Después de recorrer la producción novelística y todos los relatos cortos de Philip K. Dick, nos acercamos ahora a las lecturas que lo inspiraron para incursionar en la ciencia ficción. Tres autores fundamentales, señala el autor de este ensayo, destacan en esta historia de influencias, diálogos e imaginación delirante.

Retrato dibujado de Philip K. Dick, de Pete Welsh, con licencia de Creative Commons.
“El verdadero protagonista de un cuento o novela de ciencia ficción es una idea y no una persona… Quienes leemos CF (hablo ahora como lector, no como escritor) lo hacemos porque nos encanta experimentar esta reacción en cadena de ideas, impulsada en nuestras mentes por algo que leemos…”.
—Philip K. Dick
“Philip K. Dick; genuflexión, todos”.
—James Tiptree Jr (Alice Sheldon)
Philip Kindred Dick (1928-1982), “el Shakespeare de la ciencia ficción” según el crítico marxista Fredric Jameson, fue un lector voraz y muy organizado toda su vida. Dick leería, desde muy niño, lo que podía comprar con su domingo de 10 centavos de dólar durante la gran Depresión de los años 30, lo que encontraba en casa, lo que requerían en la escuela, lo que hallaba en el fenomenal sistema de bibliotecas públicas de su país. A los 12 años leía ciencia ficción (CF), pero después perdió interés en ella, y abordó a autores como Faulkner, Dos Passos, Hawthorne, Joyce, Flaubert y muchos otros. Antes de cumplir 21, escribía cuentos y novelas de corte realista. Aspiraba a ser publicado en The New Yorker, pero sus textos eran metódicamente rechazados.

Una de las lecturas de infancia del futuro autor de El hombre en el castillo.
De la música clásica a la CF
Trabajando en tiendas de discos y estaciones de radio conoció a Anthony Boucher (1911-1968), difusor de música clásica, escritor y editor. Entablaron una larga amistad. Ambos eran adoradores de la ópera, y de la soprano Tiana Lemnitz. Dick también asistía a talleres literarios en los que Boucher cobraba un dólar por clase, y fue ahí donde el maestro del género aprendió a escribir CF. Boucher, uno de los primeros traductores de Borges al inglés, también era editor de la revista Fantasy & Science Fiction, y le compró su primer cuento, “Roog”, aunque sería el segundo relato que se publicó, después de “Beyond Lies the Wub”, aparecido en Planet Stories (julio, 1952). A esas alturas, urgido de un modus vivendi, Dick se sumergió nuevamente en las lecturas que le exigía escribir un género considerado menor entonces —ubicuo hoy— y ferozmente competitivo.
Philip K. Dick (PKD), pues, conocería a fondo las obras de sus pares y competidores. Además de Boucher, entabló largas amistades con críticos y creativos como Frederic Pohl, Harlan Ellison y Robert Heinlein. Trató directamente a muchos colegas en convenciones, como en la de Metz, Francia, en septiembre de 1977, donde se encontró con Alfred Bester, Norman Spinrad, Thomas Disch y Roger Zelazny, entre otros; podemos leer también la correspondencia que mantuvo con lumbreras femeninas como Ursula K. Le Guin, Joanna Russ o James Tiptree, Jr (Alice Bradley Sheldon).
Bien que mal, PKD fue afortunado, pues al iniciar la década de 1950, cuando comenzó a publicar, ya había en Estados Unidos cerca de 40 revistas de CF y fantasía.
Para entender aún mejor lo que ocurría entonces, es importante otro dato: cuando el investigador francés Jacques Sadoul preparaba la redacción de su invaluable Histoire de la science-fiction moderne (1973) estimó que, entre 1925 y 1971, nada más en países anglosajones, se habían escrito cerca de 30 mil cuentos y novelas de CF. En su libro canónico revisaría puntualmente 500 de esas obras.
Considerando este marco referencial, haré un breve recorrido de algunos creadores que inspiraron al escritor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, iniciando con el autor de quien el mismo PKD diría: “Van Vogt me echó a andar”.
El escritor que componía en sueños: A. E. Van Vogt
El canadiense Alfred Elton Van Vogt (1912-2000) irrumpió en la CF con el cuento “Black Destroyer” (Astounding, 1939), y se consolidó con la novela seriada Slan (también en Astounding, 1946), que presentó, redondeado, el paradigma del mutante, así como la propuesta de The World of Null-A —PKD la habría leído a los 12 años— que asentó la viabilidad literaria de mundos de lógica no-Aristotélica, teorías semánticas modernas, mundos paralelos y universos múltiples.
“Black Destroyer”, es la historia de un solitario monstruo felino, último de su raza, telepático y depredador, que entra a una nave espacial que aterriza en su planeta. El éxito del cuento fue tal entre los lectores que, con el tiempo, Van Vogt acabó mudándose a Estados Unidos, dejando de escribir “confesiones” para revistas femeninas canadienses, para afirmarse como uno de los más originales autores de CF de su tiempo.
Aunque autores como Olaf Stapledon, Theodore Sturgeon y Fritz Leiber ya habían escrito o también escribían sobre mutantes, Slan consolidó el concepto, que sigue vivo y palpitante hoy en los Hombres-X del Universo cinematográfico Marvel. Dudo si los delirantes fans de esa franquicia sepan quién fue Van Vogt, pero probablemente sí ubican a los pre-cognitivos, mutantes de la obra de PKD, Minority Report, llevada al cine por Spielberg en 2002.

Los slan son el paso siguiente en la evolución del ser humano, nacidos con capacidades telepáticas, ultrasensibilidades mentales, dos corazones y organismos superiores. Encarnan la otredad, el inquietante ser que es y no es humano, superior a nosotros y por ello tan temido como vilipendiado y perseguido, con un odio tan ferozmente absoluto que aún hoy, a 80 años de distancia, puede generar escalofríos en quien lea la novela.
Vale mencionar que en “Discordia en escarlata”, Van Vogt también concibió un aterrador ser extraterrestre que deposita sus huevos dentro de seres humanos. ¿Les suena familiar? Pues sí, Van Vogt demandó por plagio a los productores de la película Alien, cuyo icónico monstruo hace lo mismo. Llegaron a un acuerdo extrajudicial, pero nunca se reveló el monto. Aun así, Ridley Scott, director de Alien, siguió alimentando su fascinación por la CF y creó la primera versión de Blade Runner, la película que inauguraría la larga presencia de PKD en Hollywood.
El método de las 800 palabras
Van Vogt desarrollaría una técnica narrativa muy particular, basada en escribir pasajes de cerca de 800 palabras, para entonces cambiar de escenario o modificar el punto de vista de la narración, un método de composición que no le fue ajeno a PKD. Asimismo, se organizaba para que lo despertaran periódicamente para escribir, pues le “encargaba” a su subconsciente parte del desarrollo de sus tramas. PKD también, como indican sus diarios, utilizó procedimientos oníricos en novelas como Ubik, Los tres estigmas de Palmer Eldritch y Tiempo de Marte.
Pero si en Van Vogt las narrativas exponen y giran en torno a las capacidades del ser humano y de su mente, en sus posibilidades futuras, en formas de conquistar la incalculable realidad física del universo, en obras de PKD como Ojo en el cielo, Laberinto de muerte o Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, una preocupación agregada es cómo la mente humana afecta su entorno y sobre todo, a otras mentes, y la interrogación constante, fenomenológica, de lo que percibimos como realidad.
Asimismo, si Van Vogt produce en el lector la clásica sensación de asombro ante la vastedad del cosmos, PKD, más bien, se concentra en navegar el mundo interior del ser humano, el universo mental, consciente, subconsciente o inconsciente —individual o colectivo— cuyos abismos son igualmente vastos y, progresivamente incognoscibles.
Patente en buena parte de la obra de Dick está la constante sensación —la famosa paranoia dickiana— de lo uncanny, lo inquietante, aquello que produce temor, desasosiego, que parecería tener cualidades sobrenaturales, lo que a todas luces debería ser la realidad pero no lo es, la percepción de algo, marginal, liminal, indefinible acaso y sin embargo siempre presente.
Un cuento corto de Van Vogt, “Ersatz Eternal” (“Imitación eterna” o “Sucedáneo eterno”), ilustra a la perfección lo que PKD, sin ansiedad de influencia, adoptó de su colega canadiense. Tres viajeros estelares naufragados llegan a un planeta desconocido. Uno de los tres, Hart, ha quedado demente, tirado en un rincón, aparentemente en coma. Malkins sale de la nave salvavidas a buscar combustible. Cuando no regresa, Grayson, el tercer viajero estelar, sale a buscarlo. De golpe, en la narración —el cambio de punto de vista tras 800 palabras al que ya nos referimos— vemos que Grayson y Malkins viven ahora en mundos de ensueño, creados por un ser del planeta, un ser no descrito en la trama. Sin embargo, el principal “mundo de ensueño” es el de Hart, el cosmonauta demente. Convertidos en exitosos empresarios, que casualmente se encuentran en una calle metropolitana y comparten una copa, Grayson y Malkins habitan pues mundos simulados. Quedan “en reserva” eternamente, por si algo no funcionara en la psique del demenciado Hart. Sobrecogedor, extraño, elíptico. Marca de la casa, tanto de Van Vogt como de PKD, y tema de ensayos sobre los simulacros de la existencia postmoderna del filósofo Jean Baudrillard.
El autor que escribía en autobuses: Fredric Brown
Otro autor admirado por Dick en sus inicios fue Fredric Brown (1906-1972), de quien su esposa relata que cuando no atinaba a resolver alguna novela o cuento, emprendía un viaje en autobús, sin importar destino o duración, hasta que desenredaba el nudo de su obra.
Brown inició su carrera como novelista policiaco, ganando un Edgar por su primera novela El antro fabuloso. Escribió también otros clásicos noir como la curiosa historia de una asesina demente, The Screaming Mimi, llevada al cine en 1958 y estelarizada nada menos que por Anita Ekberg. Por su parte, Guillermo del Toro adaptó al cine en Geometría el cuento “Naturally”. Otro cuento, “The Sentry” fue admirado y citado por Umberto Eco, y a la fecha, no hay quien no disfrute con El ratón estelar, Mitkey, y su pareja ratona Minnie, protagonistas de dos aventuras clásicas, intemporales, que crearon escuela.
Brown, manejó magistralmente —con altibajos, claro— los tropos clásicos de la CF: viajes en el tiempo y máquinas que lo permiten, invasiones extraterrestres, primeros contactos con inteligencias interestelares, mutaciones, mundos paralelos y paradojas científicas de toda índole; pero lo hizo siempre con humor y ligereza. Cuando aparece en PKD, ese tipo humor irónico y sarcástico puede verse expresado con seriedad, impavidez, soterrado. Lo que dice Brown, cuando entendemos sus vueltas de tuerca —variantes del tropo favorito de O. Henry, el final sorpresa— lleva a sonreír. En manos de PKD, en cambio, cuando la tuerca narrativa llega a tope, el humor puede abrir puertas a un horror inescapable, como en el lacónico final del cuento “Sobre la oscura tierra”, tan devastador que quizá ni H. P. Lovecraft hubiera podido imaginar.
Entre las varias docenas de cuentos de Brown, PKD consideró que “The Waveries” (neologismo browniano traducible como “ondinas”) de 1945 era “posiblemente el más significativo —y en grado asombroso— cuento que ha producido la CF hasta la fecha”.
En “The Waveries”, la Tierra es invadida por ondas de radio. Los entes extra-planetarios, los vasores (de invasores) se alimentan de electricidad. En cosa de semanas, la humanidad se queda sin corriente eléctrica y se ve obligada a revertir paulatinamente a la fuerza del vapor. El gobierno estadunidense —era de esperarse— declarará que en un día no muy lejano “habrá un caballo en el garaje de cada casa”. Un tipo de sátira de la sociedad de consumo al que PKD recurriría también en múltiples ocasiones, en cuentos como “Sales Pitch”, novelas como La pistola de rayos y en el delirante surrealismo de Clanes de la luna alfana.
Al igual que en “The Waveries” una veta que aparece en cuentos y novelas de Dick es la manera paulatina en la que comienzan a ocurrir sucesos banales o trascendentes. Al principio pasan prácticamente desapercibidos, pero con el tiempo terminan por alterar completamente la realidad, cuando no revelan que lo que se creía que era la realidad es totalmente otro entorno, insospechado, catastrófico, fatal, o en el que los protagonistas llegan involuntariamente a entender que “somos propiedad” de alguna inteligencia superior, extraterrestre, artificial o indefinible.
El futuro en el que la humanidad se detuvo: Harry Bates
Editor profesional, Hiram Gilmore “Harry” Bates (1900-1981) no sólo fue el primer editor de Amazing Stories of Science Fiction —antes de John W. Campbell, quien la convertiría en Astounding, dando paso luego The Golden Age of SF (1938-1946). También escribió varios clásicos del género, como “Farewell to the Master” (1940), filmada ya dos veces como El día que la Tierra se detuvo.
Pero más escalofriante resulta “Alas, All Thinking”, de 1935 (traducible como “¡Ay! Y tanto pensar”): la sombría visión de un futuro a 30 millones de años de distancia, en el que ya nada más quedan 36 seres humanos, viviendo existencias incomprensibles. Es una lectura difícil, y no sorprende que haya lectores que la abandonan.

El protagonista, Frick, inventor y genio, recibe la visita de una extraña, inexpresiva mujer que, en una máquina del tiempo, llega del lejanísimo porvenir a visitarlo. Tienen diversas aventuras, visitan Nueva York, viajan en el tiempo, y se enamoran. Pero cuando Frick visita la era de ella, encuentra un mundo de horror. Quedan nada más un puñado de humanos, cuya única actividad es, literalmente, pensar. Viven en cuartos vacíos. Sus cabezas han crecido desproporcionalmente y las sostienen ménsulas. Sus cuerpos escuálidos son costales de piel y huesos. Viven inmovilizados, cubiertos de polvo y cochambre, alimentándose una vez al mes con una pequeña pastilla. Frick saldrá huyendo a su era y regresará a ese futuro a asesinar a la mujer que ama, que se ha vuelto pensadora, inmóvil, precisamente ya la última representante del género humano sobre la Tierra. Sobre este cuento insólito Dick comentó: “De toda la CF que he leído, un cuento sigue siendo el más significativo para mí, más que cualquier otro: es el de Harry Bates, ‘Alas, All Thinking’. Es el principio y el fin de la CF literaria. Ay”.
Sobra reconocer que paisajes y futuros devastados, waste lands de hoy y del porvenir, abundan en las narraciones dickianas.
Sic transit gloria mundi
A Fredric Brown lo mató el enfisema. Harry Bates murió en miseria económica, presa de artritis aguda. A. E. Van Vogt, antes de dejar la Tierra rumbo a “el país desconocido de cuyos confines ningún viajero ha regresado”, fue víctima de Alzheimer. Son particularmente dolorosas sus palabras palabras pocos años antes de su muerte: “Recuerdo haber sido escritor. Pero no recuerdo nada de lo que escribí”.
En cuanto a PKD, falleció por un aneurisma, mientras intentaba desesperadamente resolver el enigma de sus experiencias místicas de febrero y marzo de1974, ya no leyendo novelas, sino textos de filosofía y religión, de Parménides a Platón, de La Biblia a los Rollos del Mar Muerto y a textos sagrados de Oriente, obras de Plotino a Wittgenstein, de San Agustín a Spinoza y a Leibniz.
Más desconocidos y menos exitosos que PKD, es claro que ellos siguen viviendo en sus obras. Como apunta el crítico y autor de CF, Robert Silverberg en un ensayo sobre las primeras novelas de PKD: desde la primera, Lotería solar, a todas luces trabajada e inspirada en técnicas y visiones de Van Vogt, PKD ya lo superaba en orden, lógica narrativa y delineación de personajes. En otras palabras, desde un inicio, el alumno rebasaba al maestro. Y llegando a El hombre en el castillo (Premio Hugo, 1963) PKD ya creaba escuela, nos obsequiaba “algo nuevo y extraño y maravilloso”.
Rémy Bastien van der Meer
Guionista y traductor.