Dos documentales recientes muestran la cara escondida del deporte: explotación, abusos, maltrato y trauma. En el caso mexicano la legislación es insuficiente aún para regular estos problemas. Y más cuando valores y conceptos tan profundos como “nación”, “esfuerzo” y “sacrificio” permean el deporte sin ninguna crítica.
En 1877, un joven aristócrata francés retomó la frase del latín mens sana in corpore sano para argumentar que la actividad física competitiva engendraba virtudes salutíferas para la humanidad. En 1896, aquel aristócrata, llamado Pierre de Coubertin, encabezó la celebración de la primera olimpiada moderna en Atenas. Desde entonces, se discutió la posibilidad de competir sin representar a la nación; no fue la opción victoriosa. A partir de aquellos primeros Juegos Olímpicos modernos, la actividad física competitiva incrementó su aura universalista, cargada de valores positivos, hasta establecerse como uno de los principales símbolos de la nación, además de encarnar la idea de salud individual e incluso colectiva.
Debido a que los atletas encarnan a la nación, el deporte se convierte en viva herramienta del nacionalismo y de la diplomacia cultural. La segunda mitad del siglo XX y en especial la guerra fría resaltan como nunca estos aspectos. En el bloque socialista la figura del atleta representa la “superioridad” del sistema político-económico, mientras que el atleta del bloque capitalista es símbolo de libertad y producto de consumo global. Esta sobrecargada simbología tuvo, sin embargo, consecuencias nefastas para muchos atletas de ambos lados del conflicto. Los casos de explotación, abuso y trauma no dejaron de multiplicarse. El llamado “fin de la historia” tampoco los erradicó y han tomado nuevas formas en las últimas décadas, a pesar de las denuncias y medidas preventivas. El énfasis en la competitividad con otras naciones, así como el culto al individuo y a su sacrificio en el deporte tiene claros peligros.
Michael Billig escribe que cuando se le pregunta a la gente lo que es el nacionalismo, normalmente se piensa en personajes radicales, separatistas, fascistas y guerrillas. Sin embargo, no siempre se considera cómo se reproducen las ideas de nación en la cotidianidad.1 Para Billig, el “nacionalismo banal” se reproduce sin que nos demos cuenta en discursos políticos, en la prensa y el deporte, entre otras esferas. En el caso mexicano, estas expresiones son evidentes cada cuatro años cuando una metonimia brutal convierte a un equipo no elegido por la ciudadanía en “México”. La metonimia ocupa todos los medios y gran parte de nuestro imaginario social y cultural. Ellos son México. Las celebraciones en monumentos nacionalistas con cualquier triunfo de la selección de la Federación Mexicana de Fútbol es uno de los rituales más visibles del fenómeno. El fútbol muestra los casos más evidentes, pero no está lejos de ser el único escenario del nacionalismo banal.
En el siglo XXI las imágenes de las y los atletas se siguen reproduciendo en masa como representantes de la nación. Se asocian, además, con ideales de salud, bienestar y éxito. La narrativa imperante es que el “talento”, “sacrificio” y “esfuerzo” individual los hace acreedores de ser los “mejores representantes del país”. Esa narrativa dominante, mediática, tiende a ocultar que las y los atletas no pueden llegar ahí sin una base material, sin el apoyo de familiares, entrenadores, preparadores físicos, psicólogos, nutriólogos, médicos, fisioterapeutas e incluso administradores, políticos y periodistas. El conjunto hace del deporte un producto exitoso de consumo y entretenimiento masivo que a su vez produce y reproduce imágenes de bienestar, éxito y nacionalismo.
Dos documentales recientes, At the Heart of Gold (HBO, 2019) y Athlete A (Netflix, 2020), nos muestran algunos de los riesgos del nacionalismo banal contemporáneo en el deporte competitivo. Ambos recuperan los testimonios de jóvenes gimnastas estadunidenses para relatar cómo el culto a la resiliencia, aguante y sacrificio facilitaron los abusos sexuales del médico Larry Nassar. Los documentales señalan también la pasividad de las organizaciones deportivas ante las demandas de algunas atletas (bystading).
Los documentales desencadenaron denuncias de gimnastas en todo el mundo. No obstante, el incrementado número de usuarios en Netflix a raíz de la pandemia, así como la continuidad a los casos de Harvey Weinstein y Jeffrey Epstein en 2020 le dieron más visibilidad a Athlete A. Muchas denuncias de carácter sexual se suman a lo ocurrido en el cine y la política. Mientras los últimos casos sacan a relucir el silenciamiento obligado porque participan figuras públicas, la gimnasia hace evidente la complicidad de los incorrectamente llamados cuerpos “técnicos” y administrativos en aras de preservar la idea de una marca u organización nacional exitosa.
Los documentales critican los más de cien abusos sexuales de Nassar, pero también tocan los temas de negligencia y complicidad de manera tangencial. At the Heart of Gold cuestiona las acciones del Comité Olímpico Estadunidense, la Universidad Estatal de Michigan y los entrenadores de Michigan. En contraste, Athlete A apunta hacia Steve Penny, administrador deportivo y presidente de USA Gymnastics (organismo regulador de la gimnasia estadunidense), así como a Marta y Béla Károlyi, seleccionadores nacionales de 1996 a 2016. Las producciones de HBO y Netflix señalan que, a pesar de las múltiples acusaciones de víctimas y sus familiares, los abusos de Nassar no fueron tratados con la seriedad debida pues no se siguieron los canales legales estipulados. Las organizaciones deportivas no le dieron seguimiento a la denuncia y perpetuaron los abusos. Poco después de enjuiciado Nassar, se aprobó la ley contra el abuso deportivo. Si bien la crítica al abuso sexual es acertada, los documentales se quedan cortos en analizar la estructura profunda de un problema mundial.

Ilustración: Jonathan Rosas
Los abusos de Larry Nassar que ambos documentales retratan podrían parecer completamente desconectados de lo que ocurre en México. No obstante, las experiencias de Teresa López, Karen Soto y Azul Almazán, entre otras, nos muestran los estragos del nacionalismo banal en nuestro país. Los casos mexicanos junto con aquellos descritos en los documentales hacen evidente que la cultura del sacrificio y la resiliencia forzada en el ámbito deportivo pueden crear espacios de silenciamiento y dificultar la denuncia de abusos.
Para entender los vacíos y riesgos en el panorama mexicano que propician el silenciamiento del abuso es necesario comprender algunos de los mecanismos cotidianos del deporte y los perfiles y modus operandi de quiénes se posicionan como los guardianes de éste. Las organizaciones deportivas en México no siguen un modelo de empresa como sus contrapartes en Estados Unidos. Los presupuestos del deporte en México emanan principalmente de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte. Así que burócratas, administradores, federativos y políticos del deporte tienen un lugar imperante y grandes márgenes de coacción.
La Ley General de Cultura Física y Deporte (2012) se creó hace pocos años para establecer las responsabilidades de las organizaciones deportivas y sus objetivos. Sin embargo, presenta lagunas. En 2014 se estipuló la creación de una Comisión Especial Contra la Violencia en el Deporte y en enero 2017 se reformó la fracción X del artículo 2 para establecer que deben “protegerse la dignidad, integridad, salud y seguridad de los deportistas”. Aunado a esto, el capítulo VI de la Ley versa sobre “la prevención de la violencia”. Dichas secciones describen formas de violencia física y discriminación en espectáculos deportivos; no obstante, no definen explícitamente el abuso dentro del deporte ni especifican cómo proceder. Más preocupante es que no haya una sola mención a la violencia sexual.
La Ley descrita concibe al deporte como herramienta de construcción nacional. Contribuye a que la imagen del deportista como símbolo de salud y éxito se reproduzca a gran escala. La repetición de esa imagen en comunicados gubernamentales y medios masivos ha hecho que la ciudadanía —principalmente los jóvenes— busquen integrarse a toda costa al sistema deportivo. La narrativa idealizada del deporte se vuelve peligrosa cuando personas con poder de decisión, entrenadores, administradores y directivos, entre otros, instrumentalizan ideas de nación, salud y éxito, influyendo en miles de atletas. Lo más preocupante es cuando semejantes grupos o individuos de poder usan esas ideas como instrumento de coerción para cometer abusos. La posición de estas figuras en una narrativa privilegiada y con un sistema legal ineficiente que no contempla el abuso ha eclipsado y silenciado demasiados casos.
Los documentales que citamos ejemplifican tan sólo algunas de las formas en que las narrativas de esfuerzo, sacrificio y resiliencia en el deporte han sido movilizadas en aras del progreso y de poder “representar dignamente a la nación”. Sumado al trabajo de algunos medios, documentales como éstos nos dejan entrever la urgencia de entender y definir el abuso para después incluirlo en un cuerpo de leyes y regulaciones, y en un protocolo de acción.
Existen recomendaciones nacionales e internacionales, pero urge llenar las lagunas legales mexicanas y diseñar protocolos claros para detectar y denunciar abusos en el sistema deportivo. Debemos diseñar canales permanentes de comunicación que permitan mejorar políticas públicas, transparencia y rendición de cuentas. Debido a la alta participación de la juventud, es fundamental que nos involucremos y cuestionemos la cultura deportiva en todos los niveles: colonia, municipio, estado y país. Los casos de abuso deportivo son comunes y se esconden en prácticas culturalmente aceptadas. Por eso son frecuentemente silenciados. No es necesario esperar otro escándalo para tomar acciones.
Axel G. Elías Jiménez
Doctor en Historia por el King’s College de Londres. Recibió en 2018 el Premio Pierre de Coubertin por mejor tesis doctoral.
1 Michael Billing, Banal Nationalism, Londres, Sage, 1995.