El 2 de abril de 1991 (justo ese día) la Academia Mexicana de la Historia, correspondiente de la Real Academia de la Historia de Madrid, “consciente de sus responsabilidades culturales y cívicas”, propuso a las autoridades que se erigiera en la glorieta de Niza, en el Paseo de la Reforma, “una pirámide trunca, cuyo diseño haría un arquitecto competente, que recordaría la base idiomática y cultural de los pueblos precolombinos”. El objetivo del monumento, cubierto por alegorías y personajes de la imprenta, la literatura colonial, la Academia de San Carlos y las instituciones de enseñanza novohispanas, sería conmemorar “los tres siglos que se extienden de 1521 a 1821”. El doctor Silvio Zavala, que probablemente fue quien propuso la idea, atribuyó la palmera que hasta la fecha se encuentra entre el Monumento a la Independencia y la glorieta donde estaba el monumento a Colón, a “la falta de madurez y de decisión en el ánimo social y político de México para enfrentarse a esa época de su historia”. Era, pues, un monumento a la cultura colonial montado sobre una pirámide, en el que cuidadosamente se omitían las referencias a la política, la administración y el sistema social del virreinato, que aparecía en el proyecto como una especie de proyecto cultural. Esto contrasta con la obra publicada de Silvio Zavala, quien le dedicó a la sociedad novohispana trabajos bastante extensos. Zavala difundió su proyecto en un artículo que, según distintas fuentes, se publicó en el suplemento cultural de Excélsior, El Búho, en marzo de 1992. Para 1996, de acuerdo con un reporte de Francisco Vidargas en La Jornada, ya eran dos monumentos: uno para rememorar la época colonial, y otro más dedicado a “la era liberal”. Este último, un “monumento a la nacionalidad”, contó con un boceto de Sebastián. Parece que el olvido del proyecto puede acreditarse a Alejandra Moreno Toscano, quien sentenció: “Reforma no tiene porqué ser el paseo de la racionalidad intelectual última”.

Ilustración: Izak Peón
La construcción de pirámides conmemorativas no es precisamente una novedad. El que suscribe hizo un breve experimento en redes sociales y en un par de días obtuvo de sus amistades fotografías de un par de docenas de edificios, salones de fiestas, supermercados, cines, casas de la cultura, pequeños monumentos y arquitecturas efímeras que imitan la forma de una pirámide precolombina. Si eso se convirtiera en un proyecto de exposición, no cabría en los tres pisos del Palacio de Bellas Artes, y quizás fuera necesario vaciar el Museo Nacional de Antropología para llenarlo de maquetas, fotografías y planos de las réplicas. ¿Cómo olvidar clásicos de la ritualidad priista, como el Centro Ceremonial Otomí, la tienda sindical de Pemex en Picacho, el Colegio Militar o el Monumento a la Raza? A esto contribuye, en una medida importante, que las zonas arqueológicas están llenas de pirámides que pueden describirse como réplicas de sí mismas: intervenciones con la mano muy pesada que pasaron de la conservación de los vestigios a la reinvención de su aspecto prístino.1
Que una parte de esos ejercicios de reconstrucción creativa se articulen a través de materiales efímeros y que se destinen a sendos espectáculos de masas, no debe sorprender a nadie. A todos los gobiernos de todos los partidos les ha ilusionado organizar grandes espectáculos nocturnos, con iluminación dramática, arquitecturas de cartón y coreografías masivas; tan sólo hace falta recordar el soso espectáculo organizado por el gobierno federal en 2010, con motivo del bicentenario de la Independencia, y del cual sólo sobresalió el carro alegórico diseñado por Pedro Friedeberg. No es México el único país en el que se organizan puestas en escena semejantes. Tanto en Estados Unidos como en Inglaterra son muy populares los reenactments de episodios famosos: las batallas de las guerras civiles, los momentos culminantes de la revolución de independencia. Es, como señala Cuauhtémoc Medina, una especie de versión laica de rituales populares, como la escenificación de la Pasión de Cristo. Hay incluso un performance del artista británico Jeremy Deller, quien en 2001 recreó —utilizando como actores a los protagonistas originales del evento— la célebre batalla de Orgreave. Esta última tuvo lugar en 1984 y enfrentó a los mineros, descontentos con las reformas de Margaret Tatcher, con la policía.2
Las sociedades que organizan este complejo ritual cultural son generalmente privadas y tienen fines de lucro, aunque no podría exagerarse la importancia, al menos en Estados Unidos, de las sociedades patrióticas y de veteranos para la conformación del nacionalismo estadunidense. Episodios recientes, como el asalto al Capitolio, se llevaron a cabo en forma teatral, en una ritualización de los eventos públicos que seguramente buscaba situarlos en un relato histórico. A diferencia de esas experiencias, que están casi siempre en manos de la sociedad y grupos de presión, en México ese género dramático lo monopoliza el Estado. No es cosa nueva que el gobierno federal busque actualizar su monopolio sobre la historia que en México se llama, a partir de un célebre ensayo de Luis González, “historia de bronce”: la que se enseña en los libros de texto gratuitos, en las ceremonias de honores a la bandera y en los desfiles del 16 de septiembre, amén de una profusa estatuaria pública (de donde le viene el nombre). Luis González lamentaba que esta historia fuera monopolizada por el Estado. “Si […] no se nos impusiera en las aulas, tendría probablemente más repercusión de la que posee hoy en día. Es ésta la búsqueda más cara al humanismo, la que exhibe la cara brillante, bella, gloriosa, digna de ser imitada del ser humano”. Pero añadía, con espíritu crítico: “Es también la disciplina que mejor le sienta a los dominadores”.3 Con esto no me refiero a las controversias, a veces verdaderos combates, que las personas dedicadas a la historia emprenden para convencer de sus argumentos, hacer valer sus ideas o divulgarlas. Lo que ocurre en México con los monumentos, los nombres de las calles y las ceremonias conmemorativas es parte de una larga historia de construcción de imágenes, símbolos y relatos acerca del pasado que son administrados por el Estado.
El Estado mexicano no es el único que aspira a monopolizar el relato de la historia o, por lo menos, a administrar alguna de sus versiones; tampoco es particularmente original la pretensión de incidir con ese discurso del pasado en la vida cotidiana: en la nomenclatura urbana, en el calendario de días de guardar y, ultimadamente, en la memoria. La historia y la memoria no son lo mismo. La historia es formal, con frecuencia (aunque no siempre) es académica y su principal ámbito es el diálogo de los libros. La memoria, si le damos crédito a Pierre Nora, se parece más al presente bergsoniano: es fluida, no está completamente racionalizada y no busca la legitimidad.4 La historia es pública siempre; el Estado mexicano aspira a que la memoria también lo sea. El tipo de controversia que ha renacido, que busca reivindicar en las estatuas y en los topónimos los hechos heroicos del pasado, es una señal de que están cambiando los límites entre lo público y lo privado. Los métodos electrónicos de comunicación han impulsado una tendencia radical que aparentemente borra la vida privada. Este cambio dramático no siempre lleva a una politización civilizatoria del ámbito doméstico, gobernado con demasiada frecuencia por formas de autoridad que bien podrían ponerse a discusión pública. Pero este proceso es más complicado y las redes de comunicación donde se defiende o se hace mofa de tal o cual monumento, escultura o nomenclatura son públicas si se atiende a su inmensa difusión; sin embargo, no lo son si se toman en cuenta su propiedad y sus objetivos. Se trata de monopolios comerciales; son empresas privadas y casi todas se caracterizan por un liderazgo personal visible y carismático. Y en el fondo, aunque en esas redes a veces se politiza la vida privada, lo que han llevado a cabo es una privatización masiva de la memoria.
El intento de renovar y modificar el relato de la historia oficial ha sido visible, pero es probable que sus consecuencias resulten muy poco significativas. Luis González estaba convencido del valor pedagógico de la historia “de aula”, a la que entendía como un “vigorizante de criaturas en crecimiento, aún no torcidas”. Para ello se apoyaba en una idea bastante conservadora: la educación como transmisión de “los valores positivos de otros tiempos”; entendiendo, como se ha venido pensando en México desde el siglo XVI, que el conocimiento de los valores obligaría a las personas actuar de acuerdo con los mismos. Esta concepción de la educación histórica es colonial. Nunca ha sido especialmente exitosa por motivos complejos, pero uno de ellos es que conocer los valores y ponerlos en práctica pueden ser cosas muy diferentes. A la misma mentalidad pertenecen quienes quisieran cambiar el repertorio de los personajes memorables y los que claman por mantener el santoral republicano tal como estaba.
Lo anterior es una historia tan rancia que hasta da un poco de pudor volver a ponerla sobre la mesa. Hay una limitación más grave quizás. Cada vez que el Estado emprende un proyecto de reinterpretación masiva —como ocurrió por ejemplo cuando se elaboraron los primeros libros de texto gratuitos—, no faltan las historias que buscan establecer una alternativa para el conocimiento crítico del pasado. Lo que sí falta es que esas alternativas tengan alguna incidencia en el ámbito educativo o en la conformación de comunidades de lectura, de públicos más amplios que el muy pequeño de las publicaciones especializadas. Cuando hay alguna iniciativa exitosa o muy brillante —como el reciente Monumento a las mujeres que luchanque unas activistas colocaron sobre la peana vacía de Cristóbal Colón—, la estructura política, administrativa y legal del monumentalismo mexicano hace casi imposible imaginarse cómo podría retomarse ese instante de lucidez en la articulación de espacios de ciudadanía renovados. Ojalá que quienes toman las decisiones hoy recuerden que la organización del espacio público para el debate, la imaginación y el diálogo es un proceso en el que las autoridades casi siempre estorban bastante. Que abandonen los eventos dirigidos militarmente, que se olviden de los espectáculos lumínicos. No hay esculturas permanentes. Lo que hagan ahora no podría resistir la lluvia ácida de una ciudadanía que, a diferencia de los años cincuenta, ya no está para conformarse con los escenarios de cartón y las recreaciones con crinolina.
Renato González Mello
Investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM; miembro de la Academia de Artes
1 Zavala, S. “Una palmera y una idea en el Paseo de la Reforma”, Memorias de la Academia Mexicana de la Historia. Correspondiente de la Real de Madrid, 1991. Zavala, S. “Historia y civismo”, Memorias de la Academia Mexicana de la Historia. Correspondiente de la Real de Madrid, 1991. Vidargas, F. “Caras de una polémica”, La Jornada, 10 de septiembre de 1996, https://www.jornada.com.mx/1996/09/10/vidargas.html
2 Cuauhtémoc Medina, “La historia se repite… si no dejaría de ser historia”, en Jeremy Deller: el ideal infinitamente variable de lo popular = The infinitely variable ideal of the popular,Ekaterina Álvarez Romero ed., Museo Universitario de Arte Contemporáneo, Universidad Nacional Autónoma de México, Centro de Arte Dos de Mayo, México, Madrid, 2015, pp. 40–55.
3 González, L. “De la múltiple utilización de la historia”, en Historia, ¿para qué?, Alejandra Moreno Toscano ed., Siglo XXI, México, 1990.
4 Nora, P. “General Introduction: Between Memory and History”, en Realms of memory : rethinking the French past, vol. 1, Columbia University Press, Nueva York, 1996, pp. 1–20.