El éxito mundial de Byung-Chul Han lo ha colocado en el puesto de vigilancia crítica de nuestra sociedad de la transparencia, híper-comunicativa, dataísta, cansina y narcisista. Sin embargo, varios aspectos de sus libros recientes muestran una búsqueda de efectos provocadores y demasiadas verdades a medias que ponen en duda su filosofía.
Apenas arranca un nuevo opúsculo de Byung-Chul Han (Seúl, 1959) y nos enfrentamos a un estilo reconocible: frases lapidarias que ocasionalmente delatan una racionalidad arrogante incapaz de evadir las peticiones de principio. Al inicio de La desaparición de los rituales (Herder, 2020), por ejemplo: “Los ritos son acciones simbólicas. Transmiten y representan aquellos valores y órdenes que mantienen cohesionada una comunidad. Generan una comunidad sin comunicación, mientras que lo que predomina hoy es una comunicación sin comunidad”. La propuesta “Los ritos son acciones simbólicas” revela las coordenadas desde las que escribe el filósofo surcoreano: la filosofía continental. En su caso, una con predilección por la glosa de autores como Hegel, Heidegger y Arendt pero también de pensadores franceses como Foucault o Derrida —con incursiones a referencias culturales o artísticas, como la forma en que, en distintos textos, hace uso de la obra de Handke, Nádas o comenta el mundo del arte contemporáneo.
Si fuéramos a buscar un modelo predilecto para Han, sin embargo, sería Nietzsche: se aprecia en la forma en que sus ensayos literarios y de crítica cultural han aparecido en el mundo editorial a nivel global, a manera de escaramuzas. Además de esto, las provocaciones de Han encajan en el panorama editorial más como astutas estrategias editoriales. Por su bagaje histórico y amplio espectro global, la filosofía continental puede padecer los mismos vicios del multiculturalismo, que tienen que ver más con los vicios de la cultura —donde lo político y lo científico parecen diluirse— que de lo múltiple. Así en el caso de Han: tenemos oraciones o propuestas estratégicas que parecen verdades triviales.
Los ritos son acciones simbólicas, claro, es un buen punto de partida: se va de lo general a lo particular. Pero lo particular de Han —quiero decir, de su manera de operar— viene más adelante, cuando hace énfasis en lo que podría confundirse con un juego de palabras: “[Los ritos] generan una comunidad sin comunicación, mientras que lo que predomina hoy es una comunicación sin comunidad”. Como ocurre a menudo en ensayos filosóficos, también aquí tenemos que el énfasis (o las itálicas) se confunden con argumentos cuando son golpes de efecto. La cuestión, por supuesto, es la esperanza de que el efecto no sea vacío: obliga a buscar la profundidad en reflexiones previas, como Sobre el poder (2005, también traducido por Ciria en 2016) o el ensayo que le acompañó, Hegel y el poder (Herder, 2019). ¿Por qué después de esas obras se necesita de una “topología” de los rituales? Porque el argumento principal de Han en relación al poder es que se trata de un concepto impreciso que ha sido relacionado durante demasiado tiempo exclusivamente con la violencia. En este sentido la obra de Han es una reacción crítica a la desatención, según el filósofo surcoreano, que Foucault dio al nivel simbólico en el que opera el poder, que también se internaliza y se expresa en formas de hábitos (algunos de carácter positivo) y rituales.

Ilustración: Mariana González
Otro golpe de efecto encontrado en Sobre el poder: “El poder brilla en su ausencia”. Desplazar, sin embargo, la justificación de un golpe de efecto hacia otros libros también sostenidos en golpes de efecto es riesgoso. Hasta ahora se han publicado más de dieciséis títulos de Han, traducidos en distintas lenguas de maneras más o menos caóticas; su obra por ahora parece funcionar no como un sistema sino como una red de referencias.
La topología del ritual continúa la reflexión sobre el poder y de nuevo explota algunas de las vetas que le dieron renombre a Han a nivel global como una voz crítica: su noción sobre una sociedad agotada, narcisista y obsesionada con la transparencia. Por lo mismo, también aquí hay anotaciones que parecen más propias del pantanoso mundo de la crítica cultural:
Hoy la percepción simbólica desaparece cada vez más a favor de la percepción serial, que no es capaz de experimentar la duración. La percepción serial como captación sucesiva de lo nuevo no se demora en ello. Más bien se apresura de una información a la siguiente, de una vivencia a la siguiente, de una sensación a la siguiente, sin finalizar jamás nada. Las series gustan tanto hoy porque responden al hábito de la percepción serial. En el nivel del consumo mediático la percepción visual conduce al binge watching, el atracón de televisión o el visionado bulímico.
Por supuesto, esto es verdadero pero sólo en relación a los televidentes. Sus críticas, en otro ejemplo, al uso de teléfonos inteligentes (“A este paso pronto habrá smartphones veganos”) son aguijoneos certeros, pero sólo en la medida en que los teléfonos inteligentes y otros talismanes de cierto segmento de la población del presente nos parezcan dignos de atención filosófica. Lo político y el poder, es verdad, también se internalizan; y por lo mismo “todo es político”, pero lo es en distintos grados. Tal vez no haya manera de tratar lo infraordinario o el grado cero de lo político o del poder si no es a través de pequeños ensayos. Lo inquietante es que en ellos también se encuentre ese extraño tono perdonavidas. ¿Es para tanto?
¿Se debe a que estos nuevos opúsculos son una extensión de la reflexión sobre el poder que opera no a través de la opresión o la violencia, sino de su comunicación afirmativa en otro? Es una idea que se encuentra detrás de pasajes como éste:
Sin resonancia uno se ve repelido y se queda aislado en sí mismo. El creciente narcisismo contrarresta la experiencia de la resonancia. La resonancia no es un eco del yo. Le es inherente la dimensión de lo distinto. Significa armonía. La depresión surge cuando la resonancia es cero. La crisis actual de la comunidad es una crisis de resonancia. La comunicación digital consta de cámaras de eco, en las que uno se escucha hablar ante todo a sí mismo. Los “me gusta”, los amigos y los seguidores no constituyen ningún campo de resonancia. No hacen más que amplificar el eco del yo.
Pero la reflexión sobre el poder no se robustece al poner atención crítica hacia servicios de televisión a la carta, telefonía o diseño. Al contrario, se vuelven ejercicios imaginativos. En este libro se plantea imaginativamente que el mundo ha sido vaciado de rituales —como si ya no se oficiaran actos religiosos, de luto u otro tipo de ceremonias alrededor del mundo—, o peor, como si el mundo fuera solamente la comunicación instantánea de las redes sociales —donde también existen rituales y ceremonias que no han sido lo suficientemente pensadas.
Byung-Chul Han provoca con las mismas estrategias literarias de Nietzsche pero que, a medio camino del pensamiento serio (y hay que insistir en que Han busca dialogar con el grueso de la filosofía continental), se leen también como exageraciones y verdades a medias. Los mismos vicios de ciertas obras divulgativas con las que la obra de Han tiene peligrosos aires de familia. Por lo mismo saltan a la vista algunos tics nietzscheanos, como argumentar a partir de etimologías:
Las fiestas actuales o los festivales tienen poco que ver con aquel tiempo sublime [cuando las celebraciones demoraban en efecto el trabajo]. Son objeto de una gestión de eventos. El evento como versión consumista de la fiesta muestra una estructura temporal totalmente distinta. La palabra “evento” viene del latín eventos, que significa “sobrevenir repentinamente”. Su temporalidad es la eventualidad. Es azarosa, arbitraria y no vinculante.
Al escribir desde la ensayística uno esperaría que sus reflexiones sobre el lenguaje literario en oposición al comunicativo —en La desaparición de los rituales, en el breve ensayo “Imperio de los signos”— tendrían un mayor peso, pero sin mencionarlo sólo sigue a pies juntillas algunas de las anotaciones sobre el empobrecimiento de la lengua que hizo Franco Berardi en obras como Generación post-alfa (que en español circula desde 2007) o La sublevación (2011). Y la cuestión se abandona primero al ser reducida al absurdo y la exageración (“ya nadie lee poesía”) para volver a replegarse al mundo del diseño (el efecto tiene eco en títulos como Shanzai: el arte de la falsificación y la deconstrucción en China, que puso a circular en español Caja Negra en 2016; es original de 2011). Al mismo tiempo es comprensible que Han no haga referencia a la obra de Bifo ni de otros pensadores “estrella” como Žižek: en distintos grados, los pensadores con mayor presencia mediática juegan a la divulgación a través de la provocación, a veces asemejándose al malabarista (o payaso, según el texto) de las parábolas kierkegaardianas. Son capaces de difundir mensajes importantes… pero siempre corriendo el riesgo de no ser tomados en serio por hacerlo a través del espectáculo o la invectiva.
Hay algo refrescante en la desfachatez de Han: sus críticas al trabajo —que a menudo parecen referirse sólo al del cognitariado— parecen considerarlo sólo un fenómeno triste, y no uno necesario para la sobrevivencia; al mismo tiempo que se critica la cultura del trabajo, sin embargo, también le da la espalda al hedonismo —que, concedido, identifica con el consumismo. Son libros incómodos los de Han: a partir de la fricción obligan a la precisión. Pero, ¿de la misma manera, por ejemplo, que algunos ensayos edificantes de Kierkegaard? ¿O sólo como excelentes productos editoriales de gran circulación?

• Byung-Chul Han, La desaparición de los rituales, traducción del alemán de Alberto Ciria, Barcelona, Herder, 2020, 128 p. (Original en alemán: 2019)
• —, Hegel y el poder. Un ensayo sobre la amabilidad, traducción del alemán de Miguel Alberti, Barcelona, Herder, 2019, 160 p. (Original en alemán: 2005)
• —, Sobre el poder, traducción del alemán de Alberto Ciria, Barcelona, Herder, 2016, 144 p. (Original en alemán: 2005)
Guillermo Núñez Jáuregui
Escritor, filósofo, y librero en La Murciélaga. Es parte de la mesa de redacción de La Tempestad.