Yo el Supremo es una de las grandes “novelas del dictador” latinoamericanas. En esta relectura de esa obra maestra, el autor encuentra incontables puntos en común entre el protagonista de Augusto Roa Bastos y el actual presidente de México.

Ilustración: Kathia Recio
En Yo el Supremo, su novela de 1974, el escritor Augusto Roa Bastos (1917-2005) logró inscribir un lenguaje particular y secreto que ningún otro orfebre ha logrado reproducir. Más allá de si el paraguayo consiguió ampliar las posibilidades del español, hay que decir que amplió las hechuras de su propio lenguaje. Es, me parece, de los pocos autores que ha hecho de la comunidad del idioma el más privado de los asuntos. Y es que Roa Bastos se empeñó en demostrar que escribir es otra forma de la curiosidad personal que, escondida en las alcobas, genera su propia intimidad. Montado en un carrusel de colores, el novelista yuxtapone, invierte, o desdobla el español y lo intercala con el guaraní.
Yo el Supremo es una narración caótica que busca representar el poder omnímodo del doctor Gaspar Rodríguez de Francia, dictador del Paraguay de 1814 hasta 1840. La novela comienza con la publicación de un libelo en contra del Dictador, quien pone a su escribano Policarpo Patiño a que averigüe quién pudo haber escrito aquel “infame pasquín”. La expresión recuerda, por supuesto, a aquella de López Obrador para referirse al periódico Reforma, cuando llamó a la publicación un “pasquín inmundo”. El apuro del presidente de México de exponer, durante las mañaneras, a periodistas o medios críticos de su gestión, comparte el mismo impulso que el Supremo: controlar los efectos de la crítica. Así pues, me gustaría explorar las desconcertantes similitudes entre el personaje de Roa Bastos y el actual presidente de México.
Al igual que López Obrador, el Supremo vive obsesionado con la Historia: es por ello que Roa Bastos pone a su personaje a ordenar desde la ultratumba, como una voz que “habla siempre a los demás” para ir “instruyendo sobre lo que deben hacer para seguir adelante. Con órdenes, sí, más también con los conocimientos que les faltan sobre el origen, sobre el destino de nuestra Nación”. Tanto López Obrador como el Supremo tienen la necesidad de repasar la Historia para justificarse como destino único de sus respectivos países. Uno, en sus mañaneras, el otro, a través del dictado. Para el Supremo, nos dice el crítico literario Roberto González Echevarría, “el lenguaje (…) es la personificación del poder” . López Obrador opera de manera similar, pues sus presentaciones mañaneras no son otra cosa que un dictado generalizado a través del cual se le da sentido a la administración pública: la doblega sin romperla.
Del mismo modo, las reiteradas menciones a figuras nacionales son una forma de insertarse, artificialmente, en el caudal histórico mexicano: “seré como Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas”, apuntó el presidente, un tanto urgido por incluirse en el panteón de los libros de texto. El impulso del presidente es encontrar en el discurso una fuga inmediata para sus errores y, al mismo tiempo, proyectarse como monumento para la Historia. La cabeza de López Obrador no está en un proyecto de país sino en la erección de su busto en un museo. Su eslogan lo pinta de cuerpo entero: “Juntos haremos historia”.
Para comprender porque el Supremo y López Obrador comparten el apuro de la palabra, hay que entender que quien busca el poder absoluto o casi absoluto le teme al tiempo que todo lo desgasta. Es por eso que el poder quiere inmovilizarlo: el Supremo a través del dictado perpetuo, López Obrador, a través de la repetición incesante. Ambas formas de iteración cumplen un solo propósito: convertir cada día en el anterior, nulificar cualquier impulso distinto al suyo. La ficción de la Cuarta Transformación es, precisamente, la aniquilación de otra Historia, de otro tiempo, de cualquier otra alternativa, de otros datos.
Si el gobierno de López Obrador parece rebotar entre los ecos de las mañaneras y un cierto desdén por todo lo que no emane de él, la novela de Roa Bastos posee una aspiración similar, ya que la palabra del Supremo es lo único que existe. La estructura narrativa de la obra refleja el instinto caótico de este gobierno: repeticiones, tachaduras esquizoides del Supremo, un ansia perpetua por recogerlo todo, una minuciosa lista de fobias y enemigos. El gobierno de López Obrador —y su partido político— parecen compartir esta multitud de fragmentos. A Morena le importa un comino el método o la pauta, pues no se concibe con la disciplina de una organización, sino con el impulso inacabado de un movimiento espontáneo.
El presidente, como el dictador, navega entre la ilusión de la Historia y de su ordenamiento desde el presente. Si López Obrador habla todas las mañanas, el Supremo dicta, interminablemente, cada recuerdo, acto, o traición en su contra. Ambos operan como figuras que requieren estar continuamente presentes para afirmar su autoridad. Tanta omnipresencia, sin embargo, los lleva a caer en el ridículo. Y es que Roa Bastos crea a un dictador que, en el fondo, también es un cómico. El Supremo todo lo enaltece, todo le parece digno de mención: este tipo de gobernantes vive en mayúscula, pues todo lo que hacen debe recogerse, cada declaración debe memorizarse. En Yo el Supremo, La Circular Perpetua, el Supremo Gobierno, o el Catecismo Patrio, funcionan como los apóstrofes de su Palabra. Si le añadimos los apodos que le profieren sus súbditos —Fiel Ciudadano, Soberano de la República, Karaí Guasú— veremos que el déspota es también un niño mimado. El dictador de Roa Bastos tiene que imprimirle, a cada acto, el aliento de la eternidad, el fuego de lo importante.
López Obrador, por otro lado, posee la misma sinfonía de símbolos y mayúsculas: el Instituto Para Devolverle al Pueblo lo Robado, el Decálogo del Presidente, la Constitución Moral, la Secretaría del Bienestar, los Municipios de la Esperanza. La cursilería es necesaria para imprimirle al desastre una fachada moral, para romantizar las penurias a través del discurso. A un gobierno que todo le importa, cualquier gesto del gobernante es una hazaña que merece ser contada.
En un gobierno unipersonal o que aspira a serlo, la eliminación de todo lo que el gobernante considera superficial es natural. Tanto el Supremo como López Obrador emiten decretos de austeridad. Veamos un pasaje de Roa Bastos:
Los militares, los magistrados deben evitar con el mayor de los cuidados que su diestra mano aparte riquezas mientras la siniestra sujeta las riendas del mando destruyendo el fundamento igualitario de la sociedad. Por ello les he prescripto una forma de vida de total austeridad; la que yo mismo me he impuesto. Ni ustedes ni yo podemos poseer bienes de ninguna naturaleza.
Hay más: si López Obrador aspira a eliminar institutos especializados o subsecretarías enteras, no es para adelgazar a su gobierno, sino para controlarlo mejor. El Supremo, en un acto de sacrificio administrativo, adquiere responsabilidades que sería mejor repartir si se pretende tener un gobierno funcional:
Además de Dictador Perpetuo debo ser al mismo tiempo Ministro de Guerra, Comandante en Jefe, Supremo Juez, Auditor Militar Supremo, Director de la Fábrica de Armamento. Suprimidos los grados de oficiales superiores hasta el de capitán, yo solo constituyo la Plana Mayor completa en todas las armas. Director de Obras Públicas, debo vigilar personalmente hasta el último artesano, la última costurerilla, el último albañil, el último peón caminero…
Las compras consolidadas del gobierno, la expulsión de miles de burócratas al inicio del sexenio, el recorte de sueldos, la escasez de medicamentos, etcétera, responden a la misma lógica del Supremo: absorberlo todo porque no se confía en nadie. Esta misma operación tiene mayores consecuencias. Para López Obrador, su gobierno es “una revolución distinta, sin armas”. Para el Supremo, su gobierno no es sólo revolucionario, sino expandido, pues “toda verdadera revolución crea su ejército, puesto que ella misma es el pueblo en armas”. “Verdadera”, “distinta”: es necesario enfatizar la originalidad del movimiento como una gesta única de la Historia. Mientras el Supremo declara que “el saneamiento de la administración es indispensable para la ejecución del plan de salvación pública”, López Obrador dijo, en su Segundo Informe de Gobierno, que “nuestro principal legado será purificar la vida pública de México”.
Ambos gobernantes aspiran al magisterio. El Supremo envía una Circular Perpetua a sus funcionarios para instruirlos, desde el púlpito de su poder, acerca de la Historia paraguaya. Si el Supremo es un pedagogo que intuye un porvenir desde la pluma, López Obrador se ha convertido en un pedagogo resucitador de memorias nacionales. Y el presidente lo confirma: ha llegado a decir que las mañaneras son una forma de “pedagogía política”.
Por ello, tanto para el Supremo como para el presidente existe una esencia mexicana o paraguaya que ellos mismos desentrañan para los demás. Dice el Supremo: “cuanto más cultos quieren ser, menos quieren ser paraguayos”, o que “en el extranjero se hicieron peores aún. Renegados de su país, piensan en el Paraguay desde un punto de vista no-paraguayo”. Para López Obrador, “hay unos que estudian hasta en universidades del extranjero, son hasta doctores, y van a allá a aprender malas mañas”. Lo ajeno, lo extranjero: males que hay que extirpar para proyectarnos como una verdadera nación. Sigue el Supremo: “Aquellos cultos idiotas querían fundar el Aerópago de las Letras, las Artes y las Ciencias. Les puse el pie encima. Se volvieron pasquineros, panfleteros. Los que pudieron salvar el pellejo, huyeron”. Este desprecio por la ciencia recuerda al mismo desdén que el gobierno tiene por el conocimiento, venga de donde venga. La extinción de los fideicomisos es la promesa cumplida, ya que, en palabras del presidente, “[los] investigadores no están exentos de actos de corrupción”.
De esta forma, tanto el Supremo como el presidente se inscriben en el corazón de la comunidad: ellos dictaminan la esencia de la nación. Hay una preocupación por lo extranjero, por injerencias extrañas ajenas al poder. Es por eso que clama el Dictador, refiriéndose al pasquín que está investigando: “Los pasquineros consideran indigno que yo vele incansablemente por la dignidad de la República contra los que ansían su ruina. Estados extranjeros. Gobiernos rapaces, insaciables agarradores de lo ajeno”. Oracular, el presidente López Obrador llegó a decir que los conservadores “apuestan a que nos vaya mal”.
Al igual que el Supremo, al presidente le urge desembocar en un vocabulario que imposibilite toda interpretación histórica distinta a la suya. Ve en las mañaneras no un acto de gobierno sino un futuro facsímil para la Historia. No es propaganda lo que hace sino limpieza. No es, me parece, un mesías tropical como lo aseguró Enrique Krauze, sino lo que Carlos Iván Degregori llama un “cosmócrata”, un gobernante “capaz de interpretar magistralmente las leyes de la Historia”. Los cosmócratas de Degregori —tales como Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso— son personalidades que no atienden al aquí inmediato, pues están convencidos de que su labor se proyecta hacia la Historia. Es por eso que todo comienza y acaba con ellos. Todo el pasado debe ser borrado. Todo el futuro necesita ser desbrozado. La Cuarta Transformación de López Obrador despliega esta misma táctica de impulso histórico inevitable.
El Supremo y López Obrador entienden que quien escribe, quien dicta, también compone la ley, el discurso por excelencia de los ganadores. Al igual que el Supremo, que interviene en cada momento de la novela, López Obrador entiende que nombrar las cosas es el signo por excelencia de la autoridad. El problema, por supuesto, es el tiempo. El Supremo parece habitar fuera y dentro de él y por eso necesita ordenarlo. Para López Obrador esta operación yace en sus continuas referencias a su mandato. Es por eso que coquetea con la idea de su reelección.
Este tipo de poder que avasalla es también un proyecto cómico, pues es imposible ejercer un poder omnímodo sin caer en la ridiculez: aspirar a la Historia es el último consuelo del autócrata. Jesús Silva Herzog Márquez nos recuerda que “cuando un político pierde el sentido del ridículo es que ha perdido contacto con la realidad”. La novela de Roa Bastos está llena de estos momentos de ridiculez dictatorial, como la genealogía inexistente del Supremo, los constantes regaños de su perro Sultán, o la imitación que hace el negro Pilar del Dictador.
Otro punto en común entre nuestras dos figuras: tanto el Supremo como el presidente disfrutan de varias e ingeniosas formas de llamar a sus críticos: han lexicalizado el ridículo. El primero despliega un amplio abanico de permutaciones que permiten inferir amplios momentos de esparcimiento, aunque bastarán tres ejemplos: “papagayo mayor del patriarcado”, “parásitos de la pluma”, o “alcahuetes de la subversión”. López Obrador tiene, al igual que el Supremo, un amplio repertorio de insultos, bromas, y chistoretes que reparte a diestra y siniestra. Recuerde el lector que Gabriel Zaid ha consignado la obsesión de López Obrador por el insulto, regalándonos una amplia lista de mofas entre las que se cuentan “monarca de moronga azul”, “pequeño faraón acomplejado”, y “piltrafa moral”. Y es que ambos gobernantes representan un caso típico de desfogue político: la autoridad, parecen decirnos el Supremo y López Obrador, requiere de un espejo —aunque sea imaginado— que la sostenga. El poder sin enemigos es una cuestión de la imaginación.
Las intervenciones del Supremo, paranoicas y enturbiadas por sus obsesiones, reflejan las formas del mando absoluto: caprichosas, arbitrarias, intuitivas. Varios críticos han recogido la forma en la que el Supremo se desdobla en un Yo/Él con varias consecuencias para la narración. Para Martín Lienhard, por ejemplo, es posible hablar de un “personaje bicéfalo”. Esta división ayuda a la tarea esclarecedora de pensar en el poder como un fenómeno que escinde inevitablemente la personalidad del portador. La comparación con López Obrador es obvia, pues el presidente, siendo el hombre más poderoso de México, aparece también como víctima. Es, al mismo tiempo, enunciador del discurso oficial y candidato opositor.
Estos desdoblamientos nos hablan de una profunda crisis de la imaginación política, ya que ante la falta de ingenio se recurre a la soberbia de la palabra, a la destrucción sectaria de la crítica, al aniquilamiento de la conversación democrática. Tanto el Supremo como el presidente, pues, provocan al mismo tiempo risa y llanto.
Son los remanentes de actuar frente al espejo.
Guillermo Fajardo
Doctorando en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Minnesota-Twin Cities. Autor de Los discursos presidenciales (Editorial de Otro Tipo, 2017).
Bibliografía
• Degregori Iván, Carlos. How difficult is to be God. University of Wisconsin Press, 2012.
• González Echevarría, Roberto. “The Dictatorship of Rhetoric/the Rhetoric of Dictatorship: Carpentier, García Márquez, and Roa Bastos”. Latin American Research Review, 1980, vol.15, no.3, pp.205-228.
• Lienhard, Martin. “Apuntes sobre los desdoblamientos, la mitología americana y la escritura en “Yo el Supremo”. Hispamérica, Apr. 1978, año 7, no.19, pp.3-12.
• Roa Bastos, Augusto. Yo el Supremo. Edición de Milagros Ezquerro. Cátedra, 2015.
Leo con cuidado estos trabajos, aparte del supremo, se encontrarán muchos personajes latinoamericanos y de otros puntos, que ya en el poder se embelesaron con el, podría yo, simple mortal, referirme a alguno de ellos o varios de ellos, y encontrar similitudes con Amlo, no requiero doctorado para tal efecto. Pero el tiempo no está para estos ejercicios seudolitetarios, que desgastan la esperanza, el presidente no es perfecto, y lo sabe, su virtud, es que se atrevió a romper con un esquema que a todos nos avergüenza, por que nos atrevimos, y le entregamos nuestra fe, requerirá de todos , completitos sus seis años que le dimos, quienes si tenemos vergüenza, para que sea justa su evaluación.
Excelente analógia
Excelente trabajo. Desmenuza y ejemplifica de forma perfecta las patologías compartidas por ambos dictadores. He seguido de cerca los diversos escritos de Fajardo y percibido su maduración literaria. En cada texto se supera así mismo.