En el taller literario de Hebe Uhart

En tiempos de prisa por publicar y de derroche de vanidades, quienes escriben pueden perder de vista cuál es la esencia de su oficio. Para volver a la semilla, se recomienda leer Las clases de Hebe Uhart, libro en el que la periodista Liliana Villanueva comparte las enseñanzas de una autora que concibe su trabajo como una “rara artesanía”.

Al Ranchito

Sucede de manera silenciosa. Un día, sin darnos cuenta, nos hallamos entrampados en una suma de ideas preconcebidas sobre qué es y qué no es ser escritor, incluso anteponiendo esta idea a qué es y qué no es la escritura. En gran medida, e influenciados por las redes sociales, consideramos que cualquier persona lo tiene claro. Pareciera que, incluso antes de comenzar a escribir, hay quienes ya se consideran escritores. En consecuencia, nos dejamos envolver por la fugacidad de publicaciones que parecen denotar un gran éxito, aunque se trate del microcosmos de una galería de egos. Nos detenemos a contemplar un cuadro de lo más kitsch, pero la incomodidad, la angustia y la ansiedad se apoderan de nosotros y aparece la prisa por publicar algún “contenido” casi diario o bien un libro cada año.

Tras comentarlo con personas cercanas que escriben, he notado que esa sensación nos atrapa, de una u otra manera, a quienes tratamos de hacer algo con las palabras. Perdemos mucho tiempo en la autopromoción y la exacerbación irresponsable del Yo. Incluso, recuerdo que un amigo acostumbraba decirme que los escritores eran rockstars frustrados.

Esta ansiedad, que muchas veces se acerca a la autoconmiseración, no es cosa nueva en la biblioteca de Babel, pero la cantidad de información e hipercomunicación a la que estamos expuestos nos lleva a escribir bajo ciertos parámetros y, sobre todo, termina por transformarnos en subproductos del capitalismo salvaje o, lo que es peor, acabamos autocensurados. En todo caso debería promocionarse la obra, no a uno mismo: es una percepción que muchos autores comparten últimamente.

La poeta y ensayista argentina María Negroni explica esto en su ensayo La obligación de lo actual:

La tecnología hace lo suyo en este panorama: subraya tendencias, insiste en mostrar hasta la saciedad aquello que vale la pena “seguir” para poder participar en las “conversaciones”. También promueve el ejercicio ininterrumpido de la autopromoción y banaliza todo, en aras de la rapidez que generan y necesitan los soportes. El resultado suele ser un fárrago indiscriminado de textos y prestigios fugaces que se retroalimentan gracias a las camarillas y los contactos profesionales. Una pérdida de tiempo descomunal.

Esta pérdida de tiempo —acompañada de las pretensiones que menciono— y sus fantasmas, me persiguieron durante mucho tiempo; a veces todavía se presentan con rostros terribles. No me permitían ver más allá de las lamentaciones superfluas acerca de mi trabajo para asumirme como alguien que escribe. Así fue hasta que llegó a mis manos, no sé decir de qué manera, Las clases de Hebe Uhart (Blatt & Ríos, 2015), libro donde la periodista Liliana Villanueva reúne los apuntes que tomó, de manera minuciosa, en los talleres de la escritora argentina Hebe Uhart (1936-2018). Villanueva se une de esta manera a la larga tradición de alumnos que, con humildad, recopilan las enseñanzas de sus maestros.

Ilustración: Raquel Moreno

Que quienes escriben expliquen su manera de trabajar o sus ideas sobre qué les funciona para escribir no es novedad. The Paris Review ha recopilado semejantes ideas por lo menos durante cincuenta años. Veamos. Ernest Hemingway decía que uno debía escribir como quien asiste a misa los domingos, es decir, con devoción y sin falta; Sergio Pitol nos recomendaba leer tres horas y escribir dos cada día; y Antón Chéjov aseguraba que “las personas que escriben, y los artistas en particular, deben reconocer que en este mundo no hay modo de entender nada, como en su momento lo reconocieron Sócrates y Voltaire”. Consejos, decálogos y manuales de escritura existen muchos, entonces, ¿qué podría aportar un libro como Las Clases de Hebe Uhart a nuestra concepción de la escritura y de “ser escritor”?

En primer lugar, que en tiempos donde prevalecen tanto la economía de la atención como las ideas que construyen la hoguera de las vanidades de un autor  “no hay escritor. Hay personas que escriben”, pues se trata de una artesanía como cualquier otra, aunque no nos guste por parecer un lugar común. Sin embargo:

Un artesano nunca diría “hice una silla de tres patas y me cansé. Las cosas se hacen y se terminan. Lo que hacemos es un trabajo, una tarea, una especie de artesanía, cierto que se trata de una rara artesanía. Si hago un texto mal hecho o una silla de tres patas o una mesa sin terminar, demuestro falta de interés o apuro por publicar.

El problema del apuro, apunta Hebe Uhart, es que en realidad “se va escribiendo de a poco, así como uno va viviendo de a poco lo que a uno le pasa”; o en palabras de Isak Dinesen: “Un poco cada día, sin esperanza y sin desesperación”.

Estas dos frases, acompañadas de otra más de Katherine Mansfield que reza: “El continuo esfuerzo, la lenta construcción de una idea”, se han vuelto una especie de mantra para mí. Lentitud, paciencia, espera. No sólo al momento de pensar en la escritura, sino a la manera de los adictos en recuperación, como una forma de afrontar la vida a diario. Y aquí es donde Las clases de Hebe Uhart encuentran su lugar. Se trata –y lo digo con todo el ánimo de la cursilería– de un libro que te permite aparejar la escritura a la vida, y donde, dicho sea de paso, muchos velos de la idea iconoclasta de escribir van cayendo.

La conexión con uno mismo —aconseja Uhart— es importante, porque si yo soy una bronca permanente o un rencor o un odio, yo soy una pasión en estado vivo y por lo tanto, no puedo calificarla, ni puedo definirla, ni puedo acotarla, ni puedo criticarla. Si tengo un rencor eterno no puedo escribir sobre eso porque soy yo un rencor, soy yo una bronca.

Por tanto, se necesita claridad emocional para escribir. Tomar distancia y mirarse desde otro lugar. Tal vez uno que nos permita ser materia dispuesta para abrirnos a la escritura y dejar de liarnos con nuestros caprichos, porque no sólo escribimos para nosotros mismos, la literatura tiene la complejidad de ser íntima y pública a la vez. Sin embargo, es imprescindible establecer esa conexión con uno mismo porque “el que va a escribir debe aprender a acompañarse, a desdoblarse de alguna manera siendo a un mismo tiempo el personaje que siente y el otro, el que observa a ese que siente o que está viviendo algo”, y esto debería permitir que dejemos de vernos el ombligo y victimizarnos para observar en el otro una porción de la complejidad que funda al ser humano.

Así lo concibe Hebe Uhart:

El sentimiento de víctima también conspira contra la escritura, porque toda víctima es narcisista. Cuando todo está mal, uno se pregunta: “¿Por qué me tiene que pasar esto justo a mí?”. La víctima ve el espectáculo del mundo como si éste estuviera en su contra. La persona que se autodefine como “muy sensible” no percibe la sensibilidad de los otros y no logra empatía con sus propios personajes.

Por eso, concebirnos como escritores desde “la bronca” no siempre es buen negocio, como tampoco autoengañarnos creyendo que si no llevamos nuestra vida al límite seremos incapaces de plasmar una línea. En realidad, son pocos los autores que consiguen crear grandes libros desde estos lugares. Como señala el periodista y crítico de arte Daniel Schreiber en su libro La última copa (Libros del Asteroide, 2020), muchos de nuestros santones frenéticos de la literatura como Malcom Lowry, Marguerite Duras, José Revueltas, Dorothy Parker, sólo por nombrar a unos cuantos, “no bebían porque eso fomentase enormemente su creatividad ni porque estuvieran alienados del mundo o se condujeran según sus códigos morales. Bebían porque estaban enfermos, porque sus cerebros estaban programados para beber. Escribían gran literatura no porque fueran adictos, sino, probablemente, a pesar de serlo”.

Tampoco es fructífero ser masoquista, estar preocupados por publicar todos los días o por que se hable de nosotros todo el tiempo. Debemos estar templados y ser tolerantes, porque si no toleramos las cosas, la realidad es que no nos toleramos a nosotros mismos. Tampoco debemos asumir que lo sabemos todo, sino escuchar a los demás con atención —no lo que dicen, sino cómo lo dicen—, porque ahí es donde aprendemos a construir diálogos y, de paso, a prestarnos menor atención, dice Uhart. Como si se tratara de un concepto taoísta, entre más rápido entendamos que somos algo ínfimo frente al universo, las ataduras que constriñen nuestra lengua terminarán por aflojarse hasta desaparecer. Y entonces, en ese vacío, lejos del mundanal ruido, encontraremos parte de nuestra materia para escribir.

Debo decir que hasta ahora sólo he hablado del inicio del libro. Posteriormente, Villanueva hace un recorrido sensible e inteligente por otras tribulaciones que nos cruzan por la cabeza y les da respuesta de la mano de Hebe Uhart. Estamos frente a una serie de consejos que no se limitan a la forma de crear una trama, construir personajes o aprender a hacer diálogos —y donde también se exponen temas como el de la crónica, la crónica del yo, el monólogo interior, la fisura en el cuento, etcétera, para concluir con un decálogo modesto—, sino ante un verdadero manual para afrontar la vida desde la escritura.

§

Tengo un grupo de amigos con los que me reúno cada determinado tiempo para tallerear nuestros textos. Es un grupo que rebasa el puro oficio de escribir. Lo considero un espacio pleno para ser uno mismo. En ese lugar bromeamos más de una vez con escribir El manual del perfecto tallerista, compendio de frases de las más conocidas e institucionalizadas en los talleres literarios como “El texto se defiende solo”; “El que cuenta lleva la cuenta de lo que cuenta”; o “Estos poemas parecen chilaquiles”. Lo cierto es que no existen fórmulas para escribir y mucho menos para vivir, aunque nos traten de convencer de lo contrario. Hay consejos (este texto es uno más), cosas que a unos nos funcionan y a otros no. Y aunque sé que me quedo corto al momento de intentar transmitir el entusiasmo que un libro como Las clases de Hebe Uhart de Liliana Villanueva infundió durante estos últimos meses en mi temperamento arrogante y convulsivo, lo recomiendo porque estoy convencido de que la postura de superioridad frente al mundo y frente a los demás, tal como lo veía Hebe Uhart, conspira contra quien escribe y lo vuelve una persona estéril.

Ahora me gusta pensar que la escritura es un acto de abandono parcial del Yo, y que uno puede realizarse no sólo como alguien que se dedica a escribir, sino además como una persona capaz de vivir la vida en su intrincada plenitud.

 

José Pulido
Poeta y ensayista. Su libro más reciente es Tigre (Cuadrivio, 2020).


Un comentario en “En el taller literario de Hebe Uhart

  1. Cierto, llega el momento en que son los desánimos tantos que decides escribir. Para decir a los mexicanos el mundo en que vive. Mundo social, que-le-fue-dado por el colonizador sin darse cuenta que permanece esclavo del conquistador. Y sobre todo, ignorante de su existencia cree vivir una libertad que encarcela su voluntad de pensar como desplazar la base social en que sigue produciendo para el conquistador, sujetos de conocimiento engendros, al transmitir en la extensión del tiempo, por la linealidad auditiva del lenguaje, los valores sociales con los que somos -constituidos- por generaciones anteriores. He Construido el paradigma mexicano y nadie lo publica. Contenidos propuestos, 1) al Congreso de la Unión, 2) a la SEP, y 3) al INE (tomados sin mi consentimiento), en 1) dio origen alas candidaturas independientes, en 2) la i
    inclusión de ‘inglés’ como segunda lengua en la enseñanza pública, y en 3), seguro estoy, se aplicará una Iniciativa de Ley Constitucional’ (ILC) al INE.

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