Si bien la historia patria marca el inicio de la Revolución Mexicana en 1910, lo cierto es que las fuerzas sociales que se desataron el 20 de noviembre de aquel año no nacieron de inmediato. Aquí presentamos la crónica de uno de los levantamientos antiporfiristas que precedieron a Francisco I. Madero y que sentaron las bases para la eventual caída del régimen porfirista.

Ilustración: Sergio Bordón
La tarde del 8 de abril de 1901 se reunieron en la ciudad de Chilpancingo, Guerrero, el abogado Rafael del Castillo Calderón y el periodista Eusebio S. Almonte, bisnieto del general José María Morelos y Pavón. Los acompañaban una decena de hombres, algunos a caballo, otros a pie, pero todos armados con al menos una pistola. La reunión en la ciudad capital era en extremo peligrosa: a solo unas calles de ahí se encontraba el palacio de gobierno donde habitaba el nuevo gobernador del estado, Agustín Mora, designado por el presidente de la república, el general Porfirio Diaz. La reunión de estos dos personajes junto con sus hombres no hubiera resultado alarmante tan sólo unos meses atrás; sin embargo, las condiciones políticas habían cambiado rápidamente. Por esta razón, Del Castillo y Almonte decidieron retirarse a la hacienda de Don Anselmo Bello, en el poblado de Mochitlán, a poco más de veinte kilómetros de la capital. La decena de hombres a caballo partieron con rumbo a la hacienda, donde fueron recibidos por Bello, jefe de las armas de Mochitlán.
Caída la noche, los tres hombres se reunieron con la intención de planear la estrategia de su próximo movimiento. Después de una larga plática para sopesar sus opciones, Del Castillo — abogado y excandidato a la gubernatura de Guerrero — se plantó frente a los presentes y les anunció su decisión de hacer un pronunciamiento contra el gobernador del estado, Agustín Mora, así como en contra del régimen porfirista. Sin dudarlo un momento, Bello, Almonte y el grupo de hombres que los acompañaba declararon su apoyo al pronunciamiento, todos ellos alzando sus pistolas al aire.
Pese a los esfuerzos por no generar sospechas entre las autoridades de Chilpancingo, el grupo de hombres a caballo no pasó desapercibido y fueron vistos en la capital momentos antes de partir. A la mañana siguiente, la noticia de la reunión del excandidato y el periodista llevó al gobernador Agustín Mora a ordenar la movilización de las tropas del 14 batallón del ejército, a cargo del teniente coronel Alberto García. El temor del gobernador Mora a una rebelión organizada desde Chilpancingo no carecía de fundamento, pues Mora había llegado al poder no a través de una elección popular, sino por decisión directa del presidente de la República Porfirio Díaz. Antes de seguir con nuestro relato, vale la pena que nos recordemos la historia de su llegada al poder, pues ese fue el evento que sentó las bases para el pronunciamiento de Del Castillo y Almonte.
Las elecciones de 1900
Unos meses antes, hacia finales de 1900, un grupo de jóvenes intelectuales inició un movimiento desde la Ciudad de México y Morelos en contra del entonces gobernador de Guerrero, Antonio Mercenario. Entre ellos se contaba Almonte, quien fundó en la ciudad de Cuautla el periódico El Eco del Sur. El propósito del joven periodista era dar cuenta del despotismo del muy apropiadamente llamado gobernador Mercenario. Al mismo tiempo, en la Ciudad de México, Daniel Cabrera — uno de los fundadores del periódico satírico antiporfirista El Hijo del Ahuizote — dedicó un sin número de publicaciones a los actos desmedidos del gobernador de Guerrero. Los intelectuales no estaban solos: desde décadas atrás, el desprecio generalizado de los habitantes de Guerrero por los gobernadores impuestos desde la capital había venido en aumento.
A partir del ascenso del general Díaz a la presidencia de la república, el estado de Guerrero sufrió una serie de gobernadores a quienes la gobernabilidad del estado parecía importarles poco. Por cerca de 25 años, desde el inicio del porfiriato en 1877 hasta las elecciones de diciembre de 1900, los hombres que pasaron por el palacio de gobierno de Chilpancingo se pueden contar con una sola mano. El proceso electoral para elegir democráticamente a los gobernadores existía solo en el imaginario de los habitantes. Por la silla del palacio de gobierno de Guerrero pasaron gobernantes originarios de Tlaxcala, Jalisco, San Luis Potosí y Puebla, pero ningún guerrerense designado por el presidente Diaz. Es en este contexto que surge la figura del abogado Rafael del Castillo Calderón, originario de San Miguel Totolapan, municipio de la Tierra Caliente, región que colinda con el Estado de México y con Michoacán.
Hacia 1900, durante su segundo periodo de gobierno, Antonio Mercenario decidió hacer públicas sus intenciones de gobernar por los siguientes cuatro años. El anuncio causó disgustos en todas las regiones de Guerrero y así, dando voz al descontento generalizado, un grupo de ciudadanos se organizó para exigir elecciones libres en el estado. Al frente de esta oposición se encontraba Del Castillo Calderón, apoyado desde la Ciudad de México por Rosendo Pineda, uno de los líderes más importantes del Partido Científico. Las bases del enfrentamiento electoral estaban sobre la mesa; las elecciones del estado de Guerrero se fijaron a la par de los comicios federales, que enfrentaban al presidente de la República, el general Diaz contra José Yves Limantour, candidato del Partido Científico. Gracias en parte a la capacidad de la maquinaria porfirista de cargar la balanza a su favor, Diaz se impuso a Limantour con una victoria aplastante; sin embargo, en el estado de Guerrero el apoyo de los habitantes favorecía a Del Castillo. Las elecciones fueron un momento histórico en el estado: la cantidad de personas que salieron a votar fue abrumadora.
A la espera de los resultados, los seguidores de Del Castillo celebraban, pues era tal el desprecio hacia Antonio Mercenario que la victoria del abogado era casi una victoria personal. El anuncio de los resultados electorales se dio a las pocas horas: un comunicado enviado desde Palacio Nacional anunciaba que el ganador de las elecciones era Mercenario. Por supuesto, las protestas no se hicieron esperar. Fue tanta la presión de la población por el fraude electoral que, el 15 de enero de 1901, Antonio Mercenario renunció a la gubernatura del estado. Con un nuevo comunicado firmado por el presidente Díaz, se designaba a la gubernatura de Guerrero a Don Agustín Mora, de origen poblano. Mora, fiel amigo del presidente Díaz respondió de manera inmediata para asumir el cargo.
Acontecimientos de abril de 1901
Las aspiraciones de Del Castillo por convertirse en el primer gobernador de Guerrero que no hubiera sido parte de las filas del ejército se vieron bloqueadas por el fraude electoral de diciembre de 1900. En los meses siguientes, Del Castillo mantuvo conversaciones con los principales líderes y periodistas de la oposición guerrerense al régimen de Díaz, entre los que se contaba al periodista Almonte. Los dos acordaron una reunión próxima en Chilpancingo para establecer su plan de acción en contra del gobierno local. Sin embargo, el pronunciamiento de Del Castillo el 8 de abril en la localidad de Mochitlán causó alarma en las autoridades, que rápidamente se enteraron de las intenciones de los sublevados. En los días posteriores al pronunciamiento, el cual desconocía el régimen porfirista y proclamaba el principio de ‘No Reelección’, el gobernador Agustín Mora, alarmado por un posible golpe de Estado en Chilpancingo, envió una carta al Presidente Díaz advirtiéndole de la situación. Sin esperar un solo instante, Díaz decidió llamar a su oficina en Palacio Nacional a uno de sus coroneles de confianza: un hombre llamado Victoriano Huerta.
El 12 de abril, el presidente Díaz dio instrucciones a Huerta de sofocar la insurrección de Del Castillo en Mochitlán. Al día siguiente, Huerta salió con 450 hombres con rumbo a Guerrero. Huerta sabía de la importancia de la misión, pues al final de esta obtendría un ascenso militar. En los días siguientes se esperaba la llegada de Huerta y sus hombres; por esta razón, se mandó a proteger los caminos que conducían a la capital del estado. Por medio de las autoridades de Chilpancingo, Huerta fue notificado de los nombres de los insurrectos: Del Castillo, Almonte y Bello. Este último fue su primer objetivo, ya que Don Anselmo Bello era dueño de una propiedad en Nejapa, a unos 60 kilómetros de Chilpancingo,donde se encontraba su esposa y sus dos hijas. Huerta tomó por asalto la hacienda y capturó a la familia de Bello con la intención de forzar la rendición de Don Anselmo. Mientras tanto, en Mochitlán, Del Castillo, Almonte y Bello, junto con sus hombres, se preparaban para la llegada de Huerta con las armas listas para pelear.
Al amanecer del 21 de abril, Huerta y sus 450 soldados llegaron a Mochitlán. Ahí tomaron posiciones, sitiando el poblado y bloqueando las dos principales salidas, al este y al oeste. Mientras tanto, en la hacienda de Don Anselmo Bello, al sur del poblado de Mochitlán, comenzó una movilización de campesinos, obreros y pobladores: poco más de 50 hombres y mujeres. Al mediodía, cuando el sol posaba en su punto más alto, la voz de los insurrectos animó a los pobladores y los incitó a levantarse en armas en contra del régimen porfirista y sus atropellos. Con el fin de oficializar su apoyo al movimiento insurreccionista, los hombres y mujeres cabalgaron hacia el sur de Mochitlán, donde habían unos campos de siembra despejados. Ahí, al pie de un zapote prieto que brindaba sombra a los insurrectos, Del Castillo Calderón, Almonte y Bello redactaron el primer plan del siglo XX en contra del régimen de Porfirio Díaz y, con las armas al aire, acordaron todos defenderlo. El plan fue nombrado por los insurrectos ‘El plan del Zapote’.
Caída la noche, Huerta dio la orden de entrar a Mochitlán. En respuesta a la avanzada se dio un enfrentamiento entre los insurrectos y las tropas militares. La batalla fue cruenta, pero las fuerzas del coronel Huerta eran superiores en número. Huerta y sus hombres saquearon el poblado y capturaron como prisioneros a más de 50 hombres, mujeres y niños, a quienes llevaron a la plaza central, donde los fusilaron frente a la parroquia de Santa Ana — todo esto pese a que ninguno de los capturados formaba parte de la insurrección—. Del Castillo, Almonte y Bello poco pudieron hacer para contener el embate de Huerta contra Mochitlán. Durante los siguientes días, Huerta sitió el poblado en busca de los insurrectos, pero no pudo encontrar a los líderes del movimiento. Tras nueve días de búsqueda, el 30 de abril, Huerta regresó a Chilpancingo. Ahí, en el palacio de gobierno —hoy museo regional del estado—, Huerta fue condecorado con el grado de ‘general brigadier’.
La suerte de los que peleaban en el otro bando fue muy distinta. Rafael del Castillo Calderón logró escapar del estado vestido de labriego hacia la Ciudad de México, donde buscó la amnistía del presidente Porfirio Díaz, la cual obtuvo con la condición de exiliarse fuera de México. Por su parte, Don Anselmo Bello también huyó con rumbo a la Ciudad de México, pero terminó refugiándose en la ciudad de Durango. La familia de Don Anselmo fue liberada y se reunieron con él en Durango, donde vivieron hasta 1921, año en que regresaron a Mochitlán. En un intento de proteger a su familia de la persecución a la que el régimen lo había sometido, Bello y su esposa Modesta Godínez tuvieron un pequeño hijo al que llamaron Porfirio. Por su parte, Eusebio S. Almonte se refugió en la casa de su amigo Elías Ramírez en Mezcala, Guerrero. Los dos amigos fueron detenidos en junio de 1901 por el comisario del pueblo y condenados sin juicio alguno; el primero por la rebelión de la cual fue partícipe y su amigo por encubrimiento. Tras ser detenidos fueron llevados a una cañada y ahí fueron fusilados.
A 120 años del Plan del Zapote, considero importante repensar el proceso que llevó a los sublevados a alzarse en armas en contra de las autoridades locales y posteriormente contra el régimen porfirista. El pronunciamiento en esa región responde al hartazgo generalizado de los habitantes, el cual superó las condiciones políticas que estaban establecidas. Se trató de un proceso donde las voces de los habitantes de Guerrero no eran escuchadas y por el contrario eran silenciadas. No obstante, la presión ejercida por los habitantes fue vital en el movimiento de 1901. A pesar de verse superados en número —y quizás sabiendo que el movimiento electoral y luego el movimiento armado estaban perdidos— los pobladores de Guerrero alzaron la voz para exigir mejores gobernantes y mejores condiciones políticas. No me parece exagerado decir que el Plan del Zapote fue un antecedente directo de los levantamientos armados que se suscitaron en Guerrero en el marco de la Revolución mexicana.
Pablo Julián Jiménez Deloya
Estudiante de historia en la Universidad Autónoma Metropolitana.