e-scenarios
El temblor de la imagen respirante

Un cuadro es una ventana abierta a la imaginación humana.
—María Izquierdo

En el 2004, María asistió al Festival Transit que organiza Julia Varley del Odin Teatret y recuerda una ponencia que la misma Julia dio, acerca de la potencia de la imagen en el teatro. Julia entró al espacio con un zapato en la cabeza, se sentó en el escritorio y empezó a leer su ponencia. Hoy, quince años después, María no puede recordar lo que Julia Varley dijo, pero no olvidará jamás la imagen de la mujer hablando con un zapato en la cabeza.

Pareciera un lugar común del teatro en la actualidad afirmar que la esencia de lo escénico es la acción, más que la palabra o la imagen. Así pues, podríamos asegurar que Julia Varley, como buena mujer de teatro, tuvo la sabiduría de traducir su mensaje (la potencia de la imagen en el teatro) en una acción (hablar con un zapato en la cabeza). Es notable, sin embargo, que la espectadora (María) recuerda la escena desde la imagen.

Esto no es de extrañarse. Vivimos en una sociedad evidentemente oculocéntrica. No podemos negar la supremacía que ocupan las imágenes en nuestra vida cotidiana: el universo comercial se ha encargado de dejar en claro su impacto en la compra. Por algo será que decimos que fuimos a “ver” una obra escénica, en lugar de decir que vivimos la experiencia escénica, incluso cuando ésta haya involucrado todos nuestros sentidos.

Desde el punto de vista de la creación artística, abordar la escena a partir de la imagen es un camino andado. Muchos pensadores e investigadoras han atravesado sus discursos teóricos a partir de las tensiones que provocan las imágenes que se construyen a partir de las acciones. La preocupación por la imagen ocupa al teatro y a la teatralidad desde sus inicios. Durante el Renacimiento, el arte dramático revolucionó como consecuencia de la obsesión de la época con la pintura de cuadros (¡y qué más dramático que un cuadro de Caravaggio!). El resultado fue aquella disposición escénica que llamamos “a la italiana”, en la que el escenario aparece ante el público enmarcado en un cuadro, gracias a la distribución de la butaquería que acota su mirada. La escena contemporánea abandona el proscenio como opción única en su búsqueda de ocupar todos los marcos posibles y abrazar la diversidad en las miradas. La influencia de las artes visuales en la escena no cesa: así como la pintura conquistó la práctica teatral renacentista, hoy la revuelta de las imágenes que ha explorado el arte visual se ha visto reflejada incesantemente en nuestra práctica. No olvidemos, además, que del mundo de las artes visuales nació aquel fascinante arte vivo que llamamos “performance”.

Escena de la obra Estar sin sitio de la Compañía Nacional de Teatro. Foto: Sergio Carreón Ireta/CNT

En la actualidad, la figura de quienes dirigen —que anteriormente se limitaba a coordinar la representación de lo que el texto dramático indicaba— se reconoce y se aplaude principalmente por su capacidad de concebir imágenes escénicas, construidas a partir de las tensiones provocadas por cuerpos en escena, apoyadas por un equipo de diseñadores escénicos que proveen espacios, formas y texturas cuidadosamente iluminadas. El resultado ha sido un teatro de imágenes que en ocasiones llegan a ser de una potencia y contundencia que las hace inolvidables.

Esta concepción de la puesta en escena nos es tan familiar que, desde que leemos un escrito para ser representado, lo imaginamos al construir en nuestra mente una cartografía de imágenes/cuerpos/acción. Ileana Diéguez apunta que “el cuerpo del ejecutante es el de un sujeto inserto en una coordenada cronotópica”. Observen lo que ocurre en su mente al leer, por ejemplo, la siguiente propuesta escénica (escrita por María):

Un piano de cola (derecha abajo); lo toca un joven descalzo y sin camisa, con un tatuaje de las alas de un ángel en la espalda. Arriba izquierda, una mujer anciana, desnuda bajo una lluvia de plumas de ave, mueve sus manos mientras recita el conjuro de la Celestina.

¿Y qué sucede con la escena en la era de la digitalización de la imagen? El teatro en línea que tanto impulso ha recibido con la actual pandemia llega hasta nuestros hogares y se asoma por una ventana enmarcada en un cuadro aún más estricto que el del arco proscenio. La imagen del arte escénico es ahora la imagen del video. Pero no es ésta la única transformación que los e-scenarios implican para la mirada, pues ahora ¿por qué tendría alguien que mirarnos? A diferencia de la sala de teatro, la convención de sentarse frente a una pantalla no supone ya la obligación de permanecer y mirar. Las redes nos han acostumbrado a una velocidad vertiginosa que se adelanta al ritmo propuesto por algunos formatos de representación.

En cuanto a las creadoras escénicas y los creadores escénicos: hay quienes abrazan los nuevos lenguajes virtuales con el fervor propio del nuevo adepto y hay quienes buscan habitar la escena de estos nuevos escaparates desde la desobediencia; que piensan en el arte escénico como un espacio de resistencia y parten precisamente de rehusarse a subir al tren bala del wifi. Sin embargo, lo que es indudable en todos los casos es que, sin la potencia del cuerpo que respira y transpira, las ventanas de los dispositivos electrónicos vulneran al artista escénico a la vez que empoderan al espectador, que ha recuperado su autonomía original. Al igual que en la plaza pública, aquí los artistas no podemos tener al espectador sentado, anclado a una butaca y respirando en la oscuridad, mientras los reflectores nos iluminan para emplatar un suculento relato así sin más. La paradoja ante este panorama tan novedoso es que, toda vez que hayamos optado por enclaustrar nuestro oficio en el marco rígido de una pantalla, se antoja mucho retomar las enseñanzas que nos ha dejado el largo camino andado de inmersión de la pintura de caballete en el imaginario escénico.

En medio del flujo incesante de imágenes disonantes que proponen las redes sociales, ¿cómo es que el teatro rescata un instante de atención frente a un espectador autónomo y libre de levantarse de su pantalla o cerrar la sesión en cualquier momento? José Antonio Sánchez nos dice que “el proyecto de realidad virtual tendría su límite en el cuerpo del usuario en cuanto organismo vivo. La reducción de ese cuerpo a cerebro no sustituiría los estímulos naturales por los artificiales, sino que afectaría los procesos mentales y por tanto el concepto de vida tal como lo entendemos. Los usuarios abandonarían la vida tal como la conocemos y entrarían en otra dimensión de la existencia”.

El teatro y sus desplazamientos estilísticos y estéticos navegan con libertad en las plataformas digitales, así como navega libremente la autonomía de quienes eligen qué mirar, cuándo mirar y por cuánto tiempo. El arte escénico no logrará detener el flujo vertiginoso de un dedo que se desliza por la superficie de una pantalla, pero sí podrá, en momentos precisos y particulares, suspender el tiempo y dar un puñetazo en el estómago o bien regalar una caricia, por medio de una imagen certera, como aquella que creó Julia Varley cuando demostró el poder de la imagen en el teatro con sólo colocarse un zapato en la cabeza.

 

María Sánchez Portillo y Alberto Lomnitz tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.

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Publicado en: e-scenarios