SEX, TLCAN y otras pandemias

La galería Kurimanzutto ha abierto sus puertas a un grupo de colectivos artísticos emergentes. Esta reseña explora las conexiones entre las propuestas de dos de ellos: Bikini Wax y Salón Silicón. La ironía y la sorna son medios muy eficaces en este caso para reflexionar sobre el legado político, estético y cultural de los años noventa.

A inicios de septiembre, apareció un video en el Instagram de la galería Kurimanzutto en el que los tres curadores de la galería Salón Silicón se acercan a una de las integrantes del colectivo artístico Bikini Wax, quien está puliendo una ballena. Con unguion sacado de la película Mean Girls, los curadores de Salón Silicón le preguntan a la artista, en inglés, dónde consiguió a su Keiko.

El Keiko en cuestión es la pieza central de la oferta de Bikini Wax en Siembra, una exposición que actualmente se encuentra en Kurimanzutto. Bikini Wax y Salón Silicón han sido invitados a ocupar  la galería “hasta donde el estado del tiempo lo permita”. Aunque el proyecto en Kurimanzutto se plantea como una exposición de seis espacios independientes, cada uno con su propia curaduría, las instalaciones de Bikini Wax y Salón Silicón, que ocupan salas colindantes, parecen hablarse la una a la otra.

Fotografías de Gerardo Landa Rojano. Imágenes cortesía de los artistas, Salón Silicón y kurimanzutto, Ciudad de México / Nueva York.

Por supuesto que ya se sabe: Keiko es la famosa ballena de Liberen a Willy. Pasó diez años en México, en Reino Aventura (ahora Six Flags). En la instalación, el cetáceo aparece  descuartizado. Su cuerpo es esquelético, con el estómago lleno de objetos no digeridos, en particular representaciones en barro de caricaturas de los años noventa, contrahechas y agonizantes. Pinky y Cerebro cuelgan de un agave; un Pikachu se convulsiona; una pequeña montaña de papas a la francesa se desborda de una cajita feliz que no logra sonreír. Otros personajes aparecen atrapados entre anillos plásticos de six-packs.

It’s NAFTA”, contesta la artista de Bikini Wax ante la indagatoria del curador de Salón Silicón. “From the nineties”.

Conforme uno explora la sala, la causa de la aflicción de Keiko y las caricaturas va quedando clara. Godzilla lleva una televisión que muestra la cara de Carlos Salinas de Gortari; Tomás el Tren aparece tendido, deforme, pintarrajeado con los logos de Ferrocarriles Nacionales de México. Peces con la cara de Bill Clinton y otras figuras políticas de la época nadan en la caja torácica de Keiko. Otra pantalla proclama: Greed is Good.

La ballena ha ingerido todo y su gula la ha matado. Yace muerta, pero sigue sorbiendo Coca-Cola a través de un popote. Dos piedras grabadas —a la vez lápidas sepulcrales y mandamientos bíblicos— se apoyan en lo que queda del cuerpo de Keiko, inscritas con los principios fundamentales del dogma económico neoliberal: reorientation of public expenditure, trade liberalization, privatization.

Los curadores de Salón Silicón felicitan a la artista de Bikini Wax por su Keiko vintage y continúan hacia su sala, susurrando entre ellos:

That’s the ugliest f*ing Keiko I’ve ever seen”.

La galería Salón Silicón, establecida en 2017, opera desde un salón de belleza en la colonia Escandón. En Siembra, la exposición en Kurimanzutto, sus curadores han montado un show intitulado SEX y dividido en tres etapas. La fase actual se llama “Play”; del 24 de Octubre al 19 de diciembre se llamará “Work”"; en 2021 será “Trauma”. Como la oferta de Bikini Wax, la propuesta de Salón Silicón se ocupa de las huellas estéticas, políticas y culturales de los años noventa.

Bajo el signo de Play, las caricaturas reaparecen, esta vez en versiones sexis. El cuadro más grande del espacio, Furrymanzutto de Lucas Lugarinho (Río de Janeiro, 1992) se ocupa de la subcultura furry,expresión de individuos que se disfrazan de animales, a veces con fines sexuales. En el texto que acompaña a la pintura, Lugarinho escribe que en su obra “las imágenes y el mundo físico conviven en un mismo ecosistema”.

Frente a ese cuadro está La dimensión deconstruida de Romeo Gómez López, quien también es uno de los curadores de Salón Silicón.  En la instalación vemos a un teatro de títeres en la que aparecen  dos hombres desnudos sobre una cama, todo finamente facturado en miniatura. La primera vez que visité SEX, las figurillas estaban acostados como si fuera una mañana vergonzosa en una cama ajena; la segunda vez, alguien los había puesto en medio de un revolcón. Play, literalmente.

En otra pared, las fotos de Sandra Blow capturan la vida nocturna queer y las capas sutiles del erotismo femenino, desde la experimentación entre dos chicas en una fiesta hasta la feliz soledad de masturbarse con la mano derecha mientras se come una rebanada de pizza con la izquierda. En estos tiempos de Sana Distancia, las imágenes parecen casi milagrosas.

Ocupando buena parte del espacio de la sala de SEX hay una cama matrimonial, una pieza de John Burtle (California, 1984) con un título polisilábico: Mariposones y Amigues or/and Book Blanket #3 (for Salón Silicón) and/or Is that a butt plug in your pocket or are you  just happy to see me?. Inmediatamente la pieza me hizo pensar en los anuncios espectaculares que el artista Félix González-Torres hizo en 1991, mostrando imágenes de su cama vacía después de que su pareja muriera de SIDA. Evidentemente, los dos proyectos son distintos. Entre otros materiales, la colcha de la cama de Burtle está cosida con retazos de shorts de basquetbol, una camiseta sin mangas con borde de encaje y parches de mariposas; sobre la colcha colorida descansan juguetes sexuales, sugiriendo que la cama es un espacio para el gozo imprudente. Pero plantear una cama vacía en una exposición queer sobre el sexo no puede evitar llevar una carga. El juego de Burtle, en otras palabras, tiene un trasfondo grave, incluso trágico.

La resonancia es especialmente perceptible cuando al alcance de la mano hay una obra del propio González-Torres: Untitled (Join), de 1991. Buena parte de la obra de González-Torres juega con la desaparición gradual de un objeto (suelen ser golosinas o pósteres) para hacer pensar a su audiencia en las muertes de la epidemia del SIDA, que cobró la vida del propio González-Torres en 1996. En este caso, el artilugio es el mismo —los invitados pueden llevarse a casa un póster, con el montón disminuyendo cada día— pero con más Play: la fotografía que lleva el póster, tomada por Michael Jenkins, muestra un hombre semidesnudo, su pene a plena vista, medio-vestido con chaqueta y gorra de marinero. Trae el pie de foto: JOIN, “únete”. Es un póster de reclutamiento del ejército —excepto que esta vez el enganche para los reclutas es la homosexualidad.

Tanto Keiko como SEX interrogan la década de los noventa como un momento de contingencias. Nuestro presente es la consecuencia de sólo uno de muchos desenlaces que entonces eran posibles; en todo caso nuestro desenlace actual ha quedado irreparablemente marcado por los traumas de  aquella  década.  El SIDA sigue estando presente, incluso en espacios de placer. Y ¿cuál  es el verdadero costo de las caricaturas en el estómago de la ballena? (Pienso en un amigo que me asegura que aprendió su inglés perfecto viendo los programas de Nickelodeon, un canal de televisión de paga que llegó a América Latina en 1996.) Estos ejes conceptuales se cruzan con tristeza en otra de las otras obras expuestas en SEX: Untitled (Eduardo), una foto que muestra a un hombre sin camisa apoyando las manos detrás de su cabeza. Bajo la foto los visitantes a la galería han dejado flores en memoria del artista, Alan Balthazar, quien falleció en el Hospital General de la Ciudad de México en 2017 por falta de acceso al tratamiento que necesitaba para combatir una infección relacionada con el VIH. El hecho de que en México todavía se pueda morir de VIH a los 28 años no es sino otro de los efectos de la privatización de los servicios públicos que comenzó en la década de Pinky y Cerebro.

Aun así, el play sigue siendo posible. El juego siempre se reinventa, bajo condiciones cada vez más complicadas, como una necesidad de la vida, dejándonos suspender nuestra atención a lo grave y lo serio. Para citar a la gran filósofa Regina George, la antagonista de Mean Girls:

Whatever, I’m getting cheese fries”.

 

Caroline Tracey
Escritora y doctorante en geografía por la Universidad de California.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Curadero