Odio (y amo) las clases en línea

Si las clases en línea son difíciles para los estudiantes (que deben soportar largas horas de estrés virtual), ser maestro y tener a su cargo decenas de alumnos indolentes y con mala señal de wifi tampoco es tarea fácil. Esta es la triste historia cotidiana de un maestro de una universidad privada.

Ilustración: Jonathan Rosas

Para los alumnos, para los jefes de grupo

Perdón profe, es que mi conexión está fallando, ¿qué hay que hacer?, se excusa por enésima vez un estudiante por no haber respondido a un ejercicio que dejé hace un cuarto de hora y para el cual, a juzgar por mi larga explicación y el silencio virtual de los veinticinco alumnos del grupo, supuestamente no había dudas ni inconvenientes. Me resigno, explico de nuevo y les doy cinco minutos más para terminar; un hábito que se ha vuelto más una obligación que un gesto de solidaridad.

Con el paso de los días la decadencia de las clases en línea es más que evidente. El entusiasmo de los primeros meses (si es que lo hubo) poco a poco abrió las puertas al desconcierto y la indolencia. Salir de un salón para entrar a otro con el simple movimiento del ratón y un par de clics se convirtió en una experiencia claustrofóbica. Las aulas digitales parecen habitaciones amplias y vacías que se agrietan lentamente desde adentro. Son espacios de ensueño sonámbulo habitados por seres alienados que cada día se acercan (nos acercamos) al prototipo del autómata o el zombie.

Antes de acabar la clase hago unas últimas correcciones: repito que souvenir no significa regalo (sin importar lo que digan las tiendas turísticas de consumo masivo) y que “appareil ménager” no tiene nada que ver con ménage à trois y más bien significa electrodoméstico; por último les recuerdo que sepa (la bola) viene de “Je ne sais pas” y fue una frase recurrente de los inquisidores franceses que ocuparon Puebla y que evidentemente no sabían nada de nada cuando llegaron.

Apenas pruebo bocado en mi pausa de quince minutos. Cuando pensaba que vivir en casa me llevaría a cocinar me equivoqué por completo. Una quesadilla, un boing de guayaba y una chocolatina son mis sucedáneos predilectos desde que abandoné el libro de recetas vegetarianas que me regaló una estudiante tras dos semanas de ensaladas insulsas.

Impartir la siguiente clase de la tarde ofrece un desafío distinto. Se trata de una mezcla de filosofía, literatura e historia del cine; un injerto que tuve a bien bautizar alebrije,porque no sé sabe bien qué es pero se sabe que es bonito. Los alumnos son en su mayoría mujeres de entre 18 y 24 años que tal vez hallaron en el confinamiento un refugio semejante al de las lectoras en los gabinetes de los siglos XVIII y XIX. Aprovecho ese terreno fértil para proyectar cortometrajes de Agnès Varda, para aventurar reflexiones sobre la sociedad agotada y consumista según Byung-Chul Han y para escuchar canciones de Paco Ibañez y Serge Gainsbourg. Sin embargo, la dicha suele ser provisoria.

Pese a las motivaciones o al buen ambiente de una clase en línea, el Spleen (el bonito nombre baudeleriano para lo que en buen cristiano se conoce como “la hueva infinita”) acecha. Muchas veces es la hora; la inevitable modorra de las cuatro de la tarde empalma con un denso sol vespertino y fumiga un aire adormecedor que ni el café más amargo logra derrotar. Si a esto le sumamos que estamos en casa, a centímetros de nuestras camas, hay poco que agregar. Comienza entonces una singular tortura: entablar una batalla de antemano perdida contra un sueño de plomo que va cerrando los párpados de cada uno de los estudiantes.  Las pestañas de sus cámaras (y sus ojos) no tardan en apagarse “por problemas técnicos”. Bien decía Lorca que un profesor combate contra un dragón de cien cabezas1 que amenazan con dormirse entre bostezos. De pronto se escucha un movimiento, debe ser un meme o un whatsapp incendiario que ha sacado a alguien de su hipnosis. No tardo en sentir el silencio desolador de quien se sabe ignorado por la multitud.

Sé que no debería quejarme, apreciado lector: solo un puñado de privilegiados asisten a clases día a día, desde su casa, con laptop y wifi a la orden. Lo sé. Tampoco puedo culpar a quienes se duermen, ¿quién querría pasar la tarde escuchando el monólogo desesperado de un treintañero nostálgico y mal pagado?. Además, entiendo que las clases virtuales no son para todos los maestros (como tampoco para todos los alumnos); que hay profesores que no saben siquiera enfocar su cara y pasan minutos eternos haciendo ajustes antes de dar inicio a una clase donde el  tedio podría rivalizar con las penas de asfixia en uno de los habitáculos del infierno dantesco. De todas formas, me pregunto qué pasa con los estudiantes que fingen problemas técnicos para no hacer nada, con los chistositos que aparecen en piyama o semidesnudos tan sólo un instante para suscitar las burlas de la clase, o quienes nunca escuchan las interminables súplicas del maestro para que enciendan las cámaras. Tal vez el problema es que la lucha pedagógica llegó a un terreno de difícil acceso: los recónditos habitáculos del ego. La distópica sociedad disciplinaria donde todos somos observados como pregonaban Foucault y Orwell se ha fracturado y abre paso a algo nuevo, algo distinto.

A pesar de todo, hay una cosa que no cambia en las clases en línea: al terminar se siente el júbilo en los pechos; las mentes (y a veces los rostros) sonríen de buena fe. Recuerdan esos personajes de Godard que pregonaban que la alegría es imposible de esconder y brota como un grupo de colegiales abarrotados huyendo disparados de la escuela al oír la campana de salida.

 

Camilo Rodríguez
Lector, traductor, escritor. Profesor de la Universidad La Salle México.


1 “De todos modos hay que ser claro. Yo no vengo hoy para entretener a ustedes. Ni quiero, ni me importa, ni me da la gana. Más bien he venido a luchar. A luchar cuerpo a cuerpo con una masa tranquila porque lo que voy a hacer no es una conferencia, es una lectura de poesías, carne mía, alegría mía y sentimiento mío, y yo necesito defenderme de este enorme dragón que tengo delante, que me puede comer con sus trescientos bostezos de sus trescientas cabezas defraudadas. Y ésta es la lucha; porque yo quiero con vehemencia comunicarme con vosotros ya que he venido, ya que estoy aquí, ya que salgo por un instante de mi largo silencio poético y no quiero daros miel, porque no tengo, sino arena o cicuta o agua salada. Lucha cuerpo a cuerpo en la cual no me importa ser vencido.”, en Conferencia sobre “Poeta en Nueva York”, 1930.

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Publicado en: Departamento de quejas

2 comentarios en “Odio (y amo) las clases en línea

  1. Importante reflexión que aborda algunas de las incómodas vicisitudes de la enseñanza aprendizaje en línea a la que habría que dedicarle un dossier.

  2. Ahora los que trabajamos en las escuelas públicas ubicadas en la zona rural, nos enfrentamos a cada pretexto, muchas veces de los alumnos que tienen las condiciones para trabajar en línea. Hay disposición de aquellos estudiantes con una situación económica crítica.

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