Todos vivimos en la montaña mágica

En estos días de cuarentena sin fin, la obra maestra de Thomas Mann nos ofrece importantes lecciones sobre cómo sobrellevar el encierro y cómo vivir con la presencia constante de la enfermedad.

Lector desocupado,

Hoy quiero recomendarte una novela que a mí, por lo menos, me ha hecho la cuarentena más tolerable: La montaña mágica de Thomas Mann. No se trata de un libro fácil —sus más de setecientas páginas están llenas de sesudas discusiones filosóficas y de personajes que hablan como enciclopedias— pero con todo es una lectura muy divertida, llena de humor e ironía. Más que otra cosa, sin embargo, es la novela perfecta para los tiempos que corren. Como todos nosotros, los habitantes del Sanatorio Berghof —el hospital para tuberculosos en las montañas de Suiza donde transcurre la trama— viven una cuarentena sin fin, en la que no queda otra cosa que hacer sino “acostumbrarse a no acostumbrarse”. No se me ocurre mejor lema para afrontar la aparatosa llegada de la mal llamada “nueva normalidad”.

El héroe de la novela es un joven impresionable y “perfectamente ordinario” llamado Hans Castorp. La trama comienza con su llegada al Berghof, donde nuestro protagonista piensa pagarle una visita de tres semanas a un primo enfermo de tuberculosis. El joven Castorp, sin embargo, termina quedándose en el sanatorio… ¡siete años! En el curso de esa larga estadía en las montañas Castorp conoce a una multitud de personajes que constituyen algo así como una radiografía de la sociedad europea de principios del siglo XX: el humanista italiano Settembrini, el Jesuita-marxista Naphta, el magnate colonial Peeperkorn y la irresistible femme fatale rusa Chauchat. Hay incluso dos mexicanos: un fotógrafo amateur con quien nadie puede conversar porque no habla una palabra de alemán y una viuda a quien todos conocen como Tous-les-deux, por su insistencia en lamentarse, en pésimo francés, de que sus dos hijos padecen de tuberculosis.

Thomas Mann en 1929. Fotografía: Archivo Federal Alemán bajo licencia de Creative Commons. Bundesarchiv, Bild 183-H28795 / CC-BY-SA 3.0
Thomas Mann en 1929

Fotografía: Archivo Federal Alemán bajo licencia de Creative Commons

Bundesarchiv, Bild 183-H28795 / CC-BY-SA 3.0

La situación del sanatorio le permite a Mann explorar a un grupo de personajes para quienes la posibilidad de la muerte es una realidad cotidiana. Los días de los habitantes del Berghof transcurren según una rígida rutina que se centra en la toma regular de la propia temperatura, un gesto que implica una constante atención al propio cuerpo en busca de síntomas de enfermedad; es inevitable pensar aquí en la paranoia actual que nos lleva a conseguir termómetros y oxímetros a toda costa, preguntarnos si el más ligero ataque de tos o el más mínimo dolor de cabeza no son un signo de que hemos quedado contagiados. La pandemia de coronavirus, como la prevalencia de la tuberculosis para Castorp y compañía, nos hace conscientes de nuestra propia corporalidad y, lo que es lo mismo, de nuestra propia mortalidad. Leer La montaña mágica en estos meses inciertos, entonces, es una experiencia desconcertadamente familiar.

Otro aspecto de la novela de Mann que resulta pertinente para nuestra situación contemporánea es la manera en la que Castorp lidia con el aburrimiento de su encierro en el sanatorio. Los habitantes del Berghof tienen prohibido participar en las diversiones típicas de Suiza —diversión y Suiza no van juntas, claro, pero algo es algo: esquiar, apostar, salir a bailar y beber— y deben, al menos en teoría, pasar varias horas de absoluto reposo en las comodísimas tumbonas de sus balcones. Esta “cura de descanso” es un reflejo de las limitaciones de la medicina de la época —la trama sucede antes del descubrimiento de los antibióticos, cuando el mejor tratamiento para la tuberculosis consistía en respirar el aire puro de las montañas— pero también nos ofrece algunas lecciones para afrontar la monotonía del encierro. En el curso de su larga estadía en el sanatorio, Castorp, quien antes de llegar estudia ingeniería náutica y no muestra el menor interés por otras disciplinas, se entrega con pasión a una educación autodidacta que lo lleva de la botánica a la anatomía, de la ópera a la filosofía, la teología e incluso el ocultismo.

Es cierto que a estas alturas del partido muchos de nosotros ya no viven tan encerrados como al principio, sea por hartazgo o por necesidad económica, pero para aquellos que tenemos la fortuna de poder seguir quedándonos en casa Castorp ofrece un modelo de cómo aprovechar la sobreabundancia de tiempo que la cuarentena nos ha regalado. Todo indica que sí, éste es el momento de ser ambiciosos y leer los grandes libros que llevan años acumulando polvo en nuestros estantes —libros como La montaña mágica. Sin hacerle el feo a los muy respetables placeres de Netflix, la cuarentena es una oportunidad de convertirnos de nuevo en estudiantes, de lanzarnos de cabeza a los temas que nos interesan, sin preocuparnos por su utilidad pragmática o por su aparente dificultad.

El principal atractivo contemporáneo de La montaña mágica, sin embargo, radica en sus reflexiones sobre el tiempo. Para los tuberculosos del Berghof la unidad mínima de la duración no es la hora ni el día sino el mes. Los doctores del sanatorio “sentencian” a los enfermos a pasar cuatro o seis meses en la montaña —sentencias que, en la mayoría de los casos, terminan por duplicarse o triplicarse. El resultado es que los personajes de Mann desarrollan una especie de paciencia metafísica, una cierta inmunidad a la prisa. Parece que fue hace siglos, pero a principios de este año todos creíamos que la pandemia sería un asunto de semanas o a lo mucho de uno o dos meses. Y sin embargo, sin que supiéramos cómo ni cuándo, la mayor parte del año se nos ha ido de las manos. Más grave aún: no queda claro cuánto tiempo más tendremos que seguir viviendo así, cubriéndonos el rostro para salir a la calle y lavándonos las manos de forma obsesiva. Esta incertidumbre nos hace hermanos de Castorp, quien subió a los Alpes pensando que se iba de vacaciones y terminó pasando casi una década en las alturas.

“Acostumbrarse a no acostumbrarse”: tal es el lema de Hans Castorp, ese hombre sin cualidades que acaba por convertirse en un sabio autodidacta entre una toma de temperatura y otra. Si bien es poco probable que nuestra cuarentena dure tanto como su estadía en el Sanatorio Berghof, haríamos bien en aprender de su experiencia. Quizás así, aprendiendo a dejar pasar los meses como otros dejan pasar las horas y a llenar los días con lecturas y conversaciones, lograremos conservar algo de nuestra cordura.

 

Nicolás Medina Mora
Ensayista y editor.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Carta de recomendación