Rodrigo Fresán ha dicho que Marcos Giralt Torrente —ganador del Premio Herralde de Novela, el Premio Internacional de Narrativa Breve Rivera del Duero y el Premio Strega Europeo— es el gran escritor de la familia en lengua española. Sus libros son un intento por demostrar que las pasiones que dominan el mundo están en la familia. Aquí presentamos una conversación con Giralt sobre su escritura, su proceso creativo y sus influencias literarias.
José Antonio Gaar: En algún momento, Juan Pablo Villalobos me dijo que toda novela tradicional plantea una serie de expectativas, una serie de promesas narrativas que normalmente va a cumplir. Y que ahora, cada vez con más frecuencia, la intención es no cumplirlas. La intención es generar incertidumbre en el lector, tal como la percibe en la realidad. Como, de hecho, pasa en tu literatura.
Marcos Giralt Torrente: Lo que caracteriza a la literatura contemporánea es la pérdida de las certezas. Estamos ante un cambio de paradigma, debido al momento de especial incertidumbre que vivimos. Estamos cambiando el modo de organizar el mundo, el conocimiento y la realidad, a uno distinto que ni siquiera sabemos cómo va a ser, dictado por las nuevas tecnologías y por la evolución de la economía. Sabemos de dónde venimos, pero no sabemos a dónde vamos. Y ese a dónde vamos nos da bastante miedo. En todas las etapas de la historia, las generaciones han estado alerta, han creído que algo se está perdiendo, que se está en un momento de crisis, que el futuro es amenazante y les genera incertidumbres. Pero ese escenario, que ha sido universal siempre, nunca ha sido tan certero como ahora. O lo ha sido en momentos muy claves de la historia, como lo está siendo éste. Toda esa incertidumbre se traduce, en la literatura de hoy, en una creencia absoluta en el individuo. En el acercamiento a los géneros híbridos, a lo breve y fragmentario, que mezcla la realidad con la ficción, y donde hay mucho de primera persona, ya sea impostada, verdadera o ficcional. La literatura cambia cuando cambia la sociedad de la que nace y a la que va destinada, y la que no lo hace, es la que queda atrás. Ahora mismo no hay alguna ideología que sea capaz de explicar la realidad, con ideas aglutinadoras, utopías fehacientes. Estamos en un revoltijo. Cambian las perspectivas. Y en esa confusión, lo único que tenemos es a nosotros mismos y a nuestra memoria: ese territorio entre lo autobiográfico, el dietario, la ficción, toda esa mezcla que caracteriza a este tiempo. Y me interesa la literatura que va en esa línea.

Marcos Giralt Torrente
JAG: Pienso en la literatura de Emmanuel Carrère y Pierre Michon o en J. M.Coetzee y G. W. Sebald.
MGT: Claro, uno de los autores que mejor representa lo que digo es Emmanuel Carrère. Probablemente, el libro suyo más perfecto todavía es El adversario. Me gusta el hecho de apropiarse literariamente de la realidad. También está eso en Vidas minúsculas de Pierre Michon o en Los emigrados de G. W. Sebald. En Patrick Modiano o Enrique Vila-Matas. Todos ellos tienen cosas muy interesantes y que en su momento me otorgaron esa libertad de no-ficción para terminar Tiempo de vida, uno de mis libros. Me parece que esa literatura muestra conflictos acerca de los que no es fácil manifestarse, acerca de los que es difícil encontrar una respuesta. La gente va a la búsqueda de salvaciones individuales porque ya no cree tanto en las colectivas, porque estamos desengañados un poco de esa posibilidad. Y esa literatura muestra un territorio moralmente esquivo, donde no es negro o blanco, sino que todo es cuestión de matices, de grises. También están detrás otros aspectos como la velocidad de la vida moderna, las megaurbes que no te permiten vivir porque llegas a casa agotado después de trabajos precarios, en viajes de metro larguísimos, donde la mayor parte de la gente sucumbe a las series de Netflix, y los que no, necesitan cosas breves que les permitan paladear, no prolongarse en una lectura que ya en todo caso queda para el verano. Y esta literatura híbrida de ensayo, de ficción, de dietario y fragmentada, tiende a lo breve.
JAG: Esos autores tienen en común que huyen de la memoria. Trabajan con ella, en apariencia, pero en realidad la transforman, crean un presente diferente. Narran, todo el tiempo, sus visitas a lugares del pasado y elaboran recuerdos falsos. Me parece que París, Tiempo de vida, todos tus libros restantes, van por ese lado.
MGT: Realmente rehuyo de la nostalgia por la nostalgia. No querría ser un escritor nostálgico que piensa en la memoria como un lugar mejor del que extraer algo. Simplemente creo que los escritores siempre escribimos sobre la memoria. Todo es pasado. En la medida en la que escribes, estás escribiendo sobre un pasado. Que ese pasado sea ayer, o hace veinticinco años, es irrelevante. Tiempo de vida es un libro de memorias en el sentido de que todo es material biográfico, no hay nada de invención, es fiel a la verdad de mi recuerdo. Lo que pasa es que no son unas memorias convencionales, en el sentido de que no pretenden representarme. Son unas memorias muy oblicuas, de un asunto muy concreto, que es la relación con mi padre. París es la relación con mi madre. Y a pesar de que son fidedignas, me parece que son obras de ficción porque la escritura es novelística; hay una prosa novelística. Ficción sin invención. Se tiende a identificar ficción con invención, pero la ficción, para mí, es cómo se organizan los materiales y cómo seleccionas el material para hallar una representación de la realidad. En ese sentido, no se trata de poner en valor el pasado frente al presente. Se trata de encontrar qué tiene el pasado de exportable al presente. La memoria siempre es ficción: la realidad la transformamos cuando ya es pasado. Toda la realidad, en el momento en que la juzgamos, ya es pasado: un material ya transformado por la propia memoria. Me parece que, una vez que entendemos eso, desacralizamos la literatura, la bajamos de su pedestal a la hora de crear y aprendemos a moldear con más soltura la arcilla de todo el material que conforma una pieza literaria.
JAG: Se percibe una voluntad por hacer relatos, apenas unas estampas de la memoria. Una ventana que sólo intenta mostrar la sugerencia.
MGT: Lo que pasa es que el relato es un género especialmente idóneo para esta realidad tan fragmentada, tan furiosamente rápida y fugaz. El género del relato es probablemente el mejor en eso. La novela exige mucho. El relato —o el cuento— es un fulgor que te da una visión de la realidad que puede ser igual de certera que una novela, sólo que mucho más rápida. La novela es un esfuerzo más sostenido, y que precisamente por ser más sostenido te puede permitir que te despistes. En ese sentido, los buenos autores de novela exigen demasiado de sus lectores. Pero también es verdad que un libro de relatos —o de cuentos— te somete al esfuerzo de entrar y salir constantemente. En todo caso, la escritura está en saber hacer y en saber contenerse.
JAG: Eso se percibe, con mayor intensidad, en Mudar de piel, tu último libro. Relatos que intentan formar una novela, pero sin perder su autonomía.
MGT: Todos los libros nacen del libro anterior. De los fracasos o de aquello que no fuiste capaz de hacer. En El final del amor —el libro anterior— me propuse que cada cuento fuese muy distinto a los otros: uno transcurre en África, otro es sobre una pareja de la alta burguesía que vive en Estados Unidos. Y en Mudar de piel he intentado todo lo contrario. Ahora, todos los cuentos tocan una música común, buscan ese rasgo en común para lograr una especie de intensidad de novela, sin ser novela. Los personajes son todos autónomos, no pasan de un cuento a otro, pero he intentado agudizar los rasgos compartidos para crear una densidad específica. El arranque de Mudar de piel está en Mi vida querida de Alice Munro. Ella habla de su propia vida, de su adolescencia, en unos relatos muy pequeñitos, y entonces me recuerdo leyendo y pensando, bueno, podría hacer, a la manera de Alice Munro, cuentos de ficción. No usar mi vida, pero hacer esas pequeñas estampas de una escena en la vida de un adolescente, de una escena en la vida entre dos hermanos. Ese fue el inicio. Esa sencillez del mundo literario de Alice Munro, junto con su soberbia técnica y su poderosa imaginación. Luego se fue haciendo más complejo para mí. Busqué una estructura muy marcada de extensiones, algunos relatos quedaron como novelas bonsái. Y busqué también que fueran nueve cuentos, porque desde el principio sabía que debían ser nueve cuentos, como los Nueve cuentos de Salinger.
JAG: Alice Munro tiene un mundo doméstico, de relaciones familiares o relaciones amistosas, y Salinger también. ¿Cómo los combinas, los separas y los ignoras?
MGT: Cuando eres joven y te enfrentas a tu primer libro tiendes a seguir cualquier consejo que te den, y para mí fue muy valioso darme cuenta que los consejos que me daba Javier Marías no tenían nada que ver con los que me daba Carmen Martín Gaite, y viceversa. Lo que Javier Marías me tachaba muy enfadado del manuscrito era aquello que Carmen Martín Gaite subrayaba y pintaba con un solecito brillante al lado. Pero al final, el criterio que valía era el mío. En unas cosas hice caso a Javier Marías, en otras a Carmen Martin Gaite y en otras a ninguno de los dos. De modo que uno acaba encontrando su propia voz por la combinatoria de autores imitados. Uno comienza a escribir por imitación. Algunos de mis primeros cuentos fueron abiertamente salingerianos. Luego me fui distanciando de él y ahora he vuelto a acercarme. Salinger influyó mucho en mi juventud. Sobre todo por esa visión que tiene de personajes adolescentes extrañados del mundo adulto. Gran parte de los cuentos de Mudar de piel, como en Nueve cuentos de Salinger, están protagonizados por niños y adolescentes, y por eso decidí que tuviera nueve cuentos, como un guiño salingeriano, por respetar esa influencia más sentimental que otra cosa. Luego hay otro tipo de cuentos donde busco otras filiaciones. Por ejemplo, E. L. Doctorow tiene un cuento soberbio que se llama “El escritor de la familia”, y en Mudar de piel hay un homenaje a él. En seis de los nueve cuentos de Salinger, la presencia de adolescentes es determinante, y en mi libro ocurre lo mismo.
JAG: Salinger muestra la infancia como algo presente, no como algo que se recuerda. La mirada de los niños ridiculiza el drama por el que pasan los adultos. Hay un juego de preguntas y respuestas, a través de esa perspectiva, sobre cómo terminaron así. Una ironía latente en Mudar de piel.
MG.T: Hay una frase de Max Frish que me gusta mucho y ejemplifica esto que mencionas, y es que nuestra culpa tiene una utilidad: justifica muchas cosas en la vida de los otros. Esta frase aparece en un momento tremendo de Montauk,cuando el narrador, que se supone es Max Frish, se reencuentra con su hija, con la que tiene una relación pésima porque no ha sido un buen padre, y la vida de su hija es un desastre. Y en una especie de aceptación de su propia culpa, pero al mismo tiempo señalando ese desastre de la vida de su hija, escribe eso. La culpa, muchas veces, anuda muchos afectos. Es un barandal emocional. Y eso se percibe mejor en la familia.
JAG: La familia es donde se produce tu literatura desde siempre.
MGT: Sí. Todos los fenómenos que se dan en la realidad, se producen de manera más aguda en la familia. Esa pequeña vida, en los matices de lo doméstico, es mucho más reveladora de la condición humana que los grandes temas habituales. No hay mayor intolerancia que la de un padre intolerante, mayor traición que la que se produce entre hermanos. Etcétera. Las pasiones que dominan el mundo están en la familia. En un relato de Mudar de piel, por ejemplo, hay una madre que tiene dudas porque tiene la certeza de que lo ha hecho mal: lo que es su hija no le gusta nada. Esa madre se da cuenta de que lo que es, es, y no se puede cambiar: la vida de su hija no es como le gustaría que fuera y tiene que vivir con eso. Entonces entiende que los padres necesitan emanciparse de los hijos, como también es necesario el desmoronamiento de los padres para tener uno su criterio propio. Y comprende que los vaivenes de su hija, buenos o malos, tampoco le hace un favor a su propia vida. Cambia de camino y acaba siendo otra; muda de piel. Hay una lejanía evidente. Ver a un hijo crecer es contemplar la vida en movimiento. Lo malo es que, a veces, esa ruptura necesaria determina toda una vida.
José Antonio Gaar
Ensayista y periodista.