Ahora que la suerte de una estatua de Colón ha reabierto el debate sobre la memoria histórica del colonialismo, presentamos este ensayo sobre el modelo de una de las cuatro esculturas pequeñas que acompañaban al monumento del navegante: Fray Pedro de Gante, franciscano, filólogo de las lenguas mesoamericanas y defensor de los pueblos originarios.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco
La estatua de Cristóbal Colón que el Gobierno de la Ciudad de México retiró recientemente del Paseo de la Reforma estaba acompañada por otras cuatro figuras menos conocidas: los frailes Bartolomé de las Casas, Pedro de Gante, Juan Pérez de Marchena y Diego de Deza. De ellos, solo los dos primeros tuvieron alguna participación en la evangelización de Nueva España; Pérez de Marchena y de Deza, en cambio, fueron incluidos porque se les atribuye haber intercedido ante la reina Isabel para que financiara el viaje de Colón. La cercana relación que tenía el navegante con estos frailes ha hecho sospechar a algunos historiadores que Colón llegó incluso a vestir el hábito de la Tercera Orden de San Francisco, lo que explicaría que los creadores de la estatua quisieran tener a Pérez de Marchena y Deza junto a él. Es probable que, durante las varias décadas que las esculturas estuvieron expuestas en Reforma, los viandantes ignoraran la identidad de los cuatro frailes. Ahora que la figura de Colón se ha vuelto polémica, sin embargo, tenemos la oportunidad de voltear a ver a sus cuatro acompañantes y preguntarnos qué representan.
El trabajo de los frailes mendicantes en la Nueva España ha desatado desde siempre una gran polémica: para algunas personas representan la invasión y colonización “espiritual” de los pueblos autóctonos, a quienes forzaron a integrarse a una religión ajena y lejana; para otros, los frailes fueron verdaderos santos que defendieron a los indios de los abusos de la corona y los encomenderos. Estas posiciones encontradas tienen fundamento en la actuación de algunos frailes, pues mientras que algunos hombres como fray Diego de Landa arrasaron con cuanto códice encontraron, otros defendieron a los indígenas al punto de plantar cara al monarca español, como haría en 1560 el Comisario de los Franciscanos, fray Francisco de Bustamante, quien viajó a España para solicitar una entrevista con Felipe II, en la que le transmitiría algunas peticiones de los indígenas.
Esta deseada entrevista, que nunca llegó a darse por la muerte del fraile, se venía gestando desde mediados de la década de 1550 ante diversos problemas comunes que enfrentaban los indígenas y los franciscanos. Para ambos, la llegada del segundo arzobispo, Alonso de Montúfar (c.1490-1572), nombrado en 1551, supuso una pesada carga por las políticas económicas que éste impuso, tales como las excesivas exigencias tributarias a los “pueblos de indios”, o la disminución de presupuesto para obras de importancia, entre ellos, el hospital de bubas.
Diversos frailes escribieron entonces cartas a España pidiendo que se rectificaran estas políticas; entre ellos, estaba uno de los más queridos, el flamenco fray Pedro de Gante (muerto en 1572). Su cercanía con el rey Carlos I de España —Carlos V de Alemania— ha dado pie a diversas suposiciones. Por un lado, tenemos la muy difundida hipótesis de que el religioso era medio hermano del emperador por parte del padre, Felipe el Hermoso (1478-1506), aquel desdichado príncipe que murió de causas inciertas y a quien su esposa Juana hizo recorrer el territorio español dentro del féretro, una acción que le haría ganar el apodo de “Loca” a la reina. Por otro lado, otros historiadores sostienen que en realidad Gante habría sido medio hermano de Felipe, al ser hijos ambos de Maximiliano de Habsburgo (1459-1519), emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y que el religioso, por tanto, sería tío de Carlos, aunque por ser ilegítimo no tuvo reconocimiento.
Como fuera, fray Pedro fue uno de los tres famosos frailes flamencos que llegaron como avanzada a Mexico-Tenochtitlan antes de que comenzara formalmente la evangelización; los otros dos eran fray Juan Tecto y fray Juan de Ayora. Desde muy pronto, los franciscanos de la época reconocieron la labor de Gante y destacaron su aprendizaje del náhuatl, que llegó a ser la lengua más importante para él, de tal forma que cuando tuvo que enviar saludos a sus hermanos de religión en Flandes —hoy Bélgica— hacia 1529, avisa que ha olvidado ya el idioma de su tierra y se despide con una frase en náhuatl:
No tengo por ahora más que escribir, aunque mucho pudiera contar desta tierra, si no fuera porque del todo he descuidado mi lengua nativa… Ca ye ixquichs ma moteneoa in toteh in totlatoauh in Jesu Christo, que se traduce así: por lo demás no tengo ya que decir. Sea loado Nuestro Dios y su bendito Hijo Jesucristo.
Sobre el fraile han escrito diversos investigadores, entre los que podemos citar a Ezequiel A. Chávez, Ernesto de la Torre Villar y Ascensión Hernández Triviño; ellos han ponderado el trabajo que fray Pedro realizó en el ámbito educativo. Es posible que después llegar al Nuevo Mundo en 1522 o 1523 el religioso quedara admirado por el sistema educativo prehispánico, conformado por los calmecac y telpochcalli, y quisiera dar continuidad a la instrucción de los niños y jóvenes, incorporando el currículum europeo. La primera escuela, de acuerdo con Ascensión Hernández, habría sido la de San Antonio de Texcoco, lugar donde Cortés instaló a los franciscanos. Más tarde, la llegada de los nuevos “Doce apóstoles franciscanos”, originarios de la Provincia eclesiástica de San Gabriel, Extremadura, dirigidos por fray Martín de Valencia, haría necesario cambiar de residencia, por lo que Gante y sus compañeros pasarían a la Ciudad de México hacia 1526.
En la capital, Gante se encargó personalmente de crear escuelas de educación básica donde se enseñaban los “rudimentos” de la religión y también las primeras letras; el canto fue siempre una materia fundamental para él y por eso se preocupó porque los jóvenes desarrollaran habilidades musicales. Además, fue el primero en proponer las escuelas llamadas de “artes y oficios”, donde los jóvenes aprendían diversas técnicas europeas que servirían para garantizar su sustento, al mismo tiempo que proveerían a los españoles de objetos que les eran necesarios. Así, los indígenas se convirtieron en sastres, peleteros, plateros, joyeros y músicos, y sobre todo copistas y amanuenses.
Pero la conocida humildad de fray Pedro le impidió incorporarse a otro proyecto de mayor envergadura que pronto pondrían en marcha frailes como Bernardino de Sahagún y Andrés de Olmos: El Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, que estaría dedicado a la educación superior de la élite indígena. Gante, por el contrario, siguió ocupándose de la educación básica de los jóvenes y escribiendo libros para la evangelización. Bien conocida es la “Doctrina cristiana”, una antología de textos básicos en náhuatl que, en un prurito, el fraile dice haber “recopilado” (y no escrito, como se suele pensar). Esta y otras obras se convertirían con el pasar de los siglos en joyas bibliográficas, en parte por ser algunos de los primeros libros que publicara el famoso Juan Pablos de Bresano, el primer impresor de la Nueva España, pero también por su tipografía gótica, que da a los textos un aspecto arcaizante, amén de estar escritos completamente en náhuatl.
Otro tópico fundamental en la vida de Gante y una de sus contribuciones más importantes es justamente esta, pues al ser uno de los primeros europeos en aprender la lengua náhuatl, el religioso tuvo que realizar un gran esfuerzo lingüístico para entender un idioma que ninguno de sus compañeros había escuchado antes y que es totalmente ajeno a la tradición gramatical europea. Con seguridad, el conocimiento de diversos idiomas—además del flamenco, su lengua materna, Gante sabía latín y escribía en castellano— le ayudó desarrollar un sistema de codificación alfabética del náhuatl que heredaría a sus compañeros franciscanos.
En este sentido, hay que notar que durante los últimos años algunos lingüistas han criticado el sistema gráfico inventado y perpetuado por los frailes y elaborado propuestas de regulación ortográfica para el náhuatl que, sin embargo, no han alcanzado un consenso. Este debate es sin duda valioso, pero no debe cegarnos a la importancia de la obra de Gante y sus compañeros. En el siglo XVI, con herramientas gramaticales elementales, sin conocimiento de las diferencias tipológicas de la lenguas, sin reflexiones teóricas profundas, los frailes alfabetizaron y sistematizaron diversos idiomas mesoamericanos y escribieron numerosos tratados en estas lenguas. Hay que reconocer, al menos, el valor histórico y lingüístico de estos textos, a pesar de su temática religiosa, pues hicieron perdurar idiomas que con el tiempo llegarían a desaparecer, como el ópata. Si bien este trabajo tenía una intención doctrinal, y si bien los frailes tuvieron que realizar numerosos ajustes conceptuales para adaptar los idiomas mesoamericanos a la tradición judeocristiana, las miles de páginas que Gante y sus colegas dejaron impresas y manuscritas son un testamento a un esfuerzo por comunicarse en las lenguas originarias.
Ahora que la decisión de retirar la estatua de Colón del Paseo de la Reforma nos lleva a reflexionar sobre la memoria histórica de la colonización de nuestro continente, no podemos soslayar que la imposición del catolicismo tuvo gran impacto en la población indígena, pero tampoco podemos satanizar el trabajo de los frailes mendicantes. Como en toda comunidad, hubo personajes buenos, malos y contradictorios. No hay que olvidar que los religiosos estaban sujetos a sus votos de obediencia, aunque en ocasiones estuvieran en desacuerdo con otras autoridades eclesiásticas y con los mandos civiles. Tampoco podemos idealizar todas sus acciones, ni creer absolutamente en la imagen de ellos que presentan los cronistas de la época, pues estas tienen un mensaje propagandístico en favor de las órdenes religiosas; pero conviene no olvidar que algunos de los frailes se esforzaron porque los hombres y las mujeres de los pueblos originarios tuvieran una mejor calidad de vida. Fray Pedro de Gante fue uno de ellos; reconocer su labor y su entrega no hace menos importante la lucha de los pueblos indígenas, del pasado y actuales, por su dignificación. Seguramente, si fray Pedro viviera, del lado de los pueblos indígenas estuviera.
Heréndira Téllez
Filóloga clásica y lingüista