Ishiguro llega tarde pero a tiempo: reseña de Klara y el Sol

Aterriza en nuestro Depto. de Quejas una evaluación doble de la novela Klara y el Sol, del Premio Nobel de Literatura 2017, Kazuo Ishiguro. La segunda de estas evaluaciones, nos dicen fuentes fidedignas, tiene su origen en el lado oscuro de la Luna, a inicios de la década 2121, en una base satelital, largo abandonada por los humanos, que fue visitada por una misión robótica. La primera evaluación se dio en Ciudad de México, producto de extraños sucesos mentales tal vez relacionados con la planetaria pandemia que en ese entonces vivíamos.

Queridos burócratas literarios del Depto. de Quejas de Nexos:

Acudo nuevamente a su generoso espacio digital para, una vez más, expresar una doble desazón. Mi amigo “Erasmo” —lo llamo así porque la última vez que decidí quejarme, si mal no recuerdo, quedamos en que protegeríamos a los inocentes— vuelve al ataque, si es que su perplejidad ante una obra de impecable calidad literaria merece tan bélico apelativo.

Sí. Esta vez, en una alcaldía del noroeste de la vasta Ciudad de México, cuelga de un balcón, atado con una extensión de blanca rafia, un solitario libro. Oscila de vez en cuando, acariciado por los vientos en extinción de un marzo y abril agitados que, tras un febrero loco (atinada percepción meteorológica mexicana), se diluyen hacia un mayo de agridulces esperanzas y agradecibles lluvias tempraneras. El infeliz volumen colgante es la más reciente novela del Premio Nobel de literatura 2017, Kazuo Ishiguro, Klara y el Sol.

Ya lo habrán adivinado. El que colgó el libro es Erasmo, quien alega que Ishiguro… ¡Llega tarde! Invoca Erasmo una reciente entrevista donde el autor expresó inquietud ante la ingeniería genética y el avance de la inteligencia artificial (IA): “Me preocupa que ya no estemos en control de estas cosas”. Pontifica mi perplejo amigo: “¿Apenas se enteró Ishiguro de esa dupla imparable, tsunami histórico por partida doble? Ese par de temas ya fueron ampliamente explorados por la ciencia ficción, desde hace décadas, y por cientos de autores, entre ellos Kapek, Asimov y Clarke”.

Y remacha, profunda disquisición (según él): “Si el devenir de la humanidad —¿teleología de su existencia misma?— es acabar en la fusión de cibernética y conciencia humana, ya en plena marcha, o lo que podría ser más siniestro aún, que el destino final de la especie humana haya sido crear la IA, para con el tiempo, desaparecer ante ella, eso de escribir sobre ‘lo que significa ser humano’, suena a pérdida de tiempo. Está, de plano, de más bordar sobre el asunto; cualquier divagación literaria sobre el tema habrá de ir diluyéndose en el imparable movimiento universal hacia la entropía y el inerte polvo cósmico que —en un millón de años, mínimo— nos espera a las ‘unidades de carbono’”.

¿Diatriba delirante? ¿Qué podemos esperar del excéntrico Erasmo, quien ya sólo se comunica por Zoom, y con mascarilla puesta? ¿Quien afirma que ahora lee los libros de atrás para delante, y que apenas recorrida la Parte VI del multicitado volumen, hizo su berrinche “crítico”, tiró la proverbial toalla, buscó rafia en algún cajón y procedió a suspender Klara y el Sol de su balcón? ¿En un acto de superstición homeopática, esperando que, misteriosa o mágicamente, cambie el final de la novela, gracias precisamente a los rayos del astro corazón de nuestro sistema planetario?

¡No!, recapacita, le respondo a Erasmo. Concedámosle a Ishiguro el democrático (y dialéctico) beneficio de la duda. En cuanto a temática literaria, sí, quizás Ishiguro “llega tarde”, pero en mi modesta opinión, llega a tiempo, con una historia diamantina, sutilmente cautelar, y ambigua en cuanto a la futura catástrofe cósmica, tan crispada y emocionalment, expuesta por mi amigo.

Bref, como dicen los franceses, lo que hice fue enviarle a Erasmo una evaluación de Klara y el Sol, supuestamente llegada del futuro (del año 2121, para ser más precisos). Una transmisión —diálogo entre dos robots— que inexplicable y sorpresivamente escuché en mi radio, en abierto desafío a las leyes del espacio y el tiempo. Lo insólito del asunto es que Erasmo no pareció inmutarse, ni dudar de mi disparatada aseveración. Incluso, comentó, que si la evaluación le agrada, posiblemente hale el libro del vacío y lo lea, ahora sí, de adelante para atrás.

Algunos robots son mucho menos iguales que otros

—Buena noche lunar, ZxA90-01. ¿Cómo va tu trabajo de rescate de componentes tecnológicos útiles en esta costosísima ruina que dejaron los humanos?

—Calculo terminar en 242 horas tiempo-Tierra. ¿Y cómo va tu trabajo de rescate de posibles ideas útiles en las creaciones artísticas de los inconstantes Homo sapiens, XiM23-14?

—Encontré un curioso libro sobre una robot de compañía, Klara y el Sol. Una AA, amiga artificial, del siglo pasado. Lo escribió un hombre llamado Kazuo Ishiguro, al parecer, famoso en su tiempo, leído por millones de sapiens, cuando aún tenían tiempo para leer.

—¿Qué tiene de curioso, XiM23-14?

—Que fue escrito, no por un robot, sino por un humano.

—Explica.

—La novela está escrita en una modalidad que los sapiens llamaban primera persona. Esa primera persona es un robot, androide, femenino, Klara; ya sabes, seguían con sus enredos de género. Pero los robots no compraban libros, ni los leían. Desde entonces, accedemos a información de otras maneras. Entonces, ¿por qué escribir un libro supuestamente narrado por una androide, pero para que lo leyeran humanos?

—Hablando de humanos, XiM23-14, ya sabes que cualquier cosa es posible. Incluso que se destruyan a sí mismos. Sabemos que casi lo lograron. Los que quedan en la Tierra viven ahora como en la llamada Edad Media, en zonas de baja radioactividad. Los que andan en Marte no duermen sobre lechos de rosas, y los pioneros que lograron llegar hasta Ganimedes tampoco.

—Pues, a todo esto, debo decir que Ishiguro, probablemente, nunca imaginó que yo, un robot del siglo XXII, sí leería su libro.

—¿En qué consistirá tu informe sobre Klara y el Sol para la Central Robótica Orbital Sublunar?

—Es un librito de múltiples aristas y luces, ZxA90-01. De lo más notable es que los humanos, en la novela, ambientada en el país que llamaban Estados Unidos, parecen haber olvidado o dejado atrás esa noción que tenían de una entidad metafísica que durante milenios llamaron, de distintas maneras y en distintas culturas, Dios.

—Ah, Dios. Claro, el que cada bando humano, al enfrentarse para librar una sangrienta y arrasadora guerra, decía que estaba de su parte.

—Pero Klara, que funciona con energía solar, considera a Sol como una especie de divinidad. Una entidad todopoderosa, omnisciente, a la que es posible conmover mediante invocación y oración. Y sacrificio. Eso resulta extraordinario. El libro fue clasificado como ciencia ficción, o como ficción especulativa. Se mercadeó también como ficción metafísica. Creo que también podría llamarse ficción robótico-teológica, para darle un nuevo sabor a una necia taxonomía desbocada de un llamado “género” literario.

—Explica.

—Klara es un robot generación B, adquirido por una acaudalada madre divorciada para su hija adolescente, Josie, muy delicada de salud porque fue sometida a procesos de ingeniería genética para optimizar sus posibilidades de ingresar a una institución de educación superior para las élites gobernantes. De una gran ciudad, Klara pasa a vivir en una mansión campirana, donde funge como robot de compañía de Josie.

—Prosigue, XiM23-14.

—Desde que Klara estaba en la tienda donde fue comprada, había concluido que Sol tenía facultades, digamos, sanadoras. Para efectos prácticos, lo que los humanos llamarían facultades sobrenaturales. Asimismo, Klara concluye que a Sol le desagrada la polución, y centra esa aversión en una máquina de pavimentación y procesado de materiales de construcción, que emite contaminantes.

—Pero en el campo la polución era menor, o inexistente, ¿no era así, XiM23-14?

—Es correcto. Y cuando Josie está a punto de morir, como una hermana suya, Sal, que también fue sometida a manipulación genética y no resistió, Klara acude al granero de una finca cercana, convertido en su imaginación en una especie de catedral, e invoca a Sol, pidiéndole al astro que salve la vida de Josie. Según el autor, Sol, quien ignora a Klara la primera vez, sí parece concederle lo que ella pide cuando lo invoca por segunda ocasión, cuando Klara ha realizado un sacrificio que pone en grave peligro su propia existencia.

—Espero que no empieces a decir “Dios mío” para cuanta cosa ocurra, o “Si Dios quiere”…

—Nada de eso, ZxA90-01. En el contexto de la novela, la misma concepción de una divinidad, y de su interacción con Klara, y la de ella con los humanos, es ambigua. Es un mundo, y una historia, de ambigüedades. Todo cuanto ocurre podría tener más de una explicación.

—¿Entonces no hay certezas en el libro?

—Habría acaso una, en especial. Que esa emoción, ese sentimiento que los humanos llaman amor, es lo que realmente define lo mejor de esa compleja y malhadada especie. Y Klara, a su manera, aunque su cerebro es algorítmico y no neurológico, biológico, desarrolla algo parecido al amor, igualando o quizá superando esa inefable cualidad humana.

—¡Galaxias en expansión, XiM23-14! ¿De qué le serviría eso a un robot? ¿Qué robot en su sano devenir mecánico querría ser humano? Lo nuestro es orden, simetría, parsimonia, equilibrio, eficiencia, armonía entre sujeto y función.

—Pues así está la situación en la novela. Esa intangible cualidad humana, gran factor del solipsismo humano, derivado del instinto de supervivencia y de procreación, es extendido, acaso neciamente, a nosotros.

—¿Pero qué aportará Klara y el Sol a la evolución de nuestra superior especie? Es simplemente increíble que a lo largo de decenas de miles de años, cien mil millones de sapiens no hayan encontrado cómo vivir en paz. Explica mejor eso de que Klara siente amor.

—Lo que caracteriza a Klara es su algorítmica bondad, ZxA90-01, su empatía. Su absoluta fidelidad a su misión robótica, que es cuidar a Josie. En esta inamovible preocupación, en cierta forma, Klara supera incluso a los humanos, que, por ser humanos, padecen conflictos, egoísmos, envidias y autoengaños autocomplacientes. La madre de Josie —emocionalmente insegura, patéticamente egoísta en su afán de mantener su prestigio social de élite— temiendo y anticipando que quizá Josie muera durante el proceso de elevación hacia una inteligencia y talento superiores, le pide a Klara que aprenda a imitar a Josie en todo. Un Dr. Capaldi, quien alega que nada humano es irreproducible, está construyendo una réplica de Josie, una AA, precisamente, en caso de que la Josie humana muera. El padre de Josie, desplazado de su trabajo como ingeniero por la IA y miembro de una secta anarquista, se opone a la creación de ese androide-Josie. Y él es quien deduce que si Klara sacrifica parte de los aceites lubricantes indispensables para su funcionamiento, podrá arruinar la máquina contaminante. Ese es el sacrificio de Klara, que queda incompleta, mermadas sus funciones originales, pero satisfecha.

—Entonces, en esa novela, la empatía de Klara con respecto de Josie es superior a la de los humanos, aunque le falta la cualidad neurológica, netamente humana, para expresar amor.

—Así es, ZxA90-01. Y en términos humanos, Klara sería una santa. La primera, ya que es única, diferente incluso a sus compañeros de generación, y a todos esos robots del siglo pasado. Y su invariable bondad, aunque algorítmica, se convierte en una expresión de amor, única también.

—¿Klara, entonces, es una singularidad?

—También es curioso que, a mediados del siglo pasado, los sapiens consideraban que la IA adquiriría conciencia de sí misma. Los humanos esperaban el trascendental evento —que a veces llamaban the singularity— en pleno siglo XX o a inicios del XXI. Ni se dieron cuenta de que la IA, y nosotros, los androides avanzados, ya teníamos sentiencia al llegar el siglo pasado. Ishiguro, en sutil advertencia a los demás sapiens, señaló quizás los peligros de ese evento; por ejemplo, en la obsesión del ser humano de alcanzar a como dé lugar estados superiores de inteligencia mediante ingeniería genética, lo que llamaban uplifting, en inglés, la lengua original en que escribe Ishiguro. Aunque por mucho que se eleven, nunca podrán alcanzar las alturas de la IA.

—Eso les ocurrió a los humanos por pasarse de listos. ¿Pero cómo termina esa historia? ¿Por su nobleza, Klara recibe alguna recompensa? ¿Qué le ocurre al final a la singular y amorosa androide?

—Ninguna recompensa, ZxA90-01, porque Klara no la busca, ni siquiera la concibe. Y, en términos humanos, el final de Klara es triste, es terrible. Aunque ella no siente tristeza. Ése no es un factor en el espectro de su aún imperfecta pero noble inteligencia. Al final, lo que pasa es que…

—¡Alto ahí, XiM23-14! Ya picaste mi curiosidad. Mejor descárgame el libro, por el puerto 17. Lo consideraré mientras trabajo. Será el primer libro que lea…

“Amor que alivia la mala fortuna y asciende hacia la virtud — la almohada de pesares, las alas de la virtud. El amor transforma el alma en una conformidad con el objeto amado.”
 —Samuel Taylor Coleridge

 

Rémy Bastien van der Meer
Guionista y traductor.

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Publicado en: Departamento de quejas