El nombre “Estudios Churubusco” puede sonar a leyenda y a gloria pasada. Su simple evocación basta para despertar la memoria de varias generaciones. Caminar por los arbolados estudios y sus hangares es un paseo por esa memoria, como nos muestra la siguiente crónica.
“El otro día llevaba una camiseta de los Estudios Churubusco y unas personas me dijeron que pensaban que ya no existían, pero sí se acordaban de varias películas de Cantinflas y el Indio Fernández; son parte del imaginario de México”, declara el fotógrafo Mario Argumedo, actual encargado de mantenimiento de proyectores y moviolas que prácticamente creció en este lugar. Los Churubusco cumplen hoy tres cuartos de siglo y sobreviven en un universo poblado de grandes compañías mundiales; aunque algunos los creen enterrados en el pasado, resisten los embates del tiempo.
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Inaugurados el 15 de septiembre de 1945 en dieciocho hectáreas en la colonia Country Club, al sur de la Ciudad de México, los Churubusco se crearon a imagen y semejanza de los estudios de Hollywood. El proyecto fue idea del empresario de la radio Emilio Azcárraga Vidaurreta,de la productora norteamericana RKO Radio Pictures y de un grupo de inversionistas representado por Harry Wright, presidente del Country Club y dueño de los terrenos. La morena de mi copla, dirigida por Fernando A. Rivero, fue la película que dio estreno a esta fábrica mexicana de ilusiones en 1945. Después Emilio Fernández dirigió La perla, cuya fotografía, a cargo de Gabriel Figueroa, comenzó a seducir al mundo con el trazo de un México idílico. Más tarde llegó María Félix para interpretar La diosa arrodillada y Cantinflas con A volar joven. La búsqueda de la identidad nacional, moldeada a partir del cine por el partido en el poder, regía a gran parte de las producciones de los años cuarenta y cincuenta. Los paisajes y las escenas populares se adueñaron de la pantalla para infundir una serie de valores tradicionalistas en el imaginario social. En “Función corrida”, Carlos Monsiváis señala que el cine mexicano de la época de oro “unifica en sus espectadores la idea básica que tienen de sí mismos y de sus comunidades, y consolida actitudes, géneros de canción, estilos de habla, lugares comunes del lirismo o la cursilería, las tradiciones a las que la tecnología lanza en vilo, ‘a todo lo que permite la pantalla’; en suma, todo lo que un amplio número de casos termina por institucionalizarse en la vida cotidiana”.1
ElCine de Oro pronto alcanzó la fama con este cargamento de lugares comunes, dramas y estereotipos sociales y raciales, que se exportó a una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial. Pedro Infante, Jorge Negrete, Dolores del Río… todo aquello fue un oasis, un dulce refugio momentáneo para millones de personas en duelo. Europa y Estados Unidos abandonaron la industria del séptimo arte debido a la recesión económica de la posguerra; de hecho, cineastas y técnicos especializados se establecieron en México, cuya producción entró en un conocido auge. Los vientos soplaron a favor del cine mexicano: el público nacional y extranjero pronto estuvo ávido de películas hechas aquí y las salas querían exhibirlas a toda costa. Ello explica, por ejemplo, que en 1949 se produjeran 108 películas, entre ellas Aventurera y El Rey del Barrio. Nadie en América Latina había alcanzado esa cifra récord.
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Varias de las películas emblemáticas en la historia de la cinematografía llevan el sello de los Estudios Churubusco: Macario de Roberto Gavaldón; Los Olvidados, El Ángel exterminador y El joven aquel de Luis Buñuel; Bajo el volcán y La noche de la iguana de John Huston; El fugitivo de John Ford y Emilio Fernández; Butch Cassidy and the Sundance kid protagonizada por Robert Redford y Paul Newman y dirigida por George Roy Hill. Entre éstas, una rareza: Dunas de David Lynch.
Una tarde de principios de los ochenta llegué al restaurante giratorio del entonces Hotel de México (actual WTC), donde mi madre era jefa de alimentación. Ella y mi padre comían con un productor extranjero que nos contó el gran proyecto. Creo que al ver mi asombro decidió invitarme a participar como extra. Me imaginé en las entrañas de esas grandes producciones de las que nos hablaba el maestro de cine, Memo Arriaga, en el primer semestre de la carrera de comunicación. Nunca pensé que acabaría en el set de Dunas, en los Estudios Churubusco. Éramos una multitud. Nos cubrieron con unas largas capas negras, nos peinaron con un chongo y nos colocaron unas antenas en la cabeza. Las tomas en las que participé se filmaban de noche y acababan cerca de las 4 de la mañana, entre cansancio y emoción pues las repetíamos una y otra vez. Teníamos que gritar al unísono: long live the fighters. Decían que Sting andaba por ahí. A mis compañeras y compañeros de la universidad les presumí esa vivencia, claro, aunque jamás vi ni a Lynch ni a Sting. Volví a los Churubusco años más tarde para hacer una breve nota para un canal cultural y también para un curso de guionismo. Desde entonces, cada semestre es visita obligada para mis alumnos de la materia Arte del siglo XX. Según Mario Argumedo, Dunas marcó otro récord para los estudios, pues “la producción duró un año y había personas de cinco nacionalidades”. La nueva adaptación de la novela de Frank Herbert, dirigida por Denis Villeneuve y de próximo estreno, le darán una pátina extra de antigüedad a estos recuerdos.

Ilustración: David Peón
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La lista de películas que han contratado a los Churubusco podría seguir: Titanic de James Cameron; La Máscara del Zorro, de Martin Campbell; Amores perros de Alejandro González Iñárritu; Güeros de Alonso Ruizpalacios, Elysium, de Neill Blomkamp y 007: Spectre, de Sam Mendes, entre otros ejemplos. En contraste con los viejos tiempos de bonanza, ahora se producen en promedio entre seis y diez películas al año, además de las series —entre las últimas figuran Narcos, Juan Gabriel, Silvia Pinal y Alejandra Guzmán. Y los dos proyectos que hoy dan vida a los Churubusco son precisamente eso: series —Cortés y Narcos, suspendidas por la pandemia. “Hay incertidumbre sobre cuándo volverán a trabajar. Tres compañeros fallecieron y algunos se contagiaron y siguen en recuperación, pero no ha habido recortes hasta ahora”, explica Argumedo.
Contra su aparente decadencia que resaltan las lumbreras del pasado, los Estudios Churubusco siguen siendo los más modernos de América Latina: las salas THX fueron diseñadas bajo las normas de Lucas Films; hay área de doblaje, salas digitales de regrabación y mezcla y la única sala de proyección en México para formatos 35mm, 16mm, y digital 2K. De hecho, varias producciones internacionales prefieren los laboratorios de audio de los Churubusco debido a su alta calidad y precios competitivos. Entre las películas más famosas que han contratado los laboratorios de audio figuran Apocalypto (2006) de Mel Gibson, nominada en las categorías de mejor sonido y mejor edición de sonido.
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Mario Argumedo, hijo y nieto de fotógrafos, comenzó a ir a los Estudios Churubusco desde niño; a los ocho años dobló a un actor en la película El hombre del puente; a los 14 empezó a ir a trabajar en las vacaciones; después, al cumplir 18, decidió integrarse de tiempo completo. Ya han pasado casi 40 años y sigue embelesado con los Estudios Churubusco en donde ha desempeñado diferentes oficios. Trabaja de diez a diez. “Tengo un taller, armo y desarmo, esta es mi casa; añoro el pasado, antes veías mucha actividad y todos éramos muy solidarios; si a alguien le faltaba un extra, un técnico o un fotógrafo todos colaborábamos. Me acuerdo, cuando era muy joven, que un día me cortaron el pelo porque les había fallado un extra y yo lo suplí; todos nos ayudábamos como si fuéramos una familia. El cambio de tecnología ha hecho que disminuya el trabajo, antes para todo tenías que recurrir a los Estudios Churubusco”, apunta Mario Argumedo. Me lleva a una sala de cámaras y me explica sus características y virtudes: “Prácticamente soy el único que las repara, es un trabajo muy solitario; para mí ha sido una gran satisfacción el haber estado al cuidado de ellas, en muchas películas he sido el responsable, si algo falla yo tengo que resolverlo. Yo soy como un arqueólogo de estas cámaras, soy el único que las ve, pero por fortuna van a hacer un museo para que la gente las aprecie”.
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El pueblo vaquero y la selva donde se realizó la serie de Tarzán en 1965 desaparecieron cuando se perdió la mitad del espacio de los estudios. Era el sexenio de Carlos Salinas y esa mitad la ocuparon el Centro Nacional de las Artes, la escuela La Esmeralda y el Canal 22. En el edificio Indio Fernández se encuentra Altrafilmica, una productora que también ofrece diplomados y cursos de cine desde hace más de quince años. “También hay una bodega que se llama Cine Moda en donde rentan vestuario, otra de utilería y otra de armas para rodaje”, explica Mario Argumedo. Además, ahora se puede rentar uno de los ocho foros de 1,400 metros cuadrados, con ciclorama y cabina de producción. Se pueden rentar inclusive para fiestas… Parece increíble ahora pensar en aquellos años en que bullía la actividad y los directores se peleaban por estos espacios hoy en vilo.
Mientras cineastas mexicanos ganan Óscares y premios internacionales, los Estudios Churubusco añoran las viejas glorias. En algunos foros impera el vacío. No es raro que ahora esos lugares se pueblen de leyendas. Varios empleados coinciden, por ejemplo, en que hay fantasmas. Cuentan que son las voces de muchos tramoyistas que cayeron de 15 metros de altura en un rodaje de los años cincuenta. Los vigilantes afirman también haber escuchado ciertas noches a Manuel Esperón tocando en el piano Amorcito Corazón. “Algunas personas del Área de Sonido han oído el piano y también han escuchado puertas que se cierran misteriosamente, por eso muchos vigilantes ya no quieren entrar por la noche. Yo tuve una experiencia así con un amigo: una tarde estábamos platicando y oímos pasos en la pared”, cuenta Argumedo con total seriedad.
Ahora que la pandemia acarrea cierres y largas pausas, no puedo saber si llegarán nuevos fantasmas al lugar. O si la ansiada normalidad y el auge de las series le devolverán alguna migaja de sus glorias perdidas a los estudios. O, acaso, se irán agregando con mayor rapidez capas y capas de olvido.
Lourdes Zabalza
Escritora y periodista. Es autora de: Años marinos.
1 Carlos Monsiváis,, “Función corrida (el cine mexicano y la cultura popular urbana)”, en José Manuel Valenzuela Arce, Los estudios culturales en México, México, Fondo de Cultura Económica, 2003.
Repase días en las moviolas q con la Distribuidora de Peliculas de Ernesto Enriquez ibamos a poner a tono las películas para distribuirse al siguiente dia. Me gustó enorme tu narrativa. Saludod