¿Qué nos muestra la discusión que provocó el abierto y sincero rechazo de Julieta Venegas ante la obra de Valeria Luiselli? Como nos explica este ensayo, es urgente entablar una conversación plural y propositiva respecto a la crítica literaria y, en particular, frente a la recepción de la obra de escritoras actuales, consagradas o no. Más allá de la corrección política, más allá del elogio oportunista o del culto a la personalidad tan propicio en redes sociales. ¿Qué sucede, por ejemplo, cuando el compromiso político y ético se convierte en pura mercancía editorial?
El reciente descubrimiento de la reseña negativa que escribió Julieta Venegas en la plataforma Goodreads sobre Desierto sonoro (Sexto piso, 2019) de Valeria Luiselli desató una serie de defensas sobre la novela de Luiselli, pero también dejó al descubierto que muchos lectores compartían la opinión de Julieta Venegas. Incluso parecía que los comentarios de esta última y su peso como figura pública de alguna forma autorizaban que otras personas se sintieran cómodas de rechazar abiertamente la novela. Más allá de discutir una polémica light entre una escritora multipremiada con una cantautora igual de reconocida, se hizo evidente la necesidad de analizar las estructuras de la literatura y el mercado editorial que dictan qué se publica, a quién se premia y, también, qué está bien criticar y qué no.
Aunque de acuerdo con su contador de palabras, Goodreads admite hasta 12000 caracteres, muchos de sus textos suelen ser opiniones o reseñas bastante breves. No está a discusión que Julieta Venegas es una lectora atenta y capaz, pero por la extensión, el contexto y el sitio en el que apareció, su comentario no es más que eso: un comentario negativo y no, como algunos han querido ver, un ejercicio de crítica literaria con todas las implicaciones formales del término. Podemos coincidir o no con los aspectos que le disgustan a Venegas; podemos estar de acuerdo, por ejemplo, en la intelectualización tan evidente en toda la obra de Luiselli. Pero más allá de eso, el rechazo por una obra tan aplaudida genera varias preguntas. ¿Cómo criticar las obras políticamente correctas que, en este caso, se atreven a denunciar temas tan delicados como la migración centroamericana o el abuso infantil, a la luz de las terribles políticas migratorias estadounidenses? ¿Cómo cuestionar y expresar rechazo ante un texto que no sólo se atreve a esa denuncia sino que además fue escrito por una mujer mexicana en suelo gringo? Si de entrada es difícil que una mujer que escriba sobre temas polémicos sea publicada y reconocida, ¿cuestionar su discurso no es más bien escupir al cielo? Me remito a Luiselli porque su novela es el blanco de la crítica, pero es posible extender dudas así a varias otras publicaciones que aparecen en los catálogos de casas editoriales nacionales muy prestigiosas como Almadía y Sexto Piso, o en la española Anagrama, por mencionar sólo algunos ejemplos. ¿Cómo se hace una crítica que no sea el elogio fácil y el culto a la personalidad, pero que tampoco caiga en la falta de empatía o en la ausencia de sororidad?

Ilustración: David Peón
La fuerza que han tenido los movimientos feministas durante los últimos años, los esfuerzos por implementar políticas de paridad en el ámbito cultural y el acceso que tienen cada vez más mujeres a los diferentes niveles del campo literario quizá hagan de esta la época en la que se publican, se leen, se estudian y se premian más escritoras. Y qué bueno. Esto también se ha traducido en un boom editorial en donde hombres que eran aclamados hasta hace poco tiempo han sido relegados a las mesas de saldos, mientras que en las mesas de novedades aparece, cada vez con más frecuencia, un mayor número de autoras. Basta revisar las listas más recientes del Premio Herralde de novela o el International Booker Prize.
Es ingenuo pensar que esta reciente inclusión es el resultado únicamente de los motivos que enlisté al principio del párrafo anterior y que no se debe también a una estrategia comercial que ha visto en el feminismo un productivo nicho de mercado, que no responde a otra cosa que a la vieja ley de oferta y demanda. Este auge en la publicación de la escritura de mujeres se ha visto acompañado del éxito de la narrativa de la violencia y de la hibridez de géneros literarios. Y aunque ninguno de estos aspectos es nuevo, parece que dictan los parámetros de producción y consumo de literatura hoy en día. Esto no es necesariamente malo. Al contrario. Si durante las décadas anteriores, por no decir centurias, hemos sido educadas por un canon de lecturas muy cerrado y sumamente patriarcal es natural que los gustos se inclinen hacia otras opciones que van más allá de escrituras en donde las mujeres son musas de senos turgentes. Lo problemático es perder la distancia crítica y asumir que textos con esas características de hibridez y de ruptura del canon masculino son de entrada “buenos” y no que, entre otras cosas, en ocasiones tienen estructuras cada vez más formulaicas.
De acuerdo con Jean Franco, una de las ironías del pluralismo actual es que el compromiso político se ha convertido en mercancía. Para Franco, hay una mayor demanda de literatura escrita por mujeres, particularmente de los textos que de una manera u otra parecen reflejar la “experiencia” femenina. Unido a esto, los géneros literarios canónicos, como la poesía lírica y la novela, compiten con las biografías, las autobiografías, los discursos testimoniales y las crónicas. Casi todos los estilos parecen tener además la misma validez.1
Dentro de esta mezcla de géneros se privilegia, por un lado, la escritura testimonial y, por el otro, una apropiación textual mucho más cercana al collage que a la influencia o al parafraseo. Esto no aparece en todas las novelas de Luiselli pero sí en mucha de la narrativa contemporánea y obedece a lo que Florencia Garramuño nombró como “inespecificidad formal”. De acuerdo con Garramuño, lo inespecífico consiste en las prácticas artísticas difíciles de definir y categorizar por sus combinaciones de formas, soportes y/o géneros. El debilitamiento del lazo contenedor e individualizador de la forma, en este caso una novela, produce una escritura que se distancia de cualquier tipo de particularización.2 La inespecificidad y la apropiación textual hacen del texto una obra que apuesta por desmarcarse de la estabilidad que suele otorgar un discurso bien delimitado y de esta forma sacudir al lector no sólo con el contenido, sino con la forma. Es decir, los textos de este tipo obligan a quien los lee a detenerse y hacer preguntas sobre lo que está leyendo, quizá con mayor frecuencia que otras narrativas con estructuras más conservadoras.
Muchos de estos experimentos formales responden a los crecientes procesos de globalización. Por ello es necesario cuestionar si la inespecificidad que funciona como una estrategia para contar lo inenarrable, además responde a las nuevas lógicas del mercado editorial, en donde se favorece la circulación de obras fragmentarias, marginales y se fetichiza la diferencia. Y dado que muchos de estos libros en su dimensión archivística presentan una serie de datos sobre la violencia, resulta pertinente cuestionar si trascienden el mero acto de informar y si el funcionamiento de la forma narrativa genera empatía en el lector.
No pretendo cuestionar si las distintas formas de la violencia son temas que deben ser visibilizados y atendidos, sino los mecanismos narrativos con los que aparecen en textos presumiblemente literarios. Tampoco busco discutir el aumento en la publicación de mujeres, muchas veces en condiciones menos acomodadas que Luiselli, pues me parece un acierto y un logro. Pero considero que actualmente las escritoras (y los escritores, pero ellos ya han sido el foco de atención demasiado tiempo) que se enfrentan a la realidad de los movimientos sociales “no pueden limitarse a repetir el discurso de la responsabilidad, del compromiso y de la representación, porque la literatura no ocupa ya, en el espectro cultural, el mismo lugar que en el pasado”, como apunta Franco.3

En el caso particular de Luiselli, me resulta problemático el protagonismo que ella misma adquiere dentro de una narrativa que pretende darle voz a sujetos silenciados. Y la manera en la que constantemente se sitúa su “yo” dentro del texto desvía la atención del resto de las historias sobre migración infantil, que pasan a segundo término frente a sus conflictos personales. Una mujer intelectual no puede mantener una postura ingenua en la que representa a otras voces, pero, siguiendo a Franco, “puede ampliar los términos del debate político mediante la redefinición de la soberanía y el uso del privilegio para destruir el privilegio”.4
En varias charlas y talleres literarios actuales, algunas escritoras intentar llevar a cabo procesos de reescritura y retroalimentación horizontales, alejados de conductas nocivas muy comunes entre sus pares varones. Y esa es una práctica que, creo, debería extenderse a la lectura crítica de los textos. Podemos estar de acuerdo o no con la opinión de Julieta Venegas, pero ejercicios como el suyo deberían ser un aliciente y no un freno en la lectura de autoras. No basta con leerlas, hay que interpelar, criticar y desmenuzar sus discursos. Si en el pasado, gran parte de la crítica (desde papers académicos hasta reseñas) se ha visto cooptada por amiguismos, endogamia y oportunismo comercial, la ruptura cada vez más evidente con el canon masculino debería ir acompañada también de nuevas y saludables directrices en el debate crítico.
Ana de Anda
Estudia la Maestría en Letras Mexicanas en la UNAM.
1 Jean Franco, “Invadir el espacio público; transformar el espacio privado”, Debate feminista, vol. 8, 1993, p. 273.
2 Florencia Garramuño, Mundos en común. Ensayos sobre la inespecificidad en el arte, México, FCE, 2015, p. 26.
3 Jean Franco, op. cit., p. 268.
4 Ibid., p. 287.