Desempacando mi ofrenda

Tomando como inspiración el célebre texto de Walter Benjamin, “Desempacando mi biblioteca”, el siguiente ensayo reflexiona sobre la historia del Día de Muertos a partir de la vivencia personal de la autora.

Estoy poniendo mi altar de muertos. Sí: el papel picado que guardo cuidadosamente cada año entre pliegos de cartoncillo todavía no regresa, arrugado y quizá con alguna nueva mutilación, a su esencia colgante. Las flores que compraré todavía no salen de sus rigurosas filas casi militares, y mi tzompantli —mi hilera de calaveritas de azúcar, ya amarillentas por los años— todavía no se yergue en todo su esplendor. Las fotos de mis abuelos están puestas, como siempre, junto a la mesa del comedor, todavía sin veladoras. Aunque llevo comprando pan de muerto desde septiembre, todavía no se los doy a probar.

Ilustración: David Peón

Pero no siempre he puesto altar: empecé hace ocho años, cuando volví de una beca en la India. Dos conversaciones: Sharda, de Trinidad y Tobago (mi vecina del cuarto de al lado), me contó cómo ellos le dejan comida a los muertos, comida que luego tiran. Pregunté si los muertos eran bienvenidos, si querían celebrarlos: no. La comida se deja lejos de casa, para aplacar al espíritu, distraerlo, alejarlo. En otra ocasión, Samalie de Sri Lanka me regañó ofendidísima por hablar de la muerte con tanta soltura. ¿De verdad lo hice? No me di cuenta, le insistí. En ese momento entendí, por vez primera, que el cuento de que los mexicanos tenemos una relación demasiado cercana con la muerte es cierto.

Había llevado, con afán de no extrañar demasiado, bolsas de papitas. Extrañaba las cosas más insólitas, como la sopa de fideos o el Tehuacán con limón. Cuando me dieron algo que supo a quesadilla de harina de trigo casi me puse a llorar. Una tarde, en medio del calor apabullante que no cedía, de repente llegó el frío. El frío, como el frío de la Ciudad de México, que desaparece al sol pero que cala los huesos en la sombra, que se mete por todas las rendijas y al que ningún edificio afrontará con dignidad. El frío que parece disiparse a medio día, que es el frío de principios de noviembre.

En medio de esas noches oscuras, frías, con las fiestas hinduistas y sikhistas, los edificios se llenaron de foquitos, los balcones del dormitorio se llenaron de lámparas de aceite, y todos los pisos se llenaron de tapetes hechos con polvos de colores. Coincidió Diwali con el 2 de noviembre y con una soledad apabullante, y de repente quise, con todas mis fuerzas, que mis muertos llegaran a hacerme compañía.

Ese año, cuando volví, puse una ofrenda con velas que dejé prendidas toda la noche, con miedo y emoción de que llegaran. Además de comida y flores y alcohol, les puse a mis abuelos textos que me habían publicado: que vengan y se enteren de lo que estoy haciendo.

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Nadie puede decir, a ciencia cierta, qué va y qué no va en los altares de muertos: la ofrenda es una mezcla de tradiciones heredadas que cada quien pone como quiere. El altar que yo pongo es el resultado de una clase que tomé sobre la muerte en el mundo nahua antiguo. Aprendimos que en el mito de la creación nahua, Quetzalcóatl viajó al inframundo para pedirle a Mictlantecuhtli huesos, que luego recolectó de la tierra para que Cihuacóatl los moliera en una vasija de jade junto con un grano de maíz: así consiguieron una masa para hacer a las personas (me imagino que era una masa parecida a la de los tamales). Aprendimos sobre la diferencia entre yoliztli, la vida, que está hecha tanto de la muerte como de la existencia, y nemiliztli, que sólo se refiere a la existencia. En este mundo prehispánico, la muerte es generadora de la existencia y no sólo su conclusión, un epílogo incógnito del tomo principal que es el paso por este mundo.

Aprendimos que para los nahuas antiguos, como para los romanos, el inframundo al que ibas después de morir no dependía de cómo te habías portado en vida, sino de cómo habías muerto. Los nahuas antiguos tenían cuatro lugares: Mictlán, Tlalocan, Tonatiuhichan y Cincalco. Al Mictlán iban los que morían de viejos; al Tlalocan, los que morían ahogados o por enfermedades de la piel; al Tonatiuhichan, los guerreros y las mujeres que habían muerto durante el parto, y al Cincalco, los bebés. Aunque luego los frailes intentaron hacer que cada uno de estos mundos fuera un análogo de la cosmogonía cristiana (el Mictlán, como estaba bajo tierra, se convirtió en el Infierno, y el Tlalocan, como era un lugar fresco lleno de árboles frutales lo convirtieron en el Paraíso), no podemos equiparar nada de la cosmovisión nahua con la concepción cristiana del mundo, la muerte, y el más allá.

Cada muerte tenía una ceremonia particular, complicada, con sus propios rituales complejos que quizás daban más alivio a los dolientes que las respuestas tanatológicas del mundo occidental. La muerte era generadora de vida, y de ella dependía que siguiera existiendo el mundo. Pero también, para celebrar a los muertos, en distintos momentos del año (aniversarios de muerte o celebraciones para los dioses) se hacían fiestas y ofrendas, se les ponía incienso, flores, y quizá algún sacrificio: sangre, animales, y en casos de muertos y fechas importantes, sacrificios humanos, a veces de cautivos y a veces de gente que se ofrecía voluntariamente para ser sacrificada.

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Primero pondré las fotos: esos cuatro retratos que nunca se guardan son lo más importante para que lleguen mis abuelos. Para que vengan, los muertos tienen que estar representados, y las personas se conforman del cuerpo, el alma y el corazón. Los nahuas antiguos ponían las cenizas o los huesos (que desenterraban especialmente), el mechón de la coronilla que se cortaba al nacer y al morir (donde los dioses habían mandado el alma), y una piedrita de jade (el corazón). Yo no tengo más remedio que hacer lo que hacían las viudas de los guerreros y poner muertos-divinos, hechos con papeles con hule donde se pintaba el retrato del muerto ausente, tradición que luego se convirtió en poner un retrato y que ahora cumplimos poniendo una foto. Para que de verdad estén presentes, y a falta de su alma y su corazón, pondré cosas que hayan sido de ellos (una pluma, unos lentes, un collar), porque representan lo que hicieron en vida y, por lo tanto, lo que fueron.

Quizá mentí: lo primero que haré es sacar las fotos de donde están: mientras mis abuelos esperan en la mesa, limpiaré el lugar de mi altar, haré plataformas con cajas forradas, quitaré cualquier cosa que pueda estorbar, y llenaré todo de papel de colores. El papel picado, que como su nombre lo indica (“de China”) es herencia del contacto asiático a través del Galeón de las Filipinas, es un eco lejano de todas las representaciones nahuas protagonizadas por esqueletos. Cada año busco nuevos diseños que muestren ese mundo liminal donde la muerte es otro espacio de vida, ese espacio que no es ni nahua antiguo ni cristiano, donde una calavera saca del horno pan de muerto y otra se sienta frente a la computadora, y cada año me esfuerzo en que mis colores sean lo más festivo posible. El papel, que en el mundo nahua antiguo quizá simbolizaba el agua y cumplía una función ritual importantísima (pero que, cortesía de la destrucción propositiva de los conquistadores, no conocemos), ha llegado ahora como símbolo de fiesta.

Después de preparar el lugar y poner de vuelta a mis abuelos, ahora con sus cosas, pondré mi colección de calaveritas de azúcar de todo tamaño. Los nahuas antiguos vivían rodeados de calaveras, pero a nosotros no nos queda más que recurrir a los simulacros de azúcar, una concesión de los españoles que sin duda tuvieron que hacer a regañadientes. Atrás de la Catedral de la Ciudad de México, en lo que fue el Calmécac y que hoy es la Casa de España, hay un museo de sitio donde se puede ver un fragmento de quijada, con restos de pintura roja, y con una serpiente de fuego tallada. La decoración, y sobre todo las flores, era una manera de hacer a los objetos sagrados, y no me queda la menor duda que las calaveritas de azúcar con sus coloridas coronas son herederas directas de esta manera de enaltecer todavía más a la muerte hecha huesos.

Luego vendrán las flores, cempaxúchitl, naranjas como el sol y como la vida misma, que hay que ponerles porque las flores representan lo sagrado. El olor y el humo eran un puente importante entre nuestro mundo y el de los dioses, y por eso yo busco poner siempre flores de verdad, cuyo olor atrae a los muertos (mis parientes con problemas respiratorios me han firmemente el copal). Compraré un ramito de cempaxúchitl silvestre: una colección de florecitas pequeñas, con apenas cinco pétalos, que crecen como hierbas por la ciudad. En el coche, a medio día, las flores, sobre todo las salvajes, llenarán todo de su olor, obligándome a abrir las ventanas para escapar de ellas. Después de las flores vendrán los foquitos eléctricos para no quemar la casa y las veladoras a las que me aferro la noche del primero y el dos de noviembre, para guiar a mis abuelos y ayudarlos a llegar bien.

El altar estará listo entonces, o casi listo: faltará todavía lo más importante: la ofrenda, aquellos regalos que le ofrecemos a nuestros muertos. Primero, pondré alcohol en vasitos porque, además de que es el tipo de cosas especiales que se sirven a los invitados en una fiesta, para los nahuas antiguos la ebriedad ayudaba a comulgar con lo sagrado. Y después vendrá el pan de muerto: esas bolas de harina, huevo, azúcar y mantequilla que llegaron a México a mediados del siglo xix, herencia de la panadería francesa. La masa con harina de trigo, pero también con huevos, azúcar y mantequilla es un invento medieval francés que ahora llamamos masa “brioche”, una masa que necesita mucho cuidado: horas de amasar y reposar que ayudarán a que crezca esponjosa en el horno. Y el sabor tradicional, ese gusto casi imperceptible a naranja, lo da el agua de azahar, un ingrediente que gracias al avance de la alquimia apareció en Europa en el siglo xvi, cuando lograron destilar la esencia de las flores de azahar; sabor que los franceses adoptaron para muchísimos de sus postres.

El pan de muerto, mi pan dulce favorito: panes que en otros lugares conservan la forma de persona, pero que aquí en el Ombligo de la Luna han adquirido la bellísima forma de montaña, sin duda herederos de las ofrendas con forma de montaña que se les hacía a los muertos que iban con Tláloc a ayudarlo a traer la lluvia, montañas que con sus huesitos conservan algo de las efigies que se hacían de los muertos.

Porque, aunque la propaganda colonizadora nos diga lo contrario, en el México antiguo no había canibalismo. Se practicaba antropofagia ritual, donde la gente comía carne humana como ceremonia, como signo de respeto y admiración por el muerto, una manera de absorber la fuerza vital de esa persona. Sobre todo, la mayoría de la gente no comía carne humana casi nunca. Así como los humanos se hicieron con huesos molidos y un grano de maíz, para el mundo nahua antiguo la comida en sí estaba ligada, simbólicamente, con el ser humano (no es casualidad, creo yo, que al centro del maíz se le llame olotl mientras que al corazón humano yolotl, o que tanto carne como hombre se diga tlaca). En las ofrendas nahuas, que se hacían en distintos momentos y de distintas maneras dependiendo de qué tipo de muerto se iba a conmemorar, podía haber figuritas hechas de semillas y miel: efigies que representaran a los muertos y que quizá se bañaban con sangre como un sacrificio para ellos y los dioses. El momento más importante era el final, cuando los vivos comían las figuritas en un gesto de antropofagia ritual, comiéndose al muerto al comerse la comida que ellos ya habían probado y que se había vuelto una manifestación más de ellos (no muy lejano de comer la carne de Cristo hecha hostia).

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De chica nunca supe qué hacer con la comida del altar, pero he aprendido a comerla: pondré en el altar pan de muerto, dejándolo toda la noche para comerlo al día siguiente. Pondré también comida especial, distinta para cada uno de mis abuelos. Y sobre todo, iré por el último vestigio que nos queda de esas efigies de semillas, efigies con forma de cráneo y hechas con la semilla sagrada de Huitzilopochtli (tan sagrada que los españoles prohibieron su cultivo y casi desaparece, y que aunque hace quinientos años se comía en todo momento ahora sólo comemos como dulces): una calaverita de amaranto, puesta en el altar dos días para que mis muertos la habiten y pueda coincidir de nuevo con ellos.

Veo en redes sociales el amor con el que mis amigos, estén donde estén, recuerdan a sus muertos. Pienso en esa vez hace dos años cuando, en medio de Inglaterra, caminé durante horas en el barrio hinduista buscando flores de cempaxúchitl (que en el hinduismo también se usan para los dioses y para los muertos) y al final de casualidad arranqué de la maceta de un pub. Pienso en las horas que invertirán algunos en hacer mole y tamales que sus seres queridos no comerán. Pienso en todos los que, ante la necesidad, harán su propio papel picado y flores de papel. Pienso en toda la gente que romperá su rigurosa cuarentena para comprar papel, calaveritas, flores y veladoras. También pienso en cómo justificarle a otras personas todo ese esfuerzo para gente que ya no está.

No puedo decir, en medio del riguroso cientificismo con el que explico el mundo, exactamente de dónde vienen mis muertos, pero me aferro a creer que una vez al año regresan. No he dejado de quererlos, y pensar que de vez en cuando vuelven es una tabla flotante que me ayuda a seguir en este mundo a la deriva, este naufragio que apareció cuando murieron y del que nunca voy a salir. Acabo de aprender que hay quienes no ponen el altar los primeros años de muerte para no distraer a nuestros muertos de su camino, pero yo creo lo contrario. Necesito que regresen, que se enteren de lo que estoy haciendo ahora que no se los puedo decir por teléfono. Quiero distraerlos, que vuelvan, y que nunca se terminen de ir.

 

Ana Laura Magis Weinberg
Fue becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas y realizó una residencia en el Centro Banff para las artes. Actualmente hace un doctorado en Literatura y Cine.

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Publicado en: Registro personal