Contesta o me convulsiono

¿Reciben ustedes Whatsapps de trabajo en sábado a las 9 de la noche? Seguramente. Porque siempre hay un mensaje por enviar o uno por contestar en nuestro mundo de ansiedad instantánea. El reino del ahora mismo, lleno de zumbidos, notificaciones, reproches, culpas y autoexplotación, se ensancha hasta absorberlo todo. No parece haber límites, leyes tácitas ni reglas de cortesía siquiera. Así lo dibuja esta sincera queja.

Preparo un omelette que más parece arte abstracto que algo comestible; por no culpar a mi falta de talento para la cocina, culpo al sonido rugoso que me perfora los oídos cada pocos instantes. Es mi teléfono y responde incansable a la retahíla de mensajes de Whatsapps que llueven desde grupos familiares, amistosos, de propios y extraños, de amigas y hasta de empresas a las que no recuerdo haber dado mi número. Sé que si abandono mi omelette, éste terminará, como otras tantas veces, hecho una tostada de huevo, pero en mi frente empiezan a tejerse caminos de sudor. Tengo que saber qué dicen esos mensajes. Tengo que contestar. AHORA.

¿Qué esperamos al mandar un mensaje instantáneo? Esta forma de vivir la inmediatez es tan nueva que apenas estamos escribiéndole reglas de cortesía. El apartado del Manual de Carreño de las redes sociales sigue siendo tan personal que cada quien se permite indignarse con parámetros distintos. También hay algunos artistas del hacer daño que de tan ensayado que tienen ya su arte, pudieron pasarlo íntegro a Whatsapp, y, mediante muy medidos silencios, son capaces de crear expectativas y ausencias. De torturar un poco al incauto al otro lado de la pantalla. Nuevas formas de violencias chiquitas para nuevas formas de comunicarnos. Nuevas formas de indignarnos y nuevos motivos de enojo. Todos fincados en la obligación de un ahora mismo, en asumir que porque se puede lo inmediato, se debe de inmediato.

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Veo una entrevista. En ella mi nueva ídola, Brigitte Vasallo, discute los mil y un problemas del poliamor. Pienso en tres amigas a las que les gustaría verla. Se las mando. Luego, veo un video en el que un gato de pelos blancos y esponjosos mueve sus arrogantes patitas y cae de una mesa. Lo mando al grupo “qué vivan los gatitos”, creado para este fin por un par de amigas. Media hora después, me dan una noticia buena sobre un libro y escribo un mensaje a tres humanos. Termino hablando con varias de las personas involucradas. Al final del proceso, ha pasado más de una hora y me siento seca, como después de una noche de sobreexposición social. Tampoco sé bien ya dónde estoy (bien podría ser un barco, mi sala o la luna; con la mirada puesta en el teléfono, da igual) ni qué estaba haciendo previo a embarcarme en ese intercambio inclemente de mensajes que pudieron no ser. Las redes sociales, la tecnología de la inmediatez, me ha vuelto una junkie del ahora mismo.

Ilustración: Víctor Solís

La información se banaliza al transmitirse en segundos; se digiere poco porque su objetivo es ser pasada, como una papa caliente que sólo deja una leve sensación de calor en la mano de quien la sostuvo. A veces extraño macerar las cosas en mi interior antes de compartirlas. Esperar una cita en la que veré a una persona a la antigüita, es decir de frente, y hablar ahora sí, de aquellas cosas que se quedaron dentro de mí de entre los miles de fragmentos de información que nos azotan todo el tiempo. Todo eso, dirá la desocupada lectora, sucede todavía. Sucede también el botón de silencio que simplemente acalla al maldito aparato y evita arruinar omelettes o hacer que una sesión de trabajo dure cinco horas en vez de dos por culpa de tantas distracciones. Y si todo eso se puede, ¿por qué es tan común que no lo hagamos? ¿Qué pasa con la ansiedad de un eterno ahora en pantalla que nos aleja del cada vez más utópico ahora físico?

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Otro escenario común es usar la mensajería instantánea para reportar incidentes menores del hogar. Así me entero de que dejé afuera la leche. El gato le dio una mordida al atún. La basura no pasó hoy. En medio de la calle, con la inocente intención de consultar la hora, ver la pantalla tan llena de cosas me hace querer apagar todo. Nada de lo dicho se puede solucionar en ese instante y, seguramente, mucho de eso se puede olvidar para siempre. A veces, la posibilidad que la tecnología otorga de decirlo todo ASAP es inversamente proporcional a nuestra capacidad de discriminar lo que vale la pena decir. Mejor lo digo ahora antes de que se me olvide. Pero si es así de olvidable, debe ser por algo.

Admiro a quienes se resisten a la apremiante obligación del mensaje que espera ser contestado, yo pocas veces lo logro. Porque una puede no contestar un mail en horas o días; se entiende que te tardes. ¿Pero, un Whatsapp? Guerras han empezado, relaciones terminado, amistades muerto por un Whatsapp sin contestar en conjunción con ese funesto letrerito de “En línea”, que, como un detective privado que fotografía a un infiel, nos pone a todos en evidencia.

Y qué decir de la palomita azul o la última hora de conexión. Vamos, a veces, con frecuencia, da gusto mensajearse con alguien; a veces no da gusto pero es de trabajo; a veces en verdad es una emergencia y gracias al cielo existen medios efectivos para comunicarla. Pero es una locura que la manera de transmitir el ahora mismo se expanda cada vez más y más hasta absorberlo todo. Twitter planteó una interrogante posmoderna: ¿Si no digo lo que pienso ahora mismo, existe siquiera? Whatsapp le dio mil interlocutores directos y una necesidad del ahora mismo fincada en estrategias de vigilancia minúsculas pero efectivas.

Mientras dejo que se queme mi ahora huevo revuelto, me digo que no me molesta que no me contesten de inmediato. De hecho, con contadas excepciones, me da igual que alguien se tarde incluso días. Lo que me enloquece es el peloteo constante en el que muchas veces me encuentro atrapada por voluntad propia, esa necesidad de transmitir y transmitir, y la presión de estar siempre ahí, del otro lado de la pantalla, lista para contestar. Por lo pronto, me prometo elegir cada vez más mi omelette por sobre los zumbidos del teléfono.

 

Aura García-Junco
Escritora. Es autora de: Anticitera, artefacto dentado (FETA, 2019).

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Publicado en: Departamento de quejas

2 comentarios en “Contesta o me convulsiono

  1. como terapeuta, podemos ver que en la consulta los desordenes emocionales son cada vez mas frecuentes y cuando la ansiedad provocada por la gratificación inmediata de las redes sociales, puede incluso dificultar el procedimiento terapéutico. Aquí hay un hito psicológico en en la intervención para ayudar a las personas. un saludo afectuoso.

  2. Excelente artículo que refleja una realidad de estos tiempos y que sin duda seguirá sctulizandose y avanzando ads vez más.

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