La más reciente novela del escritor español José Morella es un ejercicio de autoficción que traza la vida de una familia campesina de Ibiza. Esta reseña encuentra en West End una prosa magnífica y un reto a la idea recibida de que las enfermedades mentales sólo afligen a los ricos.
Cuando el más reciente libro de José Morella llegó a mis manos acababa de leer las declaraciones de uno de esos políticos iluminados quien con cierto sarcasmo decía que “hasta hace poco estaba convencido de que el estrés era una exquisitez de la burguesía” y apenas ahora confirmaba que, en efecto, el estrés sí existe. Si el sueldo no le alcanzara al político para llegar a fin de mes —o si recibiera un salario mínimo que sólo da para mal-comer, o si pasara horas en la fila de un hospital para que al final le dijeran que no hay servicio por falta de médicos, o que sí hay médicos pero no hay servicio— el señor quizá sabría que el estrés es un mal que afecta a millones de sus compatriotas. Pero más allá de la estrechez mental de los políticos mediocres, lo cierto es que esta idea persiste en pleno siglo XXI. Todavía hay quienes conciben el estrés o los problemas mentales como “una exquisitez” o “lujo” que sólo se pueden dar las clases acomodadas. Tal vez en el maniqueísmo colectivo el sufrimiento se concibe como una exclusividad del proletariado y el estrés propio de la burguesía. Ni hablar de aquella saga taquillera de los cuarenta, Nosotros los pobres y Ustedes los ricos, tan ad hoc con la polaridad del México contemporáneo. Lo cierto es que la nueva novela de José Morella, West End (Siruela, 2020), viene a desmoronar esas (y otras) creencias.
Sin temor a exagerar, puedo decir que desde que leí la primera traducción de El lector, de Bernard Schlink (1997) no me pasaba algo semejante con un libro: me refiero a esa sensación de querer extender el final lo más que se pueda, de saber que quedan pocas páginas e irse despacio, como el niño que saborea el helado dominguero esperando en vano que el momento se eternice. Y es que esta es una prosa tan llana como la franqueza de un catalán de cepa y la vez tan pulcra como la de un maestro de la escritura; una prosa que entabla una complicidad con el lector que muchos escritores envidiarían. West End, la cuarta novela de Morella, obtuvo el Premio Café Gijón 2019 y debe su título a esa parte de la isla de Ibiza repleta de bares donde el autor nació, y a la que ahora describe como “un sitio salvaje y sin reglas”.. Morella nos entrega un mosaico en el que va con soltura desde las atrocidades del franquismo hasta la enfermedad mental de Nicomedes Miranda (su abuelo materno), pasando por las diversas vidas que configuran el West hasta llegar al presente de José: ese narrador que podría ser él, que se llama como él, pero que sabemos puede no ser él porque la exageración vive en su escritura todo el tiempo, “incluso cuando no está presente”.
Sin duda, el inicio de una novela tiene mucho que ver con su destino (algunas no pasan la prueba del primer párrafo). Ésta abre con una imagen cotidiana: “No es fácil poner en orden una casa. A menudo nos engañamos al respecto. Decimos que estamos ordenando pero en realidad nos limitamos a esconder las cosas, a quitarlas de nuestra vista”. A esta altura es imposible dejar de leer aunque aún no conectamos con el símil —hasta que de pronto, a medida que avanzamos, nos damos cuenta de que la familia de Nicomedes se pasó la vida jugando a “ordenar”, pero en realidad no pasó del simple engaño de ocultar las verdades de cada uno de sus miembros, empezando por la verdad del,propio Nicomedes, a cuyos ataques la familia se refería eufemísticamente como “ponerse malo”.
Nicomedes Miranda es un campesino, un hombre que no sabe qué le pasa cada vez que “se brota”, como llama el narrador a sus ataques psicóticos. Es hijo de la partera del pueblo, mujer importante en esos lugares alejados de todo y, por lo tanto, el centro de todas las miradas. Nicomedes es un joven que sabe de cosechas, de arados, de burros, de mulos, de aceitunas, de azadas, de zanjas, de sudor y de manos callosas. Qué va saber de la obediencia ciega que exige el servicio militar; de las reglas que rigen al comportamiento lejos de su casa; del enamoramiento; del noviazgo; de los hijos recién nacidos; de los hijos crecidos; de los hijos que se van; de la migración; de los manicomios: esos lugares donde encerramos a los que se salen del redil.
En todos estos escenarios, Morella nos presenta una postal de Nicomedes junto a la incertidumbre y vulnerabilidad a las que se enfrentó toda su vida, siempre en silencio, sin saber ni poder decirlo. Cómo lo iba hacer si era un campesino que —según la lógica del político iluminado— no sabe de estrés, mucho menos de psicosis, locura y todas esas pompas burguesas. Recuerdo ahora los versos del argentino Jacobo Fijman, quien vivió y murió en un manicomio: “No soy enfermo. Me han recluido. Me consideran un incapaz. Quiénes son mis jueces (…) Sentí de pronto que tenía que cambiar de vida. Alejarme del mundo. Y me aislé. Me fui de todos, aun de mí”. Fijman escribe “no soy enfermo”, un verbo que se refiere a las cualidades permanentes y esenciales de una persona; no utiliza estar porque éste se emplea para fases temporales. Es decir, Fijman no es su locura, aunque se haya alejado de todo, incluso de él. Creo que ese fue el camino de nuestro personaje porque “escondida bajo el caparazón de locura de Nicomedes se encontraba la piedra preciosa de su cordura. Para él ambas cosas eran lo mismo”. ¿Qué lo llevó hasta allí? Tal vez la incapacidad para decirse ante los demás: “Lo que protege a Nicomedes de los otros es lo mismo que le aísla de ellos. El sitio que le sirve de refugio acaba siendo una cárcel”. ¿Y cómo iba abrirse un hombre que nació y vivió en el campo, sin preparación ni herramientas de ningún tipo para darse a entender ante una sociedad ávida del linchamiento y la burla? Porque el refrán “pueblo chico, infierno grande” no es aquí una simple metáfora. Leo cada página en la que el narrador se pone en los zapatos del protagonista y siento el mismo aturdimiento que debió sentir éste, la misma rabia contenida al no saber cómo explicarse sino es por medio de un “brote”.
Una escena describe con certeza el mundo de Nicomedes: su esposa y dos de sus hijos mayores regresan después de meses de arduo trabajo en un hotel de la ciudad y él se encuentra con el dinero acumulado sobre la mesa, situación que deriva en otro de sus ataques. Para alguien que sabe cómo arrancarle los frutos a la tierra, mismos que luego cambiará por dinero, es incomprensible que existan esos sitios donde la gente se aloja por el simple hecho de viajar, sin más. ¿Por qué alguien saldría de su casa sólo porque sí? ¿Por qué alguien querría comer y dormir lejos y encima pagar para que laven sus sábanas, limpien su piso y preparen su cena? En esta escena el narrador dibuja la convulsión interna del personaje ante el mundo “de afuera” y deja en claro su impotencia y desamparo ante el mismo.
Escribe José Morella que siempre le ha parecido, “aunque es solo una impresión sin base científica alguna, que los escritores mediocres de izquierdas tienden al mesianismo, mientras que la mediocridad de derechas se decanta más por la cursilería”. Si algún día tengo el placer de charlar con él, me gustaría preguntarle qué encierra el “mesianismo” literario (el político me queda claro), y decirle, además, que él nunca tendrá ni uno ni otro problema: no sólo porque su literatura no es mediocre, ni de derecha ni de izquierda, sino porque se perfila como una de las mejores voces de la narrativa contemporánea.
Sonia Peña
Profesora de literatura.
