El infinito en un junco, de Irene Vallejo, es una exploración ensayística de la historia del libro en el mundo antiguo. Esta reseña nos invita a leer este meta-libro como una defensa de la lectura a través de los siglos.

Todos los caminos llevan a El infinito en un junco. No es exagerado escribir que muchos de los ríos en los que fluye la conversación literaria de nuestro presente desembocan en el libro de Irene Vallejo. Editado en Siruela, El infinito en un junco ha vendido más de 200 000 ejemplares y los cintillos que abrazan las tapas del libro no dejan de anunciar nuevas re-ediciones. Se trata, en esa lógica, de un fenómeno editorial que llama muchísimo la atención y sobre todo entusiasma a quienes amamos ese universo sobre el que reflexiona Vallejo: la escritura y su soporte, el libro.
El mundo en el que respiramos con mascarilla nos hace voltear a ver con aguda atención al pasado. Al ayer. Pocos momentos tan nostálgicos y compartidos de manera tan generalizada como el que habitamos. Máximas repetidas hasta el hartazgo flotan como nubes, entre las que prefiero el “éramos felices y no lo sabíamos” o aquella “cuando volvamos a como estábamos antes”, que juega con una rarísima regresión y progresión de tiempos simultánea que confunde a cualquiera. Se trata de un presente que, más allá de ser un obsequio, pone a prueba aquel principio cándido de que “vivimos en el mejor de los mundos posibles”.
Me gusta imaginar a dos tipos de personas que se detienen un instante a reflexionar sobre ese pasado perdido. Una lo mira con saudade: esa rara e intraducible nostalgia que toca puerto en el río Tejo de Lisboa y cuya su ausencia duele en el centro del pecho; la otra coloca su mano recta por encima de las cejas para encontrar un punto de partida. Una posible explicación. Un principio.
Ante la duda, hay quienes recomiendan intentar ir al origen y a su raíz para calmarla. No en vano se suele buscar en las etimologías una posibilidad palpable para comenzar a reflexionar sobre una idea. Irene Vallejo apuesta por ese sendero para urdir una inmensa serie de inquietudes, lecturas, anécdotas, citas, referencias y curiosidades en un colorido telar que lleva muy bien amarrados sus nudos y que habla de un objeto del que damos por sentado su lugar y función, pero sobre el que al parecer hacía mucha falta volver a reflexionar. La voz en la que escribe Vallejo combina la profesión filológica y académica con el cuidado que sólo una madre puede entender, abriendo así una conversación que toma como punto de partida la curiosidad de una lectora y cinéfila avezada y de gran nivel.
De manera muy general, El infinito en un junco es un ensayo —por si faltaran más datos para convencernos de la importancia de poner atención a su éxito editorial— que habla de la historia del libro y la escritura. Es decir: se trata de un libro de ensayos que ha alcanzado cifras de venta a las que pensaríamos que sólo podría llegar una novela —o una serie de TV— ensayando sobre el soporte en el que están impresas esas palabras. Magnífica caja china.
Desde la oralidad homérica hasta el tiempo de las notas de voz, El infinito en un junco transita de manera muy amable y erudita, en pasajes no muy extensos, a través de un caminito cronológico que abarca desde la primera grafía hasta la invención de la imprenta. Un milagro que se ha materializado en distintos tiempos y en territorios tan diversos como la piedra, la tierra, la corteza de los árboles, el junco que brota a la orilla del Nilo, la madera, el marfil y, ahora, el cuarzo de la pantalla.
Es cierto que por momentos me gustaría encontrarme con ejercicios bibliófilos y escrituras de otras partes del mundo. Inevitablemente me pregunto por América Latina. “No se puede negar la cruz de su parroquia”, dicen en mi pueblo. Si escribo que todos los caminos llevan al Infinito es porque creo que la frase también enmarca una postura en la que navega el ensayo de Vallejo. No estoy seguro de que todos los caminos lleven a Roma, pero creo que una manera de entender el mundo, sin lugar a dudas, pasa por ahí.
En su famoso Elogio de la sombra —editado también en Siruela, por cierto— el escritor japonés Junichirō Tanizaki se pregunta qué hubiese pasado si la técnica de la escritura se hubiese estandarizado y extendido en función de los principios de caligrafía japonesa y no gracias al ingenioso invento imaginado por el húngaro Ladislao Biro: el bolígrafo. Definitivamente no sería igual nuestro trazo si tuviésemos mucho más presentes los gestos y el ceremonioso acercamiento que tiene la palabra escrita en Japón. Una pregunta similar aparecía constantemente en mi cabeza mientras contemplaba a Vallejo recorrer el ágora griega, la urbe romana y la babélica biblioteca de la Isla de Faro.
Aunque parece que la discusión sobre el lugar de los libros físicos frente a los libros digitales estaba superada, el libro de Irene Vallejo no solo termina por corroborar que los libros físicos están lejos de desaparecer, sino que detona prácticas imprescindibles para que el ecosistema editorial continúe floreciendo. Pienso en la inmensa —por no escribir infinita— cantidad de libreras y libreros del mundo que siguen colocando el libro en su mesa de novedades y conversan sobre el libro con sus cómplices de manera presencial o a través de sus redes sociales. El infinito es una defensa acalorada y bien fundamentada de las librerías, la bibliotecas, museos, las universidades y, sobre todo, de quien lee.
Confío en que la tecnología puede proponer cosas interesantes para convivir con y para los libros físicos. A propósito de los rollos precursores al códex escribe Irene Vallejo:“pero nunca hubo un afán compulsivo de sustituir lo viejo por lo nuevo. Igual que hoy conviven los libros de papel y los electrónicos, durante muchos siglos coexistieron los rollos y los códices”. Existen ejercicios editoriales que se arriesgan a trabajar con la materialidad física y digital. Espacios que, con herramientas como la animación o la realidad aumentada, intentan establecer diálogos en pro de otros ejercicios de lectura. Pienso en voz alta, ya que Vallejo misma asegura del libro impreso que “algo hay en su diseño básico y en su depurada sencillez que ya no admite mejoras radicales”. Confío en que no todo está ya escrito y que aún hay mejoras por imprimirse.
Pienso, por ejemplo, en quienes aprovechan espacios tales como las plataformas de streaming para publicar libros con atmósferas musicales. No simplemente audiolibros, sino proyectos que llevan edición y trabajo muy similar a lo que implica hacer un libro físico: producción, edición, masterización, mezcla, etc. Esta apuesta no solo ha provocado que más personas lean el Quijote, sino que también implica que personas con diversas capacidades visuales puedan acceder a un libro. ¿No guarda eso cierta semejanza con las lecturas en voz alta medievales? Vallejo asegura: “Esta es la paradoja del progreso tecnológico, que el hecho de conservar unas coordenadas tradicionales —estructuras de página, convenciones tipográficas, formas de letras y maquetaciones limitadas— fue clave para abrir paso a los cambios transformadores que traía la esfera digital. Es un error pensar que cada novedad borra y reemplaza las tradiciones. El futuro avanza siempre mirando de reojo al pasado”.
Me parece una curiosa coincidencia que el nombre Irene tenga una de sus raíces etimológicas en el griego “Eirena” que quiere decir “Paz”. Por lo visto, junto con la avasalladora venta de sus ejemplares, muchos lectores encontraron en su ensayo un posible camino hacia ese estado. Un camino amarillo adoquinado de lecturas.
Santiago Hernandez Zarauz
Editante en la casa editora independiente Minerva.