La Independencia de México, como otros episodios de la historia de nuestro país, ha despertado el interés de muchos investigadores extranjeros. En este ensayo, el autor nos presenta a tres de estos autores para invitarnos a mirar con nuevos ojos los eventos de hace doscientos años.

Ilustración: Víctor Solís
Los estudiosos de otros países han abordado la historia mexicana con mucho interés. A lo largo de las obras de Brian Hamnett, Eric Van Young, Barrington Moore y otros más se aprecian propuestas metodológicas e historiográficas sobre el tema de la Independencia de México. Cada uno de estos autores pondera diferentes factores que considera determinantes. En algunos casos, por ejemplo, la revolución independentista aparece como un mero producto de circunstancias concretas; otras obras, en cambio, revisan las particularidades de las clases sociales y sus demandas para explicar las tensiones económicas en las intendencias de la Nueva España; las demás, por su parte, valoran la importancia de la coyuntura local, preguntándose por las causas específicas de la inestabilidad de regiones como el Bajío y la Nueva Galicia, que contrastaba con la aparente tranquilidad de otras regiones novohispana. En este ensayo, trataré de hacer un breve recuento de algunas de las obras en las que estos estudiosos extranjeros han contemplado la Independencia.
Comencemos con el historiador inglés Brian Hamnett. En su famosa obra Revolución y contrarrevolución en México y en el Perú. Liberalismo realeza y separatismo (1800-1824), publicada en español en 1978, Hamnett inicia su estudio de las causas y orígenes de la insurgencia abordando el impacto de los severos conflictos sociales derivados del sistema de casta de la Nueva España. Para Hamnett, el choque entre los intereses de los distintos grupos dio como resultado uno de los episodios más interesantes del proceso de Independencia: la lucha en el Bajío novohispano, una región llena de altibajos y recelos sociales que fue el origen de la guerrilla y por lo tanto de su respuesta, las contraguerrillas. Como Hamnett argumenta en otra de sus obras, Raíces de la insurgencia en México. Historia regional 1750-1824, entender el contexto de la región es de vital importancia para estructurar el análisis de las tensiones que afectaron a la zona, especialmente considerando que las élites locales defendieron sus propios intereses y se olvidaron de las condiciones sociales.
Hamnett mantiene que la rebelión cundió debido a la existencia de injusticias específicas —por ejemplo: los bajos salarios, las jornadas de trabajo extenuantes y la insistente discriminiación del sistema de castas— pero apunta también que la toma de las armas no logró en un primer momento cambios significativos. Pese a este aparente fracaso —pues una verdadera revolución es aquella que logra cambios significativos en el sistema político— Hamnett mantiene que la insurgencia representó una seria amenaza para el régimen colonial. El gobierno virreinal tuvo que enfrentar como pudo la rebelión liderada por Hidalgo, que Hamnett nos dice “cundió por campos y ciudades”, nutriéndose de las masas campesinas.
Fue por esta razón que el régimen colonial organizó la contrarrevolución, que fue un intento por crear una coalición de “notables” peninsulares y criollos, quienes formaron las milicias provinciales que combatieron a los rebeldes. El móvil de esta alianza entre las élites europeas y americanas era impedir la caída del gobierno colonial. Pese a los esfuerzos de esta coalición, sin embargo, con el paso de los años la situación se complicó sobremanera hasta llegar al desenlace que todos conocemos.
Otra perspectiva que vale la pena considerar es la del historiador estadunidense Eric Van Young. En su artículo “Hacia la insurrección: orígenes agrarios de la rebelión de Hidalgo en la región de Guadalajara”, publicado en México en 2013, Van Young plantea que “la semilla del movimiento revolucionario está inmersa en las tensiones sociales, políticas y económicas existentes en la región”. En otras palabras, para Van Young, los trabajadores del Bajío vivian en la clase de condiciones que suelen conducir a la rebelión, pero de igual importancia es que también tuvieron el pretexto idóneo —el llamado de Hidalgo— para organizar el levantamiento. Así, la revuelta de Miguel Hidalgo y Costilla contó desde el principio con los campesinos de la región. Fue de este modo que el movimiento cobró fuerza suficiente para extenderse rápidamente a otras latitudes.
Al mismo tiempo, sin embargo, cabe preguntarse: ¿cómo valorar el apoyo que tuvo Hidalgo para la revuelta? Una idea central en la obra de Van Young es que las variadas suposiciones sobre los posibles móviles que llevaron a la gente al levantamiento son complejos y contradictorios. Por ejemplo; no tenemos suficiente evidencia para seguir afirmando la idea, bastante común, del aparente liderazgo criollo, ya que en el contexto de la época resulta difícil diferenciar a un criollo de un peninsular.
En todo caso, Van Young mantiene que la rebelión que cundió por Guadalajara entre 1810 y 1811 evidenció las tensiones entre las clases sociales y la cada vez más complicada situación económica. En la mirada de Van Young, la insurgencia mexicana estuvo ligada íntimamente con las condiciones sociales de cada región. No es casual que la rebelión haya estallado en áreas del país que experimentaron de manera especialmente aguda el proceso de cambio político iniciado en 1808 con la prisión en Francia de los reyes españoles Carlos IV y Fernando VII. A partir de ese momento, el tambaleante imperio español se vió sacudido por una serie de terremotos políticos: la deposición del virrey José de Iturrigaray y la conspiración de Valladolid de 1809.
Pero de nuevo: ciertas regiones de la Nueva España sintieron estas sacudidas más fuertemente que otras. Un caso típico es el de Guadalajara. En esta ciudad, como en el resto del Bajío, las condiciones laborales eran mejores que en otras partes de la Nueva España. A principios del siglo XIX, sin embargo, la región de Guadalajara sufrió una serie de crisis agrícolas y de desempleo. Estas condiciones resultaron especialmente propicias para la insurgencia de Hidalgo, quien encontró gran apoyo en la ciudad.
En el fondo, lo que experimentaba la región era un reacomodo social. Esta reconfiguración era el resultado de las crecientes tensiones causadas por las prácticas laborales explotadoras de las haciendas, obrajes, trapiches, comerciantes y en menor grado las minas de la región. El inicio de la guerra de Independencia precipitó un proceso que ya había iniciado, agudizando el antagonismo, la lucha de clases y las ambiciones políticas de algunos individuos. De ahí que sea difícil caracterizar al insurgente típico: en la rebelión de Hidalgo cabían tanto campesinos como bandoleros, además de individuos que eran ambas cosas a la vez.
Consideremos ahora la obra de un tercer autor extranjero: el sociólogo estadunidense Barrington Moore. Moore dedica su texto La injusticia: bases sociales de la obediencia y la rebelión —publicado en español en 1989— a teorizar el concepto de rebelión. Si bien este estudio no se ocupa directamente de la Independencia mexicana, sus ideas pueden aplicarse al inicio de la insurgencia. Moore argumenta que las causas de la rebelión varían drásticamente: algunas sociedades se rebelan movidas por un estímulo minúsculo; otras, en cambio, soportan grandes injusticias sin el menor empacho.
En un intento de explicar esta variación, Moore identifica varios “ingredientes” que pueden llevar a la gente a rebelarse contra el orden establecido. Uno de estos factores, quizás el más importante, es la injusticia. A contracorriente de muchos estudiosos, quienes han descuidado el análisis de este factor, Moore señala que el estudio de las injusticias entendidas como tales —es decir: como agravios sociales concretos— puede ayudarnos a entender la dinámica de la historia. Así, Moore mantiene que los pueblos se levantan en contra de una injusticia no solo con el propósito de enmendar el entuerto concreto que los aflige, sino también para renegociarlos términos del contrato social.
Aquí cabe aclarar que el pacto social no es estático sino dinámico: cada generación exige una revisión de las relaciones sociales y políticas. Esta renegociación, sin embargo, no significa que las normas sean iguales para todos, lo cual obviamente genera una agresión en el más amplio sentido. Moore observa también que la rebelión hace posible un nuevo orden social, de manera que, incluso si la rebelión fracasa, las partes en disputa llegarán a un nuevo arreglo o a una nueva disputa.
En el esquema de Moore, la exclusión de ciertos sectores sociales del poder político y económico crea incentivos para que estos sectores planteen demandas disidentes. Tal fue el caso en la Nueva España en 1808. En aquel año, como ya mencioné, Napoleón encarceló a Carlos IV y Fernando VI. Tras la prisión de los reyes, muchos novohispanos pensaron que el pacto social había sido puesto en entredicho. Algunos criollos eran de la idea de que dicho pacto —es decir: el convenio entre el pueblo y los gobernantes— había quedado anulado, de modo que la soberanía retornaba al pueblo, entendido en este caso como los miembros del Ayuntamiento. El virrey José de Iturrigaray hizo lo que pudo para establecer un nuevo pacto, pero los peninsulares respondieron con un golpe de Estado, de manera que la convocatoria de un Congreso para el año de 1809 quedó relegada y algunos criollos que apoyaban al plan del virrey fueron asesinados y prisioneros.
Si aplicamos la mirada de Moore al caso de México, tememos que el proceso de independencia novohispano de 1810 a 1821 contiene varios de los componentes que el estudioso identifica como los “ingredientes” de la rebelión. Un sector social, dueño del poder, relegó a otro, de manera que los novohispanos, al ver cerrada la vía de la negociación, decidieron tomar el camino de la conspiración. Los inconformes buscaron alzarse contra un gobierno al que ya no consideraban legítimo. Fue por esta razón que los insurgentes afirmaron —primero en el Plan de Iguala, más tarde en Tratado de Córdoba y en el Acta de Independencia— que habían alcanzado la mayoría de edad y no serían presa por más tiempo de las iniquidades metropolitanas.
A manera de conclusión, podemos decir que estas tres miradas extranjeras a la Independencia nos dan un amplio panorama de los problemas historiográficos a los que nos enfrentamos al intentar comprender el proceso. Cada uno a su manera, los autores que hemos discutido plantean que la lucha por la separación política no puede reducirse al largo proceso de once años de conflicto, sino que también existieron por toda la Nueva España una serie de condiciones que le dieron a la lucha un carácter distintivo, en las diferentes regiones donde los diversos estratos sociales buscaban afanosamente un nuevo arreglo dentro del pacto social.
Hamnett y Van Young echan una mirada novedosa a una parcela de historia que no había sido adecuadamente cultivada: la historia regional auxiliada por la óptica social. De allí sus respectivas conclusiones sobre el desacomodo de las relaciones sociales y políticas y sobre la manera en que el Bajío y la región de Guadalajara sirvieron no solo de mecha al movimiento, sino que también fueron zonas clave en el proceso histórico rebelde.
Por su parte, Moore nos ofrece una teoría de la rebelión que no cae en la trampa de las definiciones simples. En su obra la rebelión es el último paso de una actitud crítica frente al estado de las cosas, en donde la gente se pregunta sobre su función social y cuestiona si debe o no continuar desempeñándola. Así, para Moore la rebelión contraviene el orden establecido, pues es una respuesta a un agravio determinado. Es por esto que la rebelión origina un conflicto que modifica el pacto social, incluso si en apariencia no amenaza al statu quo. La rebelión, por tanto, puede tener como móvil la sed de venganza, la cual busca reafirmar la dignidad de los agraviados.
Para cerrar, quisiera apuntar que estos historiadores plantean preguntas fundamentales sobre la naturaleza de las revoluciones. Si una rebelión logra tomar el poder, esta puede considerarse como exitosa. Pero si este no fue el caso, ¿cómo debemos referirnos a ella? Levantamiento, motín, revuelta, intentona: los términos abundan, cada uno con diferentes connotaciones.La definición más simple del término “revolución” es que se trata de un movimiento que tiene el propósito de cambiar el orden social. Para determinar si un proceso social merece este nombre es necesario analizar sus características: ¿cuáles fueron las tensiones sociales que la originaron, cuáles eran sus metas, qué tanto éxito tuvo? Como bien dice Eric Van Young en La otra rebelión: la lucha por la independencia de México 18180-1821: “las condiciones alimentan el espíritu revolucionario.”
Obras recomendadas
Alamán, Lucas, Historia de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su Independencia en el año de 1808 hasta la época presente, (5 vols.) México, Jus, 1949.
Anna, Timothy E., El imperio de Iturbide, México, Conaculta, 1991.
Hamnett, BrianR., Revolución y contrarrevolución en México y en el Perú. Liberalismo realeza y separatismo (1800-1824), México, FCE,1978.
—Raíces de la insurgencia en México: Historia regional, 1750-1824, México, FCE,1990.
Iturbide, Agustín de, Manifiesto al mundo osean apuntes para la historia, México, Libros del Umbral/Fondo Teixidor, 2001.
Moore, Barrington, La injusticia: bases sociales de la obediencia y la rebelión, México, UNAM, 1989.
Van Young, Eric, “Hacia la insurrección: orígenes agrarios de la rebelión de Hidalgo en la región de Guadalajara”, en: Friedrich Katz, (compilador), Revuelta, rebelión y revolución. La lucha rural en México, del siglo XVI al siglo XX, México, Ediciones Era, 2013.
—La otra rebelión: la lucha por la independencia de México, 1810-1821, México, FCE, 2006.
Fernando Leyva Martínez
Académico de la UNAM