamaba ese amigo tuyo de México que luego se fue a China?” Yo estaba por contestarle y en eso la televisión dijo: “Alfonso”. Me quedé sorprendida, pero no te imaginas cuánto más me sorprendí cuando volteé a verla y eras tú en la tele. Sólo le dije a mi mamá: “Es él”.

Amo la ciencia y en especial las matemáticas y la neurociencia: siempre han sido mi pasión. Pero de vez en cuando me permito no creerles por completo. De vez en cuando una moneda cae de pie.

 

Alfonso Araujo
Escritor y traductor. Actualmente dirige el Centro México-China en la ciudad de Hangzhou. Ha publicado traducciones al español de los clásicos chinos Cultivando las Raíces de la Sabiduría, Crónicas de Primavera y Otoño, El Libro de los Ritos y El Libro de las Mil Palabras.

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Publicado en: Registro personal

5 comentarios en “Las coincidencias
(o: lo que pasa cuando pasan cosas que no pasan)

  1. Me encantó el relato y, con esa anécdotas, pareciera que Dios juega a las marionetas con los humanos, o que los Dioses del Olimpo están moviendo todas las piezas de nuestras vidas, es inexplicable….

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