Figuras simbólicas de la pandemia

La pandemia ha traído consigo una serie de nuevas figuras simbólicas: retazos de significado que todos compartimos por el simple hecho de vivir juntos esta larga pesadilla. En este texto, reminiscente de las Mitologías de Roland Barthes, la autora esboza un retrato de algunas de estas figuras.

Ilustración: Patricio Betteo

Estos tiempos parecen eternos, ignoramos cuándo y cómo terminarán. ¿Volverá lo que calificamos de normalidad o llegarán tiempos distintos, reclamando derecho de piso? ¿Es hora de reconocer lo “raro” como parte de nuestra vida? Los invito a dar un pequeño recorrido por algunas de las figuras menos trágicas de la pandemia.

El confinamiento. Sin duda, una situación inaugural. La puerta está cerrada; al interior unos se encargan de la reproducción de lo cotidiano, y quienes no podemos reproducir nuestra vida más que frente a una pantalla, así lo hacemos. Hemos perdido la costumbre —o quizá nunca la tuvimos— de convivir durante tantas horas. El encierro nos ha develado ciertos placeres —ocupar nuestro lugar en la familia, conversar, sentarnos alrededor de una mesa, sentirnos acompañados, olvidarnos de los trayectos, tener tiempo libre—. Pero también se reavivaron fobias: las rutinas nos aburren, los universos de 3 o 4 personas nos ahogan, nos urge ver a los compañeros de trabajo, incluso hay días en que llegamos a extrañar al jefe. Alguien abre la puerta.

El exterior. El mundo dejó de ser lo que era. Cierto desánimo inunda las calles; se suceden los negocios cerrados en forma temporal o permanente; las reuniones callejeras —incluso las espontáneas— son vistas con recelo; las personas mayores desaparecieron. Son menos los coches y las micros; son más las motos con paquetes o comida. Los jóvenes no tienen posibilidades de encuentro. Cada día las parvadas de pájaros son más numerosas. Las escuelas vacías, los parques vacíos. Las ardillas, esos animales simpatiquísimos que alegraban mis tardes de televisión, ahora entran a mi casa… Si seguimos cediendo el territorio, los encantadores protagonistas de las caricaturas vendrán a expropiar nuestros terrenos con el argumento de que fueron expulsados de aquí. No nos resultarán entonces tan encantadores.

Los cubrebocas. Son el símbolo de la pandemia, una manera de alejar a la gente, de expresar el miedo, de obedecer las normas, de sentirse protegido y de asfixiarse. Siempre hay quien lo usa en la barbilla, otros se los quitan a ratos… y se lo ponen rápidamente cuando ven pasar a un semejante. Como reacción al paisaje clínico-hospitalario, algunos comerciantes avispados introdujeron color y diseño sobre nuestras bocas; otros inventaron la doble protección con caretas de soldadores. Sí que es agresivo el virus. Sumemosle a esto que ya no queremos ceder el paso a la salida ni acercarnos a los demás. Cuando aterricemos en la “nueva normalidad”, el estado tendrá que dar cursos intensivos de buenos modales y diplomados en interacción corporal.

El gel. En cada puerta, en cada entrada, en los (pocos) restaurantes y en las (pocas) oficinas a los que acudimos, alguien nos invita u obliga a la ablución compulsiva. En beneficio propio y en el de los demás, nuestras manos deben someterse a baños intermitentes de alcohol. Nunca habían estado tan limpias, ni tan rasposas. Las purificamos para guardarlas en las bolsas del pantalón, para sacar dinero o sostener el celular, pero nunca —nunca— para saludar a alguien. Al igual que los abrazos que transmiten calor y cariño —hoy tan requeridos— los saludos de mano están prohibidos por las reglas de sobrevivencia.

Los termómetros son una medida “milagro”. ¿Cuántas personas habrán sido diagnosticadas con covid gracias a que en la entrada de algún local los atacaron poniéndoles en el cuello una pistola digital? No conozco a ninguna, pero gracias a esta iniciativa nos estamos entrenando en estrategias de autodefensa. Tampoco creo que nadie se haya salvado del contagio por haber pisado un sinnúmero de tapetes plásticos llenos de cloro que salpica y da un look sesentayochero a los pantalones. En un tiempo no tan lejano aparecerán investigaciones sobre el efecto terapéutico de los objetos inútiles. Y algún poema.

Las pantallas. Me refiero a esos objetos que pueden localizarse en el sofá, la cama, el lavamanos, la estufa, y que exigen ser apareados con un cargador para funcionar. A través de zoom, videojuegos, redes sociales y Netflix, nos conectan con una versión —que con los meses se revela reducida y monótona— del mundo que alguna vez habitamos. La Gran Aportación de la pandemia es que hoy (casi) todos tenemos el tan cacareado acceso a la educación: millones de cursos, conferencias y cafés filosóficos se disputan nuestra atención. Miles de millones de ojos fijos en una pantalla son demasiado tentadores para no aprovecharlos. Esto en Harvard lo llaman ganar-ganar. Yo creo que todo depende… pero supongo que también se publicarán investigaciones sobre este tema

El tema de conversación. Damos vueltas, nos esforzamos para hablar de lo poco que duró el frío, del no-encuentro con los primos esta navidad, de la báscula siempre tan necia, del gobierno y de la oposición, de los hijos… pero invariablemente terminamos en el tema que nos acecha y nos quita el sueño desde hace meses. La pandemia, las vacunas, las escuelas, el trabajo y la falta de trabajo, la nostalgia, la distancia y la esperanza…

 

Esther Charabati
Profesora de carrera en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Animadora del Café filosófico en El Péndulo, Polanco. Su último libro es Guía para los desconcertados.

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Publicado en: Corresponsal