Si uno aspira a ser un príncipe de la calle, uno debe hacerse acompañar de un vasallo, de un fiel compañero que de lustre al caminar. Si uno es machín es mejor que el fiel compañero no hable, pero que se vea bien, que cumpla con la función de desplagar virilidad y dignidad al mismo tiempo. Si uno es un tipo rudo con expectativas gangsteriles, el fiel compañero debe ser rudo también, amedrentar, simular, padrotear. Estas son las premisas detrás de un fenómeno que se veía poco en las calles del DF, pero que cada vez se ve más: el chico rudo paseándose con su pit bull. Y no se trata de echar abajo las hermosas relaciones de amor que se desarrollan entre joven y perro. Al contrario, en la opinión de esta columna, no sólo el impulso estético de estas duplas es un clásico que nunca muere, sino que es notable cómo algunos muchachos conocen de corresponsabilidad, codependencia y amor incondicional en las relaciones con sus perros. Quizá el único problema sean los impulsos violentos que llevan a estos perros, de vez en cuando, a propinarle sendas mordidas a niños despistados e inocentes. Pero queda en entendido que los príncipes de la calle pierden todo respeto y credibilidad cuando la violencia de sus vasallos es desatada de forma injusta y abusiva contra un ser indefenso. Parte de la legitimidad del riesgo que implica pasearse con un perro asesino es que sólo puede ser utilizada por causa justa, por defensa propia o para mantener la paz en las calles. Los pit bulls se ven como una herramienta de amenaza pero también de estabilidad. Una especia de fuerzas de autodefensa.
Si los perros chihuahuas y demás miniaturas de Paris Hilton pueden rastrearse a las Meninas y más atrás, el uso de estos pitbulls como elemento decorativo también tiene una larga historia. El American Pit bull Terrier fue un consentido de las familias estadounidenses. Era la imagen de la disquera RCA Victor y varios de ellos fueron héroes clásicos de la segunda guerra mundial. Pero su estigma en la prensa y su habilidad para pelear se volvió símbolo de gangsterismo y control callejero. Pero esta cultura del pitbulls-gangsters ha llegado a excesos no desprovistos de sentido del humor (ver aquí 22 pictures of gangsta dawgs), pero como explica un sociólogo estos perros han sustituído a las armas en las portadas de discos de hip hop (acá) y son un nuevo mecanismo de apropiación de la masculinidad (aca).
Estos días, el pitbull es un símbolo de hipermasculinidad: un ideal que incluye fuerza física y agilidad, estamina, agresividad y resistencia al dolor. Esto lo ilustra bien el rapero DMX, quien usa la reputación del pit bull para sugerir que él es poderosa y unpredeciblemente violento. Apodado “Pit Bull” o “the dog,” su primer sencillo fue “Ven a mi perro” y en su album incluye el título “Año del perro, otra vez”. Se rumora que tiene un tatuaje de un pit bull en la espalda y usas imágenes de perros con actitud de ataque en las cubiertas de sus albums y en su sitio de internet, donde se le describe como “gruñidesco”.
Hay un fascinante proyecto fotográfico que documenó con una serie de retratos un grupo de hombres que han llevado este hábito a un extremo notable pero extrañamente hermoso: n0 pasean por las calles con pitbulls sino con hienas y mandriles. Es una increíble serie de fotografías tomadas en Nigeria por el fotógrafo sudafricano Pieter Hugo. Aquí compartimos unas muestras:




