En esta reseña tan sesuda como jocosa, el autor defiende el honor de uno de los escritores de “género” más celebrados de los últimos tiempos para terminar cuestionando la utilidad de la categoría misma de “ciencia ficción”.

Un querido amigo ha cometido un acto a todas luces irracional, con un ejemplar del segundo libro de cuentos del Sr. Ted Chiang. Él tiene una queja, válida a su entender, y yo tengo una sugerencia, acaso medio delirante, con la que trataré de poner remedio urgente a su malestar. Lo que voy a proponer es matar la ciencia ficción.
Mi amigo (llamémosle Erasmo, para proteger a un inocente en su desconcierto) declara que si los elogios que han brotado como champiñones al paso del nuevo libro —Exhalación— del Sr. Chiang tuvieran peso, el tomo de 350 páginas pesaría toneladas, material suficiente para erigir una estatua con basamento, más grande y más pesada que la del navegante genovés que hace poco desapareció de la avenida Reforma en la Ciudad de México.
En la edición estadunidense, la cosecha de champiñones —perdón, de sesudos elogios que rezuman adjetivos bombásticos— ocupa más espacio que la presentación del mismo autor en la contraportada y, en creciente delirio, las loas continúan en las primeras dos páginas del volumen.
De Nueva York a Nueva Delhi, de Barcelona a Brisbane y de Moscú a México, críticos (incluso un ex presidente) se vuelcan a punto de empalago: “una experiencia religiosa”, “profunda hermosura”, “iluminador, apasionante”, “fusión de intelecto puro con emoción fundida”, “infernalmente emocionante”, y preferimos no seguir listando calorías críticas so posibilidad de combustión espontánea en soportes físicos o digitales de esta humilde queja.
¿Qué ocurre? ¿Qué nuevo astro, cometa o asteroide penetra el empíreo del planeta Tierra, a la manera en que el Homero de Chapman sorprendió a John Keats? Con calma, y nos amanecemos. No es un cuerpo cósmico. Se trata de un escritor de algo que se da en llamar “género” (¿un shibboleth del mainstream?) y que en este caso es “ciencia ficción” (CF).
Le digo a Erasmo que la explicación del tropel de champiñones —perdón de nuevo, de alabanzas— se deba quizás a que hoy el mundo mismo vive, literalmente, en el mega-texto de la ciencia ficción, sin haberse dado cabal cuenta de ello, siendo que el mega-texto —ya manipulado por el complejo militar-industrial-académico-editorial— se ha convertido precisamente en nuestra realidad de cada día. Y entonces un libro como Exhalación agarra a todos desprevenidos, en offside.
Pero, ¿qué rayos es ese mega-texto, y con qué se come, o más bien, con qué se lee? Lo describe puntualmente el australiano Damien Broderick:
La CF está escrita en una suerte de código, una lengua vernácula difícil, adquirida mediante un aprendizaje. Su decodificación depende, de manera importante, de tener acceso a un mega-texto —el inmenso corpus de movimientos [desplazamientos, ardides, astucias, tropos] o protocolos de lectura que el lector aprende mediante inmersión en muchos cientos de cuentos cortos y novelas de CF (y, con marcadamente menos sofisticación, de películas, episodios de TV, y juegos). Para que una historia sea CF efectiva, no basta con que invoque escenarios futuristas o extraterrestres, ignorando estas limitantes narrativas y oportunidades que ya existen. Éstas están encarnadas en el siglo de la CF, y más, de mundos imaginados y sus habitantes, creados vía desplazamientos retóricos, herramientas y léxicos específicos.
Voilà tout, en una nuez. Con un caveat:respecto al mega-texto, resistamos la tentación de hacer presentismo histórico: aplicar a épocas (y obras) pasadas criterios del presente. Sí, es divertido, y satisface cierta curiosidad buscar en tiempos pretéritos obras cualesquiera que parecen CF. Entrados en esos gastos, podríamos situar el origen del mega-texto en los albores mismos de la inteligencia y la civilización humanas. Philip José Farmer (¡tenía que ser también escritor de CF!) escribió: “El cerebro, sabiendo que una persona no puede vivir por siempre en este mundo, racionaliza un futuro, o un mundo ultra-dimensional en el cual la inmortalidad es posible. En otras palabras, la religión es la forma más antigua de la ciencia ficción.”
Entonces, ¿religión es igual a CF? O, para usar un prefijo de altura, ¿religión es igual a proto-CF? ¿Y La Ilíada, por ejemplo, piedra angular de la literatura occidental? ¡Claro! ¿Qué son esas mujeres de oro que ayudan en su fragua a Hefesto, el herrero del Olimpo, a crear la nueva armadura de Aquiles, sino robots divinos, o heleno-cyborgs, o greco-androides? ¿Una locura? Y un poco más acá en el tiempo está el anillo de invisibilidad de Giges de La República de Platón (siglos IV-III a. C.), o el asombrosamente divertido Icaromenipo de Luciano (siglo II d. C.), ¡de quien este año celebramos 1900 años de su nacimiento!
Dejemos en sus siglos decenas de obras que se han dado en milenios anteriores —de la Utopia (ficción política) de Tomás Moro a Frankenstein (alto gótico) de Mary Shelley, haciendo una respetuosa pausa en los Voyages extraordinaires de Julio Verne y los Scientific romances de H. G. Wells— y ubiquémonos en el siglo XX, el siglo que menciona Broderick, en Nueva York, en los escritorios de Hugo Gernsback, el inventor del término scientifiction, y de John W. Campbell, quien definió lo que hoy llamamos science fiction.
Pero, antes de regresar al extraño acto irracional de mi amigo, es hora de hablar del Sr. Chiang porque, a todo esto, durante los 30 años transcurridos desde “La torre de Babilonia”, su primer cuento publicado (Omni, 1990), con el que ganó su primer premio Nebula (y a la fecha, muchos otros, todos merecidos), el Sr. Chiang parece contemplar la masiva efervescencia en torno a su obra con notable ecuanimidad y parsimonia.
¿Será porque, desde siempre, el discreto Sr. Chiang está perfectamente consciente del mega-texto? ¿Sabedor de que, “cabalgando en hombros de gigantes”, es considerado ahora uno de los oteadores de vanguardia en un mundo donde el otrora apestado género de ciencia ficción no sólo es vector del mainstream, sino que va trazando en la pantalla LED de la misma realidad posibilidades del incognoscible futuro?
Sobre el Sr. Chiang, John Clute, entre los más ecuánimes y auténticos críticos de CF, comenta: “Tiene un efecto magnético sobre el lector”. Por su parte, el Sr. Chiang nos habla de la meta-cognición, “el pensar sobre los procesos pensantes de uno mismo”. Nos recuerda a Harold Bloom definiendo al personaje Hamlet: “se escucha a sí mismo”. Una clave de la originalidad cognoscitiva de Shakespeare. Navegando en el planetario mega-texto, el Sr. Chiang, experto en ciencias de la computación, detecta ideas, conceptos, posibilidades, horrores, incluyendo cómo y por qué piensa como piensa.
¡Todo esto le he expresado a Erasmo! Y ya le exigí que saque el ejemplar de Exhalación del refrigerador, donde lo clavó en Navidad, y empiece a leerlo ya, ignorando cual peste de sesgo y prejuicio la abundancia de alabanzas. Su pesada queja la atribuyo al desasosiego ante la concientización planetaria de nuestra vulnerable condición animal frente a la pandemia Covid-19 y a la (en general) lamentable administración de este inesperado (pero bien anunciado) terror por parte de la mayoría de gobiernos de todos los signos políticos.
Y en cuanto a mi queja o reclamo: mientras el planeta, más perplejo que nunca, intenta vislumbrar un futuro que no sea espeluznante, matemos la ciencia ficción. O más bien, matemos la noción de “género literario”. Pongámosle pausa a los críticos y disfrutemos el simple, milenario acto de leer. (El famoso mainstream, el realismo, la literary fiction, ¿no es un género también?) Nabokov expone: “La literatura es invención. La ficción es ficción”, y “todas las novelas son cuentos de hadas”. Ejemplifica con Proust, Austen, Kafka, Stevenson, Joyce. Adscribámonos a esta visión. Leamos considerando lo que merece apreciación de una obra literaria según Nabokov: idea, estructura, estilo. Parafraseando: la originalidad cognoscitiva, la arquitectura que arma la idea, y el estilo, aquella característica del lenguaje, aquella función caleidoscópica del hilado de palabras que lleva a que uno exclame: esta no es la trama épica-poética de Catherine L. Moore, o la prosa precisa, sutil del explorador de la religión Robert Silverberg, o la expresión escrita del sorprendente, inefable (escalofriante) Edward Bryant, esto es la exhalación verbal del contemplador de su propia mente, un original entre originales, el Sr. Ted Chiang.
Rémy Bastien van der Meer.
Traductor y guionista.