¿Qué es la ambición si no el deseo de pasar a la historia? ¿Y qué es el deseo de pasar a la historia sino la pulsión de convertirse en estatua? El siguiente ensayo reflexiona sobre la tendencia a la auto-museografía de cierto dirigente político cada día más convencido de que su virtuoso destino, ¡oh, su destino filosofal!, está labrado en piedra.
Me atrevo a decir que en vez de un mesías lo que él más quiere ser en la vida es una estatua. No algún día, hoy. No por nada de niño le decían “piedra”, porque pegaba duro.1 Una costumbre infantil que no parece dispuesto a soltar: pega diario, y duro. Si comparamos su persona pública con la de hace algunos años veremos que, en efecto, está profundamente comprometido consigo mismo para llevarse, con esmero y tesón inextinguibles, a ese estadio superior: las estatuas conmemorativas. Quiere ser un monumento, pues. Sólido, grave, edificante, con una sombra imponente proyectada hasta donde alcanza la vista, y más allá.

Ilustración: Ricardo Figueroa
Esto lo vemos no sólo en su manera de expresarse, cada vez más parsimoniosa y crepuscular, como si se estuviera apagando, aunque con algunas intermitencias que lo devuelven esporádicamente al lenguaje. Tampoco es una cuestión exclusiva de su discurso, que se va despoblando hasta casi vaciarse, entumirse. Las estatuas no necesitan hablar, dicen con su mera presencia; se enuncian a sí mismas. Él quiere eso: ser una entidad simbólica; un sermón hecho piedra. Las huellas de su transformación personal —lo único que parece concitar genuinamente su interés— se observan también en el modo en que ha ido endureciendo las que de por sí ya eran férreas creencias; sus dos o tres ideas pendiendo como rígidas estalactitas del techo del salón donde lanza loas a sí mismo todas las mañanas, imaginando que son frases labradas a los pies de su pétrea figura.
Como un actor que se prepara durante meses para encarnar un personaje complejo, él ensaya todos los días para su gran papel: la estatua de bronce. Incluso ecuestre, de ser posible. Cada día más inflexible, como su anhelado metal, y más tieso, como un tronco —¿acaso hay algo más austero que la madera, se pregunta él?—. Las estatuas no cambian, si acaso se vuelven más ellas conforme pasa el tiempo. Más forma que fondo, las estatuas cívicas van olvidando aquello que solían representar —próceres y alguna que otra señora imaginaria— y terminan disueltas en una vaguedad cursi y reiterativa que justifica su existencia sólo en términos de peso y volumen. Es una ley: su valía va a depender por entero de la cantidad de materia que posean. Pero él quiere precisamente eso: pesar. Sabe que es costumbre de la gente, a la larga, recordar apenas y la superficie de la historia; no las batallas, no los logros, ni siquiera realmente los fiascos, gracias a Dios; únicamente las figuras, levemente alegóricas, que como grandes hielos sobresalen de las aguas cotidianas en que navegamos, y nos hundimos, los demás. Como decía Monsiváis: “a la escultura cívica los héroes llegan ya sin dar explicaciones”. Y él sueña con eso: no tener que aclararle nada a nadie; alcanzar rápidamente el punto de congelación; solidificarse ante las preguntas incómodas. Aspira a ser impermeable como roca a las ideas de otros, a la crítica. Inconmovible, incluso ante las peores desgracias.
Nadie espera que las estatuas sientan cosas, que lloren por nosotros. No, ellas están ahí, imperturbables, con el rostro plácido, mirando hacia el horizonte. Las efigies de la historia tienen terribilitá, pero no melodrama. Nunca se las ve con el rostro desencajado o gemebundo; en contorsión agonizante. No se infunde fácilmente terror a un héroe, piensa él, nada lo intimida. Una convicción que se refleja en su rostro matutino, siempre sonriente. Aunque la situación no dé para eso, él se muestra complacido, incluso ríe de pronto. No vaya a ser la de malas que quede convertido en estatua de marfil justo en el momento de una mueca grotesca. Y se debate entre ser una estatua de cuerpo completo, como el magnífico Julio César del Foro Romano, pero sin falda; o nada más ser un busto, como el bello Adriano de los Museos Capitolinos, pero con corbata. Nadie quiere que le hagan una estatua que lo represente tirado boca abajo, por ejemplo, o arrellanado en un sillón.
Quizá por eso le gusta repetir la estampa que nos regala todas las mañanas, donde lo vemos erguido detrás de un podio que le corta el cuerpo del tórax hacia abajo, convirtiéndolo en nada más que un pecho como de gallo que se infla de orgullo cada vez que la boca más arriba dice algo. Así le gustaría que lo recordáramos: como un torso petrificado en ese momento feliz, feliz, feliz, con nada más que un par de zapatos, su bautismo y una sonrisa que delata una robusta tranquilidad de conciencia, ajena a toda canallada que pudo cometerse en el pasado. Nadie le lee la cartilla a una estatua. Él tiene incluso una teoría: las estatuas y los santos se parecen; andan por ahí, paraditos, prestando oídos a los dramas del mundo. Más todavía, algunas estatuas son santas, se les reza, incluso. ¿Será por eso que le gusta apuntar con el dedo constantemente, porque ha visto que los santos suelen tener la mano inequívocamente levantada, en actitud de bendecir?
Y cuando llega el momento de dejar el podio para que sea alguien más quien hable bien de él —es importante diversificar la fuente de los elogios infinitos—, entonces se planta detrás del orador, cual gárgola mirando desde las alturas a los pobres mortales. El gesto entonces se torna paternal: severo y afectuoso a la vez. Guardián silencioso en la cima del templo. No estaría mal poder tener incluso dos cabezas, piensa él. Ser muchos.
De hecho, algo de las estatuas lo frustra un poco: su escasa ubicuidad; esa tendencia resignada a quedarse en un solo sitio. Un descontento que, sin embargo, no lo hace recular de sus planes de encumbrarse, de, literalmente, subir a mucha altura; si no le convendría más ser una escultura adosada a un edificio. No un tímido relieve, un bulto redondo, de preferencia sentado, como Lincoln, “sentado en el mármol, a la luz de la luna / sentado solo en el mármol, a la luz de la luna”.2
Más allá de su pronunciación tarda y vacilante, como sólo puede ser apropiado para alguien que va en camino a consolidarse, a convertirse en algo definitivo e inmóvil, hay motivos de sobra para creer que él está a punto de abandonar su humanidad y pasarse a la estatuaria. Lo vemos en su convencimiento marmóreo de que su destino está labrado en piedra, pues él está llamado a ser grande, a ocupar metros, se entiende. La fe de hierro que tiene en sus poderes salvíficos no está oculta para nadie. Lo dicen repetidamente sus gacelas, ahora elevadas a secretarias de estado: él es el bueno. Y sus diputados corren a ponerle veladoras. A él esto lo llena de amor al prójimo (“¡viva el amor al prójimo!”, dice) —si malagradecido no es. Y por eso, más que un gobernante, a ratos parece un hagiógrafo entusiasta. O, mejor dicho, un autohagiógrafo.
Tiene sentido, entonces, que sea un seguidor fervoroso de la Historia de Bronce, cuyos episodios míticos ofrece todas las mañanas a quien quiera escucharlos, como metáforas de los actos trascendentes que él mismo podría llevar a cabo, si tuviera el tiempo. Pero no lo tiene, la metamorfosis plástica en la que está inmerso, con el concurso de todas sus fuerzas, no le da respiro. No puede, por tanto, resolver los asuntos mundanos que a todos nos preocupan, por encontrarse ya en una esfera mucho más elevada; por estar, pues, en un estadio de conciencia superior, parecido al zen en cuanto al no-pensamiento, al dejar pasar las ideas como nubes en el cielo, pero no en cuanto a la llegada a una conciencia cósmica; eso sería demasiado etéreo y disgregado. Él desea lograr la conciencia absoluta, pero sobre sí mismo; aglutinar la materia en torno a sus designios; concentrar el cosmos en una sola figura, en un solo mantra: yo. Él no necesita desear lo que empieza más allá de su perímetro. Su piel de piedra es el límite del mundo.
Cada día procura hacernos saber, de algún modo, que lo que él más quiere es que lo veamos, no como un hombre vivo, sino como un volumen eterno. Una masa trascendental pegada a un micrófono. Y confía en que, por una generosa extrapolación, basta evadir el estado de homo sapiens y entrar de lleno, frente a nuestros ojos azorados, en la vida quieta de la materia inanimada para merecer un pedestal hundido en los cimientos de la historia. Una hazaña nada despreciable, piensa él. Por cosas menores se han erigido memoriales. A algunos les ha bastado con morirse, se dice a sí mismo, como intentando darse ánimos; por ejemplo: aquel joven candidato, asesinado a media campaña, que hasta plaza tiene. No nació ayer, sabe que es suficiente postularlo para que, en un acto —no lo llamemos de espiritismo, en política es mejor hablar de intermediación—, las acciones gloriosas llevadas a cabo por otros en el pasado se conviertan en propias. Decir, por ejemplo, que no sólo se siguen los principios maderistas, sino que incluso se los pretende afianzar (esos verbos clave: forjar, labrar, apuntalar). Las estatuas no hacen la historia, la ven pasar.
Tal vez por eso le gusta dar sus informes desde el centro de una plaza vacía, porque imagina que así han de ser los monólogos de las estatuas: un canto borroso con un par de palomas alrededor, fingiendo interés en el discurso. También es por esto que se muestra reticente al diálogo. Siente que no debe hablar más que consigo mismo, pues las estatuas callan y sólo los locos, los vagos y algunos conservadores las interpelan. De ahí que su reacción sea tan hostil cuando los monumentos son, como él dice, vandalizados. Le parece un ultraje a su especie, a su broncínea familia, y sobre todo teme correr la misma suerte en algún momento. No quiere ni imaginarse con el pelo pintado de rosa, con brillantina en el saco.
A él las causas nobles le parecen eso, nobles, y las defiende hasta donde se lo permite su ambición de ser el centro inmóvil de la rueda cotidiana que gira para todos menos él. Considera que se trata de una misión suficientemente digna como para arriesgar el presente por el futuro. Y lo único que le duele es que no se lo reconozcamos. Que no lo llamemos por su nombre: oh, gran piedra filosofal.
A lo mejor por eso admira al general Cárdenas, un hombre tan reservado y silencioso que se acabó ganando el apodo de “La esfinge de Jiquilpan”. ¡Qué ganas de ser una esfinge, piensa él, una pirámide, aunque sea! Por las noches sueña que es un hemiciclo, un espacio escultórico, una columna infinita. De día sopesa las ventajas de volverse, ya directamente, una cabeza gigante, como la de Benito Juárez en Iztapalapa que, cosa fantástica, es además un museo. ¡Ser un museo!
Él puede no saber que fue gracias a Marcel Duchamp que aprendimos que en el interior de los museos los objetos significan más que sí mismos, pero claramente lo intuye. Afuera, un urinario es un urinario; adentro, es una obra de arte. Un presidente es afuera un presidente; adentro, no somos lo mismo, dice él, recurriendo al plural mayestático: somos esculturas. Tal vez esta es la razón de que haya decidido irse a vivir a un museo, antes palacio. Eso le encanta: que lo veamos parado, no tanto al lado de los cuadros y objetos valiosos que contiene su casa como de las cédulas que los acompañan. Parte de su plan educativo, por televisión, es enseñarnos a verlo, no como el habitante privilegiado de una vieja mansión, sino como una obra de arte. Es una cuestión estética, y moral, desde luego. Ya lo dijo Santo Tomás: lo bello y lo bueno son fundamentalmente idénticos.
Entonces, más que ser un cura, como advierten algunos, lo que él ansía es ser un curador. Con la doble acepción del término: entre sanador y museógrafo con ideas. Creemos que gobierna cuando en realidad lo que está haciendo es organizar, con sumo cuidado, la primera Exposición Universal de la 4T, en la cual, desde luego, él será la obra central; una que, por cierto, va a reunir en una sola creación tres de las siete maravillas del mundo antiguo: Coloso, Faro y Zeus, pero sin la parte de oro, un material demasiado opulento para él. Por eso es que anda tan atareado últimamente, moviendo piezas de aquí para allá, probando cómo se ve todo de cabeza o tirado en el suelo. Así son los procesos, piensa él: serpenteantes, retorcidos. Le gusta imaginar que el país es su maqueta: coloca casi con ternura el avioncito en el centro, más allá el trenecito, los soldaditos, la refinería en miniatura. Y, como buen conservador, como se le llama en el ámbito de los museos al encargado de conservar lo que haya que conservar, decide que algunas cosas, por el bien del proyecto, no pueden estar en la exposición, porque son de mal gusto: mujeres que protestan, escritores que critican, campesinos que se rebelan, activistas que se activan. Aquí sólo caben las estatuas patrióticas, los jugadores de béisbol, los hombres que antes dejaron caer el sistema pero ahora aparecen redimidos, los vendedores de billetes de loterías metafóricas, los siervos de la nación, el mole con pollo, las pitayas, los expresidentes, las curvas aplanadas y hasta las fuerzas armadas, pa’ que rime. Y a quien no le guste que se cambie de país.
Lo único que preocupa de las estatuas es que nunca se van. Hay que derribarlas.
María Minera
Crítica y activista cultural.
1 Como observó Enrique Krauze en su célebre ensayo, “El mesías tropical”.
2 Langston Hughes, “Lincoln Monument: Washington”.
Excelente crítica de Arte, una excelente descripción de la gárgola.