El siguiente texto es una puerta de entrada y bienvenida al poeta uruguayo Eduardo Espina, ave rara de la poesía hispanoamericana contemporánea, inventor del Neobarrococó, siempre apegado al humor de quien —el nombre es destino— sólo podía ser poeta o jardinero.
Los falsos lectores
Leer es pensar con un cerebro ajeno.
—Arthur Schopenhauer
Libro albedrío (Rialta Ediciones, 2021), el más joven libro de Eduardo Espina, es una colección de ensayos que acarician la piel de las palabras. Lecturas, locuras, citas y listados para lectores iniciados. Si Ortega y Gasset habló de “la morosidad de la novela”, necesaria para acercarse al Ulises de Joyce, en este libro podemos hablar de “la morosidad del ensayo”, porque se necesita armarse de vigor y paciencia para navegar estas procelosas páginas, este oleaje de papel.
Por eso vale la pena, desde un principio, citar lo que dijo José Saramago (a los 83 años) en la Biblioteca Municipal de Oeiras, suburbio de Lisboa, como lo hace Espina en su prólogo, para ahuyentar a los fake readers, esos montoneros que prefieren las fotos de Instagram, los velocísimos tweets o los efímeros correos del WhatsApp: “No vale la pena el voluntarismo, es inútil; leer siempre fue y siempre será cosa de una minoría. No vamos a exigir pasión por la lectura a todo el mundo”. Porque este libro es de difícil travesía; caudaloso como un río de aceite de olivo, lleno de ramas, saltos y remolinos. Asimismo, de espumas y destellos.

La identidad ambulante
Puesto que mi nombre es Espina y en mi casa había rosas, tenía sólo dos opciones: ser poeta o jardinero.
—Eduardo Espina, Libro albedrío
Cada ensayo de Libro albedrío es un cúmulo de curiosas anécdotas, memorables citas, pensamientos sutiles y malabares lingüísticos. Se pueden visitar sus páginas en desorden, empezando por cualquier capítulo, sin afectar el todo. Siempre surge algo que deja al lector o lectora reflexionando por horas. El índice refiere diez caudalosos ensayos independientes, aunque eslabonados, más una entrevista intermedia con el autor. Cualquier intento de reseñarlo quedará corto. Trataré, sin embargo, de transmitir algunas de sus múltiples virtudes.
Al releer los subrayados, empiezo por escarbar algunos datos sobre la identidad y personalidad de Espina. En “Soy mi poeta favorito”, el poeta declara que escribe poesía desde los 15 años: “Es una de las formas de ir contra la ignorancia colectiva, que desde entonces se ha ido agravando”. Por ese motivo, escribió su primer poema: “Fue el primer error de imprenta de mi adolescencia”. Llegó a los EU hace tantos años, que ahora se pregunta “¿Soy aún el mismo? Son ya tantos años fuera. El destierro sufre de Alzheimer”.
Calambres y calambures. Con Espina hay que andarse a tientas porque su prosa sí se va por las ramas. No se sabe si te está tomando el pelo o si te está retorciendo los calcañares. Vive en una especie de “solipsismo autoimpuesto. Una radicalidad de Ícaro con Kamikaze a la misma vez”. Como muchos otros escritores que acaban en el extranjero, no sabe cómo cayó donde cayó. Sin embargo, cayó donde tenía que caer. Hoy, radica en College Station, Texas, pueblo del que cuenta:
Es un lugar del suroeste estadounidense, donde el diablo perdió el poncho (me pasé la vida entera esperando la oportunidad para poder utilizar esta expresión tan usada por mi finada abuela), ejerzo, manifiesto y demuestro la portátil condición del idioma con el cual crecí y vine a dar a la poesía. Sin Texas no sería quien soy, tampoco lo sería mi sintaxis.
College Station, asegura el poeta, se ha ganado un lugar en el mapa e incluso cuenta con Uber. Y él, que no escribe sonetos ni sonatas, cita dos endecasílabos de “Texas”, escrito por Borges en 1967: “Aquí, también esa desconocida / y ansiosa y breve cosa que es la vida”. Su identidad es caleidoscópica, y la espinosa vida ha llevado a Espina del sur de Sudamérica al sur de Norteamérica, por lo que afirma. “Ni Espina ni yo somos los mismos […] La vida es una transformación infinita que recién se acaba cuando termina. Escribir es casi lo más parecido a eso”.
La condición portátil de la lengua española en Estados Unidos es otro de los temas que preocupan al poeta. La patria es el idioma, no el suelo donde se vive. El alma de Espina no se ha podido dividir. No le gusta compartirse y ella sí practica “la monogamia lingüística”. Apenas un poco más serio, recurre a su arsenal biográfico y literario para redondear el argumento:
Recuerdo a otros en situación similar. Petrarca se apropió del italiano en Provence, región francesa. Robert Browning, James Joyce y Ezra Pound provocaron cortocircuitos en el idioma inglés viviendo en Italia (Joyce, durante diez años en Trieste, por entonces puerto austro-húngaro), y Pound en Liguria, habiendo sido los ñoquis su plato preferido. Samuel Beckett se fue a vivir a París para escapar del inglés, al que Joyce había puesto patas para arriba, y empezó a escribir en francés, porque era la mejor opción para seguir siendo irlandés. Para no continuar nombrando, menciono a tres más que hicieron algo parecido: José Martí en Nueva York, y William Henry Hudson y Witold Gombrowicz en Argentina, quienes conservaron su lengua natal entremedio de la escucha diaria de otra. Puede entenderse.
El libro es una mina de citas y referencias que muestran la memoria enciclopédica de Espina, la rapidez mental que tiene para acordarse de las líneas que lo ayudan a definirse y se apropia de ellas, merecidamente. Después de hablar de la vida, el destierro, la poesía, la lengua, imagina de manera envidiable su propio fin: “Mi epitafio podría coincidir con el final de El gran Gatsby: ‘y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado.’”
Estética y poética
¿Cómo fue que todo pasó tan rápido, sin darme siquiera tiempo para darme cuenta?
¿Dónde estaba yo cuando el tiempo se estaba yendo a tal velocidad?
—Eduardo Espina, Libro albedrío
En la entrevista que se inserta a mitad del libro, “A veces pienso que la verdad de todo la llevan los insectos en las patas”, Espina revela mucho sobre su método de escritura y sus gustos literarios. La cita con Silvia Guerra ocurrió en Montevideo, una mañana invernal de junio de 2015, en el local original del café Tribunales, en la Plaza Cagancha, lugar predilecto del poeta uruguayo, “oriental” para ser más exactos. El diálogo se extiende por 37 páginas, lo que probablemente le dio tiempo para despacharse una pizza y liquidar unos cuantos vasos de pepsi, dos de sus hábitos neo-uruguayos.
Espina se abre al lector con sabiduría y simpatía. Nos enteramos de que no toma mate ni le gusta el dulce de leche. Es aficionado del Peñarol y escribe en las mañanas, en una especie de “estado de clarividencia”. Utiliza siempre papel blanco y un lapicero de tinta verde, afición que adquirió desde la adolescencia y que lo liga con los maleducados loros y con la naturaleza. Autor recatado, bastante alejado del mundo, declara su voluntario autismo social: “Me molestan los ruidos, los de los teléfonos sobre todo, por eso no tengo celular, tampoco Twitter, Instagram, WhatsApp, WeChat, o Snapchat, no tengo nada, ni siquiera Facebook, lo que puede ser una desventaja a efectos de promocionar la obra entre nuevos posibles lectores […] Prefiero continuar autoexcluido […] celebro a diario la nada”.

El poeta Eduardo Espina con William Burroughs en San Luis Missouri, ciudad natal de este último, en febrero de 1984. Fotografía: cortesía del autor
Es lepidopterista, es decir, le encantan las mariposas, al igual que a Vladimir Nabokov y a Virginia Woolf. A William S. Burroughs, nos cuenta, le gustaban más las arañas. Por eso, Espina prefiere regar el jardín e interactuar con animales, que conversar por teléfono con alguien. “Cumplo mi papel con el papel […] la carencia tecnológica representa una ganancia emocional”. Muchos jóvenes poetas del lenguaje, con preocupaciones sociales y políticas lo tildarían de loco. Y a Espina eso le gustaría. Rechaza la espuma literaria de las redes sociales y prefiere fajarse a golpes contra el lenguaje —o con el deslenguaje, como alguna vez lo llamó— y reflexionar sobre el momento en que está reflexionando. “Podría haber sido un buen guardabosque”, y se regresa a escuchar el canto de los pájaros provenzales.
La forma de trabajo de Espina es rigurosa. Sus obsesiones sintácticas son sorpresivas. Sus afirmaciones reflejan una poética singular. Silvia Guerra, aguerrida periodista, pudo sacarle algunos juicios interesantes, atrevidos y hasta discutibles, como el caso de su predilección por Rimbaud sobre Mallarmé: “Creo que hay una fetichización exagerada de la figura de Mallarmé”. Y añade: “Hay poetas, caso de Rimbaud, por ejemplo, que son energía retórica pura, que nacieron con un diccionario incluido en su ADN”. Tampoco esconde el poco afecto que le inspira Juan Ramón, a quien critica con gracia y dureza: ¨Jiménez, uno de los poetas más elementales y sobrevalorados de la historia en cualquier idioma. Con más jotas que cante jondo, Jiménez quiso pasar por inteligente y connoisseur de los intríngulis de la modernidad (sus comentarios sobre poesía moderna parecen chistes de gallegos), pero en verdad es un himno desafinado a la obviedad extrema”. Al hablar sobre su concepto de la lírica de hoy, inclina la balanza hacia quien influye en su obra con primacía: “dos elementos claves de la lírica contemporánea, locura sintáctica y desmesura prosódica, sobran en la obra de Girondo, para mí, el mejor de todos ellos, ellos que son Neruda, Huidobro, Vallejo, José Gorostiza, Lezama Lima”.
Espina es uno de los artífices de la escuela que se conoce como Neobarroco. Sin embargo, él ha querido afinar el concepto: “‘Barrococó’ es la definición menos inexacta que encuentro para referir a la poesía de innovación que se escribe a partir de la década de 1980, y en la que el énfasis está puesto en la renovación de las posibilidades combinatorias y de dicción de la sintaxis”. No se muerde la lengua para distanciarse de los demás, establecer sus límites geográficos:
Después de la lectura de mi poesía que hice en El Erizo, en el Centro Cultural Rojas en Buenos Aires, principios de la década de 1990, Muschietti me dijo: “Escribís y leés tu poesía como uruguayo”. Más que elogio, fue una dosis de alivio, pues estoy cansado de que cuando salgo al exterior me confundan con argentino.
Como buen gato siamés sudamericano, siempre cae parado. Lo salva la gracia.
Un destello de bucles
que nada sabe el gamo venable fuera del desliz en
el catre de plumas al poner en orden las frases una
encima de la otra como torre de latín enroscada en
un destello de bucles…
—Eduardo Espina, “Lampos del frondoso que sospecha”
Espina se mueve sin calcetines en las arenas más movedizas del lenguaje, sin pelos en la lengua, reflexionando deslenguado sobre el acto poético y su propia experiencia lingüística de casi medio siglo. Es decir, devana conceptos en el malacate óseo de su cráneo, y va hilando un tejido tejano que acaba en mural de uruguayas palabras descalabradas. No se adormila ni se amilana: tose pura furia verbal y gongorea graneros con recovecos de luz. No hay medias tintas ni aguamalas. Sonoro cante jondo gauchesco, sin maitines ni martinetes. El poeta uruguayo es fiero y barbudo martínfierro de sonidos e ideas, que resuenan en el cerebelo del lector asombrado, a pleno sol, sin lunas ni lunarejos. Por si lo acosa el acaso.
Hay algo fundamental en la obra de Eduardo Espina. Es el humor. Nunca sabremos si está invocando a la musa o si le está tronando los dedos. Es un tigre de papel. Encaramado en su escritorio, cálamo en mano, los títulos de sus libros, ensayos o poemas, surgen como virtuosos malabares de canguro verbal. Me vienen a la mente tres diferentes títulos de este libro albedrío: El cutis patrio, La caza nupcial, Quiero escribir, pero me sale Espina. O, con gracia admirable, ciertos nombres de sus poemas. Entresaco algunos simpatiquísimos de La caza nupcial: “Leerás cosas peores”, “Las patas de la cama nos separan del mundo”, “Aves en bikini”, “Ay amor, cuánto líquido me cuestas”, “La desunión libre”, “Más felices que en Vietnam”, “Cartas de la opípara”, “Un poema menos”, “Los perfumes de Chernobyl”. O de El cutis patrio: ¨La niebla habla del caballo”, “Homenaje a la mano de los demás”, “Lo mejor de Magallanes (Un poema estrecho), “La vaca lo hace con mala leche”, “La invisibilidad viene cada vez más joven”, o en la selección de sus poemas en La Tinusa; “Las enaguas del diluvio (la maja desnuda, muge)”,etcétera. Valgan estos títulos como un destello de los bucles verbales que se hallan en la obra Espina. Y la lista es continuable, como diría él mismo.
Un golpe de vaca jamás abolirá el azar
Uno de los ensayos más sorprendentes y enigmáticos del libro se llama “Todo lo que olvidamos saber sobre el desconocimiento”, definido como “una larga jornada de equivocaciones involuntarias”. Lo resumo:
Dos hombres —X y Z— salen de cacería en el noreste de Uruguay, como quien va para Rivera, cerca del Brasil. Se pronostica un día normal. Su pasión por matar animales indefensos, después de una semana de trabajo, lidiando con animales racionales, los lleva por atajos insospechados. La cacería es pródiga. No pudo ser mejor. Contentos con sus perdices, los dos amigos toman el camino de regreso.
La puntería fue propicia; el clima, no. Vientos huracanados y una lluvia torrencial se sueltan de manera inesperada. Falló el meteorológico. Esa tarde se fue por la tangente. Resultó bastante ilógica. Manejan con cuidado por el sendero que habían tomado para poder cazar mejor. La travesía se vuelve borrascosa, brutal, cansada. Al llegar a la carretera principal, recién pavimentada, se detienen a fumar un cigarrillo. Tal vez “Nevados”, marca nacional. Descansan y platican: “La vida no es más que una bocanada de humo”, ha dicho algún poeta. X le pide a Z que apure el paso, para llegar a tiempo. Varios kilómetros los separan de su destino. La noche avanza y la oscura tormenta no cesa.
Cuenta Espina: “Los 13 750 millones de edad que tiene el universo quedaron condensados en un ínfimo segundo de temporalidad restringida transcurrido entre la opima niebla y la lluvia mientras cambiaba de objetivos”. Una vaca despavorida y aterrada por los truenos y la lluvia coincidió, con “perfecta simultaneidad” con la furgoneta de los cazadores que avanzaban a toda velocidad. Cargados de perdices muertas, encontraron la némesis divina, su karma oriental. “Vaca, lluvia y carretera fueron la cicuta”. Esa noche imparcial, el azar se dio concurrente, objetivo. Fue el encuentro fortuito de una vaca con una furgoneta en una carretera de Uruguay.
Se estrellaron.
Convergieron casualidad y causalidad. Los cadáveres de los 3 quedaron esparcidos en medio de la pánica llanura interminable y cerca del Brasil, como diría Emilio Oribe, poeta también uruguayo. La utopía de los hombres que regresan a casa estuvo cansada. No ocurrió el final feliz. La vida, esa fortunocracia que ignoramos, los deslumbró. La muerte hizo su acto de presencia. Los cazadores fueron cazados. Entraron en lo desconocido. “El destino, el antipersonaje”, se convirtió en protagonista —agonista, que diría Unamuno. Llegaron a tiempo al último segundo de su vida. Pasaron de lo áspero a los astros, “per aspera ad astra”. Todo quedó en silencio. Tal vez pasó un ángel. De esa escena sólo se pudo decir, a la manera de Francisco de Quevedo “y su epitafio la sangrienta luna”.

El poeta uruguayo Eduardo Espina. Fotografía: cortesía del autor
Caja de Matryoshkas
Se le puede reprochar a Espina y a la editorial no haber dividido este voluminoso ejemplar de 345 páginas en dos o tres ligeros libros, y regalarnos el disfrute a cuentagotas. Pero eso yo, que me he vuelto un relector viejo y moroso. Tardé cincuenta años en entender que más importante es releer que leer, como Borges nos recomendaba cuando éramos jóvenes e impacientes. Porque Libro albedrío de Espina es un hotel de matryoshkas, con múltiples departamentos para revisitar. Ocuparía demasiado espacio y tiempo cubrirlo con justicia.
“La actualidad del ejemplo principal”, para continuar, es una demorada disertación de 47 páginas sobre el mes de abril. Oscila entre la felicidad que viene en ese mes de la poesía y de los poetas, alabada desde Los Cuentos de Canterbury por Chaucer, hasta la crueldad paradigmática del mes en “La tierra baldía” de T. S Eliot. El catálogo de efemérides, de ejemplos y de citas es infinito. Un ensayo imponente.
Hay otros textos sobre pintura, una tremenda disertación sobre las mariposas, encuentros con otros escritores, visitas a catedrales, a ciudades europeas, etcétera. Un verdadero viaje literario.
Me ocupo del último capítulo, “Cataclismos con vista al mar”, donde el poeta se embarca con múltiples desastres producidos por el agua, en especial el tsunami de Japón, en 2011. Una reflexión singular de Espina señala que le tenemos mucho miedo a la muerte por el fuego (incendios), por el viento (huracanes), o por la tierra (terremotos). Al agua la relacionamos con la vida o el bautismo. Sin embargo, “las aguas claustrofóbicas del tsunami viajaban a más de 965 km/h”, más o menos la velocidad de un avión. Desconocemos la gramática de lo acuático. Espina describe el desastre ocurrido en Japón con una metáfora literaria admirable y atinadísima: “aquello fue el infierno de Dante mezclado con el cementerio marino de Paul Valéry”. Las casas parecían de cartón deshaciéndose entre las olas. Los barcos fueron barquitos de papel en un charco de agua lodosa. Y dice Espina: “J.A: Rimbaud lo hubiera celebrado (al mal tiempo buena cara), tal como lo hizo en ‘Le bateau ivre’ homenaje mayor a un naufragio en altamar como fuente de poesía: ‘La tempestad bendijo mis desvelos marinos / más liviano que un corcho dancé sobre las olas’”.
Libro albedrío cierra con una imagen de “La gran ola de Kanagawa”, publicada por Hokusai entre 1829 y 1833. Presagia el horror de una gigantesca ola con garras. El monte Fuji, impávido en la lejanía, asiste a la destrucción.
Cada ensayo del libro es un montón de sorpresas, una ola de palabras, una insospechada secuencia de citas y reflexiones. Un regalo para quien lo lea.
Dos poemas
Termino mencionando otro par de poemas de Espina. He leído muchos, de todos colores y sabores. Me ocupo de éstos, dos de mis preferidos. El más corto tiene una línea. Se llama “Epígrafe” y dice solamente: “Salían del amor ilesos”, verso que bien pudiera servir de presentación para la obra de los tres pablos: Pablo Neruda, Paul Éluard, o Pablo Picasso, tres amorosos que siguieron la milicia del niño Amor. O para su epitafio.
El otro es de diferente aliento. “El ahora ha de ser un lugar semejante (Las horas siguen como si nada)” es un poema en honor a sus padres, escrito con soledad y pena. Si alguien piensa que la obra de Espina es espinosa e inaccesible y me preguntara por dónde empezar, yo lo mandaría inmediatamente a este poema. Neobarrococó puro, consta de catorce delicados versos, tal vez un soneto (in)voluntario —¿un neosoneto?—, que dice lo necesario que hay que decir en esos momentos. Y nada más. Lo comparto:
La mirada hace decir a las palabras hablándoles al oído.
Aquí descansan mi padre con mi madre, cada uno como
ahora son, países separados por cualquier razón a ciegas.
Al llevárselos, el zarzagán no siguió un orden alfabético.
No terminaron sus cenizas en algún mar —hay uno a mano
por si quisieran— sino bajo el mármol, mar hasta la mitad.
Sus nombres vienen del viento en noches como ésta, en las
demás tienen la valentía de quedarse sin que el aire lo sepa.
El silencio les alcanza y sobra para no morir un poco más.
Como suele suceder en las horas elegidas por el infinito,
cuando quedan para el final, la imposibilidad consuela
a quienes ha dejado fuera para hacerlos visibles.
Aquí descansan, ambos de una vez por todas.
La cuerda que los une no está hecha de seda.
Es un poema triste, que rima con amor y dolor. Está Uruguay, el camposanto, el mar, el mármol, “mar hasta la mitad” (feliz hallazgo), la noche, el viento, el silencio, el infinito. Catorce líneas puras, que espinan el corazón de los lectores.
Yo le agradezco a Eduardo Espina este poema, profundo como el agua y traslúcido como ala de mariposa, en nombre de muchos poetas neobarrocos, que disparamos metáforas contra el infinito y balbuceamos versos barruecos, sin saber lo que decimos.
Oakland, California
Libros citados de Eduardo Espina:
• La caza nupcial. Xalapa, Veracruz: Universidad Veracruzana, 1997.
• El cutis patrio. México, D.F.: Conaculta-Fonca-Editorial Aldus, 2006.
• Libro albedrío. Santiago de Querétaro, México: Rialta Ediciones, 2021
• Quiero escribir, pero me sale Espina. Antología (1982-2012). Providencia, Santiago de Chile: Editorial Cuarto Propio, 2014.
Arturo Dávila
Escritor, doctor en Lenguas y Literaturas Romances por la Universidad de Berkeley. Tantos troncos truncos (Casa Vacía, 2020) es su último libro de poemas.
[Nota editorial: Agradecemos a Eduardo Espina por permitir a nexos reproducir sus fotografías personales].