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Teatro para niñas y niños

La primera vez que vi teatro fue en un convento de monjas que tenía una guardería donde me depositaban diariamente, y las monjas me involucraron en una obra donde tuve el personaje de un ratón. ¡Recuerdo la fascinación de tener un vestuario! Fue sorprendente para mí. Allí me di cuenta de que existía otro mundo, un mundo posible, un mundo paralelo.
—Romeo Castellucci

Es abril, mes que recuerda, entre otras efemérides, el día de la niñez, por lo que consideramos propicio dedicar esta columna al teatro para niñas y niños. Se trata de una rama del quehacer escénico que goza de todo: público a caudales, dramaturgia propia, gran tradición artística, compañías dedicadas particularmente a este campo. De hecho, tal pareciera que el teatro para las infancias lo tiene todo… menos el reconocimiento que merece.

Quienes dedican su capacidad y empeño al teatro para niñas y niños han tenido que unir esfuerzos y alzar la voz; luchar por abrir espacios especializados a esta rama del quehacer escénico, pues resulta casi imposible que una obra dirigida a la niñez, si tiene que competir directamente contra obras dirigidas a un público adulto, resulte ganadora de un premio a la mejor obra, o sea, seleccionada para una beca. Sobresalir es una tarea casi imposible, como si el teatro para las infancias fuese abismalmente incompatible con las edades adultas. Y es que, claro, quienes otorgan premios y becas son adultos; quienes redactan convocatorias y conforman los circuitos de validación del campo teatral son adultos.

La Organización de las Naciones Unidas reafirma los derechos de la infancia en su Declaración Universal de Derechos Humanos: el acceso al esparcimiento, el arte y la cultura son un derecho de niñas y niños. La creación de espacios especializados para apoyar las artes escénicas para las infancias es, por lo tanto, una acción afirmativa de las instituciones. Sin embargo, los apoyos brindados no son suficientes ni siquiera son proporcionales al efecto que tiene este campo en cuanto a calidad artística e impacto público. Pocas experiencias son tan significativas como la de haber ido al teatro en la niñez. Hay quienes podemos sentir en el cuerpo el recuerdo de cuando vivimos la experiencia escénica por primera vez, y seguramente muchas de las personas que hoy nos dedicamos a la escena profesionalmente es porque nos marcó alguna obra de teatro infantil.

A pesar de su relevancia, pareciera que el teatro dedicado a las infancias recibe históricamente un trato de género menor. Este prejuicio se promueve desde la formación profesional escénica: no es poco común ver a creadores recién egresados de la escuela aventurarse en su primera producción profesional con una obra para niñas y niños ¡porque es más fácil! Nada más distante de la realidad.

Sin embargo, hasta nuestros días, en el imaginario público el teatro para las infancias carga con el estigma de ser un teatro de didactismo moralino, de sonrisa fácil y sustentado en las banalidades más trilladas. Ello se debe, en buena parte, a que la historia del “arte infantil”, hasta hace tan sólo unas cuantas décadas, estaba dominada por cuentos fantásticos de la mejor tradición de los hermanos Grimm, Charles Perrault y Hans Christian Andersen; una tradición en la que se buscaba instruir a la infancia en una moral capitalista patriarcal colonial. Afortunadamente, el arte escénico que se hace para niñas y niños ha avanzado mucho desde entonces y no reconocerlo es ignorancia.

¿En qué consiste dicho avance? ¿Qué distingue al teatro para las infancias en la actualidad? Ahora se busca crear un tipo de escena dinámica, que responda a los intereses de su público. Que tome en cuenta sus gustos, sí, pero que también aborde sus preocupaciones, miedos y anhelos. Es un teatro que no pretende aleccionar desde una visión jerarquizante de los adultos, como si se hablara desde las alturas de la madurez, sino que procura ser un espejo en el que niñas y niños puedan encontrar reflejadas sus propias inquietudes.

En México, en la década de los 1990, un hito fundamental en este avance fue las tres ediciones del festival Telón Abierto, organizado por Grupo 55 (Larry Silberman y Perla Szuchmacher), en el que la comunidad teatral especializada en el tema pudimos escuchar de viva voz a la artista quebequés Suzanne Lebau proclamar en aras de la construcción de un teatro subversivo para la niñez. Su obra más conocida, El Ogrito, se ha vuelto un clásico del teatro infantil pues ha sido producida en incontables ocasiones a lo largo y ancho del territorio nacional.

Cosas pequeñas y extraordinarias, escrita y dirigida por Daniela Arroio y Micaela Gramajo; Proyecto Perla Teatro. Foto: Héctor Ortega.

En un principio, esta idea de hacer un teatro subversivo para niñas y niños produjo una reacción que llevó a que se escribieran y dirigieran algunas obras que no eran del agrado de este público, ya sea por su excesiva violencia y crueldad o por un contenido político que, a edades tempranas, resultaba muy distante. Estos primeros esbozos constituían un esfuerzo desde la dirección y la dramaturgia por producir un teatro para las infancias bajo la consigna, escuchada en boca de algunos creadores, de que “los niños no son tontos”. Esto es indudablemente cierto, pero lo que quienes son creadores en cuestión no habían comprendido en aquel primer momento, es que hacer este teatro implica no sólo un acercamiento a la niñez, sino también hacerse acompañar de las niñas y los niños para dialogar, escuchar sus intereses para insertarse en su universo y así aprender de esos seres tan complejos y asombrosos. Resulta indispensable mirar y adentrarnos en su mundo de primera mano.

Para reforzar la importancia de hacerse acompañar de la mirada de las niñas y los niños, retomemos la experiencia de Telón Abierto, con la inglesa Carey English, quien nos compartió lo que vivió durante seis meses en una escuela preescolar, al jugar y conversar con niñas y niños de 2 y 3 años a la hora del recreo; se sorprendió al descubrir que el suceso más grande en que estaban involucradas la mayoría de las personas de esa edad era la llegada de un hermanito o una hermanita. Este fue el tema de su obra Baby Love, que conmovía hasta las lágrimas a todo público de dos años en adelante. Si una cualidad tiene el teatro para las infancias, es que cuando se aborda de una manera honesta y creativa fascina a las audiencias sin importar la edad adulta en que se encuentren: es capaz de transitar por el universo que habitamos todas las personas en algún momento de nuestro desarrollo.

Como lo comentamos al inicio, estamos a unos días de celebrar y reconocer a las infancias, de valorar su lugar en el mundo, y por eso va nuestro reconocimiento a quienes han dedicado su carrera profesional al teatro para público infantil, a quienes al hacerlo apelan a su derecho al juego y a los saberes. Va un reconocimiento a las pioneras y los pioneros de la nueva dramaturgia nacional dedicada a niñas y niños: Perla Szuchmacher, Maribel Carrasco, Bertha Hiriart, por mencionar algunos nombres. A ellas le han seguido un auténtico alud de talento: Saúl Enríquez, en Quintana Roo; Susana Romo, en Jalisco; Enrique Olmos de Ita, en Hidalgo; Gabriela Chapa, en Chihuahua; Haydeé Boetto, Carlos Corona, Valentina Sierra, Daniela Arroio, Micaela Gramajo, en Ciudad de México… Nombrar a todas las personas involucradas resultaría imposible, y eso que no intentamos siquiera enlistar a quienes dirigen y han incursionado con absoluta seriedad artística en este fascinante campo. Nombrar siempre genera omisiones, pero no enunciar sería invisibilizar el trabajo de quienes se han tomado en serio el teatro dirigido a niñas y niños; quienes con sus obras han aportado mucho para la reconfiguración de un teatro para la niñez, pero que nos conmueve a todas las personas. Este escrito se suma también al reclamo legítimo de canalizar mayores recursos en esta área a la hora de partir los presupuestos de cultura, que ya son de por sí muy escasos.

Si eres de las personas que nunca han asistido a ver teatro para niñas y niños, te invitamos a que te acerques a la riqueza del que actualmente se produce en México, aunque no tengas un familiar que llevar, pues la experiencia ha demostrado que si bien es cierto que una obra de teatro debe crearse enfocada a una edad muy específica (pues reconocemos la diversidad de enfoques y gustos de un público de 3, 5, 10 años o incluso de bebés), también es cierto que una obra para público infantil bien construida divierte, conmueve y es memorable para adolescentes y adultos. Tan es así que es buen tiempo para repensar las categorías que nos fueron heredadas. Hay creadoras y creadores que abogan por reemplazar el término “teatro para niñas y niños” por el de “teatro de [tal edad] en adelante” o en el caso de las obras dirigidas a los más pequeños: “teatro para todo público”.

 

Alberto Lomnitz y María Sánchez Portillo tienen amplia experiencia en el estudio y el ejercicio de las artes escénicas. Generaron juntos el Manifiesto de Arte Vivo Digital en respaldo a las prácticas emergentes del tiempo presente.

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Publicado en: e-scenarios

Un comentario en “e-scenarios
Teatro para niñas y niños

  1. El teatro es uno de los recursos más valiosos que tenemos para educar y transmitir valores, a mis hijos pequeños les ha encantado ver obras por streaming, aunque quisiera que pronto vivieran la experiencia de presenciar una obra en vivo. Muy de acuerdo en que hay teatro para todo público, aunque considero que también existen puestas en escena exclusivamente infantiles.

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