¿Qué es una crónica? ¿Qué la separa de la historia y del ensayo? Aquí se exploran estas preguntas a partir de una relectura de las cartas que Plinio el joven escribió en el siglo I sobre la catástrofe que destruyó a la ciudad romana de Pompeya.
Me imaginé que ahora debía morir con todos los otros y que todos los otros debían morir conmigo. Eso fue un gran consuelo, aunque desgarrador.
—Plinio el joven, 79 d.C.
Plinio el joven es un personaje importante para el género de la crónica. Nacido en la ciudad de Como, Italia, en el año 61 d.C., perdió a sus padres desde joven y fue adoptado por su tío, Plinio el viejo, reconocido naturalista de la época. El joven aprendió mucho sobre el mundo natural de su tío. Sin embargo, sería recordado por sus famosas cartas.
A los 18 años de edad Plinio vio una noche de la cual el mar resistía. En el año 79 d.C. las ciudades de Pompeya y Herculano padecieron a causa de una erupción sin precedentes en la historia. Al sur de Italia el volcán Vesubio despertó y transformó el mundo de Plinio. La erupción acabó con la vida de su tío y tutor, hecho que lo llevó a escribir una serie de cartas al historiador Tácito sobre la tragedia. Tal y como describe el joven Plinio, el Vesubio ocultó ciudades completas bajo su noche:
Hacía una hora que debía ser de día, y sin embargo reinaba alrededor una pálida luz crepuscular. […] Frente a nosotros había una horrorosa nube negra, desgarrada de vez en cuando por grandes lenguas de fuego.

Esta imagen es catastrófica. Plinio presenció a multitudes enteras observando una nube surcada por rayos de fuego que ocultaba bajo su manto la luz del Sol. Si bien la historia de Pompeya es estremecedora, los hechos se vuelven ideas en el momento en que Plinio los describe. A partir de ese instante, la catástrofe es de todos.
El infierno que emergió del Vesubio dejó cautiva a la ciudad de Pompeya. Hoy en día podemos ver a su gente y casas congeladas en el tiempo por la ceniza. Uno de los aspectos más impactantes de la tragedia del Vesubio es que conservó el “movimiento” de la vida, aún sin ella. Todavía podemos ver a las personas de Pompeya realizando acciones que nunca van a terminar. En palabras de Walter Benjamin:
[…] lo cierto es que la ceniza se amoldó a cada pliegue de la ropa, cada curva de las orejas y se metió entre los dedos, los pelos y los labios de la gente. Luego se solidificó mucho más rápido de lo que tardaron los cuerpos en descomponerse, y por eso hoy tenemos reproducciones tamaño real de personas que cayeron mientras corrían y luchaban contra la muerte o, cómo pasó en el caso de una muchacha, que se acostaron con los brazos doblados bajo la cabeza a esperar el final.
Desde varios kilómetros a la distancia Plinio vio y describió el fenómeno; como el volcán, él también estaba capturando la vida y muerte de Pompeya. En una de sus cartas a Tácito, Plinio narra como él mismo fue cubierto por la ceniza, pero la distancia le ayudó a seguir en movimiento. El recuerdo permaneció.
Las palabras de Plinio dieron pulso a aquello cubierto por la nube del Vesubio. El joven romano hizo una crónica precisa donde las líneas escritas se invitan una a la otra para formar una imagen. Nosotros, instalados en nuestro contexto, no podríamos entender a Plinio de no ser por el carácter literario de su crónica. Leemos a Plinio desde el poder de la analogía como elemento de su crónica.
La carta de Plinio no recrea la realidad; eso sería imposible. Su gran mérito fue captar los elementos fundamentales de ese momento y saber darles el contexto literario adecuado para transmitir en palabras la fuerza de un volcán.
Existen muchas formas de describir, y otras tantas de contar, sin embargo, Plinio tenía la difícil tarea de relatar algo que no entendía y de lo cual no contaba con antecedente alguno. Atrapado en esa coyuntura, el joven, redactó las horribles escenas relacionándolas con aspectos de la vida cotidiana, al mismo tiempo recurriendo e invitando a la imaginación.
Pero no bien nos detuvimos, la noche nos rodeó. No una noche sin luna o una noche oscurecida por las nubes, sino la noche de una recámara sin ventanas…
Cuenta Walter Benjamin, en sus breves pasajes transmitidos por radio en los años 30 del siglo pasado, que las casas romanas carecían de ventanas. Tanto la luz como el aire venían de un patio ubicado en el centro de las casas: una ventana al cielo que permitía la entrada a la lluvia. Tomando en cuenta la arquitectura de su época, la descripción de Plinio toma sentido. El romano retomó un elemento común de su cultura para describir la oscuridad sin precedentes. Sin este tipo de recursos literarios no podríamos hacernos una idea de lo que pasó en Pompeya. En un esfuerzo por expresar la destrucción del Vesubio, mejor dicho, la conservación, Plinio consiguió crear un momento y hacerlo visible. Él fue la ventana.
El género de la crónica dista de ser un mero retrato de la realidad. Los cronistas son artistas de su tiempo: toman fragmentos de su mundo para darle forma y pensarlo. Esto último es el máximo valor presente en estos textos: la crónica es la realidad vuelta literatura; es el mundo como idea.
Cuando pienso en Plinio el joven, medito también en otro autor: el gran corresponsal de guerra y cronista Ryszard Kapuściński. Al igual que Plinio, el polaco compuso en su crónica una realidad para reflejar otra. Múltiples recursos literarios se hallan en sus textos. En un pasaje sobre su primer trabajo como corresponsal fuera de su país escribe lo siguiente:
Comprendí que cada mundo entrañaba un misterio y que el acceso al mismo sólo lo podía facilitar la lengua. […] Más aún: descubrí una relación entre tener nombre y existir, pues cada vez que volvía al hotel me daba cuenta de que en la ciudad había visto tan sólo aquello que sabía nombrar.
La crónica es parte de la Historia, el cronista parte de su lugar en la sociedad para preservar aspectos de la cultura que lo rodea. La erupción del Vesubio fue un hecho que nos invita a reflexionar hasta la fecha, pero nuestra imagen de su historia quedaría trunca de no ser por el relato de Plinio. Si bien hoy vemos la ciudad de Pompeya sostenida en cenizas, de manera que las “estatuas” de la ciudad nos hablan desde ese súbito silencio, la labor de Plinio es más esperanzadora: narrar desde la vida. Lo anterior instala a la crónica como un hacer literario capaz de repensar, cambiar e inventar la forma del pasado. La crónica, para decirlo en corto, es la otra posibilidad de la Historia.
La característica que separa a la crónica de otros géneros de prosa es su cualidad de lienzo histórico y social. Por ello, podemos hablar de una forma de escribir con nombre propio. No debemos tomar a la ligera su aportación historiográfica, en especial, si buscamos entrever aquello que Agnes Heller señaló está en el centro: la vida cotidiana. Ahí es a donde apunta la crónica. Estamos frente a un género que no pretende construir la historia, sino más bien, dotar de coordenadas para entenderla a partir de su origen: la vida. Plinio el jóven, entonces, es uno de los padres fundadores de una forma literaria que transforma al presente en arte e idea.
Emilio Posadas Certucha