La nueva película de Michel Franco pretende cuestionar la fragilidad de una sociedad injusta. Esta reseña argumenta que, pese a que tiene momentos estéticos acertados, el filme no consigue su cometido.
Es la boda de la hija menor de una familia poderosa. Hay música, comida, conversaciones discretas que ocurren dentro de la casa; sobres con dinero, favores y negocios. Un grupo de choferes y guardaespaldas cuida los coches y la entrada. Se intuye que hay un mundo afuera, pero detrás de esas puertas, durante la fiesta, operan otras reglas. Es la primera entrega de El padrino y es también Nuevo orden (Michel Franco, 2020), que escenifica la versión Pedregal de la mafia siciliana. Las escenas de la boda son, casualmente, los mejores momentos de la cinta: la cámara se mueve con soltura por los espacios de la fiesta, siguiendo a uno u otro personaje; las conversaciones a medias dan cuenta de algo que sucede más allá de los límites de la casa. “Un caos el aeropuerto”, dice uno de los tíos que acaban de llegar, y entonces decimos nosotros: nada nuevo. Nadie, en esos veinte primeros minutos de la película, parece demasiado sorprendido por lo que pasa en las calles: la protesta que tiene lugar es una más, intuyen, de una serie de manifestaciones recientes. Es curioso cómo los invitados hablan del mundo más allá de la casa: “Cómo está afuera”, “Se está poniendo feo”. Lo que pasa es eso que todos saben que pasa, que lleva pasando tanto tiempo, y que no tiene nombre o que no se dice por superfluo: para las clases altas vivir en ese país, en ese tiempo, es compartir la impresión de una catástrofe que les sucede a los otros.

Ilustración: Kathia Recio
Hay señales de que el círculo se cierra sobre los Corleone de la calle Nube: una invitada llega con el cuello salpicado de pintura verde; se escucha el rumor lejano de las patrullas; la madre de la novia abre la llave del lavabo y el agua sale color raspado callejero de limón. El afuera se cuela de a poco en el adentro impenetrable. Hasta que, por fin, sucede la invasión: cuatro personajes anónimos, pintados de rojo o manchados de sangre (sucios, en todo caso, en contraste con los invitados de la boda) se brincan la barda y están, de pronto, en el centro de la fiesta. Cuando el capo llama a sus guardaespaldas descubre la íntima traición: los trabajadores de la casa se vuelven contra sus patrones. Lo que sigue es un estallido de violencia, el saqueo de la casa que recuerda a Flores de papel, de Gabriel Retes (“Muy pronto la miseria irrumpirá en los salones de la burguesía, destruyéndolo todo”, decía, oracular, el póster de la película de 1977), pero también a Viridiana (1961) de Buñuel y, quizá por encima de todo, a la última de Batman (El caballero de la noche asciende, 2012), la otra cinta de Hollywood a la que Franco rinde homenaje, así sea involuntariamente.
La turba mata, roba, cachetea. Destruye piezas de arte, pinta de verde los muros de la casa. Todo es gritos y balazos, ejecuciones sumarias y letreros de “Putos ricos”. Como en la Ciudad Gótica de Bane (“The powerful will be ripped from their decadent nests, and cast out into the cold world that we know and endure. Courts will be convened. Spoils will be enjoyed. Blood will be shed!”),1 la revuelta es pura rabia… pero también es caricaturesca. Junto a ese letrero de “Putos ricos” se dibuja un “☮”. El ejército, nos dice la radio, empieza a tomar control de ciertas colonias. Para la mañana siguiente sólo quedará la resaca del grafiti (“Muerte”, “60 millones de pobres”, “Justicia”, “Ni una más”, “No al gobierno asesino”; como un mash-up extraño de grandes éxitos), los cadáveres apilados y una tienda Louis Vuitton vandalizada. Empieza, nos advierte la televisión, el nuevo orden.
La novia de la boda, por cierto, ha evitado el asalto: reforzando la idea de que la única solidaridad posible entre clases es sentimental (ajem, Roma), Marian (Naia González Norvind) abandona su propia fiesta para llevar al hospital a una mujer que solía trabajar para la familia. El día después deEl Estallido, el ejército la “rescata” del barrio popular para, supuestamente, regresarla al Pedregal. En el camino, en realidad, la secuestran y la llevan a una especie de campo de concentración (¡perros que ladran!, ¡luz mortecina!, ¡manguerazos de agua!, ¡la banalidad del mal del militar que come una torta de huevo!) donde han detenido a otros nacionales y extranjeros (todos blancos) con la esperanza de hacer negocio con sus apellidos. Esta es la historia que en verdad le interesa a Franco. No la de la revuelta (de pronto desaparecen la rabia y la pintura verde), tampoco la del golpe militar, sino la alegoría de un secuestro. Como sucediera con Daniel y Ana (Franco, 2009), a esa nuez narrativa cada vez se le agregan más elementos: ¿y si los secuestradores fueran militares?, ¿y si los militares tomaran el control de la ciudad?, ¿y si también imponen un toque de queda en, no sé, Coahuila? Hay algo, pensé en este punto de la película, que lo hace parecer todo de chocolate. Los fajos de billetes que las personas traen en la bolsa; los ubicuos gritos de los militares, el cuaderno Scribe en el que apuntan los nombres y el teléfono de los secuestrados. “¿Cómo te llamas?”, le preguntan a una. “Susana”, responde la mujer. “Susana qué”, grita el milico. “Archambault”, responde Susana. El militar vacila con la pluma en la mano. Hay un momento de duda: ¿alguna de esas vocales lleva acento circunflejo? “A ver”, le pide mejor, “anótalo”.
En momentos de humor involuntario como ese, la película traiciona o subvierte la seriedad con la que quiere presentarse pero no puede. No hay, aunque parezca, una tesis que se defienda: por eso no importa qué hace ahí el símbolo hippie ni el porqué de esa toma cenital sobre decenas de cuerpos mutilados y desnudos el día después del estallido. Puro épater la bourgeoisie, en el sentido más literal posible. Nuevo orden es una de esas películas que son, en realidad, una anécdota; cintas que se agotan después de los veinte segundos que toma resumirlas porque son esa ocurrencia. De ahí que no consiga que nos preocupe nunca ni el destino de los secuestrados ni el de la familia ni el de los chilangos bajo el toque de queda ni tampoco el del país, nada más y nada menos que después de un golpe de Estado.
El “nuevo orden” en realidad se parece mucho al viejo: la familia de Marian se muda del Pedregal a otra zona de la ciudad donde no hay presencia militar, a otra casa donde también hay amplio espacio para sus libros Taschen. La familia espera instrucciones de los secuestradores. A la enfermera del patriarca se le pide “traer un trapo” para sacudir una mesa. La familia tiene influencia con los mandos militares. Los empleados domésticos, los mismos que antes de la boda, son los sospechosos del secuestro. Estos, para llegar al trabajo, deben subir a un camión que los lleva a una terminal, donde suben a otro camión que los lleva a otro punto, donde los recoge una camioneta para llevarlos a trabajar a casas que les quedan a tres horas de distancia. Nada nuevo. Pero sobre todo, es esa connivencia entre el poder económico y el poder militar el que asegura la continuidad de los parques. En Ciudad Gótica, la policía restablece al final de la película la ley antigua: la que creó, de cierto modo, las condiciones de posibilidad de la violencia orgiástica de Bane y la revuelta popular. Todo queda como un mal sueño. Nuevo orden sugiere una lectura parecida, no sólo porque el ejército cumple una función idéntica, sino porque en esa extraña secuencia inicial, en la cual se escucha Shostakovich de fondo y se nos ofrecen visiones efímeras e independientes del resto de la película, vemos a Marian de espaldas, dormida la noche antes de la boda. El sueño de su razón produce monstruos: soldados que secuestran, ejecutan a quemarropa y queman cadáveres. Lo ominoso es que la pesadilla no nos lo parezca. La película cierra con el marcial Toque de bandera, y quizá no haya tonada más escalofriante que ésa para quien sigue las noticias de estos días.
Luis Madrigal
Dos veces finalista del Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional, exmiembro de la Academia de Críticos del Festival de Cine de Nueva York.
1 “Los poderosos serán arrancados de sus nidos decadentes y lanzados al frío mundo que nosotros conocemos y soportamos. Habrá juicios. Se disfrutará de los despojos. ¡La sangre correrá!”