La lucha feminista toma fuerza desde la indignación y la rabia, y el caso Salgado Macedonio no ha sido la excepción. Pero más allá del dolor de la injusticia, importa recordar —sugiere la autora de este texto— que el feminismo se nutre de sus propios desencuentros y antagonismos, y que puede ser emancipador, tanto para mujeres como para hombres víctimas del patriarcado.
“Nunca es la inspiración lo que lleva a alguien a contar una historia, es la combinación de rabia y claridad”, esta frase de Valeria Luiselli podría resumir la razón de por qué algunas mujeres decidimos volvernos feministas. Cuánta rabia hay en los abusos sexuales, los feminicidios, los acosos laborales, la disparidad salarial, la misoginia, el tiránico instinto maternal, la heterosexualidad obligatoria, los machismos cotidianos, la penalización del aborto, el sexismo instituido, o bien, la trivialización de la violencia contra las mujeres. De este último ultraje tuvimos un claro ejemplo recientemente: el apoyo del presidente Andrés Manuel López Obrador a la candidatura de Morena por el gobierno de Guerrero del presunto violador Félix Salgado Macedonio.

Ilustración de Sofía Probert
En su conferencia mañanera del 18 de febrero, el mandatario denostó la campaña #RompeElPacto, en el que cientos de mujeres alrededor del país exigimos al mandatario retirar su apoyo a Salgado Macedonio. El presidente prefirió solicitar otros datos que le permitieran entender la campaña, y olvidar que en México cada cuatro minutos se viola a una mujer, y cada día se mata a diez. Consideró que es necesario “hacer más encuestas”, tal vez porque los cuerpos y las acusaciones le son insuficientes. Ahora, si lo que pedía eran encuestas partidistas ni siquiera estaba atendiendo a la parte importante del problema. De las miles de violaciones anuales que ocurren en nuestro país se denuncia un bajísimo índice; una de las razones de ello es justamente la descalificación de las víctimas. Que el presidente diga que estas denuncias y esta campaña son estrategias electoreras es insinuar que las acusaciones son calumnias; es fomentar el estereotipo con el que se nos acusa desde hace siglos: que las mujeres somos meras creadoras de intrigas. Afirmar que las luchas de las mujeres le parecen temas importantes y que los respeta y después no hacer nada es una burla.
“Ah, sí creo que hubo una marcha, ¿verdad?”, dijo el mandatario tras el 8M y 9M de 2020, una de las protestas feministas más grandes de la historia de México, donde más de 80,000 mujeres nos reunimos a exigir lo impensable: que no nos maten. Nos reunía la ausencia. Entre miles y miles se sentía a las que faltaban y esos vacíos nos exigían una presencia radical, entrega absoluta a la compañía; así que gritábamos con fuerza; coreábamos a quien teníamos a lado; revelábamos los huecos en rugidos y batucadas con las caras pintadas como cicatrices. A diferencia de las jacarandas, nosotras habíamos llegado para quedarnos, para mantenernos juntas a pesar de las estaciones y hacerle recordar al mundo que pueden cortar todas las flores, pero jamás detendrán la primavera. Y aquí seguimos, a pesar de la pandemia, la incredulidad, y a pesar del presidente.
Después de aquel 8 de marzo vino la huelga del 9M: sístole de un país. Abandonamos el país como nos abandonó el gobierno. Desaparecimos como nos desaparecen los asesinos, el Estado; y el presidente dijo apenas haberse enterado. Como apenas dijo enterarse también de lo que significaba #RompeElPacto: “deja de estar apoyando a los hombres”, definió. Qué pensamiento más cómodo y limitado.
El presidente dijo, también en aquella vergonzosa conferencia del 18 de febrero, que hay que ver las cosas en su contexto —en eso tiene razón— y agregó: “Ya vamos a llamar a las cosas por su nombre, nada de simulación. Siempre hay que preguntarse, ¿y de parte de quién?, o sea, ¿por qué todo esto?, ¿qué hay detrás?”. Lo que hay detrás es un pacto con la violencia machista, no con los hombres. El contexto en el que ocurre su pronunciamiento a favor de la candidatura de Salgado Macedonio es el de una estructura patriarcal en la que es más sencillo encumbrar violencias masculinas, que escuchar las denuncias de muchas mujeres.
El feminismo no es una guerra contra los hombres, es una lucha contra el sexismo y sus distintas dinámicas de opresión, para hombres, mujeres y cualquier otra identidad o disidencia. Ojalá el pacto fuera solo una moda “importada” y no una estructura letal tan enraizada que resulta incomprensible para el presidente.

Ilustración de Sofía Probert
Asegurar, como lo hizo Andrés Manuel López Obrador, que las acusaciones de violación no son cuestiones políticas es sugerir que este crimen es una violencia ajena a los entramados del poder, cuando es justo el poder lo que está en jaque: la violación es el aniquilamiento de la voluntad de quien la padece, es la pérdida de control del propio cuerpo y el agenciamiento de éste por parte del agresor. La violación es una violencia expresiva, con su crimen el violador guiña a sus pares para refrendar su pacto de masculinidad y exhibir el poder que tiene sobre el territorio corporal de las mujeres, su dueñidad, su dominio, su potencia belicosa. Sus pares no son monstruos extraordinarios, alteridades bestiales: son todos los que guardan silencio. Apoyar la candidatura de Salgado Macedonio es seguir siendo parte de ese pacto, es defender la cofradía de hombres que encumbran su virilidad con estrategias letales para las mujeres. Es continuar con el mandato de violencia y dominación que exige a los hombres silenciar los abusos de sus pares para mantenerse en un estatuto de privilegio. El apoyo a esa candidatura es una exhibición de impunidad, espectaculariza a quienes están más allá de la ley y aplaude una supremacía anómica. Por situaciones como esta es que marchamos afirmando que el violador es también el Estado. Ahí un poco más de rabia y claridad.
Aceptar el pronunciamiento del presidente y la candidatura de Félix Salgado Macedonio es aceptar vivir en la intemperie. Desprestigiar sin fundamentos es la política de los cobardes, de aquellos que buscan acallar con engaños a quienes les incomodan, en lugar de dialogar y afrontar el cambio. A menos que rompa el pacto, el presidente no retirará su apoyo a Salgado Macedonio, el mandato de masculinidad no permite la vulnerabilidad, arremete contra todo lo que amenaza su estabilidad. Lo que el presidente llama “oposición” es la reivindicación del ruido en contra del silencio de los cobardes.

Ilustración de Sofía Probert
Pero no todo es rabia, porque afortunadamente no todo es el presidente y sus politiquerías de la cháchara, los movimientos feministas están llenos de antagonismos inclusive desde adentro. Hay constantes posturas en desacuerdo —que aquellos tan cortos de vista acostumbrados a entender el mundo como una calle en dirección única utilizan para desprestigiar la riqueza de ideas que surge de esos (des)encuentros. Esas divergencias son bienvenidas y han sido fundamentales para comprender la dimensión y complejidad de las luchas en contra del sexismo. Es en esos intersticios donde he aprendido a reconocer y he tenido la fortuna de encontrar a mujeres valientes y cuidadosas, y a algunos hombres dispuestos a repensar su valor, así como a muchas nuevas identidades que no dejan de sorprenderme con sus ideas que hacen del mundo un espacio más habitable. Porque no todo es rabia, hay abrazo, alegría, afectos que se dejan afectar: “elegir la política feminista es elegir el amor”, dice bell hooks.
En una ocasión escuché decir a Gonzalo Bustamante algo maravilloso: “El feminismo es tan generoso que nos ayuda a los hombres a nombrar nuestro dolor”. Es verdad, el feminismo es emancipador; ayuda a entender que todos hemos recibido daños del patriarcado y que los hemos perpetrado también. Nos permite entender que el sexismo ha denostado la sensibilidad que exige de las mujeres y les ha robado a los hombres la posibilidad de ser vulnerables, “¿cómo vas a amar sin vulnerabilidad?”, preguntaba Bustamante.
Las mujeres somos socializadas para competir entre nosotras por la mirada patriarcal, para rivalizar hasta el odio o el miedo. Cuando logras apartar un poco ese ideal, te encuentras con un potencial de apoyo incalculable. Con comprensión y compasión (com-patior, acompañar en el sufrimiento, en el padecer). Te encuentras con ternura radical, el cambio que tanto necesitábamos y que sigue y sigue avanzando. Después de todo, las revoluciones se hacen siempre por amor a alguien más, aunque se articulen por dolor y rabia.
Valeria Villalobos-Guízar
Estudió literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y periodismo y literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires.
Sofía Probert
Artista y bióloga mexicana. Profunda defensora de la naturaleza y amante de la mirada no antropocéntrica.
1 Cifras expresadas por la Secretaría de Salud.
2 Según datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México 10 mujeres son asesinadas a diario. La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) demuestra que de las supervivientes, el 66 % sufrimos algún tipo de agresión física (34 %), emocional (49 %), económica (29 %) o sexual (41.3 %).
3 Segato, Rita Laura. Las estructuras elementales de la violencia. Argentina: Prometeo Libros, 2010.