Lídia Jorge (Premio FIL 2020):
escribir aunque se acabe el mundo

El Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2020 se otorga hoy a la escritora portuguesa Lídia Jorge. La descolonización, el lugar de las mujeres, la emigración, el contacto con el otro, los vendavales de la revolución, son algunos de los temas de su obra merecedores del galardón internacional. El siguiente ensayo ahonda en ellos y nos presenta a la escritora en toda su amplitud vital y originalidad.


Cuando Lídia Jorge (Boliqueime, Algarve, 1946) era niña, su padre y su abuelo materno, emigrantes en Mozambique, enviaban fotografías que mostraban a los nativos en reuniones, de cacería o danzando; al verlas, ella imaginaba que en ese rincón de África había un paraíso. A principios de los años setenta, en el último periodo de la guerra colonial, fue a encontrarse con esos paisajes; consiguió un vestido blanco, tomó un avión y aterrizó en Luanda para casarse con un oficial paracaidista herido en combate. Durante más de tres años dio clases de portugués y francés, primero en una secundaria de Angola, y luego en el Liceu Pêro de Anaia en Beira, ciudad costera del centro de Mozambique.

En una conferencia que ofreció en el King´s College de Londres en 2017, Jorge recordó una noche en que una densa plaga de langostas creaba halos verdes alrededor de las luces de las farolas. Desde un comedor, acompañada por los militares y sus esposas, observaba cómo los pobladores asaban langostas en fogatas encendidas a lo largo de la ribera; se veían felices, comiendo y bailando. Esa imagen, “plásticamente impactante”, no interesó a los oficiales. Criticaron que aquellos “salvajes” comieran insectos; sin embargo, lo que se consumió en aquel comedor tenía una talla y forma similar, pero un color distinto: “Comimos camarones”. Ese día se dio cuenta, escribe, de por qué Portugal iba a perder la guerra. “Éramos hermanos, tan cercanos, tan idénticos, y no nos entendíamos”. Un abismo separaba sus juicios y valores.

Muchos años después, en 1988, Jorge escribió La costa de los murmullos, una novela que, según el investigador Felipe Cammaert, es una de las primeras que aborda “el fin del imperio colonial portugués desde la perspectiva de las mujeres”. Un enfoque femenino que le permite a la autora desvelar “todo un mundo doméstico de violencia soterrada en un conjunto de valores eminentemente machistas”.

“Cuando regresé a Portugal, después de la Revolución [de los Claveles, en 1974], volví en paz”, afirma en entrevista. “Quedaba atrás una guerra injusta, la última guerra colonial que cerraba un ciclo de quinientos años. Yo era muy joven, pero me di cuenta de que el maravilloso mundo de África que estaba allá, en el hemisferio sur, emprendía una nueva etapa, aunque no iba a ser sencillo. Y no lo fue, y todavía no lo es. Angola, Mozambique, Guinea, Timor, vivieron terribles guerras civiles. Ahora que ha pasado el tiempo, pienso en la Historia como una madre descuidada que se duerme con sus hijos en el regazo y los deja caer. Nuestra especie parece estar destinada a una batalla violenta. Pero hay intervalos de belleza, sí. Los cineastas portugueses, pero sobre todo los escritores, han revisitado aquellos lugares y aquellos tiempos, poniendo en evidencia la belleza de aquel mundo lejos de Europa; pero, sobre todo, cerrando la brecha entre pueblos que nacieron como enemigos y que se mataban, pero que finalmente fueron víctimas, de un lado y del otro, de una dictadura que tuvo tanto de torpe como de infame. Hoy vivimos un nuevo capítulo y los escritores portugueses escriben sobre él”.

Después de la independencia, la escritora regresó a los lugares que conocía. Al recorrer el puerto, las escuelas o el hospital, descubrió una estela de destrucción: barcos oxidados, casas sin tejas ni puertas, calles plagadas de baches. Era la negación de un pasado; el comienzo de una nueva Historia. Supo que el resentimiento tiene más poder que la pólvora. Una de sus divisas, confiesa, es: “Ni miedo, ni esperanza”.

“Cuando encontré el lema que Caravaggio había inscrito en la hoja de su espada: Nec spe nec metu —“Ni miedo, ni esperanza”—, lo hice mío, aunque hay una contradicción cuando asumo esta afirmación, porque soy una persona esperanzada. Quizás se explique mejor si digo que tengo esperanza en el milagro de la vida, pero no necesito tener esperanza o una retribución personal para dar mis pasos. Trabajo principalmente por el milagro de la vida y por la corrección de la Historia perversa que hace infelices a los seres humanos”.

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Lídia Jorge estudió Filología Románica en la Universidad de Lisboa. En 1980 publicó O dia dos prodígios, primera novela y punto de partida de una obra que abarca cuento, crónica, ensayo, teatro y literatura infantil. En 2019 apareció su primer libro de poesía, O livro das tréguas, que ha definido como una “autobiografía consentida”. La escritora recibe hoy el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2020, que le será entregado virtualmente en la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, como reconocimiento a “una carrera literaria marcada por la originalidad y sutileza de su estilo, la independencia de criterio y una inmensa humanidad” tanto en el acercamiento a los temas de su obra —la descolonización, el lugar de la mujer, la emigración, los sujetos de la Historia— como en el tratamiento de los personajes. Este galardón se suma a los premios Ricardo Malheiros (1981), Municipio de Lisboa (1982 y 1984), Jean Monnet de Literatura Europea (2000), el grado de Oficial de la Orden de las Artes y las Letras de Francia (2005), el Albatros de la Fundación Günter Grass (2006), y el Luso-Español de Arte y Cultura (2014).

En México, el sello Elefanta publicó en 2018 la novela Los memorables (2014), y según su editor, Emiliano Becerril, la próxima semana comenzará a circular La costa de los murmullos —en formatos papel y electrónico— en una coedición con la Universidad de los Andes –que editó el libro hace dos años— y la Universidad de Nuevo León. Para 2021 planean publicar Estuario (2018), la novela más reciente de Jorge. Este último fue editado hace un año por el sello español La Umbría y la Solana. Está disponible en librerías en línea, al igual que el volumen de cuentos Los tiempos del esplendor (2016). Su editor, Feliciano Novoa, adelanta que para 2021 preparan ediciones de La costa de los murmullos, Los memorables y O vento assobiando nas gruas (2002).

“Muchos niños comienzan por escribir algunas páginas que después juntan para imitar un libro: una forma de juego”, explica la escritora sobre sus primeros pasos literarios. “Luego, al crecer, se olvidan y pasan a otros entretenimientos. Pero hay niños que hacen de este juego el oficio de sus vidas. Yo fui una de ellos. En la casa de mis abuelos, la biblioteca consistía en dos docenas de libros que cabían en una caja de madera. Hice de estos libros mis compañeros. Eran para adultos —apenas podía descifrarlos—, pero las vidas que intuía que contaban no me satisfacían. Quería que sus destinos fueran diferentes. Alrededor de los nueve años empecé a escribir textos cortos que invertían el final de las historias que leía. A los diez empecé una novela, con todo y título e imágenes de portada. Pero yo quería escribir páginas, sin concebir lo que era ser escritor. No entendía qué significaba. Quería nada más organizar el destino de los adultos para sentirme cómoda en la vida. Solo más tarde habría de descubrir que la literatura es mucho más que eso”.

Es muy bello empezar un libro, afirma Jorge, y de cada uno podría contar una historia diferente. En una entrevista con El Cultural narró el origen de Estuario: la imagen de un niño con la mano derecha vendada, de la que solo asomaban el índice y el pulgar, con los que intentaba copiar en un cuaderno las frases del libro que sostenía en la mano izquierda.

“Si puedo encontrar una constante [en el origen de mis libros] sería la aparición de una imagen que habla. Una especie de embrión donde hay dos fuerzas: una que promete belleza, y otra, contradicción. En medio de ese contraste, que a veces es más bien una contienda, escucho con claridad el sonido de diferentes voces. Lo que emerge son voces como en un escenario oscuro, que me embrujan. Entonces el escenario se ilumina y surge el entorno, el paisaje, el tiempo, la sociedad y la búsqueda de sentido para toda la representación. Pero el significado solo llega al final; al principio está oculto. Escribo a ciegas en su busca. La semilla del libro no es más que un lenguaje animado que quiere tomar forma”.

Novelas como La costa de los murmullos, Los memorables o Estuario inician con una obertura, un cuento, a partir del cual se despliegan los distintos capítulos, una estructura que se ha convertido en uno de sus sellos como autora. “Esos inicios están ligados a la forma de comenzar un libro. De cierta manera, hago visible ese proceso. Me da confianza, ilumina el desarrollo de la narración. Algunos de mis libros no lo muestran, porque borré esa célula inicial, pero en otros la dejé. No hago cine. Quizás sean mis tráilers. Me gusta eso, esa especie de advertencia al lector sobre hacia dónde va el libro; una vez que la he escrito ya sé de qué se trata y a quién me dirijo”.

En Estuario, el personaje de Edmundo Galeano regresa de una misión de paz en los campos de Dadaab, en Kenia, con la mano derecha mutilada. Vuelve con el propósito de escribir un libro, 2030, que advierta a la Humanidad sobre su destino, sobre los peligros que acechan su supervivencia. Pero se encuentra con una familia devastada, en la que cada uno de sus integrantes carga una derrota. Edmundo intuye que, si la salvación existe, está en la escritura; insistirá, aunque al final será otro el propósito de su libro.

La escritora se identifica con esa fe en la literatura. “Estoy con Edmundo Galeano. He reproducido [en Estuario] varios de los mensajes de la película de Wim Wenders, El cielo sobre Berlín. En algún momento, [el personaje del poeta] Homero dice algo así como: ‘el mundo puede estar cerca de su fin, pero seguiré narrando’”.

La odisea de Edmundo revela además una de las convicciones de Jorge: en una época en que la esclavitud se reproduce bajo nuevas formas, la certeza es que nadie se salva solo. “Ese es el tema de nuestro tiempo, el clamoroso tema de nuestros días, cuando al planeta, de manera simultánea, lo está atacando algo invisible que viene de la Naturaleza. ¿Qué será de nosotros si no dialogamos entre países, si no nos unimos, si no compartimos las medicinas y los medios? Esta catástrofe seguramente solo será un intervalo. Pero que se traduzca en una lección tan importante como para que cambie el sistema económico financiero en el que vivimos, a fin de que el reparto entre los que producen riqueza sea equitativo, y quienes no la producen porque no pueden, que no se queden atrás. De manera que la nueva cultura tecnológica que nos libera, al tiempo que nos ata a oficios que no tienen ni día ni noche, permita a las personas invertir tiempo en la subjetividad, en la sensibilidad y en el sentido de compartir. Tengo la esperanza de que saldremos menos esclavos, mejores y más unidos”.

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En un artículo titulado Três filmes na parede, Lídia Jorge recuerda las inundaciones del 25 de noviembre de 1967 en la región de Lisboa, que provocaron la muerte de 700 personas. La escritora se integró a las brigadas del Instituto Superior Técnico, del que partieron cientos de jóvenes para auxiliar a las víctimas. Considerada la peor catástrofe natural en Portugal después del terremoto de 1755, ocurrió durante la dictadura de António de Oliveira Salazar, que ocupó el poder durante 36 años.

La escritora evoca cómo, la noche siguiente al diluvio, apareció pintada en la pared blanca del Técnico la palabra ABAJO, sin un nombre. Cuando a las 8 de la mañana volvió al instituto, para desde ahí partir a la villa de Alhandra para desatascar de barro las casas, la inscripción había desaparecido. En el país nadie sabía de los muertos ni de las brigadas, escribe. “Éramos una generación amordazada”.

Cuando estalló la Revolución de los Claveles, el 25 de abril de 1974, la escritora vivía en Beira. Escuchó en la radio la noticia, supo que la gente se había lanzado a la calle y compartió desde la distancia aquella alegría inmensa. Estas vivencias la acercaron más a lo que llama el suelo, la tierra.

“Cada escritor tiene su propio temperamento, representamos una maravillosa variedad de personalidades porque somos gente común que escribe, nada más. Para caracterizarme, lo cual siempre es muy difícil, suelo decir que hay autores que escriben desde las bibliotecas, pero yo pertenezco al grupo de los que escriben desde el suelo. Todas las situaciones [anteriores, sus vivencias] significan ‘suelo’. La tierra de mi país, en donde vivo inmersa como persona y ciudadana. Portugal, durante mi juventud, fue una nación imperial, orgullosa de su dominio colonial, pero su población carecía de educación y era muy pobre. Aprendí a desconfiar de los países que quieren ser demasiado grandes. En general, promueven la ignorancia y la miseria de los pueblos. Crecí y me convertí en mujer entre mi gente pobre; conozco sus sueños y sus dolores. ¿Cómo no escribir sobre nuestras vidas? Son los ladrillos de mi construcción”.

En Los memorables, la reportera Ana Maria Machado regresa a Lisboa para documentar el primer episodio de La historia despierta, una serie periodística que abrirá con el primer movimiento social que se produjo de forma pacífica: la Revolución de los Claveles. Machado vuelve a la casa de su infancia para emprender un “viaje al corazón de la fábula”; guiándose por una antigua fotografía, recupera el testimonio de los protagonistas de la jornada. Enfrentados a su utopía, sus versiones cambian, oscilan entre la grandeza, la traición y el desencanto, mientras en forma paralela Machado asiste al desmoronamiento vital de su padre, una tragedia que transformará su escepticismo y la hará suscribir en su Argumento final la idea de que “la belleza es el grado más elevado de la verdad”.

Para Jorge, el saldo de la Revolución es venturoso: se instauró una “democracia sólida” y Portugal se incorporó a la Unión Europea. “El resultado es [también] el recuerdo de media docena de personajes intachables que hicieron la Revolución y que quedaron como un hito de valentía. Dentro de este avance, tan significativo, hubo retrocesos, traiciones y aprovechamientos indebidos. Con Los memorables pretendí componer una narrativa que, sin faltar a la verdad histórica, pudiera plantear una mitología sobre un momento ‘inicial, pleno y limpio’, como escribió la poeta Sophia de Mello Breyner. Un día que sigue alimentando los sueños de otros pueblos y que da esperanza a sociedades atrapadas en el sometimiento; una esperanza de cómo reclamar el cambio y desatar el destino, incluso a despecho de la Historia, que como decía Mark Twain, trágicamente siempre rima, aunque no se repita con exactitud”.

La escritora define a su personaje de Ana Maria Machado como una mujer con un carácter difícil, pero sobre todo, con una mirada firme sobre la vida, los hechos y su interpretación. “Me gustan estas figuras femeninas que, a primera vista, no ocupan el escenario de la acción sino que dominan la narración. Ella es la que cuenta la historia de Los memorables, es la que descubre la mentira, la que revela el miedo de algunos y el deseo de supervivencia de otros. Ella es quien muestra la historia enterrada por la furia actual que todo lo borra. Es la que descubre el secreto de su padre, y los de los otros de la misma generación. Ella es quien teje la última parte de la narración. El Argumento del reportaje final es suyo. El tono de su incredulidad es generacional. Es una escéptica. Pero los mensajes en la literatura se dan por su contraposición, como se sabe. Es una escéptica que cree, sin embargo, en el poder de la belleza”.

La costa de los murmullos y Los memorables, separados por más de un cuarto de siglo,pertenecen a un mismo ciclo, considera la autora. Ambos oscilan entre historia y memoria, y surgen motivados por el mismo deseo: conjurar el olvido.

La costa de los murmullos fue un libro escrito para no olvidar cómo la guerra colonial influyó en la vida de las sociedades, de principio a fin, durante 12 años —apunta Jorge—. Lo escribí unos años después, cuando la historia empezaba a volver aséptica la narración de lo que había sucedido. Por eso la novela se llama así: los ‘murmullos’ son los últimos sonidos de las palabras de la memoria viva. Escribí este libro para no olvidar. Y lo mismo pasó con Los memorables. En el fondo, lo que yo desearía con estas narraciones es escribir: ‘Hombres, no se maten unos a otros’, una frase inscrita en una fosa común de la Unión Soviética que evoca el escritor francés Olivier Rolin. En Los memorables lo que me movió a escribir fue el hecho de que se hiciera una revolución en la que los hombres no se mataron unos a otros”.

Aún es pronto para saber cómo la incertidumbre que atraviesa nuestros días, la amenaza permanente de la pandemia y la agudización de la crisis económica impactarán en la escritura de Jorge. Hija única, creció mimada por su abuela y disciplinada por su madre, Maria dos Remédios Silva, fallecida en abril, víctima de COVID-19. “Estoy en medio de este hiato, aún no me he recuperado, no he hecho una síntesis, ni este confinamiento ha significado una pausa. Por el contrario, la demanda de escritura reactiva ha dominado mis días. Pero se trata de una experiencia tan fuerte que, sin duda, alterará mis proyectos de escritura. Algunos que venían de tiempo atrás quedaron a un lado, otros surgieron. Como si todo necesitara revisión. Un terremoto interior”.

 

Silvia Isabel Gámez
Editora y periodista cultural freelance. Forma parte del Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura (Grecu).

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Publicado en: Ciudad de libros
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