El ensayista británico William Hazlitt desgrana en esta pieza las cuestiones políticas que sostienen el Coriolano de Shakespeare.
En esta obra Shakespeare se muestra bien versado en historia y asuntos del Estado. Coriolano es un repositorio de temas políticos habituales. Cualquiera que lo estudie puede ahorrarse el esfuerzo de leer las Reflexiones sobre la Revolución francesa de Burke, o los Derechos del hombre de Paine, o los debates de la Cámara del Parlamento desde la Revolución francesa hasta nuestros días. Las discusiones a favor y en contra de la aristocracia y la democracia, sobre los privilegios de los pocos y las demandas de los muchos, sobre la libertad y la esclavitud, el poder y su abuso, la paz y la guerra, se tratan con mucha habilidad, con el espíritu del poeta y la agudeza del filósofo. Parece que Shakespeare favorece el lado aristocrático de la cuestión, quizá debido a que sentía desprecio por su propio origen, y no escatimó ninguna ocasión para apalear a la turba. Lo que menciona de ésta es muy cierto, lo que dice de los mejores entre la muchedumbre también es verdadero, pero se extiende poco en ello. La causa del pueblo no se considera objeto de poesía: admite retórica, que desarrolla explicaciones y argumentos, pero no evoca imágenes distintas y poderosas a la mente, “no hay cornisa, friso, arbotante o nicho acogedor” donde la poesía haya “colgado casa y criadora cuna”.1 El lenguaje de la poesía se aviene naturalmente con el lenguaje del poder. La imaginación es una facultad excluyente y exagerada: toma algo de una cosa y lo añade a otra, acumula accidentes para dotar del mayor efecto posible a un objeto predilecto. El entendimiento es una facultad que mide y diferencia: juzga las cosas no según la impresión inmediata que dejan en la mente, sino de acuerdo a las relaciones entre ellas. La primera es una facultad acaparadora, pues persigue la máxima cantidad de emoción actual mediante la desigualdad y la desproporción. La segunda es una facultad distributiva, pues persigue la máxima cantidad del bien supremo mediante la justicia y la proporción. La primera es una facultad aristocrática; la segunda, republicana. Los principios de la poesía son muy contrarios a la igualdad. La poesía pretende impresionar, existe por contraste. No admite punto medio. Todo lo exagera. Sobrepasa la medida común del crimen y el sufrimiento. Ofrece una apariencia deslumbrante. Alza un rostro almenado, soberano y soberbio. Su delantera es áurea y sangrienta. Enfrente “lleva el estrépito, pero deja lágrimas detrás”.2 Posee altares y víctimas. Hace sacrificios, sacrificios humanos. Reyes, sacerdotes y nobles son sus caudatarios. Tiranos y esclavos son sus verdugos. “Su hija es la masacre”.3 La poesía es absoluta. Antepone el individuo a la especie; el uno a la incontable mayoría. Escoge el poder antes que el derecho. El león que caza un rebaño de ovejas o una manada de antílopes es mejor material poético que éstos. Incluso tomamos partido por la bestia señorial, porque nuestra vanidad o algún otro sentimiento dispone a colocarnos en el puesto del más fuerte. Así, nos preocupa cuando los desamparados ciudadanos de Roma se reúnen para comparar sus deseos y pesares, hasta que aparece Coriolano y con golpes y grandes palabras conduce por delante a este grupo de “pobres ratas”,4 a esta escoria canalla hacia sus casas y su miseria. No hay nada heroico en una multitud de granujas que no quiere morir de hambre o que se queja de que es probable que eso suceda, pero cuando un solo hombre da la cara para arrostrar sus gritos y someterlos a la más baja indignidad, motivado únicamente por el orgullo y la fuerza de voluntad, nuestra admiración por su hazaña se convierte inmediatamente en desprecio por la pusilanimidad de los ciudadanos. La insolencia del poder es más fuerte que el alegato de la necesidad. La mansa sumisión a la autoridad usurpadora o aún la resistencia natural a ésta no poseen nada que entusiasme o satisfaga la imaginación: arrogarse el derecho a oprimir o insultar a los otros comporta un aire de imponente superioridad. Mejor ser opresores que oprimidos. Amar el poder en nosotros mismos y admirarlo en otros es natural en el hombre: lo primero lo convierte en tirano; lo segundo, en esclavo. El mal disfrazado de orgullo, pompa y circunstancia es más atractivo que el bien abstracto. Coriolano se queja de la volubilidad del pueblo, sin embargo, al momento en que no puede saciar su orgullo y obstinación a costa de éste, vuelve las armas contra su propio país. Si no es digno defender su patria, ¿por qué alimentó su orgullo defendiéndola? Él es un conquistador y un héroe. Conquista otras naciones, toma esto como un argumento para esclavizar la suya y, cuando se lo impiden, se alía con el enemigo para destruir su país. Tasa a la gente “como si fuera un dios para castigar, no un hombre con sus mismas flaquezas”.5 Se burla de un tribuno por defender los derechos y las concesiones de la plebe —“¿Notáis su absoluto ‘habrá’?”—6 sin reparar en la propia y absoluta determinación a arrebatarles todo, pues su impaciencia frente a la más leve oposición es acorde a su arrogancia y arbitrariedad. Si los grandes y poderosos tuvieran la sabiduría y la beneficencia de los dioses, todo saldría bien. Si conociendo mejor lo que es bueno para la gente se interesaran con semejante cuidado por ella como se preocupan por sí mismos, si estuvieran sentados por encima del mundo, simpatizantes del bienestar de los hombres, pero sin padecer sus pasiones, sin recibir bondad ni daño de ellos, pero concediéndoles beneficios cual libres regalos, entonces podrían gobernar como otra Providencia. Pero éste no es el caso. Coriolano es reacio a que el Senado deba exhibir “preocupación” por el pueblo y más a que tales “cuidados” se interpreten como “miedo”,7 en detrimento de la debida autoridad. Y tan pronto como fallan sus estratagemas dispuestas para privar al pueblo no sólo del cuidado del Estado, sino incluso del poder de auxiliarse a sí mismos, Volumnia exclama con furor:
¡Ahora que la peste roja azote
a todos los oficios de Roma, y que perezcan
las artes!8
Esto es natural: que una madre estime más a su hijo que a toda la ciudad, pero entonces a la ciudad debería permitirse cuidar de sí misma. El cuidado del Estado no puede, aquí vemos, confiarse sin peligro al cariño materno o a las beneficencias domésticas de la vida privilegiada. Los más grandes tienen sentimientos íntimos que sólo a ellos pertenecen y a los cuales el interés de la humanidad y de la justicia debe rendir pleitesía. Sus intereses son tan diferentes a los de la comunidad, que por necesidad se les oponen. Su poder crece de nuestra debilidad; sus riquezas, de nuestra pobreza; su orgullo, de nuestra degradación; su esplendor, de nuestra ruindad; su tiranía, de nuestra servidumbre. Si poseyeran la sabiduría superior que se les adscribe (la cual no poseen), ésta sólo los haría más temibles y los transformaría de dioses en demonios. La moraleja dramática de Coriolano es que aquéllos que tienen poco tendrán menos y aquéllos que tienen mucho tomarán lo que los otros han dejado. La gente es pobre, por lo tanto debe morirse de hambre; es esclava, por lo tanto debe ser golpeada; trabaja duro, por lo tanto debe ser tratada como bestia de carga; es ignorante, por lo tanto no se le debería permitir creer que quiere alimento, vestido y descanso, ni que es esclava, oprimida y miserable. Esta es la lógica de la imaginación y de las pasiones, que intenta agigantar lo que despierta admiración y colmar la miseria de desdén, entronizar al poder en la tiranía y hacerla absoluta, hundir aquello que es bajo todavía más abajo y llevar la desesperación a los desdichados: asciende los magistrados a reyes, los reyes, a dioses; degrada los súbditos al rango de esclavos y los esclavos a la condición de bestias. La historia de la humanidad es una gesta, una máscara, una tragedia elaborada según los principios de la justicia poética; es una partida de caza aristocrática, en la cual la recreación de pocos es la muerte de muchos y donde los espectadores gritan y animan a los fuertes para que agredan a los débiles, a la vez que advierten a éstos del peligro en la persecución aunque ellos no compartirán el estrago. Esto nos asegura que aquello que deleita a los hombres leer en los libros lo ponen en práctica en la realidad.

Ilustración: Sergio Bordón
Uno de los rasgos más adecuados de esta obra es la diferente inquietud que despierta el triunfo de Coriolano en su madre y en su esposa. La primera se preocupa sólo por su gloria, la segunda teme por su vida:
VOLUMNIA: Me parece que escucho hasta aquí el tambor de tu esposo
que lo veo coger a Aufidio por los cabellos
y derribarlo, y a los volscos, que como niños,
huyen de él como de un oso.
Me parece
que lo veo golpear el suelo con el pie
gritando así: “¡Adelante, cobardes:
entre temores fuisteis engendrados
aunque en Roma nacisteis!”.
Su ensangrentada frente con su mano
limpiando entonces, avanza como un segador
cuya tarea es troncharlo todo
o perder su jornal.VIRGILIA: ¿Su ensangrentada frente?
¡Oh, Júpiter, que no haya sangre!VOLUMNIA: ¡Ah, quita allá, tonta! ¡Mejor le queda
la sangre a un hombre que el oro a su trofeo!
Los pechos de Hécuba
cuando amamantaba a Héctor no parecían
tan hermosos como la frente de Héctor
cuando escupía sangre sobre la espada griega
despectivamente.9
Cuando escucha las trompetas proclamar el regreso de su hijo, Volumnia, con el ánimo de una auténtica matriarca romana, dice:
VOLUMNIA: Estos son los ujieres de Marcio. Lleva el estrépito delante de él, pero deja lágrimas detrás.
La muerte, ese tenebroso espíritu,
en su nervudo brazo se reclina,
y los humanos mueren
cuando, después de ser empujada por su brazo,
declina.10
Coriolano es un personaje cabal: su amor por la reputación, su desprecio por la opinión pública, su orgullo y su modestia son consecuencia unos de otros. Su orgullo consiste en la rígida severidad de la voluntad. El amor por la gloria se identifica con el deseo de someter todo obstáculo y forzar la admiración de amigos y enemigos. Su desprecio por la estima popular y la renuencia a escuchar alabanzas tienen semejante origen. Él no puede desmentir los elogios que le otorgan, por lo que le impacienta escucharlos. Sus acciones reafirman la opinión favorable de los demás, pero no desea que este reconocimiento sean palabras:
Ya basta, te ruego.
Mi madre, que goza de privilegio
para exaltar su sangre,
me causa pena cuando me alaba.11
Su magnanimidad es de semejante cariz. La valentía que honra en sí mismo la admira en el enemigo. Coriolano se entrega al corazón de Aufidio con la certidumbre con la que lo habría enfrentado en el campo de batalla y cree que al rendirse ante su poder lo priva de la tentación de ejercerlo contra él.
William Hazlitt
Ensayista, filósofo, crítico y pintor. Entre sus libros destacan: Caminar, El placer de odiar y otros ensayos y Sobre el ingenio y el humor.
Traducción de Abraham Villa Figueroa.
1 Macbeth, I, vi, vv. 6ss, traducción de Agustín García Calvo, Penguin Random House, México, 2015, p. 695.
2 Coriolano, II, i, vv. 157s, traducción de María Enriqueta González Padilla, Penguin Random House, México, 2015, p. 1036.
3 Cfr. Wordsworth, W. Ode, no. XLV.
4 Coriolano, I, i, v. 248, p. 1007.
5 Ibid, III, i, vv. 80s, p. 1063.
6 Ibid., III, i, vv. 88s, p. 1064.
7 Ibid., III, i, vv. 154ss, p. 1066.
8 Ibid., IV, i, vv. 13s, p. 1088.
9 Ibid., I, iii, vv. 29ss, p. 1011.
10 Ibid., II, i, vv. 157ss, p. 1036.
11 Ibid., I, x, vv. 15ss, pp. 1025s.